Star Wars – Conciencia de Muerte
4.
Sistema Daiikamur, en el límite con las Regiones Desconocidas
El swoop bike disminuyó gradualmente de velocidad hasta detenerse en la linde del bosque de altas coníferas. El piloto, vestido con un grueso uniforme de invierno en lugar de la conocida armadura blanca de stormtrooper, miraba al suelo desde antes de que la veloz máquina se detuviera. El aliento del hombre se convertía en una nubecilla blanca que ascendía hacia el cielo plomizo.
El piloto desmontó del aparato – modificado para reducir su nivel de ruido – y se agachó, mirando algo con atención. Luego miró hacia la espesura. Sospechaba, correctamente, que otro par de ojos lo miraba a él con la misma atención. Dos ojos dorados con pupila vertical, cuyo dueño estaba absolutamente quieto y silencioso, tanto que incluso el sensor imperial de movimiento instalado a un par de docenas de metros perdió por completo su señal durante un rato.
Joss Korrell siguió con la mirada fija en el interior del denso bosque de Daiikamur mientras se incorporaba y retrocedía hasta el swoop bike. Con la mano izquierda, tomó un objeto alargado que iba encajado horizontalmente delante del manillar y, en silencio y con la seguridad del experto, lo armó en tres movimientos. Luego apuntó el largo rifle killthee hacia donde estaba mirando, y avanzó. El arma era oscura y mate, y medía casi un metro veinte de longitud, si bien su apariencia era esbelta y liviana. Un tanque esférico en el extremo de la culata lo delataba como arma de gas comprimido. Los killthee eran una especie de recios cazadores que se había negado a adoptar las armas de la «civilización» imperial. Korrell lo prefería para cazar: era ligero, fácil de manejar, y el éxito dependía más de la pericia del tirador que de la potencia de fuego. Cualquiera podía matar un Bantha con un blaster, si apuntaba a la cabeza y lo ponía a máxima potencia. Pero los pequeños proyectiles ahusados del rifle killthee difícilmente matarían un hombre a no ser que penetraran un órgano vital, y aún así era posible que la herida no fuera mortal. Para dar muerte a una presa mayor, el tirador debía, primero, conocer a fondo a su oponente, es decir, haberlo esperado, seguido, estudiado, analizado su conducta… y, segundo, ser un excelente tirador.
Joss Korrell había pasado las ocho semanas que llevaba en Daiikamur persiguiendo a la imponente bestia que ahora seguía. En condiciones normales, su unidad rara vez necesitaba de su intervención directa en las operaciones rutinarias, y en Daiikamur éstas eran cada vez más rutinarias. El sistema estaba tan alejado que en todo ese tiempo el Destructor Estelar Imperial Justiciero sólo habia tenido que vérselas con dos cargueros corelianos contrabandistas. Los dos habían cometido la estupidez de tratar de huir, y habían sido destruidos. De otro lado, Korrell era considerado uno de los mejores tiradores de la Flota, incluso desde los días de la Academia.
Midiendo cuidadosamente los pasos y con el arma preparada, Korrell empezó a internarse en el bosque. Sentía la mirada de la criatura siguiendo cada movimiento. Se desvió del curso previo y, al menos en apariencia, centró su mirada en otro sitio, pero continuó con su visión periférica – más sensible a los cambios sutiles de luz – atendiendo al sitio donde el pesado depredador se ocultaba. La táctica dio resultado, y el animal empezó a moverse para atacar a Korrell por la espalda. Si alguien le hubiera preguntado, el Capitán imperial habría dicho que podía escuchar el leve susurro del cuerpo de la criatura contra la vegetación. Pero la verdad era que la criatura no hacía tal ruido. Era perfecta y absolutamente silenciosa.
