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Archivo del Autor: Mornatur

Acerca de Mornatur

A veces, la oscuridad es simplemente la ausencia de luz. Otras, es una luz negativa que se proyecta con fuerza propia y devora la luz. Esa es mi oscuridad.

Mariposa, haikú,
y mis labios se sienten
borrachos de tí.

 
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Publicado por en 2012/05/20 in Portales Infinitos

 

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Palabras

Huyen burlonas,
dejando
cenizas amargas
y lágrimas heladas,
diamantes
que en lugar de caer,
se clavan.

 
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Publicado por en 2012/05/06 in Relatos Oscuros

 

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Ese grandote de azul y rojo.

¿Ese inocente grandote vestido de azul y rojo? ¡Claro que me cae bien! ¿A quién no? Excepto al tipo calvo… Luthor, creo que se llama. Debe haber alguna historia interesante detrás de eso…

Pero el que me caiga bien es distinto a que me agrade como persona… quiero decir que nunca pensaría que el tipo fuera una persona ideal, o mejor, un ideal de persona. De hecho, me incomoda un poco, porque, ¿es realmente una PERSONA? ¡Ni siquiera es de este planeta!

Hay que entender esto: es difícil adaptarse a alguien que no puede MORIR como uno muere. Si a usted o a mí nos disparan en la cabeza con una Magnum 45, ya está, asunto acabado. Al grandote le han disparado hasta bombas nucleares y por ahí sigue, volando y sonriendo y haciendo que las chicas chillen como colegialas cada vez que aparece. Por cierto, si yo tuviera una hija la aleccionaría muy bien sobre un tipo que usa la ropa interior por encima de una… trusa tan apretada. Es indecente. Pero no es el tema. El tipo no es humano, y ni siquiera se molesta en aparentarlo… levantando aviones y deteniendo trenes con las manos, y quemando cosas con la mirada y congelando a los tipos malos con el aliento. Por supuesto que no es envidia, ¿para qué querría yo esos… poderes? No soy precisamente un héroe, ¿sabe? Y esa es la cuestión. De diez mil personas por ahí, una o dos son auténticos héroes. Humanos, mortales y de carne y hueso y que podrían morir si un contenedor les cae encima. Y muchos de ellos mueren y con su muerte demuestran su heroísmo. Para el grandote eso no significa nada: no tiene que realizar ningún esfuerzo; ser héroe es natural para alguien tan poderoso y no tiene miedo porque simplemente no lo pueden matar.

Ah, sí, el asunto ese de ¿cómo se llamaba? Doomsday. Día del Juicio. Un nombre idiota para un extraterrestre furioso. Pero así son los periodistas: siempre buscándole nombres a todo para vender más periódicos. Bueno, si Doomsday lo hubiera matado en serio el tipo no estaría por ahí dando la lata. Y tal vez hubiera sido más fácil para mí considerarlo un héroe si se hubiera quedado en su tumba o en la Luna o dondequiera que lo hubieran puesto. Al fin y al cabo, cuando un héroe – uno de verdad – muere, se convierte en leyenda, y poco a poco la leyenda se vuelve mito, con toda su carga de enseñanza y advertencia moral y todo eso, que es más útil para la gente, especialmente para los jovencitos, que mirar a un papanatas en calzoncillos saltando por ahí con una capa. Una capa. Como si llevar una capa roja y chiquitita, que ni siquiera sirve para cubrir del frío como las viejas capas, lo pusiera al mismo nivel de los héroes verdaderos, los que llevaban capas de verdad, Béowulf, Sígurd, el Rey Arturo, Carlomagno… No me mire con esa cara. Estar aquí no significa que no me guste leer al menos un poco. Y en realidad me gusta leer mucho. Sobre héroes de verdad, de los que murieron cumpliendo con su deber.

¿Por qué la gente empieza a molestarse si uno les dice la verdad sobre el grandote de azul? Ah, claro. Usted lo considera un héroe, ¿no? Un superhéroe, como les dicen ahora. Otro absurdo mediático. Un héroe es precisamente alguien que está por encima de los demás seres humanos (y super significa eso); los griegos creían que eran los hijos bastardos de los dioses y de ahí sacaban el coraje para hacer lo que tenían que hacer. Después el mito convertía ese coraje y esa ascendencia divina en poderes… y siempre eran exactamente los poderes que el héroe necesitaba para cumplir con su misión, y no otros. Ningún héroe antiguo tenía todos los poderes de un dios. Ni siquiera Heracles. Heracles, no Hércules: esa es una variante romana. Y vea usted, los romanos fueron los que empezaron con todo el lío, convirtiendo en dioses a reyes y a mártires por igual. ¿Hacia dónde tiene que mirar uno, entonces? ¿Quién es el modelo a seguir? Porque las buenas gentes de los tiempos de Béowulf sabían muy bien hacia dónde mirar: el tipo no sólo era su héroe, sino que era el Rey, y eso significaba algo, porque el Rey, – el líder del pueblo, en todo caso – no era simplemente el que tuviera suficiente dinero para pagar una excelente campaña de TV, y suficiente poder para usar sus conexiones buenas y malas y ocultar bien las malas después. No sólo era el más popular; era el mejor en todo, al menos en la guerra. No era cuestión de señalar un enemigo para que todos los soldados salieran corriendo a apalearlo y toda la gente se olvidara de las estupideces que había cometido. Si señalaba un enemigo, él mismo encabezaba la paliza o se llevaba la propia, como le pasó a Béorthnoth el hijo de Béorthelm. Ja, se nota que le hace falta leer un poco.

