1.

"La nave de desembarco APOD-33 no era, ni mucho menos, la más nueva de la flota..."
Sólo las barras de contención impedían que el sargento Sandor Grahm y sus compañeros de escuadrón rebotaran sin control entre el techo y el suelo de la nave de desembarco en medio de la tremenda turbulencia, que indicaba el ingreso a la capa atmosférica de Donde-quiera-que-nos-hayan-enviado-a-morir, un pequeño planeta en la zona exterior del Sector Koprulu; básicamente rocoso, frío, con una atmósfera tenue e insuficiente para la supervivencia humana.
La nave de desembarco APOD-33 no era, ni mucho menos, la más nueva de la flota; eso se notaba en los crujidos metálicos que sonaban cuando el vehículo ascendía, descendía, se movía horizontalmente o permanecía estático, pero se notaba de forma mucho más desagradable en la ineficiencia del errático enfriador del compartimiento de pasajeros, incapaz de compensar el calentamiento del ingreso en la atmósfera de Como-sea-que-se-llame-esta-roca, suficientemente densa para convertir la cabina en un horno. Uno no muy grande, en absoluto cómodo y definitivamente feo para asar Marines.
“Atención, dos minutos para el despliegue.” Los ocho ocupantes del compartimiento levantaron al tiempo los rifles para verificarlos. Un estruendo metálico atrajo la mirada de Grahm hacia el novato, que había dejado caer su arma. El chico miró a sus compañeros con expresión entre asombrada y arrepentida. Por fortuna no dijo ninguna estupidez como “lo siento”. Uno de los Marines levantó el rifle con la punta de la bota, lo atrapó en el aire y se lo lanzó al chico, que a duras penas alcanzó a recibirlo, dejándolo casi caer de nuevo. Sus ojos se cruzaron con los de Grahm, que quiso decirle algo tranquilizador. Pero simplemente no lo había. Sólo esperaba que el chico no entrara en pánico tan pronto se viera bajo ataque de su primera decena de zerglings.
“Un minuto para despliegue” La turbulencia había cesado casi por completo pero la temperatura seguía siendo infernal; casi era un alivio saber que pronto la escotilla se abriría y podrían descender.
“Treinta segundos”. Las barras de contención se levantaron y los ocho Marines engancharon el arnés para descender al rappel.
“Quince” La compuerta se abrió con desesperante lentitud.
“Diez” Todos se prepararon al borde del abismo; el terreno bajo la nave pasaba a gran velocidad.
“Cinco” Sandor Grahm se permitió la única oración que conocía: “A ver si no regreso en una bolsa.”
“Tres” El rifle estaba desasegurado y el dedo en el gatillo.
“Dos”
“Uno…”
2.
Cletus Coogan revisó por enésima vez el indicador de municiones de su rifle de asalto C-14. La cifra no había aumentado mágicamente mientras no miraba: 137. Unas pocas ráfagas antes de que el arma se convirtiera en un simple garrote de efectividad limitada contra un zergling. Los zerglings nunca atacaban de uno en uno. En cuanto a repeler el ataque de un hydralisk con un rifle descargado…
Volvió a revisar el indicador de municiones y luego el HUD en el interior de su casco; el mapa no indicaba la presencia de ninguna forma de vida. Excelente, no más malditos zergs por el momento. Pero, ¿dónde estaba el resto del escuadrón?
No se atrevió a usar el comunicador. ¿Y si nadie respondía? ¿Y si la respuesta consistía en una horda de zerglings aullantes o algo peor? ¿Y si nadie respondía?
Otra vez el indicador de municiones. Cerró los ojos. No más indicador de municiones. No hay nadie más aquí, amigo o enemigo. Concentración. Un plan. La misión había sido cumplida, más o menos. La colonia Zerg estaba reducida a un humeante montón de materia orgánica. El violento ataque de los hydralisks había hecho retroceder al escuadrón hasta las ruinas, bastante lejos del punto de extracción: había que regresar, aguardar por la nave y salir de allí. Abrió los ojos y miró el mapa. Sin signos de vida, de ningún tipo. Buscó la señal titilante del radiofaro que indicaba el punto de extracción: estaba casi fuera del campo, en la esquina superior derecha del mapa.
