La Torre Oscura de Molkunai: Epílogo

El grupo se detuvo en la cima de la baja colina, exhausto.

A sus espaldas quedaba la ominosa mole de la Torre Oscura de Molkunai. Balzack se dejó caer contra una roca y soltó el hacha, que ya le pesaba. Hyallej subió a la misma roca y oteó el horizonte rojizo y oscuro, cubierto por la extraña neblina. Apphan, sin abandonar su mutismo, se sentó junto a Balzack al tiempo que Cyryus subía junto a Hyallej, que había fijado la mirada en un punto, hacia el Este, hacia Wohnkrantz… o hacia donde debería estar Wohnkrantz en esta tétrica parodia del mundo que habían dejado atrás. Lotuno se acurrucó, casi invisible, bajo un matorral achaparrado y reseco. Recordaba que, antes de entrar en la torre, allí había un esbelto grupo de sauces verdes y rebosantes de vida.

Sin una palabra, Hyallej le señaló un punto al hechicero. Una nube de polvo rojizo más espeso que la niebla se levantaba y se aproximaba. Poco a poco, entre la bruma se hicieron visibles algunas siluetas negras. Un lejano rumor grave y ominoso empezó a sentirse. Balzack recogió el hacha y subió de un salto a la improvisada atalaya.

“Jinetes”, fue lo único que dijo.

“Es Vornhir” La voz los sorprendió a todos. Era la primera vez que Apphan, Ap-Phantarch O’ Albionne,  hablaba desde que abandonaran el centro de la torre. Incluso había despachado a docenas de goblins sin parpadear y sin un solo murmullo, y con la mirada fija en algún punto del pasado… o del futuro.

Hyallej lo miró con atención. Alguna vez, el albionés le había explicado que los druidas de Albión tenían acceso a una fuente de poder de la Tierra y el Espíritu, que llamaban el Awen, que en ocasiones críticas podía asumir el control del druida para solucionar las cosas y conducirlo a la victoria. Una de las principales preocupaciones de Apphan había sido pensar que su padre, el Phantarch de Albión, había sido asesinado antes de poder transmitirle el Awen. Ahora parecía que, de algún modo, el anciano lo había conseguido, y ahora era el Awen del Phantarch el que dominaba cada uno de los movimientos del druida. Y si el viejo había logrado transmitirle su Awen al joven druida, era probable que también hubiera logrado salvar la Canción, de alguna manera. Hyallej se preguntó si Apphan lo sabría.

El retumbar de la tropa de caballería que se acercaba era cada vez más claro. Hyallej volvió a concentrar su atención en los jinetes. Eran diez Caballeros Oscuros. Demasiados. Aún si el grupo estuviera en forma, descansado y con las armas prestas, sería una lucha desigual. Contó al tacto las flechas que le quedaban… tres. La espada era lo único en que podía confiar ahora. El hacha de Balzack estaba mellada y el enorme guerrero de los Bosques de Loern se veía cansado. Lotuno no había tratado de encaramarse a la roca para mirar, lo que decía mucho del cansancio del hobbit, y, por lo que Hyallej sabía, Cyryus había agotado sus hechizos y necesitaría tiempo para recuperarse… y la tropa no les daría ese tiempo. Porque los estandartes negros y las armaduras amenazantes no le daban a Hyallej la más mínima esperanza de que el grupo fuera un comité de bienvenida.

Con un suspiro, sacó una de las flechas y la puso en el arco. Miró fijamente al jinete que comandaba la tropa. El manto negro ondeaba tras él con majestuosidad, y el yelmo estaba hecho con el cráneo de un Dragón. De la silla del enorme caballo negro colgaba una espada negra… LA Espada Negra. Entonces Apphan tenía razón, el comandante era nada menos que Lord Vornhir. Pero, al mismo tiempo, Hyallej percibió que no lo era. Parpadeó para deshacerse de la molesta sensación y preparó el arco, apuntando con cuidado al visor del yelmo.

Jamás efectuó el disparo. Todo se volvió negro… y estaba en otro sitio. La cima de otra colina, rodeada de altas piedras negras y con forma de colmillos apuntando al cielo estrellado. No se veía por ninguna parte la alta silueta de la Torre Oscura.