Un retumbar rítmico irrumpió de pronto, arruinando la concentración de Korrell. Pasos, pesados y mecánicos. Un AT-ST que se aproximaba. Korrell frunció el ceño: esta zona debería estar libre de patrullas durante las próximas diez horas. Algo había sucedido. Lenta y cautelosamente y tratando de volver a localizar su presa, Korrell se volvió hacia el límite de la espesura verdeazulada. El AT-ST venía a grandes zancadas, a máxima velocidad, y pronto estaría cerca. Korrell alzó una plegaria para que a ninguno de los pilotos se le ocurriera abrir la escotilla y salir del aparato, pero cuando vio las insignias de la máquina supo que era inutil la esperanza. Eran los novatos, recién llegados con dos AT-ST de reemplazo para máquinas averiadas que hubieron de ser enviadas a Centro Imperial junto con sus tripulaciones. Es decir, dos chicos sin experiencia en la superficie de Daiikamur.
Pero el Imperio le importaba un rábano a la criatura – que Korrell ya había localizado – y los AT-ST’s y sus pilotos les resultaban antipáticos… y deliciosos, según la frecuencia de los ataques después de un infortunado incidente un par de semanas después de la arribada a Daiikamur. Desde entonces, sus hombres respetaban profundamente a los enormes predadores que según el banco de datos Imperial se conocían como Khayeetas.
Korrell aprovechó que la atención de la criatura estaba centrada en la máquina que se acercaba para aproximarse a su vez. Vio el inmenso cuerpo cubierto de pelaje azulado y lustroso y los enormes músculos tensándose para el salto. Aparentemente, el ser también había identificado a los intrusos como recién llegados, y aguardó con paciencia a que el vehículo bípedo se detuviera.
La escotilla superior se abrió y un joven soldado salió hasta la cintura. Llevaba unos electrobinoculares en la mano. Le dijo algo a su compañero y el AT-ST giró la carlinga hacia el swoop bike estacionado a unos metros.
«¡Comandante Korrell!»
El grito perforó el silencio por un instante pero luego se vio tragado, opacado, destrozado por el primitivo poder del antiquísimo bosque. Korrell preparó su arma. El Khayeeta se replegó sobre los cuartos traseros.
«¡Comandante Korrell!»
Esta vez el Khayeeta respondió con un aterrador rugido al tiempo que se elevaba por el aire, ingrávido y magnífico, en dirección al imprudente soldado, que no atinó siquiera a desenfundar su propio blaster. Su copiloto, sintiéndose más seguro en el interior del vehículo, hizo girar la torreta de la bestia metálica.
El AT-ST y Korrell dispararon al tiempo. Los poderosos disparos desintegradores del vehículo pasaron inofensivos a los lados de la bestia y derribaron un par de árboles. El Khayeeta golpeó a su presunta víctima de lleno con las enormes patas delanteras y ambos cayeron al otro lado del AT-ST, entre un espeso grupo de plantas. Todo quedó en silencio.
El copiloto del AT-ST vio asombrado una sombra gris que se desprendió del bosque corriendo hacia el sitio donde habían caido el Khayeeta y su compañero. Disparó una ráfaga antes de entender de quién se trataba. Korrell no se tomó el trabajo de agacharse para esquivar los disparos, que fueron a volar árboles a casi diez metros. En cambio, recargaba el rifle a toda velocidad.
Cuando llegó, el Khayeeta estaba completamente inmóvil. Un leve reguero de sangre detrás de una oreja era todo el daño aparente.
Las botas del piloto del AT-ST sobresalían por debajo de la mole inmensa del felino de Daiikamur. Korrell contempló con deleite los casi siete metros y la enorme cabeza. Los ojos, abiertos, tenían expresión de desconcierto.
El copiloto del AT-ST llegó corriendo a la escena. De no ser por el gesto calmado pero perentorio de Korrell, habría disparado sobre el cadáver del Khayeeta, arruinando la magnífica piel gris azulada de brillo metálico con su intrincado diseño de camuflaje.
«Llame refuerzos para sacar de ahí a su compañero. Y dígale a Ergan que me debe una guardia. Ah, y la próxima vez, fíjese a quien le apunta, y si decide disparar, asegúrese de acertar.»