Para llegar hasta allá debía atravesar las ruinas, una explanada polvorienta y los restos de la colonia Zerg, para después avanzar unos cuatro kilómetros sin protección hasta el sitio de reunión. Siete kilómetros en total, de territorio Zerg, con 137 proyectiles en el proveedor. De haber estado con el resto del escuadrón, la operación de retirada no hubiera sido problemática, pero, solo, sin un compañero para cubrirle la espalda…
Pero sentado contra un muro derruido, lamentándose de su suerte e intentando hacer aumentar las municiones con la mirada no iba a recorrer ni siete kilómetros ni siete centímetros. Con cuidado se incorporó y se asomó al otro lado del muro.
A lo lejos, en la oscuridad, brillaba aún el fuego que consumía la colonia Zerg.
3.
Rodilla en tierra, Grahm apuntó con cuidado y disparó en cortas y cautelosas ráfagas a la caterva de zerglings que se abalanzaba sobre el escuadrón rugiendo y chillando. La meseta ya estaba sembrada con los extraños cuerpos despedazados y ninguno de los alienígenas se había logrado acercar al grupo. Cada una de las ráfagas de Grahm despedazaba una de las criaturas y lo mismo hacía cada uno de sus compañeros. Pero las ráfagas del novato eran más largas e imprecisas y duraban aún segundos enteros tras la caída de sus blancos.
“¡Por última vez, maldita sea, hay que conservar las municiones! Nadie nos va a abastecer hasta cuando regresen las naves.”
Por enésima vez todos miraron al novato, y Grahm pudo adivinar las ideas homicidas en algunos de los marines. Un hombre sin municiones es un hombre indefenso, un hombre indefenso es una carga para el escuadrón. Un hombre muerto, por otro lado, es un triste recuerdo al que no hay que proteger.
Silencio: los últimos zerglings habían caído. “Sí, claro” pensó Grahm con ironía. Siempre había más. Y cuando los zerglings realmente se acababan, seguía el verdadero horror.
“Avancemos”
Veinticuatro marines marcharon a través de la meseta polvorienta y colmada de extraños cadáveres formando una larga línea recta y mortífera, avanzando lentamente hacia la muerte.
Grahm sacudió la cabeza dentro del pesado casco e intentó concentrarse. No ganaba nada con esos pensamientos. La única realidad era el momento presente, caminar por la meseta hasta atravesarla, dividirse en escuadras y asumir posiciones en triángulo alrededor de la colonia Zerg que una nave mercante había detectado en un estrecho valle rocoso. La pequeña colonia Zerg.
Grahm había contado setenta y seis atacantes zerglings. Un poco demasiados para una pequeña colonia. Pero, ¿quién era él para cuestionar las órdenes recibidas? Era un Marine, y su único objetivo era cumplir órdenes, y las órdenes consistían en destruir esa colonia Zerg; pequeña o grande, debía desaparecer bajo el fuego justiciero de los rifles C-14 y quizá algunas granadas. Ni siquiera se habían tomado el trabajo de enviar algunos firebats, mucho menos algo de soporte aéreo o un par de vehículos terrestres. Los oficiales parecían tener en muy buen concepto el escuadrón de Grahm. Sonrió con amargura. ¿Muy buen concepto, o tan mal concepto que no les importaba su exterminación en esa fría roca alejada de todas las rutas comerciales?
El Teniente levantó el puño en señal de alto. Todos se detuvieron barriendo el paisaje alrededor con la mirada y tratando de descifrar el diminuto mapa que brillaba en el interior del casco.
Ya habían recorrido más de la mitad del camino hacia el borde de la meseta y el mapa ya mostraba las primeras ondulaciones de terreno descendente, y en el borde del mapa, durante una fracción de segundo, Grahm percibió una sola señal. Demasiado grande y lenta para ser un zergling. La señal volvió a aparecer en su HUD, esta vez unas centésimas de segundo más. Suficiente para que los sensores del traje de combate la identificaran.
Apretó involuntariamente el rifle. Un hydralisk.
4.
