Sólo quiero…

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…decirte una cosa pequeñita.

Que te sientes a mi lado, mirándome a los ojos, y

antes de perderme en tu sonrisa,

decírtela con todos los detalles.

Pero las palabras, risueñas,

quieren esconderse, y para decirte

esa cosa pequeñita, tardaré más tiempo;

pues habré de hablarte con las manos,

y quiero que me escuches

con todo tu cuerpo.

Carta de Ley Original

Originalmente publicado en :

Esta carta es en realidad una carta de cualquier criatura a cualquier otra. Incluso podría ser una carta de cada quien a sí mismo. Quien lo sienta de esta manera, puede poner su nombre en el receptor, el destinatario o en ambos porque son reflexiones que a todos interesan y es valioso entenderlas y recordarlas.

Queda ya ofrecida la libertad de pasar este escrito a quien se quiera y se recuerda la gratitud de replicarlo tanto como se guste, conservando sanamente la integridad del mismo.

Escribo a través de este medio abierto porque tengo la disposición de sostener mis palabras y la mejor manera de garantizarlo es que todos y cualquiera sean testigos de lo que se mueve. También es un medio para recordar a los seres humanos que si este escrito llega a sus párpados es porque la vida también habla.

Con todo, soy apenas un mensaje y como existe la libertad para…

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Día Internacional de la Animación.

Animación

Animación

Hoy – octubre 28 – se celebra el Día Mundial de la Animación. Una buena oportunidad para compartir seis cortos animados, independientes, de excelente factura pero, además, con un mensaje profundo. Una demostración de que, pese al pensamiento generalizado en nuestro medio, los “muñequitos” (sic.) no son sólo para niños. Todo lo contrario.

 
 
 
 
 
 

Lección 57

Se necesitan tres cosas para escribir un poema

Se necesitan tres cosas para escribir un poema:
* Un ser que nos haga hervir la sangre.
* Fuego apasionado que inspire los versos.
* Notas para dar Ritmo a la musicalidad.
Tú cumples los requisitos.

No puedes olvidar

Hace mucho conozco el bar. Más de diez años. Caramba, yo mismo lo abrí. Debo conocerlo. Cada rincón (al menos antes de las adecuaciones), cada tabla, cada vidrio, cada baldosa agrietada. Cada sonido cuyo misterio se va volviendo como un viejo amigo: ya no sorprende, pero su presencia familiar hace más agradable una tarde solitaria o una noche helada.

Y por eso mismo, hace mucho sé de… Él. Alguien, una psíquica, nos dijo que se trataba de un chico. Una amiga sugirió dejar juguetes sencillos a su alcance, y un día alguien llevó una pelotita de plástico azul, con líneas blancas, y en la noche, al cerrar, simplemente la lanzamos por el pasillo, a ver qué sucedía. Tras cerrar con llave ese problemático portón doble, cuando íbamos bajando las escaleras hacia la calle fría en la madrugada, sonó un golpecito en la ventana. Yo no alcancé a ver, pero alguien más dijo haber visto la pelota azul golpeando en el vidrio.

Y desde ese día, fueron menos los objetos perdidos y luego encontrados en lugares extraños y absurdos – como la colección de cartas que se extravió sin dejar rastro y meses después apareció en perfecto orden en un zarzo donde sólo había un viejo tanque de agua caliente. Había menos ruidos, pasos quedos – o carreras infantiles desaforadas – en el piso de tablas desajustadas por las décadas, justo detrás de las chicas que se quedaban haciendo el aseo de noche. Y claro, esas mismas chicas no volvieron a quedarse aprisionadas en el baño de mujeres.

Pero Él tiene sus preferencias respecto a algunas personas.

Una noche, un viejo amigo me visitaba en la ciudad, y con algunas otras personas de nuestro círculo mútuo nos quedamos tomando hidromiel y contando historias en la sala de atrás, a la luz de las velas.

Primero noté el descenso en la temperatura. Paula también. Fue una estupenda excusa para abrazarla, lo que a ella le agradó mucho. Pero poco después empezaron los sonidos en la cocina.

Pequeñas cosas. El ruido que haría una cuchara que se mueve, un pocillo que cambia de sitio, la portezuela de una alacena que se abre y se vuelve a cerrar.

Guardé silencio para no asustar a mis invitados; aunque Él hacía tiempo se portaba más o menos bien, esos pequeños fenómenos eran comunes, cotidianos, familiares para nosotros.

