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Deek Rockthrower, piloto: Hoth

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Tres naves Incom T-65 Ala X sorteaban rocas en lo más profundo del campo de asteroides del sistema Hoth. Deek Rockthrower, Azul 4, manejaba la barra de mando con calma y precisión, esquivando los asteroides con una pericia que hacía de su nave una danzarina espacial. El joven proveniente de Tattooine sabía que K’Louuk – Azul 5 – y Vrenar – la bella alderaanesa que respondía al código Azul 6 – debían estar medio muertos de miedo, como lo demostraba la enorme ventaja que les había tomado. Deseó usar el commlink para burlarse de ellos un poco, pero el general Rieekan había ordenado silencio absoluto fuera de la superficie del planeta. Sería mala cosa si un crucero Imperial llegara a captar alguna transmisión en Hoth. Así que se guardó las bromas para cuando regresara a la base Eco… de todos modos sería divertido.

La unidad astromecánica – R5 F4, Effort por cariño – envió un mensaje a la pantalla de la carlinga. Deek no se molestó en responder al pánico de su copiloto por el hecho de ir a gran velocidad en medio de esa lluvia de pedruscos. En su lugar, maniobró peligrosamente cerca de una afilada roca, haciendo que ésta pasara apenas a centímetros de la metálica cabeza de su compañero, que envió una furiosa serie de chirridos electrónicos. En la pantalla apareció algo respecto a acusarlo frente al comandante Antilles. A Deek no le preocupaba Wedge Antilles. Pero le temía al comandante Skywalker. Decían que tenía poderes Jedi, como Darth Vader. Y Deek conocía muy de cerca a Darth Vader.

Un año antes de la destrucción de Alderaan, Deek viajaba en el pequeño carguero coreliano de su tío Roger Rockthrower, un hombre extraño pero simpático. Había luchado en las guerras clónicas y a Deek le encantaba escuchar relatos de aquella época, sobre todo de las batallas entre los carismáticos y misteriosos Caballeros Jedi – de los cuales el tío Roger siempre hablaba con especial simpatía – y las tropas Separatistas.

Aunque Roger nunca lo mencionaba, Deek suponía que su papel en las guerras clónicas había sido mayor que el de un simple soldado raso. Pero cuando se había atrevido a preguntarlo, su tío había gruñido y cambiado el tema, lo cual implicaba la interrupción del relato. Deek prefería el relato.

El carguero coreliano, el “Hada de Fórnax”, era pequeño y maniobrable, y Roger dedicaba gran parte de sus viajes comerciales a la instrucción de Deek en su pilotaje. En cuanto a la naturaleza de la carga transportada por su tío, Deek prefería no preguntar, toda vez que la respuesta solía ser evasiva. Viendo a Roger hablar ocasionalmente con alguno de los esbirros de Jabba el Hutt, Deek se había convencido de que debía ser algún negocio sucio, pero no le importaba demasiado. En cambio, hacía todo lo posible por viajar con Roger para aprender de pilotaje y astrogación y escuchar los relatos de guerra.

“Una vez, mi nave de transporte se vio seriamente averiada cerca del sistema Anoat – narraba Roger a Deek mientras tomaban el reposo habitual durante el salto hiperespacial entre Onderon y Naboo – y, viéndonos perseguidos por naves Separatistas, nos refugiamos en un campo de asteroides. Los droides Separatistas prefirieron ir a buscar una presa más fácil, de tal manera que buscamos con tranquilidad un asteroide tan grande como para atracar y hacer reparaciones provisionales. Hallamos un planetoide azulado y lleno de enormes agujeros donde cabría la nave. El trabajo, sin las facilidades de un hangar bien dotado, llevaría varios días, y muy pocos hombres de la tripulación estaban capacitados para realizarlo, por lo que los demás teníamos tiempo para aburrirnos de lo lindo. Algunos organizamos un equipo para explorar los túneles del asteroide, y llegamos a encontrar una inmensa caverna llena de cajas. Algunas, las más pequeñas, flotaban en la ingravidez, las mayores permanecían amarradas por estalagmitas a las paredes de la caverna. Eran antiquísimas, y algunas llevaban el sello de la República, pero en un estilo que debía remontarse a los inicios del gobierno galáctico, hace veinticinco mil años. Un amigo agarró una de las cajas flotantes y la abrió con el sable láser (Deek se preguntó si el propio Roger cargaba sable láser en esa época, pero se guardó su pregunta) y contenía cristales azules. Gemas preciosas como no se han visto desde…”

Roger interrumpió su relato al sentir la característica vibración producida por la repentina salida del hiperespacio y ambos saltaron a la carlinga del “Hada” a tiempo para presenciar la aparición de un monstruoso crucero interdictor del Imperio. Una transmisión llenó los altavoces de la carlinga ordenando apagar los motores y entregar el control del “Hada” a la nave Imperial. Las baterías de turboláser que les apuntaban y algunos cazas TIE que pasaron zumbando hicieron que Roger desistiera de cualquier intento de resistencia, tal vez pensando en la seguridad de Deek.