Asustado y desconcertado, el soldado regresó a toda carrera hacia su vehículo.
Korrell miró a su alrededor y centró su atención en un punto del bosque.
Otro par de ojos dorados y furiosos lo miraban desde la espesura.
***
El centro de mando de la base Daiikamur hervía de actividad. Algo muy inusitado debía estar sucediendo para llamar la atención de oficiales y controladores acostumbrados al tedio de largas guardias sin novedad. Ergan y Alzeek estaban junto a una de las pantallas de vigilancia orbital. El técnico a cargo del panel aguardaba expectante las órdenes de los oficiales. Korrell llegó ante ellos quitándose los guantes.
«Bien, ¿algo de acción por aquí, tal vez?» Ergan lo miró con un ligero saludo formal y miró luego a Alzeek. El joven oficial se había convertido en algo así como su vocero.
«Señor, un artefacto camuflado como un asteroide se está aproximando al sistema por el cuadrante 3. El Justiciero está demasiado lejos como para interceptarlo antes de que se acerque al planeta.»
«¿Qué seguridad tenemos de que no se trata de un simple asteroide?»
Ergan tomó la palabra.
«Señor, un asteroide corriente no hace correcciones de curso para evitar la órbita del Justiciero…»
«¿Una nave espía?»
«Tiene menos de tres metros de diámetro, señor.» Ergan señaló un punto de luz en la pantalla «Ni siquiera tiene el tamaño de un caza TIE… y no debo recordarle que un TIE tiene autonomía limitada y carece de hiperimpulsores. Esto parece ser un pequeño hiperimpulsor con sensores y transponder. Ni siquiera tiene la capacidad de uno de nuestros droides exploradores Viper-Arakyd.»
«Calcule la órbita de llegada al planeta.»
El técnico tecleó con rapidez y la pantalla mostró una serie de diagramas.
«Haga una transposición de ese resultado con el posible campo de detección de los sensores de esa cosa.»
El diagrama mostraba la ruta de aproximación del artefacto hacia el lado opuesto al sitio donde la enorme estructura conocida simplemente como Exar Kun orbitaba a Daiikamur.
«¿Podría hacer correcciones de curso como para entrar en órbita y descubrir el proyecto?» Korrell miró al técnico, que sintió los ojos del oficial fijos en él y empalideció.
«No, Señor. No tiene la masa suficiente como para almacenar el combustible necesario para contrarrestar su propia inercia. Se estrellará en el mar y será la cena de algún Wheerraum.»
«Bien, dejémosolo así. Pero si nos da alguna sorpresa, háganmelo saber.»
Korrell se dio vuelta para retirarse cuando una compuerta se abrió y el sonido de orugas sobre el piso de la estación de control llamó su atención.
Geran Dabanur, más máquina que humano, se desplazaba sobre un pequeño tractor que reemplazaba la mitad inferior de un cuerpo, que, según los rumores, había sido completamente inútil desde su nacimiento.
«¡Comandante! ¿Qué hará usted con ese magnífico animal que acaba de cazar?»
A Korrell le desagradaba incluso mirar la grotesca figura del científico, con cables saliendo del tractor y conectándose a cada centímetro que le quedara de piel. Cada movimiento de Dabanur estaba acompañado por un sonido mecánico desagradable.
«Guardaré su piel y el cuerpo será una magnífica cena para mis oficiales.»
La mitad orgánica del rostro de Dabanur hizo una mueca de asco. El científico había conseguido «mejorarse» a sí mismo para conseguir energía de una célula de poder convencional.
«¡Bah! Esos son lujos, muy poco militares por cierto. Necesito ese cuerpo como parte de la experimentación.»
«Lo siento, señor, pero no he sido notificado de nada parecido. Habrá que esperar hasta que el Justiciero traiga nuevos suministros e instrucciones…»
«¡Le recuerdo, Comandante, quién es el jefe aquí! ¡No seguiré soportando sus abusos de poder…!»