Y entonces la licuadora, que siempre se quedaba desconectada en su sitio del mesón, empezó a funcionar a toda potencia. Salí corriendo a la cocina y justo antes de llegar percibí cómo se apagaba la luz. La licuadora paró antes de que yo atravesara la pesada puerta de vaivén. Pero la revisé de todos modos. Estaba desconectada. Guillermo estaba en el vano de la puerta preguntando si todo está bien. Me volví para regresar con él a la sala de atrás y la licuadora volvió a funcionar. En la oscuridad de la cocina veíamos con claridad las chispas azules del motor, a medida que aceleraba… Y veíamos con claridad el cable desconectado, que yo había dejado sobre el mesón.

Cerré los ojos y le rogué a Él que cesara el juego. La licuadora paró. En ese momento ví a los otros dos invitados en el pasillo, mirando con expresión asustada desde detrás de la mole de Guillermo, que bloqueaba la puerta.

Decidimos dar por terminada la noche y entre risas nerviosas regresamos a la sala para recoger pertenencias y dejar todo en un poco de orden cuando sonó como si toda la vajilla se hubiera estrellado contra el piso de la cocina. Un instante después Paula gritaba asustada: la ventana de la sala había sonado como si le hubieran aventado algo grande desde afuera. Tuve ánimo suficiente para verificar, como cada noche, las cerraduras y los pestillos de puertas y ventanas, y guié la marcha hacia la puerta principal. Paula caminaba tras de mí, Guillermo después y John, su primo, iba en retaguardia.

Quizá fue por eso que la puerta de vaivén lo golpeó a él con toda la fuerza, en el rostro; pura coincidencia. O quizá no le cayó bien a Él. Nunca lo supimos. John jamás volvió a pisar el bar.

Después de eso los incidentes fueron aislados y, cuando empezaban a incrementarse, simplemente buscábamos la famosa pelotita y la dejábamos en el piso al cerrar. Una noche se le olvidó esa pequeña ceremonia a Camilo. Al otro día, encontramos cada puerta y ventana abierta de par en par. Camilo juraba haberlas cerrado todas con cuidado antes de salir.

Cuando me despedí del bar y pasé a ser simplemente otro parroquiano cerré los ojos un momento y me despedí también de Él. Era lo menos que podía hacer.

No regresé hasta pasados un par de años, y sólo recientemente, como un pequeño favor, estuve tras la barra durante algunas noches.

Quizá por eso Él estaba tan molesto.

Llovía con fuerza intermitente. La ventana de la sala de atrás se estremecía a veces por el viento y a través de ella Alejandra y yo veíamos el asombroso espectáculo de los relámpagos alumbrando las espesas nubes y la ciudad bajo ellas.

Había poca gente y se fueron pronto, aprovechando un momento en que las nubes se cansaron de llover. Así que cerramos la puerta y cada uno se dedicó a sus deberes de cierre. Yo estaba haciendo arqueo de caja cuando percibí una sombra por el rabillo del ojo derecho, como si alquien estuviera caminando entre las mesas. Pensé en Alejandra pero en ese momento ella me dijo algo desde la cocina. Y justo después, se movió una silla en el punto más alejado de la sala. Luego otra más cerca. Sólo un poco, como para que sólo yo lo percibiera, como para que sólo yo recordara su existencia.

No le presté atención, pero tuve que volver a empezar el arqueo. Otro sonido, más cerca. Alejandra estaba barriendo la sala de atrás, en el extremo opuesto del bar. La escuché contestar el celular y hablar y reir antes de colgar. Pero a mi derecha, muy cerca, sentí una respiración suave, queda.

Me miraba desde la entrada de la oficina, con ojos furiosos, completamente negros. Estaba vestido todo de blanco y lo ví tan real como veo el teclado con el que escribo ahora. Tan real como usted ve la pantalla del dispositivo en el que lee o la persona a la que acaba de saludar.

Dio la vuelta y con dos pasos se metió en la pared, y yo me quedé mirando el lugar desde el que ese niño furioso vestido de blanco me había mirado con aterradora fijeza.

Sólo se lo conté a Alejandra un par de días después, y hace de eso casi un año.

Pero aún me estremezco recordando esa mirada negra y el vaho frío que me envolvió entonces, y la respiración agitada del fantasma, y las palabras que sus labios grises formaron: “Recuerda.”

Estaba vestido todo de blanco

Estaba vestido todo de blanco