Una vez en el hangar del interdictor “Fuerza Oscura”, Roger y Deek fueron obligados a salir de la carlinga del “Hada de Fórnax”. Cuarenta stormtroopers – o más – abordaron de inmediato la nave y empezaron su registro. Roger estaba pálido y de vez en cuando miraba con preocupación a su sobrino.

Un oficial Imperial apareció en escena. Roger parecía conocerlo y lo saludó con amabilidad forzada.

“Coronel Veers, qué gusto. No pensé que volviéramos a vernos tan pronto.”

“Hay un viejo amigo que desea saludarlo, Rockthrower.”

Rodeado de diez soldados más, un gigante oscuro y maligno se dirigió a donde estaban Veers y los Rockthrower. Aunque Deek había escuchado sobre el Señor Oscuro del Sith, no esperaba el negro terror que acompañaba como un aura la presencia de Darth Vader. Una profunda voz electrónicamente modulada hizo estremecer hasta las últimas fibras del alma del joven.

“Rower Trianedi. Mucho le he buscado.” La palidez de Roger aumentó. Pero su voz sonaba firme cuando respondió.

“Entonces es cierto. El traidor eres tú… ” Roger – o Rower, como lo había llamado Vader – se llevó las manos a la garganta y su respiración se volvió dificultosa.

“El traidor al que se refiere está muerto, Trianedi. Recuérdelo. Y usted está a punto de acompañarlo en la Fuerza.”

“Déje… me… pelear… como Jedi…”

Rower cayó al piso agarrándose la garganta con ambas manos y tosiendo. Vader lo miró durante un momento.

“Coronel Veers, consígale un sable láser a nuestro… Jedi. El del difunto maestro Kinnawen de Antak servirá. Veremos si su insignificante e ingenuo dominio de la Fuerza le sirve de algo en contra del poder del Lado Oscuro.”

Deek observó la atemorizante silueta negra que desapareció en dirección a las entrañas de la inmensa nave Imperial, hasta que sólo quedó oscuridad y el eco de la respiración mecánica del Señor Oscuro. Veers hizo incorporar a Roger.

“Vuelvan a su nave. Ya enviará Lord Vader por ustedes…” Un stormtrooper le entregó un datapad a Veers “Pistolas BlasTech DH-17 y DL-44, refacciones para naves Incom… ¿Estamos comerciando con enemigos del Emperador, Rockthrower? Será una bendición para usted si Lord Vader le mata. Le evitará mucho dolor.”

Una persistente señal sonora hizo que Deek volviera a tomar el mando consciente de su Ala X. La mayor concentración de rocas en este sector le había obligado a reducir la velocidad y sus compañeros lo habían alcanzado. Effort indicaba la presencia de estructuras artificiales en alguno de los asteroides cercanos. Deek le ordenó una búsqueda más precisa.

Al cabo de un instante Deek se encontró de lleno con un gran asteroide esférico plagado de cráteres. Ordenó a Effort una exploración a fondo de las cavernas y obtuvo en pocos segundos un mapa tridimensional de las bocas adyacentes con el que ubicó unas cuantas entradas bastante grandes para los Ala X. En una de ellas se percibían los restos del acoplamiento para un túnel presurizado portátil.

Reduciendo la velocidad al mínimo, Deek enfiló hacia uno de los agujeros. En sus respectivas carlingas, K’Louuk el sulustano y Vrenar de Alderaan suspiraron con resignación y siguieron al líder de escuadra. La bella pelinegra pensó que tal vez a Deek le hiciera falta un poco de disciplina. O, mejor, mucha disciplina.

Una enorme sala en el interior del interdictor “Fuerza Oscura” serviría para el combate entre el Señor Oscuro del Sith y Roger Rockthrower, antes conocido como el Caballero Jedi Rower Trianedi. Y los únicos espectadores serían el coronel Veers, el joven y asustado Deek Rockthrower, y un pequeño contingente de soldados Imperiales.

El sable que le entregaron a Rower era una obra maestra de la artesanía Jedi. Era dorado, y estaba acabado por una unidad de energía más pequeña y más eficiente que cualquiera de las que hubiera visto. Al tomar el arma tuvo una fugaz visión del maestro Jedi del sistema Antak… Su Maestro. Un fuerte peso le oprimió el corazón. Había sido un hombre bueno, un excelente Caballero Jedi, y poderoso en La Fuerza.

