No sólo la guerra es violencia. Si quieres la paz, respeta la Vida.
Si quieres la paz, respeta la vida.
A medida que se acercan las temporadas taurinas en las principales ciudades del pais, crece también la inquietud de quienes creemos que la tauromaquia no es más que una obsoleta forma de entretenimiento a costa de la dignidad y la vida de seres inocentes, más cercana a una Misa Negra que a cualquier manifestación artística válida.
De otro lado, siempre están quienes alzan una voz doliente y furibunda ante cualquier manifestación de violencia en los medios mientras guardan como tesoros los abonos para la siguiente temporada y alaban después la pericia y habilidad de los toreros; yo mismo he sido víctima – en un incidente bien conocido de mis allegados – de discriminación mediática por presunto “satanismo” por parte de conocidos periodistas manizaleños que disfrutan, sin embargo, de la sangre derramada y el sufrimiento de los toros sacrificados al morbo público durante la conocida e infame Feria de Manizales. Infame por los toros, por los índices delincuenciales que los medios ocultan al mundo, por el turismo sexual del que participa una sociedad que se autodenomina “culta” – y cierra una Orquesta Sinfónica por falta de presupuesto mientras contrata a un escultor para que se deshaga de la basura de su taller regando por las calles de la ciudad esperpentos pintarrajeados que hablan muy mal del gusto estético y de la “cultura” de Manizales.
Este post está dirigido a quienes no son hipócritas. A quienes son conscientes de que la Vida es una y sagrada. Y está hecho para ser repetido, distribuido, copiado y enviado.
Producto del cansancio y alucinaciones causadas por la falta de sueño: así clasificó inicialmente los fenómenos extraños que cada vez se hacían más frecuentes en forma de sombras entrevistas, reflejos insinuados, movimientos percibidos más con miedo que con los sentidos.
Pero, de ser así, ¿por qué eran cada vez más frecuentes los “incidentes”? ¿Los ruidos? ¿Los espejismos a horas en las que nadie afirmaría estar cansado?
En una ocasión, por ejemplo, escuchó con toda claridad cómo alguien cepillaba sus dientes mientras él brillaba sus zapatos. Pensó que era su esposa, pero en ese justo momento ella llamó desde la cocina para anunciar el desayuno.
Después, mientras daba los últimos y cuidadosos toques a su cabello frente al espejo del baño, se quedó paralizado de terror al ver con toda claridad, durante una fracción de segundo, a un hombre que pasaba rumbo a la habitación ajustándose la corbata.
En otra ocasión, habiendo bajado el libro que le ocupaba y asumido una actitud de escucha, su esposa quitó el volumen del televisor y se puso a escuchar también.
“¿Qué pasa?” preguntó, por fin, ella.
“Nada”, respondió. Esa hermosísima mujer no podía convertirse en un manojo de nervios; no estaba dispuesto a asustarla, pero había escuchado claramente como si alguien hubiera intentado abrir la puerta del apartamento. El ruido estuvo acompañado por un particular tintineo tan familiar que sólo respiró con tranquilidad cuando vio sus propias llaves cuidadosamente puestas sobre la mesa de noche, como era costumbre.
Tras unas semanas, los fenómenos se volvieron francamente alarmantes pero, por un lado, conservar la tranquilidad de su mujer era perentorio para evitarle esa crisis nerviosa que siempre parecía a la vuelta de la esquina. Pero, por el otro, ella, más tranquila que nunca, parecía ciega y sorda ante las extrañas ocurrencias, así que se sentía poco propenso a ver cuestionada su cordura.
Poco a poco, su rutina cotidiana fue dando paso a una cuidadosa cacería del duende, fantasma, o poltergeist que, a su vez, parecía seguirlo y provocarlo con ahínco: ya lo había encontrado en su oficina, cómodamente instalado en su puesto de trabajo. El espanto cada vez se hacía más atrevido: ya no se limitaba a desaparecer con discreción cuando lo miraba de frente, como cuando entró al apartamento y se lo encontró bebiendo café y leyendo el periódico del día. Más tarde, tuvo que llevar él mismo la taza, aún tibia, hasta la cocina.
