De laberintos y dragones…

El mapa. ¿Por qué le permití a ese tonto halfling que huele a orco llevar el maldito mapa? Se lo pregunté por enésima vez. Se limitó a encogerse de hombros y dirigirme una mirada torva.
“Ya basta.” La voz del enano sonaba aún más grave en medio de ese túnel estrecho y silencioso. “Lo perdió, y nada podemos hacer al respecto… excepto seguir adelante…” El enano guardó silencio por un momento. Luego murmuró por lo bajo, para que sólo yo lo escuchara. “Pero en cuanto salgamos de este embrollo, juro que sabré si esa pelambrera de su cabeza es más resistente que mi mazo…”
El halfling no pudo escucharlo, o aparentó no hacerlo, pero la enorme mano del paladín que cerraba la marcha se apoyó sobre el hombro del enano. “No fue su culpa perder el mapa. Como no fue nuestra culpa caer en esa cueva de trasgos al escapar del dragón…”
“Yo no lo hubiera perdido, ni con todos los reinos trasgos persiguiéndome…” murmuré. El enano me miró de lado. “Pero perdiste la lámpara…” Lo que perdí fue la paciencia. “¿Hubieras preferido que la conservara, mientras veía cómo los trasgos te rebanaban?” Se detuvo y se volvió hacia mí acariciando el mango del hacha que llevaba al cinto. “Me las arreglaba bastante bien con los trasgos hasta cuando ALGUIEN decidió que sería más efectivo QUEMARLOS…” También me detuve, desenvainando la daga. “… Lo que funcionó a la perfección.” “¡Hey! ¡Esa daga es mía!” El paladín alargó su mano para quitarme el arma. Retrocedí un paso. La oculté con rapidez en mi manga y desenfundé la otra daga. Maldito enano: siempre logra sacarme de quicio, y entonces empiezo a cometer errores…
El halfling tiró de mi manga. Cuando lo miré, me hizo un gesto de silencio, señalando a una bifurcación en el túnel y señalando a la derecha: allí había al menos una criatura que avanzaba sin mucha discreción.
Olvidadas las diferencias en medio del peligro, tomamos posiciones defensivas mientras el halfling se adelantaba, silencioso. Enfundé la daga y preparé mi arco. El paladín se adelantó unos pasos y desenfundó la espada corta – el gran mandoble hubiera resultado inútil en los reducidos confines del túnel.
El halfling de pronto abandonó su postura de acecho y empezó a caminar con total tranquilidad y desapareció de la vista. Lo escuchamos hablar, sin entender las palabras. Y pronto estuvo riendo.
Los tres avanzamos hacia la bifurcación y lo que vimos nos dejó sorprendidos. El halfling estaba sentado sobre un amplio mantel a cuadros rojos y blancos, hablando animadamente con un hombre de cierta edad, grueso y con barba gris. Ambos comían emparedados y reían con alegría. A poca distancia, había una puerta… supongo que la mejor manera de describirla es diciendo que se trataba de una puerta de cristal con cientos de antorchas refulgiendo detrás. La puerta estaba entreabierta y alcancé a percibir a alguien aguardando detrás.
Cuando los tres nos reunimos alrededor de la alegre pareja, el hombre se puso en pie con alguna dificultad. Una vez en pie, se quitó los espejuelos para limpiarlos con el borde de la camisa de brillantes colores y nos miró a todos sonriendo.
“Sólo quería veros a todos por última vez…”
“¿Nos conocéis?”
El anciano sonrió, benévolo, y me guiñó un ojo. “Bueno, no se puede decir que os conozca a todos vosotros… no soy un dios… pero sé bastante, sí…”
“¿Conoce usted este laberinto, buen señor?” La extrema cortesía de los paladines siempre me ha parecido aburrida y desesperante, pero en esta ocasión me pareció… adecuada. Es lo que uno espera siempre de un paladín.
“Oh, por supuesto. Conozco cada entrada, cada salida, cada cámara… no sé lo que habrán puesto especialmente para vosotros, pero ya que estáis todos aquí, supongo que el DM está de muy buen humor…”
Un dragón negro. Al menos setenta trasgos. Dieciocho trampas mortales, incluyendo algunas elaboradas con magia bastante compleja… fuera quien fuera ese “DM”, no quisiera conocerlo en un momento de mal humor…
“Ahora, muchachos, debo irme. Douglas, Frank y otros muchachos me esperan por allí… Si queréis, puedo daros un mapa completo, con las posibles localizaciones de los mayores peligros y donde podáis encontrar la ruta más directa hacia la salida. Más aún, tan pronto como yo me vaya, podéis cruzar esa misma puerta e ir directo a la taberna más cercana. O podéis simplemente continuar por la otra bifurcación y llegar hasta el final…”
La taberna. Una buena cerveza, una noche de descanso en una cama blanda… o el resto del laberinto, con quién sabe qué criaturas aguardando en las sombras para despedazarnos con garras, colmillos y magia… y quién sabe cuántos tesoros aún por hallar… diantres, ni siquiera habíamos encontrado aún esa Espada que el paladín quería.
Los cuatro nos miramos por un momento. Creo que ninguno dudó un instante. El paladín ofreció al hombre una cortés venia y encabezó la marcha, de regreso al túnel.
Yo me quedé el último. Tal vez por eso, cuando los demás se hubieron marchado, el hombre se me acercó y, con aire confidencial, me entregó una bolsita. Era roja y tenía grabado un dragón en color amarillo encima de tres runas extrañas. La abrí, deshaciendo el nudo del cordel dorado que la cerraba. Gemas, pensé al principio. Luego me di cuenta de que eran trozos de algún material desconocido; figuras facetadas con diferente número de caras y de varios colores, y con una runa en cada cara.”
“¿Magia?” Pregunté.
“Si tú quieres…” Me miró fijamente, o mejor, miró a través de mí, como si más allá hubiera alguien más, tal vez controlando mis acciones… no me gustó la sensación.
El hombre atravesó la puerta de cristal y se sintieron risas y voces de bienvenida.
Tuve que ponerme al trote para alcanzar al resto del grupo antes de que se adelantaran demasiado.
Gracias, Gary, por eternidades de aventuras. Que el Mayor de los DMs te ofrezca la mejor aventura en tu más grande Búsqueda.
 
In Memoriam
Gary Gygax
1938 - 2008 

~ por Mornatur en Marzo 5, 2008.

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