La sola llegada de Vader pareció oscurecer la enorme sala. Sin desperdiciar palabras, el Señor Oscuro encendió su sable de hoja sangrienta y asumió una posición de combate. Rower sabía que sería inútil retrasarlo más. Dirigió una mirada de despedida a su sobrino y atacó. Sintió como la calma profunda del Jedi lo envolvía y una presencia que se unió a la suya propia para luchar y aumentar su propio poder. Pero no era suficiente. Hizo todo lo posible por desechar el miedo, pero sentir el aura terrible de su oponente minó su confianza. Ni siquiera las voluntades unidas de Kinnawen de Antak y la suya propia podrían derrotar el enorme poder del Lado Oscuro que emanaba de Darth Vader. Se concentró en la pelea, y una vez más dejó que la Fuerza lo absorbiera y lo dirigiera.

Deek notó la inicial vacilación de su tío, pero luego advirtió que se calmaba y que sus ataques y defensas eran menos desesperados, más elegantes y poderosos. La mirada del Jedi estaba perdida en algún lejano sistema, en contraposición a la furiosa mirada artificial de la máscara de Vader. Tal vez, después de todo, Roger podría ganarle al Señor Oscuro y ¿quien sabe? tal vez Veers los dejara en libertad como un tributo a la habilidad del guerrero…

Una triste sonrisa cruzó los labios de Deek. El coronel Veers era un oficial del Imperio, y el Imperio exigía tributo. Jamás lo ofrecía.

Deek saltó de la carlinga del ala X y fue a donde K’Louuk y Vrenar abandonaban sus propias naves, apertrechados con las indispensables máscaras respiratorias. Esperaba que las comunicaciones personales a corta distancia no estuvieran incluidas en las órdenes de Rieekan.

“Fue un vuelo genial ¿No?” Deek no necesitaba un traductor para interpretar la airada respuesta sulustana de K’Louuk y la furiosa mirada de Vrenar. Fue la chica la que habló.

“Sólo espero que esta irregularidad valga la pena para la Alianza, Rockthrower. Porque, si no es así, estás en un grave problema, y nosotros contigo… “

“Tranquila, Vren. Valdrá la pena. Suficientes gemas para comprar una Estrella de la Muerte para la Alianza… o quizás dos. Vamos, esa caverna no debe estar lejos. Effort, quedas a cargo de la nave. Si algo pasa, deet-deet-dah. Reporta un deet cada cinco minutos, y lanza una señal de auxilio a base Eco si no volvemos en una hora.”

Para un androide que se comunicaba a través de chillidos electrónicos, la respuesta de Effort sonó bastante irritada.

Los tres pilotos se adentraron en la cueva. El datapad de Deek tenía una copia del mapa tridimensional elaborado por Effort, que Deek seguía con la misma imprudente velocidad que usaba para pilotar.

“Escúchame, Deek: si nos perdemos, no tendrás que caer en las garras del Imperio para conocer la tortura…” Vrenar sonaba furiosa. Deek sonrió, recordando el hermoso brillo en sus ojos cuando se enfurecía.

El primer atisbo que tuvieron de un hallazgo fue un destello azul que brilló entre dos estalagmitas. Apenas prestaron atención a las extrañas formas que la falta de gravedad prestaba a las salientes rocosas, entre las cuales estaba empotrado un cristal azul redondeado. Deek lo tomó y lo entregó a sus compañeros. K’Louuk lo examinó y habló con aire reflexivo, olvidada la furia. Deek activó su traductor.

“…Cristales de Grigaron. Relativamente comunes en algunos sistemas antes de que se estableciera la Antigua República… Creo que eran usados por algún tipo de culto religioso, pero la información disponible es escasa.”

“¿Tienen valor ahora?” Preguntó Vrenar con suavidad.

“En Sullust, sí. Recuerdo muchos intentos de robo de los pocos que quedaban. De hecho “- ningún traductor podría reflejar la verdadera tristeza tras las palabras de K’Louuk – “muchos murieron cuando el Imperio bombardeó algunas ciudades en busca de los cristales.”

“Si el Imperio los busca, valen la pena…” Deek sintió algo extraño y familiar, indefinido y desagradable.

“Tomemos una o dos de las cajas y regresemos. Tengo un mal presentimiento…”

La señal llegó simultáneamente a los tres pilotos. Deet-deet-dah. Algo pasaba. Los tres jóvenes pilotos rebeldes oraron para que el Imperio no tuviera nada que ver.