El miedo y la ira pronto alimentaron su curiosidad, y perseguir a su perseguidor se convirtió en su obsesión. Días y semanas pasaron, y ya ni siquiera su esposa – radiante de belleza – se dignaba mirarlo cuando se tropezaba con él, greñudo y malhumorado, en el sofá al que se había retirado a dormir para vigilar mejor a su presa, que ya iba y venía por el apartamento como si fuera dueño y señor.
Una noche, despertó a las dos y media, como ya se había hecho costumbre, y se incorporó en su cama improvisada, atento a la conversación proveniente de su habitación.
Con pasos silenciosos se aproximó a la puerta de la alcoba para escuchar por primera vez esa voz que ya detestaba; el fantasma hablaba con su esposa.
“Mi amor, vamos a tener que buscar otro apartamento. Aquí hay un fantasma.”
“Lo sé, corazón – respondió esa otra voz tan amada, pesada por el sueño – lo más extraño es que es idéntico a tí…”
“These are the voyages of the starship Enterprise. Its five year mission: to explore new worlds, to seek out new life forms and new civilizations; to boldly go where no man has gone before…”
Durante cuarenta años, esas frases llenas de premoniciones y de expectativa por el futuro significaron el comienzo de aventuras fantásticas a bordo de una singular nave espacial cuya tripulación se convirtió en uno de los mayores íconos de la cultura popular del siglo XX; Son pocas las personas, aficionadas o no a la ciencia ficción, que no hayan escuchado esa frase introductoria o el saludo ceremonial de los vulcanos, “Live long and prosper”, o que no se hayan frustrado al intentar acompañarlo con el característico gesto de la mano derecha. La singular conformación del Enterprise, las orejas puntiagudas, la piel verde o azul o incluso la lógica irreductible del Señor Spock son, así mismo, símbolos de una época, de una cultura urbana y de un grupo muy especial de personas.
Tras seis series de TV y diez películas de éxito diverso y cientos de libros, cuentos, novelas, comics, videojuegos, parodias e imitaciones, Star Trek es una de las más conocidas franquicias y quizá la segunda – si no la primera – referencia obligatoria de la ciencia ficción occidental; los capitanes Pike, Kirk, Picard y Archer y los oficiales Spock, “Bones” McCoy, Data, Riker, T’Pol y docenas de otros son los modelos de cientos de capitanes ficticios – y probablemente también reales – en el universo entero.
El relativo fracaso de la última serie televisada (“Enterprise”) y de la película “Némesis” llamaron poderosamente la atención de los creadores sobre la necesidad de renovar la franquicia; parecía obvio que los personajes y situaciones enteramente nuevos – como sucede con la tripulación del capitán Archer – no estaban surtiendo mejor efecto que los personajes clásicos sobre las audiencias viejas y nuevas. La fórmula, entonces, es hacer uso de ambas circunstancias, y revisitar viejos personajes con nuevos puntos de vista, hasta recrear ese viejo universo ficticio como si fuera completamente nuevo, conservando hitos que lo enlacen al originalmente creado.
Y lo que hace la nueva película de la franquicia Star Trek es exactamente eso: crear una realidad alternativa que cambia incluso el pasado de los conocidos protagonistas y los pone en situaciones para las que sus particulares idiosincracias no los habían preparado.
Comercialmente era una apuesta alta pero necesaria; argumentalmente es un recurso válido para un universo en el que ya estamos acostumbrados a observar viajes hacia adelante y atrás en el tiempo, en la historia y en el futuro.
La historia contada en la película no es novedosa para Star Trek; ya numerosos villanos de toda procedencia habían buscado venganza en uno, otro o todos los integrantes de la tripulación de cualquiera de los Enterprise. Desde Khan hasta Shinzon pasando por los Xindi, muchos han querido destruir la raza humana. Otros tantos, como los Borg y los Constructores de Esferas, han regresado en el tiempo para postrar la Tierra antes de que sea posible salvarla.
Pero nunca antes el plan ha sido ejecutado con tan sobria y no pretenciosa humildad; nunca antes un villano como Nero había evitado los típicos errores de los villanos. Y nunca antes vimos a Spock expresar sus sentimientos humanos con tanta pasión.