No, le repito que no tengo nada en contra de Superman. Si hasta me cae bien, ¿no se lo dije ya? Ni siquiera fue él quien me puso en Arkham, ¿sabe?

 
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Publicado por en 2012/04/29 in Portales Infinitos

 

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Esta noche

Sueña noche,
sueña mis sueños,
sueña mis manos,
sueña mis besos,
que yo te sueño.

 
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Publicado por en 2012/02/16 in Portales Infinitos

 

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Juego de palabras

¿Por qué, a veces,
escapan las palabras
no llamadas?

Se creían muertas
pero se levantan,
se desperezan,
bailan por la hoja,
buscan un nombre,
se saludan.

Pero si las busco,
se ocultan
entre rayos de sol
y viejas ruinas.

A veces se burlan,
juegan al escondite
y sólo cuando duermen
se les puede capturar;
pero, entonces,
se fingen muertas.

 
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Publicado por en 2012/02/16 in Portales Infinitos

 

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Pequeños poemas sin esperanza (VI)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Besarte, simplemente besarte.

Tocar apenas la superficie de tus labios,

sentir la más sutil de las dulzuras

y olvidar después, para volver a desearte.

 
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Publicado por en 2012/01/29 in Portales Infinitos

 

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Sobre docencias y renuncias

Este vínculo es la respuesta de una estudiante a Camilo Jiménez, el profesor que renunció porque se consideró incapaz de competir, como docente, con los nuevos medios de comunicación.

La respuesta complementa el artículo original y genera varias reflexiones interesantes.

En primer lugar, la estudiante, Victoria, tiene razón en un punto fundamental de la exposición que el señor Jiménez hace de las causas de su renuncia: es clara la posición elitista de Jiménez cuando considera que la posición socioeconómica es condición necesaria y obligatoria para el desarrollo intelectual de una persona.

En esa posición radica, creo, uno de los mayores problemas del sistema educativo colombiano. Porque es una posición que, de manera inconsciente, hemos ido asumiendo todos los colombianos y en gran parte aquellos que hemos tenido contacto con el mundo de la docencia. Prefiriendo ignorar o asumir como “la excepción que confirma la regla” los innumerables casos de personas que, con las uñas y poco más que un pocillo de aguadepanela en sus estómagos, han logrado grandes cosas en nuestro país. Grandes cosas que a muchos duele que se consideren grandes, además.

Me viene a la mente una nota de tinte amarillista pero sin duda conmovedora que RCN TV pasó alguna vez en su noticiero del medio día: un humilde técnico de algún barrio de Bogotá construyó unas manos artificiales para un empleado del Terminal de Transporte de la capital. Por lo que se alcanza a percibir en la nota, demasiado corta (no hay que quitarle espacio a las “buenas noticias del entretenimiento”, claro) los aparatos que el técnico construyó están a la par de algunos de los modelos más avanzados desarrollados por grandes corporaciones. Son, de hecho, muy superiores, en el sentido de que fueron realizadas en un taller casero y su costo es mínimo – lo suficientemente barato como para que un técnico de bajos recursos lo haya construido para un empleado de bajos recursos.

Ese técnico del que nadie se acuerda cuando se habla del desarrollo tecnológico colombiano, entre otras cosas porque su logro es, antes que nada, una gran vergüenza para las corporaciones que anteponen la utilidad financiera al bienestar de las personas, no es precisamente un producto de la maquinaria de colegios privados y universidades de élite; su alimentación es la misma de millones de obreros colombianos en la que abundan más la aguadepanela que la leche y el huevo que la carne. Y su logro es infinitamente superior al de cientos de miles de médicos, ingenieros e investigadores que se formaron en los colegios y universidades más costosos y contaron con chefs (o poco menos) y dietas minuciosamente diseñadas para alimentar cuerpo y mente durante todas sus (fáciles) vidas.

Ese caso no tan aislado, pero único por cuanto al menos logró una (mínima) difusión mediática, me hace recordar una experiencia propia, muy bella. Hace un par de años tuve la oportunidad de trabajar con una institución educativa de esas que el señor Jiménez desprecia; una Universidad Rural (concepto que de hecho será sorpresivo para muchos) dirigida a la formación técnica y tecnológica de los habitantes del campo (cuya existencia resultará aún más sorpresiva para muchos hijos de las pseudometrópolis como Bogotá o Medellín).

