Relevado de su cargo
Producto del cansancio y alucinaciones causadas por la falta de sueño: así clasificó inicialmente los fenómenos extraños que cada vez se hacían más frecuentes en forma de sombras entrevistas, reflejos insinuados, movimientos percibidos más con miedo que con los sentidos.
Pero, de ser así, ¿por qué eran cada vez más frecuentes los “incidentes”? ¿Los ruidos? ¿Los espejismos a horas en las que nadie afirmaría estar cansado?
En una ocasión, por ejemplo, escuchó con toda claridad cómo alguien cepillaba sus dientes mientras él brillaba sus zapatos. Pensó que era su esposa, pero en ese justo momento ella llamó desde la cocina para anunciar el desayuno.
Después, mientras daba los últimos y cuidadosos toques a su cabello frente al espejo del baño, se quedó paralizado de terror al ver con toda claridad, durante una fracción de segundo, a un hombre que pasaba rumbo a la habitación ajustándose la corbata.
En otra ocasión, habiendo bajado el libro que le ocupaba y asumido una actitud de escucha, su esposa quitó el volumen del televisor y se puso a escuchar también.
“¿Qué pasa?” preguntó, por fin, ella.
“Nada”, respondió. Esa hermosísima mujer no podía convertirse en un manojo de nervios; no estaba dispuesto a asustarla, pero había escuchado claramente como si alguien hubiera intentado abrir la puerta del apartamento. El ruido estuvo acompañado por un particular tintineo tan familiar que sólo respiró con tranquilidad cuando vio sus propias llaves cuidadosamente puestas sobre la mesa de noche, como era costumbre.
Tras unas semanas, los fenómenos se volvieron francamente alarmantes pero, por un lado, conservar la tranquilidad de su mujer era perentorio para evitarle esa crisis nerviosa que siempre parecía a la vuelta de la esquina. Pero, por el otro, ella, más tranquila que nunca, parecía ciega y sorda ante las extrañas ocurrencias, así que se sentía poco propenso a ver cuestionada su cordura.
Poco a poco, su rutina cotidiana fue dando paso a una cuidadosa cacería del duende, fantasma, o poltergeist que, a su vez, parecía seguirlo y provocarlo con ahínco: ya lo había encontrado en su oficina, cómodamente instalado en su puesto de trabajo. El espanto cada vez se hacía más atrevido: ya no se limitaba a desaparecer con discreción cuando lo miraba de frente, como cuando entró al apartamento y se lo encontró bebiendo café y leyendo el periódico del día. Más tarde, tuvo que llevar él mismo la taza, aún tibia, hasta la cocina.
El miedo y la ira pronto alimentaron su curiosidad, y perseguir a su perseguidor se convirtió en su obsesión. Días y semanas pasaron, y ya ni siquiera su esposa – radiante de belleza – se dignaba mirarlo cuando se tropezaba con él, greñudo y malhumorado, en el sofá al que se había retirado a dormir para vigilar mejor a su presa, que ya iba y venía por el apartamento como si fuera dueño y señor.
Una noche, despertó a las dos y media, como ya se había hecho costumbre, y se incorporó en su cama improvisada, atento a la conversación proveniente de su habitación.
Con pasos silenciosos se aproximó a la puerta de la alcoba para escuchar por primera vez esa voz que ya detestaba; el fantasma hablaba con su esposa.
“Mi amor, vamos a tener que buscar otro apartamento. Aquí hay un fantasma.”
“Lo sé, corazón – respondió esa otra voz tan amada, pesada por el sueño – lo más extraño es que es idéntico a tí…”





















Una locura de fantasma es el que han adornado tus letras apreciado amigo. Genial, como todos tus escritos.
Por acá estoy volviendo a reincorporarme poco a poco a mi mundo virtual.
Besos!