Avanzando tan silenciosamente como podía, Coogan atravesó una extensión casi libre de cascotes y edificaciones derribadas hasta el búnker en el extremo de la zona de ruinas; la construcción Terran ofrecía un raro contraste con la extraña arquitectura de las construcciones destruidas. Desde su posición anterior se veía casi intacto, pero ahora notaba los impactos de proyectiles en el domo y las largas aberturas causadas, posiblemente, por una explosión interna. Pero valía la pena investigar un poco más: tal vez hubiera algunas municiones abandonadas. Se resistió a la tentación de mirar el indicador del rifle.
Cauteloso, se dirigió a una de las escotillas de acceso. No había movimiento dentro de la construcción. Las luces del traje iluminaron una escena de pesadilla: un monstruoso hydralisk partido en dos por los disparos del Marine que había muerto empalado en la cruel hoja que servía como extremidad superior al zerg.
El traje de combate del soldado era un modelo anticuado, un CMC-200; el rifle era también una versión antigua de su propio C-14 pero las municiones deberían servirle. Si hubiera alguna; el proveedor estaba vacío y el soldado no llevaba más. Coogan revisó los compartimientos ubicados sobre las bocas de fuego. Había una caja de municiones vacía y algunos StimPacks… los dejó en su sitio. Ahora necesitaba más claridad de pensamiento que simple agresión.
Nada más. Pensó en quedarse en el búnker, pero no tenía sentido. Salió, siempre con total cautela, y continuó su camino. Una forma semiesférica y casi completamente cubierta de arena se perfiló unos metros adelante. El HUD confirmó su esperanza: otro búnker, y parecía en mejor estado. Se dirigió hacia allí. Si por lo menos pudiera sacudirse esa absurda sensación de ser vigilado…
5.
Aparecieron. Ninguno de los Marines los vio llegar, nadie reportó señales de naves de desembarco, nadie escuchó nada; Grahm no confiaba en ellos pero no se quejaba: era lo que hacían los Fantasmas, y de no hacerlo bien prefería que no se hicieran presentes en absoluto.
Tres exploradores altamente especializados en técnicas furtivas y, si la mitad de lo que se decía era cierto, capaces de hacer cosas sobrehumanas. Una reunión rápida con el Teniente, y unos minutos después todos los soldados tenían el HUD actualizado con información táctica detallada. La colonia era pequeña en extensión pero los Fantasmas expresaron las mismas sospechas de Grahm; la actividad de patrullas de zerglings merodeadores era demasiado alta; la horda que habían destruido en la meseta era apenas una vanguardia; hasta el momento, sin embargo, la aproximación de los Marines no parecía estar comprometida.
Los Fantasmas desaparecieron y las escuadras tomaron sus posiciones alrededor del blanco. Ya era muy extraño que lo hubieran logrado sin oposición, pero a Grahm le inquietaba el hydralisk. El hydralisk, como si la conducta de las criaturas fuera solitaria por completo. En todo caso, nadie había vuelto a tener noticias de la criatura, y eso lo molestaba; prefería tener veinte hydralisks frente a él, a simple vista, que uno sólo oculto.
La táctica era simple: una rociada con granadas y fusilar a cualquier cosa que intentara abandonar el sitio, luego descenderían para asegurarse de que el trabajo estaba completo y regresar a casa. Sonaba sencillo. Parecía sencillo. Hasta el momento había sido sencillo. Grahm sabía que todo se iba a ir al diablo en cualquier momento.
Recibieron la señal en los HUDs y el ataque empezó. A medida que las extrañas construcciones orgánicas recibían los impactos y empezaban a arder, se movían como si estuvieran vivas… De hecho, según había escuchado, se suponía que estaban vivas; no las construían, las criaban. Sintió un escalofrío, sacudió la cabeza y asumió posición de tiro, con la rodilla derecha en tierra y el rifle firmemente apuntado hacia las aberturas de la edificación más cercana.
Y llegó el momento: todo se fue al diablo. Uno de los edificios colapsó por completo, hundiéndose en el terreno por completo y dejando al descubierto una enorme cámara rocosa bajo el pequeño valle.
“Es una colonia subterránea…” La voz juvenil sólo podía ser la del novato.
