Laberinto

Las fachadas miran en sentidos diferentes y la escalera interminable intenta ser calle y seguir un trazado y se convierte en laberinto...

y la escalera interminable intenta ser calle y seguir un trazado y se convierte en laberinto…

La ciudad no son las avenidas y los edificios y los parques. La ciudad no está en los carnavales y los recorridos para turistas. La ciudad está en los rincones, en los callejones, en los vanos ocultos y las ventanas entreabiertas a la soledad y la desesperación, a calles antiguas y leprosas que muestran viejos huesos de asfalto entre cascotes y terrones cubiertos de musgo.

No hay caminante que llegue a conocerla por completo; siempre habrá un callejón que parece una sombra, un andén que se pierde entre culatas y lotes baldíos. O una escalinata oculta entre hierbas y matojos tras una esquina solitaria.

Escalones que descienden, en apariencia, hacia una cañada. Parecen terminar en ese rellano, en la penumbra bajo los árboles pero continúan en otra dirección, descienden entre casas, cabañas apenas, de cartón o madera, algunas de ladrillos desnudos y mohosos, desparramadas por la ladera de la cañada y camufladas entre arbustos y árboles y perpetua sombra que el Sol, quizá, jamás disuelva. Las fachadas miran en sentidos diferentes y la escalera interminable intenta ser calle y seguir un trazado y se convierte en laberinto entre la vegetación y la basura y las casuchas y la niebla.

Los habitantes son extraños. Silenciosos, furtivos, miran con rabia y temor al visitante, que jamás se siente bienvenido cuando se ve impelido a descender por esa escalera sombría, vigilado por miradas torvas en rostros famélicos. Pero hay un trabajo por realizar: hay que hallar una casa en medio del caos sin señas ni direcciones. No intenta pasar desapercibido, es imposible. La piel clara, los pasos firmes, los zapatos limpios, la ropa sobria pero de buen corte, el reloj cuya pulsera deja escapar un indiscreto reflejo acerado bajo la impecable manga de la camisa. Y el portafolio, la planilla llena de cifras que revisa una y otra vez, intentando no mostrar temor, tratando de ignorar las presencias hostiles esperando ser a su vez ignorado. Las coordenadas son esquivas, es necesario descender más, tomar una escalera aún más estrecha, ya no de cemento sino excavada en la tierra y con escalones de madera. La esquiva dirección siempre parece estar más allá, justo tras ese rellano, pasando el arroyo irisado y maloliente…

Lejos, en un alto edificio lleno de oficinas y computadoras y voces para las que no existe la miseria más allá de las cifras, datos sobre una dirección lejana son esperados con impaciencia: hay que llenar un reporte para alimentar el lento engranaje de la burocracia. El dato no llega, el investigador de campo no regresa, la dirección, según los poderosos computadores, no existe; no hay un mapa, ninguno de los ojos electrónicos que vigilan desde el cielo ha fotografiado jamás una calle, o una escalera laberíntica, o unas casuchas desparramadas por la ladera de una cañada. La maquinaria debe continuar su lento e inútil proceso y el dato tan necesitado es un Cero. Nada. Ausencia. Olvido. Un pequeño misterio, trágico. Pero insignificante para los engranajes del poder.

La respuesta es un montón de basura. Entre trapos sucios y desgarrados y papeles arrugados, planillas llenas de cifras, un indiscreto reflejo acerado delata un reloj de pulso medio enterrado y cubierto de mugre y sangre seca.

Éxodo

Deforestation

Enterraron a sus muertos

y siguieron caminando.

Por cuarenta días y

cuarenta noches,

y luego cuarenta más;

y luego cuarenta vidas.

Buscaban la Tierra Prometida

y, al hallarla,

quemaron el maná

y volvieron negros,

nauseabundos,

los ríos de leche y miel.

Porque eran humanos,

y era divertido

pisotearlo todo.

Después,

enterraron a sus muertos,

y siguieron caminando.