Fue en una librería de usados

Fue en una librería de usados

Fue en una librería de usados. La ventaja de esas tiendas es que en realidad uno puede encontrar DE TODO. Cualquier cosa maravillosa y polvorienta puede surgir de entre las pilas en precario equilibrio o bajo los estantes llenos de telarañas. Un libro de cuentos de Poe en inglés, fechado en 1927, o una novela original de Neil Gaiman o de R.A. Salvatore. Una búsqueda cuidadosa puede resultar en una “Divina Comedia” de 1931 en perfecto estado (que aún no puedo adquirir pese a su precio) o “Los Tres Mosqueteros” de 1954 con deliciosos grabados.

Pero en esta ocasión estaba buscando algo concreto, no tan clásico pero muy especial para dar como regalo a alguien que lo puede apreciar (y que ya se quejó de falta de libros).

“Lestat El Vampiro” es la segunda parte – y para mí la mejor – de las ya legendarias Crónicas Vampíricas de Anne Rice; el libro que, mucho más que “Entrevista con el Vampiro”, dio rienda suelta a la humanización del monstruo, a la exploración de las emociones del depredador, antes de que a todos los cazadores nocturnos sobrenaturales los volvieran mariconcetes resplandecientes y vegetarianos.

No era la primera puerta que cruzaba en busca de la obra. No siendo “Los juegos del hambre” o “Divergente” o – duele hasta escribirlo – “50 orgasmos postadolescentes para viejas con mal gus…” perdón, “sombras…”, no esperaba encontrarlo a la primera.

Mis ojos no son los más agudos, pero alcancé a distinguir “Anne Rice” en varios lomos tras el viejo escritorio ante el que se sentaba la encargada, una mujer tan gris como la mayoría de los libros a su alrededor, pero con una amable sonrisa al levantar la mirada y preguntarme en qué podía ayudarme.

Estoy razonablemente seguro de haber preguntado con toda corrección “¿Tiene usted ‘Lestat el Vampiro’, de Anne Rice?”. La encargada reaccionó como si cada una de las cinco palabras hubiera sido sacada de un vocabulario de soecidades marinas o militares, porque se quitó las sucias gafas redondas, me miró con ojos asesinos y alcanzó a incorporarse un poco apoyándose en nudillos blancos de ira. “Pues no, AQUÍ no vendemos esas cosas SATÁNICAS”.

Considero probable que haya visto mi sonrisa, y que tal vez haya revisado posteriormente aquello que tanto había llamado mi atención en las estanterías en ese momento. Sólo sé que, por lo menos mientras esa amable dama esté encargada, no podré volver a esa librería. Y me hubiera encantado estar allí cuando viera los libros de Anne Rice y, un par de estantes por debajo, otros firmados por Anton LaVey y Aleister Crowley.

La capacidad visual del ser humano se deteriora con la edad, lo que se nota en la reducción gradual de la capacidad de expansión de la pupila, lo que implica la disminución proporcional de la cantidad de luz que llega a la retina.

En resumen, los niños son capaces de percibir imágenes en ambientes menos iluminados que los adultos.

Es decir, ESO que vive en el armario y que te aterrorizó durante tu infancia nunca se fue. Sigue allí, pero ahora no puedes verlo.

Felices sueños.

Minientrada  —  Publicado: 2014/03/16 en Relatos Oscuros
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Levantó la mirada de la pantalla llena de cifras y gráficas, se frotó los ojos y estiró un poco los brazos. El cielo azul de media tarde estaba moteado de apacibles nubes-corderos blancos e inmóviles pero al fondo, muy lejos, sobre el horizonte, las montañas arboladas se oscurecían por la nube-tortuga que poco a poco la cubría.

Dejó perder la mirada en esos lejanos verdegrises y por un momento imaginó la silueta alada de un dragón que se elevaba tras las montañas para destruir la cotidianidad descolorida con una llamarada, pero lo único que aparecía desde más allá de las montañas era esa nube-tortuga perezosa.

No. Una sombra se desplazaba tras la más alta línea de árboles. Casi sin darse cuenta se incorporó y se dirigió a la ventana, ajeno a los treinta y dos pisos que lo separaban de la calle y de los ruidos-aburridos que la ciudad llamaba voz.

La sombra creció: los árboles empezaron a ser arrojados y a caer sobre las casas más lejanas y de muy lejos llegó, atronador, un portentoso rugido.

