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Sobre docencias y renuncias

14 dic

Este vínculo es la respuesta de una estudiante a Camilo Jiménez, el profesor que renunció porque se consideró incapaz de competir, como docente, con los nuevos medios de comunicación.

La respuesta complementa el artículo original y genera varias reflexiones interesantes.

En primer lugar, la estudiante, Victoria, tiene razón en un punto fundamental de la exposición que el señor Jiménez hace de las causas de su renuncia: es clara la posición elitista de Jiménez cuando considera que la posición socioeconómica es condición necesaria y obligatoria para el desarrollo intelectual de una persona.

En esa posición radica, creo, uno de los mayores problemas del sistema educativo colombiano. Porque es una posición que, de manera inconsciente, hemos ido asumiendo todos los colombianos y en gran parte aquellos que hemos tenido contacto con el mundo de la docencia. Prefiriendo ignorar o asumir como “la excepción que confirma la regla” los innumerables casos de personas que, con las uñas y poco más que un pocillo de aguadepanela en sus estómagos, han logrado grandes cosas en nuestro país. Grandes cosas que a muchos duele que se consideren grandes, además.

Me viene a la mente una nota de tinte amarillista pero sin duda conmovedora que RCN TV pasó alguna vez en su noticiero del medio día: un humilde técnico de algún barrio de Bogotá construyó unas manos artificiales para un empleado del Terminal de Transporte de la capital. Por lo que se alcanza a percibir en la nota, demasiado corta (no hay que quitarle espacio a las “buenas noticias del entretenimiento”, claro) los aparatos que el técnico construyó están a la par de algunos de los modelos más avanzados desarrollados por grandes corporaciones. Son, de hecho, muy superiores, en el sentido de que fueron realizadas en un taller casero y su costo es mínimo – lo suficientemente barato como para que un técnico de bajos recursos lo haya construido para un empleado de bajos recursos.

Ese técnico del que nadie se acuerda cuando se habla del desarrollo tecnológico colombiano, entre otras cosas porque su logro es, antes que nada, una gran vergüenza para las corporaciones que anteponen la utilidad financiera al bienestar de las personas, no es precisamente un producto de la maquinaria de colegios privados y universidades de élite; su alimentación es la misma de millones de obreros colombianos en la que abundan más la aguadepanela que la leche y el huevo que la carne. Y su logro es infinitamente superior al de cientos de miles de médicos, ingenieros e investigadores que se formaron en los colegios y universidades más costosos y contaron con chefs (o poco menos) y dietas minuciosamente diseñadas para alimentar cuerpo y mente durante todas sus (fáciles) vidas.

Ese caso no tan aislado, pero único por cuanto al menos logró una (mínima) difusión mediática, me hace recordar una experiencia propia, muy bella. Hace un par de años tuve la oportunidad de trabajar con una institución educativa de esas que el señor Jiménez desprecia; una Universidad Rural (concepto que de hecho será sorpresivo para muchos) dirigida a la formación técnica y tecnológica de los habitantes del campo (cuya existencia resultará aún más sorpresiva para muchos hijos de las pseudometrópolis como Bogotá o Medellín).

La labor que me fue asignada parecía sencilla en principio: un curso de bases de diseño gráfico para estudiantes de tecnología informática.

Pero las condiciones no terminaban ahí; esos estudiantes eran personas de bajos recursos y en su mayoría trabajadores que llegaban a clase tras arduas jornadas.

La primera sesión fue dolorosa para todos. La segunda muy enriquecedora (sé que lo fue para mí) y las siguientes deliciosas.

El dolor en la primera sesión provino de mi incapacidad inicial para diferenciar mi nuevo público objetivo del que ya había tenido, no mucho antes, en alguna conocida universidad privada de Manizales. De no haber tenido la previsión, la astucia y la pericia para “calibrar” correctamente al grupo desde ese primer acercamiento. Lo cual me obligó a empezar desde cero en la segunda sesión, tras una noche de reflexión y ponderación. Ese sábado de la mañana finalmente entendí, tras quince años de estar en pie frente a cientos de estudiantes, en qué consiste ser un profesor. Un docente. Como quieran llamarlo. Y radica en ser un guía.

Oh, por supuesto que, en teoría, todos los “docentes” lo saben. A ver cómo lo demuestran.

Pero, además, esa mañana y durante los fines de semana siguientes entendí también que si ese guía está adecuadamente preparado, no sólo en lo pedagógico y en su campo específico sino como SER HUMANO, es posible guiar a los estudiantes hacia resultados excelentes independientemente de su origen, posición socioeconómica, acceso a la tecnología o formación cultural.

Claro, al principio tampoco entendí la magnitud del aprendizaje que había realizado. Por ejemplo, después de varios meses aún me encantaba contar cómo con ese grupo específico había logrado mejores resultados que con varios grupos de universidades privadas, asumiendo el logro como una falla de las últimas (que sin duda tienen muchas fallas). Sólo después entendí que el logro también hubiera estado a mi alcance antes, de haber reconocido algo que Camilo Jiménez no entiende aún y seguramente no entenderá jamás: es el docente, como Guía, el que tiene la responsabilidad, no sólo de orientar a los estudiantes en el laberinto de cualquiera que sea el campo del conocimiento que haya escogido, sino de MOTIVARLOS para explorar ese laberinto, de IMPULSARLOS, de impedir que se DESENAMOREN o, en algunos casos, quizá en la mayoría, de hacer que se enamoren de eso, lo que sea, el diseño gráfico, la ciencia ficción, la historia medieval o la redacción.

Es obvio que Camilo Jiménez carece de esa habilidad, y me temo que si carece de ella es porque, probablemente, él mismo no AMA aquello que pretendió enseñar. Y eso es un desatino.

Vuelvo a estar de acuerdo con Victoria en que la decisión de Jiménez es posiblemente la mejor para sí mismo y para muchos jóvenes que con el tiempo hubieran caído en sus garras. Sí, en sus garras, en las zarpas de un ser anodino incapaz de expresar y transmitir el necesario sentimiento hacia los conocimientos que atesora y que en realidad no quiere (o simplemente es incapaz de) entregar.

Pero Camilo Jiménez también tiene, en su artículo, algún punto a su favor.

La creciente oleada de nuevas adicciones relacionadas con la tecnología, como la nomofobia o la necesidad patológica de revisar el perfil de Facebook o de charlar a través del smartphone con la persona sentada al otro lado de la mesa (no es exageración, cada vez se ve con mayor frecuencia) son obstáculos cada vez mayores para el desarrollo de la enseñanza. También es cierto que la educación en los colegios es cada vez más permisiva, menos orientada a la formación de los jóvenes como integrantes de una sociedad que quiere ser organizada y más hacia la promoción de la individualidad (lo que resulta menos “frustrante” para los adolescentes y menos dispendioso para los psicólogos que los acompañan, así implique mayores problemas para el proceso de adaptación social y frustraciones mucho más serias para esos mismos “pelaos” cuando crezcan) y no es una exageración afirmar que eso dificulta enormemente la labor de los docentes universitarios.

Pero, insisto, todas esas condiciones no son más que retos adicionales para el docente que, si es sincero en su vocación, profesional y enamorado de su área del saber, deberían ser incentivos adicionales para su desempeño, no obstáculos insalvables para los que la única solución es la renuncia.

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Acerca de Mornatur

A veces, la oscuridad es simplemente la ausencia de luz. Otras, es una luz negativa que se proyecta con fuerza propia y devora la luz. Esa es mi oscuridad.
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Publicado por en 2011/12/14 in Portales Infinitos

 

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