Rower sentía la creciente consternación de Darth Vader, que esperaba una fácil victoria sobre el Jedi. Eso lo impulsaba a seguir luchando, aún a sabiendas de que, mientras él se cansaba, el cuerpo mecanizado de se adversario le permitiría resistir mucho más…

La calma y la paciencia rindieron fruto cuando la punta de su sable arrancó chispas de la parte superior del casco del Señor Oscuro. Un retorcido costurón de metal fundido brilló en la cabeza de Vader, que atacó con furia incontenida. A duras penas esquivó Rower el golpe y, girando con agilidad, atacó a la espalda de su oponente, que se repuso a tiempo para detener el ataque. Las hojas de las espadas de luz zumbaron al tocarse. Vader atacó de nuevo y Rower repelió los golpes. Fijó sus ojos en la máscara de Darth Vader y lo envolvió el miedo. “Matará a Deek con sus propias manos. Cuando me venza, matará a Deek…” En el último instante recobró el dominio lo suficiente como para ver venir la luminosa hoja de Vader hacia la cabeza, y aún sentir una dolorosa explosión de luz y calor en el interior de su cerebro a medida que el sable láser lo cortaba en dos. Luego, la paz.

El gigante de negro se quedó mirando el cuerpo de Rower Trianedi. Luego apagó su sable de luz y se dirigió a la salida.

‘Envíe ese sable al Emperador, general Veers. Arregle todo para mi regreso a Coruscant y ordene que preparen un nuevo yelmo.”

“Milord, espero sus órdenes con respecto al joven Rockthrower”

Vader se volvió y fijó la maligna mirada de su máscara en los ojos del chico.

“Supongo que una temporada en las minas de Kessel le enseñará los inconvenientes del contrabando”.

Mientras Darth Vader se perdía en las entrañas del “Fuerza Oscura”, Deek se hundía en la oscuridad de su angustioso futuro.

Effort estaba enviando datos a la pantalla de Deek. La imagen de radar mostraba infinidad de señales correspondientes a naves de gran tamaño en formación de ataque al lado opuesto del campo de asteroides y en dirección a Hoth.

“Los Imperiales nos han hallado. Hay que regresar a base Eco y avisar…”

“No lo creo” respondió Vrenar “podrían rastrearnos y hallar la base si no lo han hecho aún. Creo que deberíamos atacarlos… o huir…”

“No dejaré a los amigos allá abajo” intervino K’Louuk. Una rara vibración del traductor le indicó a Deek la furia del pequeño sulustano.

“Entonces atacaremos. Ojalá sirva de algo.” En ese momento llegaron a la caverna donde estaban los alas X. Tres unidades astromecánicas saludaron a sus dueños con urgentes silbidos. Deek reunió a los dos pilotos.

“Usaremos un patrón de ataque delta contra la nave almirante. Confiemos en que la mayor parte de las fuerzas estén concentradas en Hoth y podamos causar mucho daño. Atacaremos desde atrás y con toda la fuerza a los generadores de los escudos. Si logramos dañar seriamente ese superdestructor, tendrán que dividir sus fuerzas y tal vez le demos un poco de tiempo a Base Eco… Abran los receptores; Si podemos responder alguna llamada de auxilio en lugar de suicidarnos, está bien. Si no… “

“Que la Fuerza nos acompañe…” Deek y K’Louuk acogieron el susurro de Vrenar.

“¡Mantengan los receptores abiertos pero guarden silencio hasta entrar en combate!” gritó finalmente Deek mientras saltaba al interior de la carlinga. Sin saber qué hacer con el cristal azul que aún conservaba en la mano derecha, lo arrojó sobre su hombro.

El receptor del Ala X le entregó cientos de transmisiones Imperiales. Lord Vader en persona comandaba el ataque y había enviado tropas de asalto de superficie que intentarían desactivar el escudo. Las fuerzas espaciales estaban distribuidas para evitar que la Alianza escapara, pero nadie pensaba en un ataque desde los asteroides.

Los Imperiales habían perdido varios transportes de superficie – Deek recordó la pesada mole de los AT-AT que había visto alguna vez en Kessel – pero no antes de destruir el escudo planetario, y ahora había tropas entrando a la base rebelde. Varios transportes habían logrado escapar. Al escuchar el informe Deek no pudo evitar un gran júbilo. Una transmisión le llamó la atención y le dijo a Effort que la sintonizara y que enviara esa señal a las otras unidades astromecánicas. Oró para que los Imperiales no los detectaran aún.

“Informe al almirante Piett que el cañonero “Sombra” entra en persecución de un transporte rebelde. La nave enemiga trata de escapar bordeando un campo de asteroides en 4, 4, 0. Estamos enviando cazas.”