“¡Silencio! Prepárense, esto se va a poner bueno” El Teniente sonaba como si en realidad lo disfrutara.
Por la enorme abertura empezaron a salir zerglings. No, la expresión correcta es la abertura empezó a vomitar torrentes de zerglings que de inmediato se dividieron en tres columnas y enfilaron los focos del ataque.
“¿Dónde están los malditos hydralisks?” Como respondiendo a su pensamiento, dos, tres, seis, doce señales aparecieron en el mapa táctico de Grahm detrás de su escuadrón. “¡Atención a los hydralisks!” Gritó por el comunicador, pero ya cuatro de sus hombres habían cambiado de posición para enfrentar la nueva amenaza.
Los gritos y las ráfagas que se desataron en las otras escuadras le anunciaron que tenían el mismo problema. Concentró su fuego en un grupo de zerglings que se acercaba demasiado, los eliminó y buscó otro grupo con la mirada. El ataque se concentraba en la posición Uno, desde donde el Teniente y sus hombres se defendían con furia. Tenían la situación aparentemente dominada, así que cambió de frente y apuntó a los hydralisks que se acercaban. Una salva de púas golpeó las rocas frente a él, pero ninguna lo alcanzó. Otro de los soldados fue alcanzado; varias de las espinas se quedaron clavadas en su antebrazo izquierdo, pero no les prestó atención y siguió disparando.
Los cinco concentraron el fuego en la bestia más cercana, que cayó rodando por la colina. Los demás atacantes no se dieron por enterados y continuaron avanzando, lanzando salvas ocasionales de púas y rugiendo. El equipo concentró el fuego en el siguiente hydralisk más cercano y lo despedazó, pero Grahm calculó que, a ese paso, los monstruos estarían sobre ellos antes de que pudieran eliminarlos a todos, y el combate cuerpo a cuerpo con las enormes bestias no estaba dentro de las recomendaciones de ningún médico.
6.
Seis proveedores llenos para su C-14, media caja de granadas, un rifle C-14 viejo y polvoriento pero aún funcional y un rifle C-10 con algunas municiones en el proveedor, que Coogan sostuvo en las manos con aire pensativo para luego dejarlo donde estaba, en uno de los compartimientos del segundo búnker, construido fuera de la zona de ruinas, seguramente como puesto avanzado. Incluso los sensores estaban en condiciones de operar. Activó el monitor y observó el detallado mapa táctico, con mucho más alcance que el del HUD de su casco.
De nuevo, nada. Ninguna señal. Ni amigos ni enemigos. No se engañó sobre los enemigos: la vasta red de túneles bajo la superficie del planeta podría ocultar aún al Enjambre Zerg completo. Pero sabía que estaba solo: cualquier señal que apareciera en el mapa sería enemiga.
Decidió continuar su camino antes de que los zerg sobrevivientes – si en realidad los había – decidieran hacer un barrido para acabar con cualquier amenaza.
Emprendió la marcha a un paso ligero pero cómodo; aún con la ayuda del Traje de Combate el peso adicional de las municiones extra y el rifle adicional se hizo sentir, pero a ese paso podría llegar hasta el punto de recogida y más allá.
La desagradable sensación de ser observado continuaba, pero como no podía ubicar su origen decidió ignorarla. Podía tratarse de fatiga. O de un enemigo al acecho e invisible tanto a sus ojos como a los sensores del Traje.
Tardó poco en alcanzar los límites de la destruida colonia. Los cráteres dejados por el bombardeo orbital no habían dejado edificaciones reconocibles y, al menos en apariencia, habían sellado los túneles principales que conducían a la verdadera colonia, oculta en una gigantesca cámara a casi tres kilómetros bajo la superficie, inalcanzable para casi cualquier arma excepto las más aterradoras. Se preguntó si las irían a usar más tarde. Otro motivo para alcanzar el punto de extracción.
Las columnas de humo se elevaban, negras, desde los cráteres, y sobrevivían algunos focos de incendio, insuficientes para insuflar calor en la gélida noche.
Aminoró el paso y avanzó con cautela, apuntando con cuidado a cualquier grieta, abertura o sombra que pudiera dar paso a un zergling o algo peor, pero los sensores del traje seguían sin ofrecerle señales de vida. Quizá habían logrado eliminar realmente la colonia, tal vez no había zergs… Por más cansado que estuviera mantuvo el paso lento y cauteloso.