Las sirenas y el rítmico golpear de los rotores de un helicóptero le dijeron que no lo imaginaba. Dos o tres personas, desconocidos cotidianos que fingía conocer cada día, se reunieron junto a él, frente a la ventana, comentando con asombro y algo de miedo la portentosa visión.

Un gigante. Un gigante había llegado y no parecía muy contento, y ya eran varios los helicópteros y muchas las sirenas que se dirigían en tropel hacia el horizonte.

Un gigante.

Se encogió de hombros y se enfrascó de nuevo en cifras y gráficas y obligaciones.

Cuando todo hubo pasado, apagó la pantalla y, antes de partir, dejó perder la mirada en esas lejanas llamaradas con que el anciano día le daba la bienvenida a la noche naciente, y por un momento imaginó la silueta alada de un dragón que se elevaba tras las montañas para destruir la cotidianidad descolorida con una llamarada, pero lo único que aparecía desde más allá de las montañas era el atardecer fulgurante.

Los tiempos después de las bombas

Los tiempos después de las bombas

Hoy el camino es más difícil. La pierna duele más por el frío de la noche anterior, con sus ventiscas y el hielo derramándose del tejado como si no se enterara aún de que ya es hielo – y todavía recuerda las noches de ANTES, cuando uno podía amanecer con los amigos jugando dominó y tomando cerveza o ron, disfrutando de la brisa fresca sin temor a resfriarse.

Cada paso duele infiernos y purgatorios y no es sólo por el dolor de los huesos mal soldados. Celia se fue y era la última. No; con la partida de Celia, ÉL es el último, y sabe que no se lo van a perdonar. No le preocupan los muchachos. Son los que menos le preocupan. Al contrario, le encanta que le pregunten, que lo cuestionen, que lo interroguen. Sólo ayer, cuando pasó el avión, disfrutó cielos y paraísos con sus expresiones maravilladas, especialmente con la mirada encantada del muchacho de ojos azules, cuando les corrigió por enésima vez diciéndoles que eso no era ningún ángel, que era un avión, un aparato hecho por seres humanos para transportarlos a grandes distancias. Sí, más allá del pueblo y más allá del río. Él sólo había estado en un avión una vez, ANTES, para ir a la capital. Y fue una experiencia aterradora, pero la recordaba con añoranza en estos tiempos. En los tiempos del infierno. En los tiempos después de las bombas.

Un avión. No un ángel, como les contaba el Obispo.

***

Hoy la Misa es más difícil. No por el motivo. La partida de Celia es un alivio. Una boca menos para contradecir Las Enseñanzas, una mente menos para contaminar el pensamiento de los muchachos con ese pensamiento pecaminoso, el pensamiento de ANTES. De antes de la purificación del Apocalipsis.

Ya sólo queda el viejo, y ese es un hueso duro de roer. Sólo ayer, cuando pasó el Ángel, allá, arriba, anunciando su paso con el bajo sonido de cornos celestiales, lo pudo escuchar con esa odiosa voz de bajo profundo, esa hermosa voz que el Obispo quisiera tener: “Que no, no es ningún Ángel, es un avión y eso es un aparato hecho por gente para llevar lejos otra gente. Sí, más allá del pueblo y más allá del río…”

Era necesario un sacrificio.

Pero no podía ser el Viejo. La gente lo quería. Pese a su silueta extraña, con sólo dos piernas y dos brazos, pese a la desagradable simetría de su cabeza redondeada y cubierta de fino cabello plateado. Sacrificarlo a él desmoralizaría a la gente.

Pero había notado que a los Muchachos les gustaba escucharlo. Especialmente al muchacho de ojos azules, ese que tanto se parecía al anciano, con sólo dos piernas y dos brazos y al desagradable simetría de su cabeza redondeada. Sacrificar al Viejo lo convertiría en Mártir, tal vez, pero el muchacho que más lo escuchaba…

Era necesario un sacrificio.

De pronto la tediosa Misa se hizo mucho más fácil.

No regresaste y la soledad se convirtió en un depredador acechando desde el frío de salones y pasillos, hasta cuando entendí que no querías volver y que sólo de mí dependía ahuyentar la feroz soledad de gélidos colmillos.