“Atención, éstas son órdenes de Lord Vader, repito: órdenes de Lord Vader: las naves disponibles deben confluir a 5, 5, 8, carguero ligero coreliano modificado tratando de escapar hacia el campo de asteroides. Lord Vader quiere esa nave en perfectas condiciones. Es prioritario que sus tripulantes lleguen sanos y salvos a manos de Lord Vader…”

Deek recordó el único carguero ligero coreliano que había visto en base Eco y conocía a su piloto, así que ordenó a Effort transmitir las coordenadas del “Sombra” y viró su Ala X con violencia. Sus compañeros lo siguieron.

“Atención, “Sombra”. Tiene luz verde para eliminar transporte rebelde. Repito, luz verde para eliminar transporte rebelde.”

“Sombra” a “Ejecutor”, el transporte ha perdido escolta pero conserva los escudos deflectores. Esperamos destruirlo en 50 segundos…”

Deek refrenó el deseo de acelerar aún más su ala X para llegar a tiempo. De nada le serviría llegar en fragmentos hasta el “Sombra”

Por fín, el radar le mostró el borde del campo de asteroides y dos naves, una en pos de la otra. Tendría contacto visual en unos segundos justo a popa del Cañonero Imperial. “Atención, transporte de la Alianza: aquí escuadra Azul. Acudimos en su ayuda.”

El crucero rebelde – el “Luz de Alderaan”, según le comentó Effort – no respondió, pero sí lo hicieron los oficiales Imperiales del “Sombra”.

“Atención, pilotos TIE: escuadra enemiga aproximándose por 4, 2, 7: intercéptenlos.”

“Nos han detectado, Azul 4” comentó Vrenar.

“Estoy en tu ala”, se reportó K’Louuk.

“Alas en posición de ataque. Contacto visual con cazas TIE en 10, 9, 8…”

Una noche, Deek se había perdido en las minas de Kessel. Sabía que no enviarían a nadie a rescatarlo. Era sólo un esclavo, y ningún oficial Imperial desperdiciaría hombres ni androides en su búsqueda. Le dejarían a merced de la atmósfera enrarecida y de la primera Araña Energética que quisiera atraparlo. Se quedó dormido…

… Y se encontró a sí mismo caminando por los corredores de la mina, siguiendo a su tío Rower, casi olvidado por las privaciones y la brutalidad. En una o dos ocasiones, Deek reconoció las entradas a las estaciones atmosféricas. En algún momento, Rower, ligeramente luminoso y vestido con una túnica Jedi, se detuvo y le indicó a Deek que escuchara.

“Sigue este túnel sin desviarte y llegarás a una cámara donde gente amistosa te recibirá. Y, cuando puedas, busca la caverna de la que te hablé antes. Está en el campo de asteroides del sistema Hoth. Esos cristales azules son más valiosos de lo que cualquiera pueda imaginar…”

Y desapareció.

Al final del túnel lo esperaban brazos amistosos aunque desconfiados. Supo que estaba en Kessendra y que pronto lo llevarían a otro lugar. Y le preguntaron si sabía pilotar una nave o manejar un arma.

Deek ajustó los controles de la computadora de blancos y centró el caza TIE más próximo. Fue un blanco sencillo, pero entonces se halló envuelto en una verdadera nube de atacantes que disparaban desde todos los ángulos. Oró mentalmente para que los deflectores resistieran todas las descargas. Un grupo de tres cazas TIE lo atacaba desde babor. Deek viró al tiempo que entraba en barrena y disparó con todas las armas. Las tres naves volaron en pedazos, y el joven piloto advirtió que otra escuadrilla de tres le disparaba desde popa. Concentró los deflectores allí y aceleró esperando poner a los enemigos a proa con un rizo… pero la maniobra lo puso frente a una batería de turboláseres del “Sombra”. Algo azul bloqueaba su visión por la derecha. Dio un impaciente manotazo y agarró el cristal azul que flotaba libre por la carlinga.

“¡Eso es lo que yo llamo disparar, Azul 4!” La voz provenía del “Luz de Alderaan”. Deek se preguntaba dónde hutts estaban los cazas TIE. De nuevo el cristal azul flotaba, esta vez frente a él.

“Yo quería cargarme unos cuantos, Azul 4” Era Vrenar. Deek sacudió la cabeza. Una descarga del cañón de iones del “Sombra” rozó los deflectores de estribor y lo hizo volver a la realidad. Observó alarmado que los escudos no soportarían otra descarga y que la energía de los cañones láser escaseaba.

“Azul 6, trata de distraer el fuego enemigo. Azul 5, sígueme y volemos esos generadores…”

Deek vio como la esfera azul empezaba a brillar y la atrapó de nuevo. El “Luz de Alderaan” se acercaba a gran velocidad por la proa. Tenía apenas tiempo de maniobrar para alejarse del curso de colisión cuando sintió la explosión del “Sombra”. Un coro de aullidos lo ensordeció antes de que las voces de sus amigos y del comandante del crucero rebelde empezaran a hacerse inteligibles. K’Louuk gritaba incontenible por el traductor:

“Eres un pésimo amigo, tú, cerebro de mynock, incapaz de dejar que un pobre sulustano lance sus propios torpedos de protones…”

Una nueva señal en el radar silenció las conversaciones.