Empezaba a alejarse del infierno humeante del estrecho valle entre colinas cuando escuchó con total claridad un grito humano cercano.
Pero el mapa táctico seguía vacío.
7.
Caído el Teniente, Grahm quedó a cargo de todo el equipo. Diecisiete sobrevivientes de la primera oleada, que ahora trataban de reunirse con él en su posición original, la más cercana al punto de extracción, para dar comienzo a la operación de retirada.
El grupo que avanzaba desde la posición más lejana estaba a punto de ser rodeado por un enjambre de zerglings; Grahm apuntó su arma y despejó el camino de los Marines, y luego regresó a su puesto original, disparando contra la fuerza mixta de zerglings e hydralisks que intentaba arrojarlos de la cima.
El mapa táctico le avisó del peligro antes de que pudiera verlo, pero era muy tarde: un hydralisk había logrado escalar y se alzaba frente a él, a punto de cortarlo en dos… y de pronto la cabeza del monstruo desapareció en un destello. Grahm recordó los Fantasmas y se alegró de que no hubieran salido corriendo a la primera oportunidad.

"El mapa táctico le avisó del peligro antes de que pudiera verlo, pero era muy tarde: un hydralisk había logrado escalar y se alzaba frente a él, a punto de cortarlo en dos…"
Disparando ráfagas cortas, avanzó a gatas hacia el borde rocoso de la cima para tener mejor visión: un hydralisk intentaba trepar con el brazo derecho cercenado, lentamente pero con letal resolución; Grahm acabó con su sufrimiento y, junto con otro soldado, concentró su fuego en un grupo de zerglings.
Las luces en el HUD le indicaron que el grupo de la Posición 2 estaba a punto de llegar; dio un vistazo y vió a los primeros dos soldados alcanzar la cima, echar rodilla a tierra y establecer fuego de cobertura para sus camaradas. Uno de ellos era el novato.
“¡Cuidado!” Aunque hubiera dado antes el aviso, ya era tarde. Tres bestias voladoras, mutas, en el lenguaje Terran, habían ascendido desde algún sitio en las entrañas de la colonia subterránea y se acercaban a toda velocidad. El novato alcanzó a disparar varias ráfagas al más cercano antes de ser atrapado por las crueles garras de la cola de la bestia alada, que dio un largo giro en el aire, perseguido por el fuego de varios rifles, y se precipitó hacia la colonia en llamas. Los otros dos monstruos voladores empezaron a atacar a los soldados tratando de alcanzar la cima. Grahm disparó varias ráfagas y una de ellas perforó las alas de una de las bestias, que cayó a tierra más allá de su campo de visión. El tercero recibió varios impactos explosivos antes de caer como roca. Uno de los Fantasmas, seguramente. Otros mutas estaban saliendo de la colonia. Grahm fue hacia el borde por donde llegaban los soldados para cubrirlos, pero había poco por hacer: seis Marines yacían inmóviles bajo el cuerpo del Muta que había derribado el Fantasma.
No perdió el tiempo en lamentaciones: gritando órdenes para que los sobrevivientes se agruparan, organizó un círculo defensivo en la cima y tomó una decisión.
Activó el sistema de comunicaciones de largo alcance.
“Atención, crucero Arthas. Este es el sargento Sandor Grahm. Solicito bombardeo de supresión. Estoy enviando coordenadas. Repito, enviando coordenadas para bombardeo orbital de supresión…”
Un grupo de mutalisks se abalanzó sobre la cima de la colina y Grahm sólo pensó en disparar para rechazar el ataque.
Justo antes de percibir el intenso resplandor que descendía desde las alturas, alguien gritó “¡Ultralisk!” en medio de una enorme conmoción.
8.
Una enorme roca yacía junto a la pendiente de la colina que dominaba el valle humeante, y le servía a Coogan como cobertura contra lo que fuera que había gritado y que se desplazaba como arrastrando dos patas deformes por el suelo. Poco después del primer grito había visto cómo se movía la arena dejando dos rastros paralelos con pocos centímetros de separación.