Ese lado humano que Spock tanto buscó durante los cuarenta años anteriores desde el puente del Enterprise, esprecisamente el ingrediente que hace de Star Trek una película nueva y fresca a pesar de que el Enterprise es sin duda el viejo NCC-1701, a pesar de las conocidas orejas de Spock y de la minifalda de Uhura (¡Hurra por quienes diseñan los uniformes femeninos de la Federación!). James T. Kirk, Spock, Sulo, Chekov, Scotty, Bones… a todos los conocemos de antaño. Estamos complacidos de conocerlos otra vez.
Ah, la música de Giacchino: con suficientes elementos de las viejas bandas sonoras como para resultar también familiar, pero con suficiente majestuosidad – mucha de ella siguiendo los lineamientos recientemente establecidos por Horner y Zimmer – y una estructura lo suficientemente simple para ser recordada con facilidad. El tema final, con la voz de Nimoy citando las inmortales palabras de Zephram Cochrane, sirve como una magistral puntada final a una película excelente.
Una historia épica…
Pero antes de sumergirme en el futuro, pude realizar otro viaje muy distinto: uno de bellos paisajes muy colombianos, de búsqueda, de caminos polvorientos y bellas notas de acordeón. No el acordeón de Los Diablitos o los Hermanos Zuleta, no el acordeón de las emisoras y las voces quejumbrosas llamando a lista a todos los amigos; no, el acordeón era uno con una maldición y era el que tocaban – acaso tocan aún – los auténticos juglares, vagabundos en busca de algo irreconocible, tal vez la felicidad, quizá un poco de cariño.
Los Viajes del Viento, de Ciro Guerra, fue una sorpresa. Con un acordeón en el afiche, no era precisamente una de mis opciones cinematográficas. Siendo una película colombiana, la violencia y la maldad cotidianas del narcotráfico y los caciques, únicos temas aceptados como “realidad” por los círculos de poder cultural, me repelían con fuerza. Pero una dulce voz, con una invitación que no pude rechazar, me llevó al mundo de la música, de la verdadera, de esa que no vende y por eso mismo es más bella. Pero, al tiempo, me llevó a una historia de las que prefiero para leer o para ver o para escuchar o para contar; el cuento épico de una búsqueda del destino y de un objeto capaz de dar poder y traer desgracia. Un cuento como el de Sigmund contado con acento de la sabana – la grande, la del norte, la que confundimos con costa pero cuyos habitantes rara vez ven el mar – y cantado al ritmo de una caja sonora y una guacharaca estremecedora.
Fue una extraña tarde de sábado, aquella que comenzó a orillas del Sinú y terminó en los confines del sistema solar.
Agujas de hielo entre el pelaje plateado,
plata fundida delineando cada criatura del bosque nocturno
bajo la mirada milenaria de Selene.
Las zarpas golpean el suelo y el cuerpo enorme
parece volar entre los árboles ancianos,
galopando solitario contra el viento helado.
A veces se detiene, atento, sobre una colina o roca
y llama con voz potente, dejando brillar los colmillos
y reemprendiendo luego la veloz marcha rumbo al destino.
Sombra de plata en un paisaje de plata,
un sueño quizá, una ilusión terrible,
Lobo Blanco que corre en la noche.
En la montaña hay un castillo: un guardián antiguo
de piedras viejas, grises y duras, con memoria
de sangre y muerte, y tal vez ninguna risa.
En una almena hay una silueta femenina: una sombra delicada,
otro sueño, delgado, liviano, hermoso
que salta al cielo y vuela, desnuda.
El lobo corre, los ojos como fuego verde
y Ella vuela, desciende y cae
sobre el amplio lomo del ser que corre
y juntos cabalgan contra el viento
sombra de plata en el paisaje de plata
y un sueño blanco sobre su espalda.
Manos delicadas se pierden entre el pelaje blanco,
y unos pechos pequeños y firmes
se aprietan contra la espalda del gran lobo,
que poco a poco frena su carrera.
Y sus manos no son zarpas.
Y sus pasos son de hombre.
Bajo la mirada solemne de Selene
las manos buscan las pieles
y las bocas saborean el infinito
y el mundo es un gran vacío
en el que sólo caben manos, pieles y bocas
y alguna palabra arcana que se escapa.
Y la noche no termina, y las caricias
y los besos y el fuego eterno
y las miradas que se pierden en las miradas
y el universo explota en luces centelleantes
y júbilo celestial
y luego, el silencio.