“Atención, escuadra Azul, estamos transmitiendo coordenadas a sus unidades astromecánicas. Aconsejaría entrar en el hiperespacio antes de que alguno de esos destructores Imperiales tengan tiempo de llegar hasta aquí…”

“Fue la esfera. No me cabe otra explicación. De alguna manera… la esfera guió mis actos… o mis instintos… para hacer todo eso…”

Deek, a bordo de la fragata de oficiales de la Alianza, hizo un vago gesto hacia el aparato que reproducía las transmisiones de audio de la reciente batalla con el Cañonero “Sombra”, en la que había destruido en una rápida secuencia de fuego ocho cazas TIE, para luego acabar en pocos segundos con los generadores del escudo deflector e inmediatamente después con el cañonero mismo. De todo lo cual no recordaba nada. El cristal azul reposaba en una mesita frente a los tres pilotos reunidos. K’Louuk la tomó con cuidado, pero la esfera había perdido todo su brillo, como si estuviera muerta.

“Supongo que se consumió…”

Vrenar se acercó un poco tomó la mano de Deek. “Sólo sé algo… eres un indisciplinado joven guerrero, capaz de destruir una flota entera si se lo propone. Quizá ni necesitarías esa esfera…”

K’Louuk habló un instante, luego recordó encender el traductor.

“¿Por casualidad tienes algún tipo de sensibilidad hacia la Fuerza, como el comandante Skywalker? Quizá al ser tu tío un Jedi, algo te quedó o te correspondió por herencia… Dicen que la calma que invade al Jedi en el momento de combate es una especie de olvido… y el capitán Antilles dice que el comandante Skywalker no recuerda el instante en que disparó los torpedos contra la Estrella de la Muerte…”

“No lo sé… de hecho, tío Roger me habló una vez del camino para llegar a ser Jedi, hablándome, como siempre, de uno de sus amigos. Supongo que se refería a él mismo. Me dijo que se requería cierta habilidad innata de la que yo carecía. Que me conformara con ser un buen piloto…”

“Tal vez te protegía de Vader. Sabía lo que estaba pasando con los Jedi.”

“K’Louuk, ¿qué pasó con las esferas azules que había en tu planeta?”

“Nadie lo sabe. Parece que ni los Imperiales las hallaron. A propósito, investigué algo más sobre esas esferas. Parece que la Vieja República consideró como buena política hacer desaparecer todo rastro de los cristales de Grigaron, pero en ninguna parte dice por qué o cómo.”

“¿Y el sistema Grigaron?” Vrenar sonaba esperanzada.

“Nadie ha escuchado nunca de que tal cosa exista.” respondió K’Louuk, fúnebre.

“Hay que volver al asteroide.” Deek miraba hacia la escotilla que mostraba las largas líneas y extrañas formas del hiperespacio. “Sólo imagínense… una esfera para cada piloto… sólo unas cuantas para los miembros del nuevo escuadrón Rogue de Luke Skywalker…”

Deek miró a Vrenar y a K’Louuk con esperanza en los ojos.

“Si esas esferas hacen con todos los pilotos lo que hicieron conmigo… Debemos volver al asteroide, a cualquier costo.”

El almirante Piett, pálido y aterrorizado, respiró profundo antes de hablar a Lord Darth Vader.

“¿Si, Almirante?”

“El Emperador desea establecer comunicación con usted”

“Mueva la nave fuera del campo de asteroides para enviar una transmisión clara”

“Sí, Milord”

Mientras Lord Vader abandonaba el puente y Piett daba las órdenes pertinentes para sacar el inmenso superdestructor del campo de asteroides, el Almirante observaba las desesperadas maniobras de los artilleros para evitar que alguna de las grandes rocas golpeara la nave. Dos cañones de iones y varios turboláseres dispararon simultáneamente para destruir un pequeño planetoide. Piett se preguntó si la mezcla de iones y turboláser siempre causaría ese resplandor azul que aún permanecía en el sitio antes ocupado por esa gran roca llena de agujeros.

 
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Publicado por en 2007/05/22 in Portales Infinitos

 

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Cuentos de Dragones

Dragon

La luz de las lámparas de aceite en la taberna era tenue, adecuada para relajar ojos cansados por el sol de un día de viaje y la música que tocaba el arpista al fondo de la sala hablaba sin palabras del reino del sueño.

