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Canto II: El Juicio de la hueste de los Valar

Los años de la Tierra Media, cortos para los Primeros Nacidos y largos para las casas de los Édain, pasaron y se fueron, y Beren y Lúthien rescataron el Silmaril de la corona de hierro de Morgoth, y mucho después Eärendil arribó a las Tierras Imperecederas y su arribo desencadenó la Guerra de la Ira.

Y se dice que, antes de que la poderosa hueste de los Valar partiera de nuevo hacia Valinor, un prisionero capturado en apartadas y profundas cámaras de Angband fue traido a la presencia de Eönwë, heraldo de Manwë, para ser juzgado. Y cuando se le ordenó que descubriera su rostro todos los presentes se horrorizaron, pues se trataba de uno de la raza de los Eldar, que no era prisionero de Morgoth sino que estaba en Angband por su propia voluntad.

Pero antes de que Eönwë pudiera dictar una sentencia, una diezmada tropa de Elfos con armaduras oscuras reclamó la presencia del prisionero, y se les permitió acudir ante él. Los recién llegados contaron cómo habían perseguido y exterminado a muchos Balrogs, y que finalmente uno de ellos había huído hacia el Este y se había ocultado bajo las Montañas Nubladas, a donde ellos no habían podido seguirlo.

Y Maedhros, Hijo de Fëanor, intervino entonces y llamó al prisionero “traidor”, y a los Elfos Oscuros los increpó duramente, y reclamó la muerte para aquél que, teniendo los Silmarili a mano, no los había reclamado, y Thinuial habló en respuesta y dijo a Maedhros que callara si sólo de traición podía hablar, pues era lo que la sangre de Fëanor traía a la Tierra Media y a todos los Eldar, y que de sus labios, muy pronto sólo el dolor surgiría en forma de canciones y gritos lastimeros, como en efecto ocurrió después.

Entonces Eönwë se pronunció, y dictó la sentencia dictada por Manwë mismo: no cabía en la mente ni en el corazón del poderoso Maia, que uno de los Primeros Nacidos hubiera buscado voluntariamente la cercanía de Melkor, así fuera para buscar conocimientos oscuros y arcanos que, se decía, estaban ocultos en las cámaras del primer Señor Oscuro. Pero también constaba a Eldar y a Valar que pelearon en la Guerra de la Ira el gran valor de los Elfos Oscuros que combatieron la terrible hueste de los Balrogs, y llegaron a recordar las hazañas de Thinuial en tiempos ya lejanos. Y los Elfos Oscuros hincaron la rodilla ante su líder y alegaron que, aún estando bajo la sombra de Thangorodrim, los dirigía con el pensamiento, y que mientras todos combatían él buscaba todo el conocimiento que Melkor hubiera robado para protegerlo y devolverlo a sus legítimos dueños. Pero Eönwë percibió que la Sombra había calado muy profundamente en el alma de Thinuial y no podría por ello volver a pisar el Reino Bendecido durante los días de la Tierra Media, ni compartir las Estancias de Mandos con aquellos de los suyos que partieron del mundo en alas de la Guerra o de la Pena, hasta cuando el destino de Arda se hubiera consumado.

Así pues, quedaba decretado que las puertas de Mandos estarían cerradas para Thinuial hasta el fin de los tiempos, y que ninguna herida del cuerpo o del alma sería suficiente para arrebatarle la vida. Y por la maldición que la Sombra de Melkor proyectaba en su alma, no podría pisar tampoco jamás ninguno de los Reinos que los Eldar en adelante fundaran en la Tierra Media.

Las últimas canciones de la Primera Edad del Sol hablan de un Elfo que olvidó su noble origen, y cambió su nombre por el de Morneldatur, acaso el último de los Eldar que presenciaría el Destino de Arda, y sólo volvería a ver a los de su Sangre cuando todas las Edades hubieran transcurrido. Los Elfos Oscuros permanecieron a su lado, leales hasta el final.

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