En el centro había un montículo, coronado por una piedra más alta que las demás.

Apphan estaba de pie junto a esa piedra. Las destrozadas ropas con que había salido de la Torre Oscura de Molkunai habían desaparecido, y ahora llevaba una túnica blanca, resplandeciente. Su mano derecha se cerraba con firmeza en torno a una vara de cedro.

“Ya sabía que Krantz también debería tener un centro de poder. Y está muy bien oculto.”

Todos los miembros del grupo estaban allí. Balzack se veía descansado, con la armadura de cuero en perfecto estado y el hacha de guerra reluciente en su mano. Lotuno vestía una cota de malla de mithril, resplandeciente con luz como de luna llena. Cyryus llevaba el Manto del Murciélago, y bajo él, un corselete de cuero negro. El puñal ceremonial colgaba de un tahalí de cuero y el cinturón guardaba – Hyallej lo supo sin preguntar – una poderosa colección de hechizos. Pero a él mismo, aparte del cansancio, le faltaba algo… la aljaba. No estaba por ninguna parte. Pero el arco… ¡Era su propio arco, hecho como los dioses mandan con buena y maravillosa magia tecnológica de Armadien!

Había alguien más en la cima del montículo. Pero no se movía. Una figura femenina, baja y esbelta, completamente blanca. Una estatua, que Hyallej reconoció al instante. Lady Claryss de Tirion. ¿Por qué sólo una estatua? ¿Dónde estaba Claryss?

Apphan se dirigió a la estatua.

“Claryss se enfrentó a Vornhir cuando nosotros perdimos la Espada Negra. No quiso matarla. Aún hay mucha luz dentro de él. Pero la convirtió en esto. Después, acabó con el Consejo de los Hechiceros de Krantz y, con ayuda de la Espada, destruyó el gobierno de Krantz y se apoderó de él.”

“¿Cuándo?” Lotuno se adelantó hacia Apphan “apenas pasó media hora desde cuando él se fue y hasta cuando nosotros escapamos de la Torre…”

“Fueron unos minutos en nuestro tiempo particular… pero no para Krantz. Vornhir logró volver al momento en que entramos a la Torre, pues la abandonó por medios mágicos y como poseedor de la Espada Negra. Pero nosotros tuvimos que salir huyendo y peleando, sin tiempo para pensar en magia. Supongo que todo estaba planeado. Ahora han pasado para Krantz ciento sesenta años… de tiranía y horror. Ahora, Vornhir se dispone a invocar de nuevo a Enzaroth”

Lotuno se quedó mirando a Apphan.

“Tú no eres nuestro Apphan.”

“Sí lo soy… y no lo soy. Soy Ap-Phantarch O’Albionne, soy el antiguo Phantarch de Albión y soy el Phantarch de Krantz, y tengo conmigo el poder del Consejo de Hechiceros, que Claryss está canalizando, pues ella aún vive en el instante de su transformación, cuando ese Poder era más fuerte.”

“¿Qué estamos esperando?”

“A él” Apphan señaló hacia el extremo más alejado de la explanada. Vornhir y diez de los Caballeros Oscuros se aproximaban al trote.

“Maldito druida extranjero… debí destruirte mientras pude. Sin embargo, eso se puede remediar… ¡han sido quinientos años, Druida, quinientos ciclos de maldición, de sufrimiento, cuando yo debí morir junto a mis compañeros en la Torre! Y no volverás a impedir que todo esto acabe…” Vornhir hizo una seña a sus secuaces. “Acaben con los otros. Yo me encargaré del de Albión”

Con una rápida secuencia, Hyallej despachó a dos de los jinetes – cuyas armaduras mágicas no estaban preparadas para los poderosos dardos energéticos del arco armadiano – y apuntó a un jinete que se abalanzó sobre Lotuno, que echó a correr despavorido para ocultarse tras un menhir. Pero Hyallej notó con satisfacción que, mientras corría, el hobbit tironeaba de la espada.