Una moneda de plata rodó hasta donde el voluminoso y barbudo propietario de la taberna bebía poco a poco una enorme taza de aromática bebida caliente, sentado en un banco alto. Un gesto de cierta mano enguantada le indicó que se guardara el cambio y el viajero, un hombre de mediana estatura y facciones cubiertas por la capucha de un amplio manto rojo, caminó hacia el grupo de aventureros, y se situó tras el que contaba la historia, un jovencito delgaducho que, a juzgar por el tono de piel, poco había cabalgado. La guarda de la espada a su costado estaba limpia, reluciente y sin marcas: esa espada nunca había visto combate, salvo, quizá, en algún salón de prácticas. El viajero sonrió bajo la capucha, que dejó caer con un gesto elegante y fluido. Tenía el cabello largo y rojizo, piel atezada y ojos del color del ámbar.

“Entonces puse la punta de Cortadora, mi espada” decía el muchacho tocando la empuñadura de su arma “frente al ojo derecho del dragón y le dije ¡Mira bien, lagartija!¡Esta es la punta de Cortadora, y es lo último que verás en tu vida miserable! Y le clavé la hoja hasta la misma empuñadura… el animal trató de levantar la cabeza pero ya era tarde y murió allí, frente a mí…” Se detuvo en seco al sentir el frío del acero en su cuello. Instintivamente llevó la mano a la empuñadura de Cortadora… que ya no estaba en la funda. Una mirada de soslayo le indicó que era la adornada hoja de su propia espada la que lo amenazaba. Sus tres acompañantes se levantaron de un salto y el arpista suspendió su interpretación.

“Mira esto, Señor Aventurero” El viajero, que sostenía la espada con la mano izquierda, señaló con un dedo enguantado una serie de puntos negros en la reluciente hoja de acero “parece que no aceitas tu hoja con frecuencia…” Levantó la espada y la miró a la luz de las lámparas de aceite. El cantinero había puesto un hacha enorme sobre la barra, y acariciaba el mango mirando al grupo como si deseara una excusa para usarla.

El viajero enseñó la hoja a los aventureros y luego al cantinero.

“¡Puntos negros! Déjame decirte, Aventurero: son tu peor enemigo. Son los que permitirán a cualquier orco de montaña romper tu excelente hoja con una cimitarra de hierro mal templado. Debes cuidar de tu hoja, amigo Aventurero, no sea que te traicione…” Una ronca carcajada medio contenida sonó a espaldas del viajero. El cantinero sonreía y asentía con la cabeza. El viajero le hizo un guiño de complicidad.

Entregó la espada por la empuñadura de tal manera que el muchacho tuvo que incorporarse para recibirla. Era un poco más alto que el viajero pero su figura desmañada, junto al elegante porte del desconocido, lo hacía ver como un simple muchachito.

Cuando el Aventurero terminó de enfundar torpemente la espada, el viajero se le acercó un par de pasos.

“¿Quién, dime, Aventurero, ha forjado esa magnífica espada de la que tan poco te preocupas?”

“El herrero de mi Padre, el Señor Duque de las Tierras de…”

“¿Es el herrero un sirviente de tu padre?”

“¡Por supuesto!” Con la espada enfundada, apoyando en la guarda la mano derecha, y notando que el viajero, vestido de manera sencilla, no llevaba armas, el muchacho recuperó su aplomo y su prepotencia. “Mi padre es un hombre poderoso…”

“No lo dudo” Algo en el tono del viajero hizo que el comentario pareciera una burla velada. “Y dime, valeroso Aventurero, ¿están muy lejos las tierras de tu poderoso padre?”

“Siguiendo el camino durante dos días, a buen paso, llegarás ante las Montañas de Piedra. No son muy altas y el Paso es amplio y seguro, y en otros dos días podrías estar ante las puertas del rico Castillo Dorado de mi padre…”

“Ya veo. Y cuéntame, valiente aventurero, algo sobre la hazaña que hace apenas un momento contabas a tus amigos…”

Los otros tres jóvenes se habían vuelto a sentar, alertas.

“Dime, te lo ruego, ¿qué clase de Dragón fue el que mataste de manera tan cruel usando a Cortadora?”

Sacando pecho como un gallo de pelea, el muchacho se relajó.

“Era un Dragón Negro, que estaba asolando una de las aldeas de mi padre…”

“¡Un Dragón Negro! Eres valiente sin duda, señor Aventurero. Y dime, ¿dónde hallaste a criatura tan poderosa y al tiempo tan escurridiza?”

Presintiendo que el viajero pretendía burlarse de él, el joven tomó una actitud cautelosa.

“Yo… esperé subido en un árbol a que fuera a beber a un estanque, cerca de su guarida, en el Bosque de los Elfos…”

Una carcajada ronca, menos contenida esta vez, anunció que el cantinero disfrutaba del cuento.