La labor que me fue asignada parecía sencilla en principio: un curso de bases de diseño gráfico para estudiantes de tecnología informática.

Pero las condiciones no terminaban ahí; esos estudiantes eran personas de bajos recursos y en su mayoría trabajadores que llegaban a clase tras arduas jornadas.

La primera sesión fue dolorosa para todos. La segunda muy enriquecedora (sé que lo fue para mí) y las siguientes deliciosas.

El dolor en la primera sesión provino de mi incapacidad inicial para diferenciar mi nuevo público objetivo del que ya había tenido, no mucho antes, en alguna conocida universidad privada de Manizales. De no haber tenido la previsión, la astucia y la pericia para “calibrar” correctamente al grupo desde ese primer acercamiento. Lo cual me obligó a empezar desde cero en la segunda sesión, tras una noche de reflexión y ponderación. Ese sábado de la mañana finalmente entendí, tras quince años de estar en pie frente a cientos de estudiantes, en qué consiste ser un profesor. Un docente. Como quieran llamarlo. Y radica en ser un guía.

Oh, por supuesto que, en teoría, todos los “docentes” lo saben. A ver cómo lo demuestran.

Pero, además, esa mañana y durante los fines de semana siguientes entendí también que si ese guía está adecuadamente preparado, no sólo en lo pedagógico y en su campo específico sino como SER HUMANO, es posible guiar a los estudiantes hacia resultados excelentes independientemente de su origen, posición socioeconómica, acceso a la tecnología o formación cultural.

Claro, al principio tampoco entendí la magnitud del aprendizaje que había realizado. Por ejemplo, después de varios meses aún me encantaba contar cómo con ese grupo específico había logrado mejores resultados que con varios grupos de universidades privadas, asumiendo el logro como una falla de las últimas (que sin duda tienen muchas fallas). Sólo después entendí que el logro también hubiera estado a mi alcance antes, de haber reconocido algo que Camilo Jiménez no entiende aún y seguramente no entenderá jamás: es el docente, como Guía, el que tiene la responsabilidad, no sólo de orientar a los estudiantes en el laberinto de cualquiera que sea el campo del conocimiento que haya escogido, sino de MOTIVARLOS para explorar ese laberinto, de IMPULSARLOS, de impedir que se DESENAMOREN o, en algunos casos, quizá en la mayoría, de hacer que se enamoren de eso, lo que sea, el diseño gráfico, la ciencia ficción, la historia medieval o la redacción.

Es obvio que Camilo Jiménez carece de esa habilidad, y me temo que si carece de ella es porque, probablemente, él mismo no AMA aquello que pretendió enseñar. Y eso es un desatino.

Vuelvo a estar de acuerdo con Victoria en que la decisión de Jiménez es posiblemente la mejor para sí mismo y para muchos jóvenes que con el tiempo hubieran caído en sus garras. Sí, en sus garras, en las zarpas de un ser anodino incapaz de expresar y transmitir el necesario sentimiento hacia los conocimientos que atesora y que en realidad no quiere (o simplemente es incapaz de) entregar.

Pero Camilo Jiménez también tiene, en su artículo, algún punto a su favor.

La creciente oleada de nuevas adicciones relacionadas con la tecnología, como la nomofobia o la necesidad patológica de revisar el perfil de Facebook o de charlar a través del smartphone con la persona sentada al otro lado de la mesa (no es exageración, cada vez se ve con mayor frecuencia) son obstáculos cada vez mayores para el desarrollo de la enseñanza. También es cierto que la educación en los colegios es cada vez más permisiva, menos orientada a la formación de los jóvenes como integrantes de una sociedad que quiere ser organizada y más hacia la promoción de la individualidad (lo que resulta menos “frustrante” para los adolescentes y menos dispendioso para los psicólogos que los acompañan, así implique mayores problemas para el proceso de adaptación social y frustraciones mucho más serias para esos mismos “pelaos” cuando crezcan) y no es una exageración afirmar que eso dificulta enormemente la labor de los docentes universitarios.

Pero, insisto, todas esas condiciones no son más que retos adicionales para el docente que, si es sincero en su vocación, profesional y enamorado de su área del saber, deberían ser incentivos adicionales para su desempeño, no obstáculos insalvables para los que la única solución es la renuncia.

 
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Publicado por en 2011/12/14 in Portales Infinitos

 

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El día que me quieras…

 
 

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Pequeños poemas sin esperanza (V)

Después, la lluvia.
Sonríe en tus ojos

la luna de invierno.

Y después, lluvia.


 
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Publicado por en 2011/11/10 in Portales Infinitos

 

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Pequeños poemas sin esperanza (IV)

Busco palabras
para escribir un poema;
pero se ocultan,
se deslizan a través
de rayos diminutos
que las alejan,
y me impiden narrar
la sutil felicidad
y la tremenda
angustia
capaces de encerrarse
en la corta distancia
de un suspiro.
 
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Publicado por en 2011/11/08 in Portales Infinitos

 

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