No tenía idea de si la criatura lo había visto, pero no parecía haberlo seguido. Revisó el contador de municiones: un maravilloso 500 formado con LEDs rojizos recibió su mirada. Pero, ¿cómo dispararle a algo que no se ve?
Otro grito, y provenía de un sitio muy cercano. Quizá sí lo estaba siguiendo, tal vez usando sentidos distintos a la visión.
Un nuevo grito, y Cletus Coogan tuvo al extraña sensación de un golpe dirigido a su mente.
“¡Un ataque psíquico!” El pensamiento casi lo hace entrar en pánico. ¿Cómo puede uno protegerse de un enemigo que no se ve, y que es capaz de atacar la mente?
Otro grito, mucho más cercano, y de nuevo la aterradora sensación. Esa cosa estaba rastreando su mente. Disparó una ráfaga rápida en la dirección general del grito pero no pareció tener efecto.
Esta vez el grito provenía de atrás y arriba: la criatura estaba subiendo la ladera. Se alejó de la roca en dirección a uno de los cráteres menores, una abertura que ya no humeaba. Una luz brilló en el HUD: ¡Un Marine! Vivo, aparentemente, en medio de uno de esos túneles.
Una especie de sombra semitransparente se ubicó frente a las llamaradas que brillaban a unas decenas de metros y de ella provino un nuevo grito; el ataque psíquico golpeó como un martillo el interior del cerebro de Coogan, que alcanzó a disparar una ráfaga antes de caer por el agujero. El grito que se escuchó entonces era de dolor.
9.
No sabía si había abierto los ojos aún; quizá la oscuridad era tan densa que no había diferencia alguna. El agudo dolor en su pierna derecha le dio dos noticias: la buena, que estaba vivo. La mala, que no sería capaz de llegar corriendo al punto de extracción, asumiendo que no fuera demasiado tarde para ello. Para averiguarlo tenía que ver, y para eso debía abrir los ojos.
Estaba en un amplio túnel rocoso y de leve pendiente, apoyado contra uno de los muros. No podía ubicarse: el HUD estaba apagado. Tras un momento de lucha logró activarlo; el mapa táctico no mostraba información de interés, excepto la dirección general del túnel, que ascendía desde el norte con una suave curva hacia la superficie.
Al menos sabía hacia dónde dirigirse. Intentó incorporarse pero el dolor de la pierna era demasiado intenso. Tuvo que usar el rifle como bastón y en el proceso notó que no serviría para su función primaria: tenía varias púas de hydralisk atravesando la recámara.
Con dificultad empezó a ascender pero tras pocos pasos se quedó congelado. Disparos, provenientes de la superficie, o al menos de la parte superior del túnel. Un rápido vistazo le aseguró que su pistola estaba en buen estado y la desaseguró, apuntando hacia el origen de los disparos.
Momentos después, una ráfaga de C-14 y un grito de dolor. Al principio pensó que se trataba de un grito humano, pero era imposible gritar sin casco en esa atmósfera.
El HUD parpadeante le mostró una señal desplazándose rápido hacia su posición. Los sensores la identificaron como “Terran”, pero no como amiga.
El soldado se detuvo como golpeado por un rayo al ver a Grahm, apoyado sobre su rifle y apuntándole con su pistola.
No era un amigo.
“Baje el arma, sargento. Esa pistola no puede nada en contra de mi traje de combate.”
Era una situación absurda. Apoyándose contra el muro, apuntó con el rifle:
“Identifíquese”
El soldado, mucho más joven que Grahm, rió con ganas y bajó el cañón de su propio rifle.
“Soldado de Primera Cletus Coogan, a sus órdenes, sargento. Hago parte de una unidad de reconocimiento de los Hijos de Korhal, bajo el mando de Arcturus Mengsk. Ahora puede bajar el rifle: supongo que lo necesita más como bastón.”
Grahm accedió y dejó salir una leve risa cínica.
“Sargento Sandor Grahm, Quinto Escuadrón, Cuadragésima Segunda División, Confederación Terran. Único sobreviviente de mi unidad, como en su caso”
“Estamos en el mismo lío, sargento…”
El grito y el golpe mental los tomó por sorpresa. Coogan cayó al piso con las manos sobre el casco. Grahm sujetó con fuerza el rifle para no caer y disparó a ciegas, y con suerte.