Balzack se vio enfrentado a dos caballeros oscuros que lo acometieron al galope. Con una sonrisa salvaje se plantó firme sobre las fuertes piernas con el hacha sujeta por ambas manos, se agachó para esquivar la acometida de las dos espadas oscuras y con un arco relampagueante clavó la hoja del arma en la espalda de uno de los caballeros. El otro empezó a hacer girar su cabalgadura pero un ágil salto de Balzack lo puso a la grupa del jinete, que murió con rapidez, el cuello roto. Desde la grupa del caballo se enfrentó a otro par de caballeros pero sólo tuvo que preocuparse de uno de los enemigos, demostrando una vez más que el Hacha de los Bosques de Loern no tenía rival en las largas espadas oscuras. Una sombra descendió del cielo y desmontó al caballero restante, cuya cabeza golpeó con fuerza contra uno de los bloques de piedra. Cyryus aterrizó plegando el Manto del Murciélago y aprestó su enorme cuchillo de caza en la mano derecha mientras con la izquierda hacía un gesto curioso. Poco después, un violento relámpago azulado partía de su mano y golpeaba a uno de los últimos tres guerreros. Los dos restantes se dirigieron hacia él al galope, pero otro relámpago derribó a uno y una flecha luminosa de Hyallej acabó con el otro.

Apphan aguardó con calma a que Vornhir estuviera cerca.

“Tal vez la Maldición que Enzaroth os impuso en la Torre hubiera tenido solución, Vornhir. Pero el espíritu de Enzaroth ya os ha hecho demasiado daño, y nada se puede hacer por vos. Ahora sólo Enzaroth puede arreglar las cosas.”

“¡Sí, por fín lo comprendéis! Es lo que he tratado de deciros, pero no prestásteis atención. Invocar a Enzaroth, sólo una vez, para destruirlo con la Espada y destruir así la maldición y lo que queda de las obras de Enzaroth en Krantz, y evitar definitivamente que regrese alguna vez.”

“No, Lord Vornhir, ¿o debo decir Lord Tyber, el Noveno Guerrero? La luz de vuestra raza ya está demasiado extinta como para que podáis vencer a Enzaroth. Sólo por medio de esa espada maldita ya os ha obligado a hacer mucho daño al Imperio que vos mismo defendísteis hace tanto tiempo. Y, por efecto de la magia que con tanta facilidad prodigáis, también habéis dañado otros mundos, como Albión y Armadien.” En ese momento, Vornhir asestó un terrible mandoble en dirección a Apphan, pero la hoja de la Espada Negra nunca tocó al druida. Una luz azulada destelló a algunos centímetros de la cabeza del albionés y una cúpula azulada se iluminó a su alrededor. “Toda esa violencia no es necesaria.” Apphan no dijo nada más. Cerró los ojos y empezó a realizar lentos y majestuosos gestos con las manos. Poco a poco su cuerpo entero empezó a seguir un ritmo extraño y cadencioso, y la cúpula inmaterial y luminosa que lo rodeaba empezó a llenarse de runas resplanecientes que empezaron a su vez a danzar en el espacio. Vornhir retrocedió unos pasos, despojándose del enorme yelmo con un gesto de impaciencia. Una larga cabellera rubia ondeó como una bandera dorada y unos ojos luminosos miraron a Apphan.

“¿Qué creéis que estáis haciendo, druida ignorante? ¡Invocar de esa manera a Enzaroth sólo provocará su ira y vuestra destrucción y la del Imperio!”

Apphan lo miró y le respondió con voz estentórea.

“¿No era eso acaso lo que queríais, Señor de la Fortaleza de los Lobos?”

“¡No! Yo sólo quería acabar con esta maldición ¡Hace mucho que debería estar con los míos en los Palacios del Tiempo!”

“Ahora tenéis el chance. ¡Aprovechadlo!”

El sitio se había oscurecido hasta casi el negro absoluto. Resplandores azules brillaban en todas las armas de los aventureros, que se quedaron quietos, mirando hacia el violento remolino rojizo que se estaba formando. Balzack, con toda calma, limpió la sangre de las hojas de su hacha de combate. Cyryus se dejó flotar en el aire, con el enorme Manto del Murciélago ondeando a su alrededor, y empezó a tratar de reunir a los integrantes del grupo cerca de Apphan. Lotuno salió de detrás de uno de los menhires enfundando la espada. Detrás de él apareció un gran caballo negro sin jinete, y Hyallej cargó su arco para tenerlo preparado.