“¡El Bosque de los Elfos! Ya lo recuerdo. ¿Está en los dominios de tu padre? En alguna ocasión fui hasta allá sólo para trepar las colinas y visitar las cavernas…”

El muchacho estalló en carcajadas burlonas, coreado por uno de sus amigos.

“¡Eres un majadero, amigo!” El muchacho increpó al viajero con tal desparpajo y descortesía que hasta su amigo calló. Pero el muchacho siguió riendo: “cualquiera que haya pasado por el Bosque de los Elfos sabe que está en el fondo de un gran valle, y que en él no hay ni colinas ni cavernas…”

En lugar de enfurecerse, como todos esperaban, el viajero rió también.

“Si, lo confieso, soy un majadero. Pues conozco perfectamente el Bosque de los Elfos, y sé que, como dices, allí no hay ni colinas ni cavernas… y, por lo tanto, no puede haber ninguna guarida de un Dragón Negro, que, como todos los Aventureros avezados saben bien, prefieren las cavernas profundas bajo las más altas montañas, pues la luz del Sol puede herirles. Nadie hasta ahora había escuchado de un Dragón Negro que hiciera su guarida en un bosque… así que, sí, acepto que tal vez sea un majadero, pero no tanto como tú.”

El rostro del muchacho se contorsionó en una mueca de ira y tironeó de la espada. El viajero no se inmutó. Un hacha de guerra se interpuso entre ambos. El cantinero puso la hoja de su arma bajo la barbilla del chico.

“Si esa hoja sale de la funda, te juro que no será lo único que se rompa esta noche… y mi hacha no es de hierro mal forjado, precisamente.” A pesar de la baja estatura del cantinero, su expresión anunciaba negras intenciones.

El joven soltó la empuñadura de Cortadora y retrocedió un paso. Con una mirada de advertencia al viajero, el cantinero se retiró tras la barra.

Aún congestionado por la ira, el joven dijo a media voz:

“No soy ningún majadero”

“Digamos entonces que tienes una fértil imaginación que supera todas tus aventuras… si has corrido alguna.” El viajero hablaba con la misma voz calmada y el mismo tono de burla disimulada. “Al menos debes reconocer que no has matado dragón alguno. Porque de ser así, y de haberse tratado de un Dragón Negro, tu Cortadora ya no cortaría más, pues cualquier aventurero te diría que la sangre de un Dragón Negro disuelve el mejor acero como nieve bajo el Sol de mediodía, y que las únicas armas capaces de matar un Dragón son las forjadas con Plata Élfica, que en estos tiempos sólo se encuentra en los Reinos Helados del lejano Norte, y que sólo los Enanos son capaces de trabajar por medio de magia que no enseñan a nadie…”

“El herrero de mi padre…” la voz del muchacho se quebró sin terminar la frase…

“El herrero de tu padre no es un Enano, pues ninguno de su raza, en el pasado o el presente, ha servido a ningún Señor de los Hombres, por poderoso que fuera, y nunca lo hará, pues cualquiera de ellos prefiere la muerte a la servidumbre, sin excepción. ”

El viajero adelantó otro paso hacia el muchacho, que estaba pálido, mudo y frío, como muerto.

“Así que, ¿quién es el Majadero?” El viajero miró un instante al muchacho, dio media vuelta y se dirigió hacia la entrada de la taberna.

“¡El Majadero eres tú! ¿Quién ha visto jamás un Dragón, o un Enano? ¡No me vengas con cuentos de Dragones, señor Viajero, pues si yo no he matado ninguno, es porque no existen, negros ni verdes ni rojos, como no existen los malditos Enanos…!”

El viajero le dirigió al chico una mirada compasiva, y luego se volvió hacia el cantinero, bajo, voluminoso y barbudo, que aguardaba junto a la barra, apoyado en su enorme hacha de guerra. Al ver la mirada del viajero, se encogió de hombros como diciendo “Bah.”

El frío de la madrugada era estimulante. El viento, que tal vez trajera noticias del lejano océano, le arrancó una sonrisa.

“¡No me vengas con cuentos de Dragones, señor Viajero, pues si yo no he matado ninguno, es porque no existen, negros ni verdes ni rojos…!”

Para cuando terminó de recordar la furibunda frase, el viajero abrió las alas, inmensas y membranosas, sacudió la majestuosa cabeza cubierta de escamas rojas brillantes como gemas bajo la luz de la luna llena y con dos aletazos que crearon un huracán sobre el suelo, elevó el cuerpo gigantesco y sinuoso, y voló, rápido y  magnífico, rumbo a las Montañas de Piedra.

 
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Publicado por en 2007/04/27 in Portales Infinitos

 

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