Al principio quise que se parecieran a tí, y partí en largos viajes en busca de un reflejo de luz en el cabello, de la forma de unos labios, del sonido de una risa o la cadencia de un llanto. Ellas no querían venir. Me tomó ímprobos esfuerzos convencerlas, sólo para verlas partir al poco tiempo, dejándome de nuevo sumido en la soledad, que cada noche invitaba a su amiga la locura para inventar nuevas torturas sobre mi alma derrengada.

Una de esas noches de febril pasear por recónditos recovecos de la casa, encontré el viejo libro. Estaba en el mismo estante en el que, desesperado, lo arrojé aquella noche lejana en que te negaste a responder a mis llamadas. Hojeando sus secretos horribles llegué hasta las páginas que detallaban los preparativos y los repetí con cuidado: las velas, las flores, los cánticos. Y volví a llamar, y en lugar de profanar tu hermoso nombre con mi voz reseca, las llamé a ellas.

Y ellas acudieron.

Pero la nostalgia y el terror en cuyas alas habían partido en primera instancia había regresado con ellas desde el otro lado, y una por una buscaron partir de nuevo, huyendo a la tristeza, huyendo del miedo, huyendo de mí.

Reemprendí entonces mis viajes, mas no buscaba reemplazarte. Una idea más evolucionada tomaba forma: buscaba la perfección. Quizá como último homenaje para tí, las busqué hermosas. Y dediqué menos esfuerzo a convencerlas; en cambio, me encargué de enviarlas yo mismo en el último viaje y sólo las llamaba con los cánticos del libro una vez que sus formas inmóviles ya descansaban. Sin haberme conocido antes, estaban más dispuestas a seguirme.

Entonces el caserón vetusto se llenó de pasos, de miradas, muchas veces de llantos, pero la soledad se fue. Y aunque la felicidad la había precedido cuando tú partiste, con mis nuevas acompañantes pude fabricar un aceptable sucedáneo.

Una noche entendí que algo pasaba. Ya no deambulaban sin rumbo por los pasillos. Las encontraba sentadas, con la mirada fija en el fondo de las llamas de la chimenea, o reunidas en círculo, como si hablaran en silencio entre ellas, o escucharan palabras secretas de otras voces. Empezaron a evitarme, a esconderse, y poco a poco la soledad, que creí ausente, salió a su vez de sus escondites y me persiguió de nuevo.

Una noche desperté con una extraña ansiedad. No estaba solo en mi recámara. Ellas rodeaban mi lecho. Entre sombras ví sus ojos ausentes fijos en mi rostro. Se retiraron una a una en cuanto abrí los ojos. Sin temor, sin afán, rompieron el círculo y se fueron.

Estaban todas. Y tal vez la confusión del despertar y el miedo me hicieron perder la cuenta: había una más, pero no supe entonces cuál de los rostros era el ajeno.

Durante varias noches esperé que se repitiera el fenómeno. La ansiedad me impedía el sueño y daba vueltas en mi lecho sin dormir. Y poco a poco el temor aferró garfios en mi corazón y en lugar de buscar el sueño lo temí. No volví a mis aposentos y pasaba las noches en mi estudio brillantemente iluminado, recurrí a oxidados conocimientos en busca de pócimas para escapar al sueño.

Fue inútil. Una madrugada desperté de repente en mi sillón, frente a una chimenea apagada y en mi estudio a oscuras, rodeado de todos los rostros blancos. Todos los rostros, más uno.

Como la vez anterior, en cuanto abrí los ojos empezaron a retirarse, despacio, como expresando la disposición a esperar otro poco. Me miraban y se iban. El temor creció cuando percibí una vaga sonrisa malévola en algunos de los labios pálidos. Una a una se retiraron, hasta cuando una sola de ellas se quedó frente a mi sillón, con ojos llenos de infernal odio fijos en mí. Retrocediendo paso a paso, se fundió con la pared de piedra y desapareció.

Al principio no reconocí esos ojos que me miraban con un odio que no entendí. El cabello no me resultaba familiar, no identifiqué la forma de los labios. Y entonces mis ojos se posaron en el retrato colocado sobre la chimenea. En los ojos, en el reflejo de la luz en el cabello, en la delicada forma de los labios de tu retrato.

Tu retrato...

