Viajes

“These are the voyages of the starship Enterprise. Its five year mission: to explore new worlds, to seek out new life forms and new civilizations; to boldly go where no man has gone before…”
Durante cuarenta años, esas frases llenas de premoniciones y de expectativa por el futuro significaron el comienzo de aventuras fantásticas a bordo de una singular nave espacial cuya tripulación se convirtió en uno de los mayores íconos de la cultura popular del siglo XX; Son pocas las personas, aficionadas o no a la ciencia ficción, que no hayan escuchado esa frase introductoria o el saludo ceremonial de los vulcanos, “Live long and prosper”, o que no se hayan frustrado al intentar acompañarlo con el característico gesto de la mano derecha. La singular conformación del Enterprise, las orejas puntiagudas, la piel verde o azul o incluso la lógica irreductible del Señor Spock son, así mismo, símbolos de una época, de una cultura urbana y de un grupo muy especial de personas.
Tras seis series de TV y diez películas de éxito diverso y cientos de libros, cuentos, novelas, comics, videojuegos, parodias e imitaciones, Star Trek es una de las más conocidas franquicias y quizá la segunda – si no la primera – referencia obligatoria de la ciencia ficción occidental; los capitanes Pike, Kirk, Picard y Archer y los oficiales Spock, “Bones” McCoy, Data, Riker, T’Pol y docenas de otros son los modelos de cientos de capitanes ficticios – y probablemente también reales – en el universo entero.
El relativo fracaso de la última serie televisada (“Enterprise”) y de la película “Némesis” llamaron poderosamente la atención de los creadores sobre la necesidad de renovar la franquicia; parecía obvio que los personajes y situaciones enteramente nuevos – como sucede con la tripulación del capitán Archer – no estaban surtiendo mejor efecto que los personajes clásicos sobre las audiencias viejas y nuevas. La fórmula, entonces, es hacer uso de ambas circunstancias, y revisitar viejos personajes con nuevos puntos de vista, hasta recrear ese viejo universo ficticio como si fuera completamente nuevo, conservando hitos que lo enlacen al originalmente creado.
Y lo que hace la nueva película de la franquicia Star Trek es exactamente eso: crear una realidad alternativa que cambia incluso el pasado de los conocidos protagonistas y los pone en situaciones para las que sus particulares idiosincracias no los habían preparado.
Comercialmente era una apuesta alta pero necesaria; argumentalmente es un recurso válido para un universo en el que ya estamos acostumbrados a observar viajes hacia adelante y atrás en el tiempo, en la historia y en el futuro.
La historia contada en la película no es novedosa para Star Trek; ya numerosos villanos de toda procedencia habían buscado venganza en uno, otro o todos los integrantes de la tripulación de cualquiera de los Enterprise. Desde Khan hasta Shinzon pasando por los Xindi, muchos han querido destruir la raza humana. Otros tantos, como los Borg y los Constructores de Esferas, han regresado en el tiempo para postrar la Tierra antes de que sea posible salvarla.
Pero nunca antes el plan ha sido ejecutado con tan sobria y no pretenciosa humildad; nunca antes un villano como Nero había evitado los típicos errores de los villanos. Y nunca antes vimos a Spock expresar sus sentimientos humanos con tanta pasión.
Ese lado humano que Spock tanto buscó durante los cuarenta años anteriores desde el puente del Enterprise, esprecisamente el ingrediente que hace de Star Trek una película nueva y fresca a pesar de que el Enterprise es sin duda el viejo NCC-1701, a pesar de las conocidas orejas de Spock y de la minifalda de Uhura (¡Hurra por quienes diseñan los uniformes femeninos de la Federación!). James T. Kirk, Spock, Sulo, Chekov, Scotty, Bones… a todos los conocemos de antaño. Estamos complacidos de conocerlos otra vez.
Ah, la música de Giacchino: con suficientes elementos de las viejas bandas sonoras como para resultar también familiar, pero con suficiente majestuosidad – mucha de ella siguiendo los lineamientos recientemente establecidos por Horner y Zimmer – y una estructura lo suficientemente simple para ser recordada con facilidad. El tema final, con la voz de Nimoy citando las inmortales palabras de Zephram Cochrane, sirve como una magistral puntada final a una película excelente.

- Una historia épica…
Pero antes de sumergirme en el futuro, pude realizar otro viaje muy distinto: uno de bellos paisajes muy colombianos, de búsqueda, de caminos polvorientos y bellas notas de acordeón. No el acordeón de Los Diablitos o los Hermanos Zuleta, no el acordeón de las emisoras y las voces quejumbrosas llamando a lista a todos los amigos; no, el acordeón era uno con una maldición y era el que tocaban – acaso tocan aún – los auténticos juglares, vagabundos en busca de algo irreconocible, tal vez la felicidad, quizá un poco de cariño.
Los Viajes del Viento, de Ciro Guerra, fue una sorpresa. Con un acordeón en el afiche, no era precisamente una de mis opciones cinematográficas. Siendo una película colombiana, la violencia y la maldad cotidianas del narcotráfico y los caciques, únicos temas aceptados como “realidad” por los círculos de poder cultural, me repelían con fuerza. Pero una dulce voz, con una invitación que no pude rechazar, me llevó al mundo de la música, de la verdadera, de esa que no vende y por eso mismo es más bella. Pero, al tiempo, me llevó a una historia de las que prefiero para leer o para ver o para escuchar o para contar; el cuento épico de una búsqueda del destino y de un objeto capaz de dar poder y traer desgracia. Un cuento como el de Sigmund contado con acento de la sabana – la grande, la del norte, la que confundimos con costa pero cuyos habitantes rara vez ven el mar – y cantado al ritmo de una caja sonora y una guacharaca estremecedora.
Fue una extraña tarde de sábado, aquella que comenzó a orillas del Sinú y terminó en los confines del sistema solar.






















¿Cuál sería la primera referencia?
Porque eso depende más de para que lado jale la gente. ¿no?
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Don’t get it…