«Sí, si, ya lo sé… cuando regrese a Centro Imperial tendrá una excelente conversación con el Emperador acerca del desempeño de sus oficiales… haga lo que quiera, Dabanur. Sólo me interesa la seguridad del proyecto. Teniente Ergan, encárguese de que el cuerpo del Khayeeta sea entregado al profesor Dabanur después de que pase por la descontaminación…»
Ergan sonrió y saludó a Korrell antes de marcharse. No se dignó mirar a Dabanur: al fin y al cabo, no era más que un civil.
Dabanur miró a Korrell con desprecio – que el Capitán se encargó de devolver con un saludo militar ligeramente irónico – y se retiró haciendo chirriar sus orugas contra el piso.
Alzeek se acercó a su comandante.
«Vaya un ser repugnante.»
«Ya se acostumbrará, teniente. Pululan en el Imperio, aunque algunos no son tan notorios.»
«Comandante, no sabía que tuviéramos que descontaminar el material orgánico de Daiikamur antes de ingresarlo a la base…»
«No tenemos que hacerlo. Pero no le dejaré a Dabanur el tedioso trabajo de quitarle esa horrible piel al Khayeeta.»
***
El objeto entró en la atmósfera con brusquedad, pero en lugar de desintegrarse por completo por la fricción, las altas temperaturas lo liberaron de la mayor parte de su masa, constituida por el camuflaje que lo hacía parecer un asteroide. Cuando toda la materia rocosa se hubo fundido, quedó una especie de disco de al menos sesenta centímetros de diámetro que mantuvo el silencio electrónico asumido al entrar en la atmósfera de Daiikamur. El eficiente diseño Calamariano, además de proveer al vehículo de una excelente aerodinámica, lo hacía invisible a los sensores de superficie, que reportaron su desintegración total.
Las corrientes aéreas pronto tomaron el disco de aleación resistente pero ligera y lo empezaron a hacer desplazar por las capas superiores de la atmósfera a buena velocidad. Las diminutas holocámaras ocultas en la panza del objeto empezaron a grabar todos los detalles de la superficie del planeta. Durante bastante tiempo sólo captaron el brillo gris verdoso del océano planetario, pero después de un par de horas – durante las cuales había ido perdiendo altitud progresivamente – empezó a captar imágenes de una tierra densamente boscosa y de elevación creciente. Un rato después pasó sobre un elevado pico volcánico, y el suelo bajo el aparato volvió a descender.
Para ese momento la altitud del rastreador ya había descendido bastante y las copas de los inmensos árboles estaban a pocos metros bajo la esférica panza. Al parecer, el rastreador iba a finalizar su misión, como sus dieciséis hermanos, sin enviar ninguna información útil a sus creadores.
Pero en el último instante, el simple cerebro droide decidió hacer una transmisión, cuando, poco antes de que el horizonte se viera tragado por las ramas de un gigante del bosque, se perfiló contra el cielo la gigantesca silueta del disco parabólico de proyección de un campo deflector inmenso. El transponder envió una sola señal al Universo, tan pequeña que los controladores de comunicaciones de la Base Daiikamur y del puente del Justiciero ni siquiera le prestaron atención entre toda la oleada de señales más visibles y de menor importancia que inundaban las pantallas.
***
La puerta del compartimiento que los dos bothans y Dynamo usaban como oficina se abrió con ímpetu. La silueta de Ysir Bloochk se recortaba contra la luz proveniente del pasillo.
«Muchachos, prepárense: vamos rumbo a la acción. Antes de seis horas serán parte del mejor equipo de asalto de la Galaxia.»
Los dos jóvenes bothans se quedaron congelados en sus sitios, como si hubieran recibido una descarga aturdidora. Más o menos cinco minutos después de que Bloochk se retirara, un soberbio aullido de guerra Bothan se escuchó por toda la Stinger.
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MUY BUENA HISTORIA.
MIS FELICITACIONES… LORD DARKNNES….
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