Una vez todos estuvieron cerca de Apphan, Cyryus musitó unas palabras y liberó al viento creciente un polvo que empezó a resplandecer y formó una cúpula rojiza alrededor del grupo. Incluso Apphan lo miró, asombrado por el notorio poder del hechizo.

Los caballos de los Jinetes Oscuros trotaban con desesperación alrededor del montículo, en pánico por no encontrar una salida. El torbellino de luz y viento sobre el Menhir central se abrió como un gran portal luminoso y por él empezaron a surgir sombras aullantes y horrendas, que de inmediato rodearon la cúpula de Cyryus y empezaron a atacarla. Una mano gigantesca de aspecto putrefacto surgió también. Luego el brazo, el hombro gigantesco y, finalmente, una cabeza, detrás de la cual apareció un cuerpo completo que se dejó caer sobre la cima de la colina. Era un inmenso cadáver cuya piel pútrida tenía una textura granulosa y horrible, porque los granos eran cabezas humanas y no humanas gritando con furia y dolor y exhalando vapores, luces enfermizas y otras cosas en las que Hyallej prefirió no pensar.

“¡Ah, mi fiel siervo! Por fin me has llamado para tomar posesión de mi Imperio”

“No, Enzaroth. No os he llamado para eso.” Vornhir levantó la Espada Negra y se enfrentó al horrendo ser, que avanzaba con pasos vacilantes como si a cada movimiento el cuerpo se fuera a desarmar en pedazos horribles. “Es hora de que termine mi maldición”

Enzaroth golpeó a Vornhir con el dorso de la mano y el Señor de la Fortaleza de los Lobos salió volando por el aire como un pétalo en un tornado. Las horribles sombras que acompañaban a Enzaroth lo siguieron y lo alcanzaron, e impidieron que cayera al suelo con una danza pesadillesca a su alrededor. Hyallej notó que Vornhir sufría… y de pronto, vio la expresión de Apphan.

El druida cayó arrodillado, exhausto. Cyryus gesticuló con desesperación, tratando de reforzar el hechizo de protección que se estaba desmoronando ante el ataque de las sombras.

Enzaroth, en ese instante, puso su mirada de muerte, soledad, y corrupción en el grupo de valientes. Todos temblaron de pies a cabeza.

“Estúpidos mortales. Nueve guerreros de los Señores Antiguos no fueron suficientes para vencerme, y vosotros, niñitos perdidos de otros mundos, creísteis ser lo suficientemente fuertes como para enfrentarme.”

Dos zancadas inmensas lo pusieron frente a la cúpula rojiza, que brilló con intensidad cegadora.

Pero otra luz, esta blanca, brilló con mayor fuerza aún. Apphan levantó con mano temblorosa. El Awen de guerra lo había abandonado. Pero aún así, con valor infinito se puso en pie trabajosamente y se enfrentó a Enzaroth. En su brazo llevaba algo alargado que brillaba.

“Esta luz ha causado mucho dolor y es hora de que sea redimida, y se redimirá con tu expulsión. Pero no ha de ser mi mano quien la esgrima, pues alguien más digno de ello está entre nosotros.”

Una silueta menuda y esbelta estaba ante ellos. Los cabellos rubios de Claryss de Tirion resplandecían con luz propia y sus ojos reflejaban inmenso amor por sus compañeros de aventuras y el reconocimiento de un camino recorrido y una meta alcanzada.

Con delicadeza, tomó la piedra que le extendía Apphan y les sonrió. Jamás habían visto una mujer – humana o elfa – tan hermosa como Claryss en ese instante.

“A través de Ap-Phantarch O’Albionne, Ulmo, Señor de las Aguas, me ha enviado el tercero de los Silmarils. Su luz ha provocado la guerra y la muerte, pero es la luz del principio, recogida por los Árboles de los Valar y puesta en su interior por Fëanor, mi ancestro, ¡y ahora esta luz os juzga y os dicta sentencia, Señor del Abismo Negro!.”