Tu retrato…

Cuando el viento insiste en llorar por los pasillos y ningún fuego es capaz de fundir la escarcha del alma, cuando las letras sobre una vieja página amarillenta no son más que hormigas juguetonas, inquietas; cuando el hastío del mundo insiste en alejar del mundo la mirada y empujar la mente hacia las preguntas arcanas; en medio de las noches eternas, me gusta dejar que la mirada se pierda, por ejemplo, en las volutas de un viejo capitel. Recorrer cada arista, reconocer cada volumen, aprehender cada textura y, poco a poco, despojar cada forma, grande o pequeña, de su significado. La sombra de la copa, proyectada sobre el muro de piedra por la luz de la lámpara de aceite, se convierte en una elipse truncada apoyada sobre un trapezoide que a su vez está de canto sobre un triángulo. Ya no importa que el color sanguíneo sea el producto de la luz atravesando el rojo vino y golpeando la pared gris: es simplemente un color rojizo, texturizado.

Lentamente la estancia deja de serlo y se convierte en una exposición de figuras y colores superpuestos. La perspectiva desaparece y es posible invertirla a voluntad. Las cadenas de la gravedad se rompen en fragmentos incoloros y sin esfuerzo ni movimiento estamos observando una infinita sima llena de nubes y relámpagos a través del rectángulo que otrora llamáramos ventana, recortado en el paralelepípedo gris que creía ser un muro pero no es más que una forma etérea bajo nuestro punto de observación en el cómodo techo. O podemos sumergirnos en la nostalgia de un paisaje boscoso, y convertir los árboles cuidadosamente pintados en simples manchas de verdes superpuestos que persiguen las formas orgánicas de algo que el pintor quiso que fueran ovejas, pero la mente convierte en aberturas ascendentes hacia un lejano abismo blanco.

Así pasan las horas lentas en el descubrimiento de un universo nuevo, apenas opacado por el cotidiano. Y con el tiempo ya no es necesario ningún esfuerzo; los ojos convierten el positivo en negativo y la oscuridad deja de ser la simple ausencia de luz: es una luz negativa que devora los vacíos pálidos. Cada vez es más fácil perderse en las profundidades de un altorrelieve o escalar los riscos ascendentes que son los nichos de las paredes o preguntarse por el delicado patrón de líneas concéntricas, inmensas, en el interior de una cuchara de plata.

El siguiente paso lógico estaba en el movimiento, pero la soledad del autoexilio me había privado de la compañía de los vivos y hubiera tenido que viajar pasos incontables a su encuentro. Pero las llamas están vivas. Y noche tras noche se volvieron mis amigas. Silencioso frente a la chimenea del estudio fijé en mi retina cada instancia de la energía móvil, aislándola, privándola de movimiento y recordando tan sólo la forma estática que tuvo en la fracción de un instante y olvidando entonces que se trataba de fuego, de calor, de luz, de vida. Reí al entender que había asesinado el fuego, pero mi mente, absorta en el desquiciado experimento de la percepción, sólo preguntó, ¿qué es el fuego? Y no supe responder.

Una de esas noches de explorar luminosas formas muertas me sentí observado. El efecto fue tan nuevo y extraño que en principio intenté analizarlo desde los parámetros de mi nuevo estado de conciencia. Al principio ni siquiera permití que se entrometiera ningún concepto de identidad propia y por tanto ajena; mucho menos dejé que se colara en el éxtasis perceptual la idea de “observar”. Pero un destello de cordura me apuñaló con el significado de “peligro” y de la manera menos placentera volví a la realidad del gris, frío, solitario mundo cotidiano. Estaba solo en mi estudio.

Cansado, busqué el refugio de los sueños y olvidé todo.

La noche siguiente la experiencia se repitió. Creo que la esperaba, y por lo tanto, pese a la acuciosa necesidad de retirarme, de protegerme, esperé. Con paciencia, busqué sin parecerlo la fuente de la observación y la encontré en el centro de aquella forma amarilla y luminosa que había decidido fijar esa noche en mi mente. La presencia emanaba de su centro y sentí una línea recta entre su núcleo y el de mi esencia. No estaba allí por casualidad, no exploraba ese universo antisémico al azar: me había encontrado. Una sensación fría creció en los bordes de mi conciencia enloquecida y la urgencia de regresar a mis percepciones habituales creció. Tenía miedo. Pero la curiosidad venció al instinto y quise saber, y para saber empecé, con cuidado, paso a paso, a dotar de significado todo aquello que había despojado del mismo. Incluida la presencia. Que dejó de ser simplemente eso y se convirtió en forma. En formas superpuestas, indescriptibles, y en colores desconocidos que acrecentaron mi temor. Con la forma empezó a construise el sentido, el significado. Una sensación nueva se unió a las formas que volvía a entender – y me distrajo el tiempo suficiente para que esa forma inexplicablemente amenazante cobrara realidad. En un instante ENTENDÍ. Esa sensación nueva había sido mi propio grito de terror, seguido instantes después del dolor: el terror de ENTENDER me había hecho saltar de mi cómodo sillón de cuero, que yacía espatarrado a poca distancia, cerca del fuego que creí mi amigo, y yo había caído con violencia sobre las losas de piedra.