Otro grito fue apenas neutralizado por los filtros auditivos del casco y a unos seis metros de donde Coogan aún se agarraba la cabeza, una serie de destellos azulados dieron paso a una forma humana apoyada sobre manos y rodillas, aullando de dolor.
Grahm reconoció la armadura de un Fantasma, pero de la espalda del hombre surgían extremidades similares a las de un hydralisk. El Fantasma levantó la cabeza para mirar al sargento y sus ojos no eran humanos. Se puso en pie con dificultad y Grahm vio que los pies del hombre estaban horriblemente deformados hasta el punto de reventar la armadura con las grandes garras asimétricas. El ser volvió a gritar, pero la onda mental fue bastante débil. Tenía dos heridas en el hombro derecho, pero no sangraba. El brazo colgaba inerte al costado.
La criatura – ya menos humana que zerg – se acercó a Coogan, que aún no se recuperaba del ataque psiónico, y levantó los apéndices que crecían en su espalda, listo para asestar el golpe letal sobre el soldado incapacitado. Y la pistola de Grahm se atascó.
Arrojó el arma a un lado y, activando el altavoz del traje, gritó con todas sus fuerzas.
“¡Teniente!”
Quizá no era ése el rango del Fantasma, pero para alguien con entrenamiento militar una orden perentoria siempre tiene prioridad sobre cualquier pensamiento. El Fantasma horriblemente deformado se detuvo y miró a Grahm, que volvió a gritar.
“¡Estamos bajo ataque, Señor!”
El ser adoptó una posición de alerta y miró hacia todos lados, confundido; de pronto fijó su mirada en Grahm y se abalanzó sobre él.
El esperado golpe nunca llegó; la criatura pasó por un lado y se arrojó sobre alguien que estaba atrás del sargento: un Marine… excepto porque no tenía casco y la cabeza estaba deformada por unos extraños apéndices que habían reemplazado las orejas… y la mandíbula estaba partida en dos y llena de colmillos, como la de un hydralisk. Grahm reconoció de inmediato las insignias de la armadura: el novato.
Los dos hombres deformados estaban ensarzados en una violenta pelea de poderosos golpes y – ante el horror de Grahm – dentelladas, ataques con garras y rugidos y gruñidos inhumanos.
Con una de las hojas óseas del Fantasma clavada en su pecho, el novato – Grahm nunca aprendió su nombre: lo había conocido dos horas antes de partir a la misión – logró morder el cuello de su atacante, cerrando la mandíbula triple con fuerza. El Fantasma dejó de moverse y el deformado Marine lo estrelló contra el piso, rompiendo la guadaña cuya punta se quedó profundamente clavada en el pecho. Entonces saltó sobre Grahm y lo lanzó contra la pared del túnel.
No supo si los crujidos que escuchó al impactar provenían de la roca del muro, de la armadura o de sus huesos; el novato estaba de nuevo sobre él, arrancándose con un grito la larga espuela de su pecho y levantándola para empalar a Grahm, pero una ráfaga de C-14 le arrancó el arma improvisada junto con el brazo y otra lo alcanzó de lleno en el pecho.
El ser miró el muñón del brazo y luego el pecho y dio media vuelta como para huir, pero Coogan volvió a disparar alcanzándolo en la espalda. Esta vez el soldado de los Hijos de Korhal no dejó de disparar hasta cuando fue imposible que esa cosa se moviera. Entonces bajó el rifle y ofreció la mano a Grahm para que se incorporara.
Imposible. Con dificultad le ayudó a apoyarse contra la pared.
Coogan se sentó junto a él y le entregó el viejo rifle.
“Hace tiempo no veía uno de éstos”
“Yo nunca lo había visto. Pero funciona.”
“Eso espero”
Los dos soldados se miraron un instante y se dieron la mano.
“Ha sido un placer, soldado.”
“El placer fue mío, sargento.”
Ambos veían en sus HUDs cómo los dos extremos del túnel rebullían con señales de hydralisks.