El silmaril brilló con intensidad cegadora y Enzaroth retrocedió cubriéndose las vacías cuencas que llevaba por ojos. Los miles de pares de ojos de su piel empezaron a humear y miles de bocas muertas clamaron de dolor. El cuerpo repugnante de Enzaroth humeó y se retorció al contacto con la pura luz que había sido enviada a través de universos enteros.

Pero, mientras Claryss hablaba, las sombras del Señor del Abismo se habían reunido y fundido en una sola, que ahora, bajo la forma de un Dragón Negro gigantesco, arremetió contra Claryss.

Ninguno de los aventureros pudo hacer nada, tal era su estupefacción y horror. Sólo Vornhir alcanzó a lanzar un tajo con la Espada Negra al oscuro monstruo… demasiado tarde. Las fauces de oscuridad pura se cerraron alrededor de la Guerrera Maga de Más Allá del Mar y Claryss gritó de agonía. El Silmaril cayó al piso y su luz infinita se convirtió en un resplandor moribundo.

La Espada Negra cumplió con su cometido y, allí donde golpeó al Dragón, el monstruo empezó a deshacerse. Soltó el cuerpo de Claryss, que cayó al piso, inmóvil, y se elevó retorciéndose.

Vornhir saltó hacia Enzaroth, que ya empezaba a recuperarse del ataque luminoso, y asestó otro golpe formidable con la Espada, que se quedó clavada en el pecho deforme del Señor del Abismo. Enzaroth miró la horrible herida y retrocedió. Hyallej reconoció el miedo en esas cuencas pútridas y vacías, y vio el torbellino formándose a sus espaldas. Unas pocas sombras insignificantes alcanzaron a escapar a través de él pero Enzaroth estaba herido de muerte y empezaba a desintegrarse. Cada uno de los rostros muertos de su piel gritaba y se convertía en un punto de luz que escapaba hacia el cielo, que empezaba a despejarse mostrando constelaciones desconocidas.

En un último espasmo de dolor, Enzaroth golpeó a Vornhir con tal fuerza que lo envió a través del portal que él mismo no alcanzó a atravesar, pues terminó de desintegrarse con un último aullido horrísono que quedaría en la mente de los aventureros para siempre.

El torbellino desapareció y la oscuridad se desvaneció. Once caballos negros trotaban alrededor de una colina baja, desorientados. Hacia el oeste, las titánicas ruinas de la Torre Oscura de Molkunai se estremecieron y colapsaron en un extraño silencio. Lotuno se sentó bajo un soberbio grupo de sauces donde, tal vez hacía pocos minutos – o quizá hacía siglos, o dentro de muchos años – sólo había un grupo de matorrales resecos.

El verde de la campiña alrededor de la elevación era asombrosamente bello. Aquí y allá, grupos de árboles y pequeños bosquecillos proclamaban una tierra fértil y próspera. El camino que venía del Oriente era amplio y cada una de sus losas estaba cuidadosamente colocada. En algunos sitios, una losa de color más claro que las demás proclamaba que el camino era puesto en orden con regularidad.

Pero los aventureros no prestaban atención al bellísimo paisaje.

Apphan sostenía entre sus brazos a Claryss, que estaba pálida.

“¿Lo matamos?” su voz era apenas audible. Con un esfuerzo para dominar las lágrimas, Apphan negó con la cabeza.

“No lo creo. Seres como el Señor del Abismo existen por la Oscuridad que hay en el fondo de cada corazón y cada alma. Por eso la Luz del Silmaril lo venció… pero seres como él pueden volver si hay quien esté dispuesto a pagar el precio… y casi siempre lo hay. Esperemos que tarde mucho en regresar.”

“Gracias a todos… algún día nos veremos de nuevo. Yo he encontrado mi respuesta. Ahora iré a las Estancias de Mandos, donde mi pueblo aguarda el destino secreto que nos está reservado… ustedes… continúen su camino. La fortuna los guiará…”

Balzack se arrodilló a su lado, y de los ojos de ese hombre fiero y salvaje brotaron lágrimas. “Parece que todo está bien por aquí… tal vez en Wohnkrantz podamos curarte…”

“Mis heridas no están en mi cuerpo, Balzack.” Con una dulce sonrisa, Claryss cerró los ojos.