De inmediato apagué la chimenea y desde entonces sólo ilumino mis estancias con lámparas de aceite, que evito mirar directamente y que mantengo con una luz mínima, que apago cuando la luna generosa me regala sus rayos a través de las ventanas.

Jamás volví a intentar mis experimentos de percepción, y cuando la costumbre empieza a llevar mis ojos hacia las formas puras, descartando los significados, me apresuro a ponerme en pie y a buscar un libro. A veces prefiero escribir con trazos grandes, de imprenta, de tal manera que ninguna línea especialmente orgánica adquiera una configuración especial.

Pero sé que está allí. Eso que primero intuí, luego percibí y sólo pude ENTENDER porque todo lo demás estaba, en mi mente desquiciada, desnudo de significado alguno, sigue allí, mirando, buscando desde el fondo de esas puertas luminosas de un mundo oscuro que llamamos Fuego. Y tiene hambre.

No llegas. Mis pies se cansan caminando, ansiosos, sobre el suelo duro. Mis manos han perdido la sensibilidad, cruzadas, congeladas, muertas, en la inacción de la espera. Mis pasos resuenan por habitaciones y pasillos, por escaleras y salones.

He encendido velas para tí. ¿Es la música? ¿Acaso no es lo que te gusta, lo que tanto amabas escuchar desde tu lecho? ¿O es porque no estoy tocando? Entonces me sentaré de nuevo ante el viejo y querido órgano y tocaré de nuevo para tí; te llamo a través del lamento de los tubos; te espero viajando con el oscuro sonido de la nostalgia. Arañas blancas, veloces, mis manos acarician el teclado, mis pies agotados presionan los pedales. Más rápido, más alta, más triste, más ansiosa, la vieja melodía golpea en los muros de piedra, se pierde entre cortinas y tapices, escapa por troneras y chimeneas y ventanas, mezcla los tonos lastimeros con el aullido del viento y la percusión de la tormenta que se acerca.

Pero no llegas. Una fuga muere sobre el marfil mientras, la cabeza inclinada, escucho los ecos que se alejan esperando los pasos que se acercan. Nada. Sólo el espectro de un recuerdo que aún puedo perseguir por la casa, esperando verte tras una puerta, o corriendo delante de mí.

¿Es tu risa eso que suena a lo lejos, en el sótano? No. El viento nocturno ha roto un cristal. Tampoco es tu llanto amado lo que escucho: ese viento travieso juega con rendijas y aberturas.

No llegas, pero sabes que te espero. Te he llamado en largas letanías junto al fuego. Te he esperado noches interminables de frío y soledad. He gritado tu nombre, lo he susurrado, lo he soñado, como te he soñado a tí. Pero no llegas.

He ido a visitarte. Escrita de mi puño y letra te llevé la invitación para regresar, con un gran ramo de flores. Canté para tí las canciones del viejo libro y aguardé tu respuesta, pero sólo respondiste con el silencio. Esperé más, en el frío, hasta cuando el cielo compartió mi tristeza y me empapó con lágrimas heladas, pero sólo respondiste con el silencio. Pasó la lluvia y la luna llena iluminó el relieve de las letras en el mármol; esas pocas letras afortunadas que pertenecen a tu nombre hermoso, grabadas en tu lápida. Y bajo la luz de la mística Selene volví a entonar las canciones para invitarte a regresar antes de volver sobre mis pasos hacia la triste soledad de mi morada. Sabía que me habías escuchado, porque las palabras fueron las correctas.

Pero no llegas. ¿Es la música? ¿Acaso no es lo que te gusta, lo que tanto amabas escuchar desde tu lecho de muerte? ¿O es porque no estoy tocando? Entonces me sentaré de nuevo ante el viejo y querido órgano y tocaré de nuevo para tí.