“Hasta siempre”

Las palabras flotaron en el aire y se desvanecieron, y Claryss se había ido. Apphan levantó las manos que de pronto se encontraron vacías. Lotuno tocó el hombro de Hyallej y le señaló otra colina a doscientos metros.

Un caballo enorme servía de montura a un jinete gigantesco. Un arco inmenso colgaba a su espalda y en sus cabellos negros brillaba una luz que no era la del sol. Balzack se puso en pie tocando la empuñadura del hacha, pero Cyryus lo detuvo.

“No, está bien. Mira con cuidado.”

En el momento en que el jinete dio media vuelta y el corcel gris echó a cabalgar por el aire, todos vieron, a su grupa, una figura menuda y esbelta con cabellos de un dorado luminoso que les decía adiós.

***

Cyryus retuvo a Apphan por el hombro antes de que penetrara en la cámara del Consejo de Magos de Krantz. El Hechicero Supremo Merlayn le había dicho esa mañana que el Consejo en pleno podría enviarlo de regreso a Albión.

“No puede irse, druida. Aún no ha encontrado la Torre”

Apphan lo miró.

“Tiene razón. Pero Albión me necesita justo ahora. Y debo regresar ANTES de hallar la Torre de Orthanc. Quizá nos encontremos de nuevo allá.”

Balzack se aproximó a los dos hechiceros. “Supongo que nada puedo hacer para detenerlo, asi que váyase pronto. A ver si por fin puedo retirarme a dormir un rato.”

“Has dormido desde cuando regresamos de Molkunai, Balzack.”

“¿Y? Nunca es suficiente. Como sea, suerte, druida.”

Hyallej ni siquiera se aproximó. “Tal vez algún día nos volvamos a encontrar, druida. Pero si no es así, esperaré en Armadien con un buen vaso de hidromiel.”

Apphan no quiso o no pudo decir nada más. Con un leve gesto dirigido al hobbit, que se apoyaba indolente en la pared, entró en la cámara. Pero en el último instante se volvió de nuevo hacia el grupo.

“Gracias por todo… y cuidado. No sabemos nada de Enzaroth… y Vornhir vivía cuando cruzó ese portal, y tampoco conocemos el color de su corazón. Adios.”

Con media vuelta, cerró tras de sí la puerta.

Un mensajero imperial apareció por el corredor y musitó unas palabras al oido de Balzack – nadie se atrevía a hablar en voz alta tan cerca de la Cámara del Consejo de Magos – y le entregó un pergamino enrollado.

Cuando el mensajero se retiró, Balzack abrió el rollo y leyó por un momento.

Con una sonrisa salvaje, les dijo:

“El Emperador nos necesita otra vez. El embajador de Yadissia ha sido asesinado en circunstancias extrañas, y las únicas pistas llevan muy, muy lejos de Krantz, a través de peligros desconocidos…”

Hyallej empezó a caminar por el corredor, rumbo a los Salones Imperiales. Después de unos pasos, se detuvo y miró a sus compañeros por encima del hombro.

“¿Qué pasa con vosotros? ¿Acaso queréis vivir para siempre?”

~ por Mornatur en Marzo 27, 2007.

8 comentarios to “La Torre Oscura de Molkunai: Epílogo”

  1. Esta muy interesante, que buena elección haber parado un rato por aca.
    una muy buena opción

  2. de este es el que yo hablaba la otra vez,

  3. Excelente… la ilustración de quien es?

  4. La imagen es de Luis Royo, que muy amablemente no se da por enterado de que está publicada aquí sin autorización… ;)

  5. De veras que me ha gustado.
    Diría “Excelente”, pero seguro que Turin me demanda por plagiarle si lo hago :-)

  6. Ole Mellon, cuando hacemos un duelo de relatos? como en los viejos tiempos…

  7. Cuando vuestra merced guste, maese Túrin.

  8. ¿Un duelo? Sabéis, señores, que siempre estoy listo para un duelo.

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