Por una infortunada serie de circunstancias, solía confundir a George R. R. Martin con Orson Scott Card, y tras la no muy provechosa lectura de Wyrms, del segundo, no podía decidirme a echar mano de A Game of Thrones, instancia inicial de la saga A Song of Ice and Fire, que, para mi alivio posterior, resultó ser del primero y una excelente lectura. Lo cual no ha librado a Mr. Martin de ganarse (en mi mente) los más violentos improperios en varias lenguas fantásticas y reales.
El mundo en el que se ubican los continentes de Westeros y Essos es muy parecido al nuestro, excepto por un pequeño y significativo detalle: Tanto el verano como el invierno pueden durar desde algunos meses hasta décadas completas; esta particularidad climática simple en apariencia permite al autor construir una civilización llena de personajes – por lo demás enmarcados en una completa y compleja cultura medieval europea – únicos por cuanto, mucho más que en otras obras de fantasía, están enfrentados a una situación para la que el ser humano contemporáneo no tiene ningún tipo de referente; de hecho, ha pasado ya mucho tiempo desde que nuestros ancestros aprendieron a recordar las fechas exactas en las que las estaciones comienzan o acaban. En Westeros, eso es imposible y, por supuesto, tiene sus implicaciones sociales, económicas y políticas.
Toda la narración está construida alrededor de una serie de personajes POV que pueden cambiar entre un libro y otro, y entre los que hallamos, ante todo, altas dosis de humanidad. Martin construye personajes creíbles, y la base de su credibilidad está en su imperfección; a diferencia, por ejemplo, del Aragorn tolkeniano, el caballero perfecto en todo su esplendor, en Hielo y Fuego el más galante de los caballeros tiene sus momentos de flaqueza y posteriormente deberá pagar por ellos; el único personaje que se acerca a la perfección, protagonista indiscutible de Juego de Tronos, primer libro de la saga, es Eddard “Ned” Stark. Un hombre íntegro, guerrero ético (según los usos y costumbres de un mundo que no conoce el derecho humanitario y que basa su sociedad en un rígido sistema de castas), fiel servidor de su soberano, esposo amante y padre ejemplar, capaz de poner su vida y hasta su honor en juego por el reino… Y del que no es recomendable convertirse en fanático.
Gran parte de la historia gira en torno a las aventuras (casi siempre fatídicas) de la casa Stark, que poco a poco, en medio de demoledores golpes del destino y víctimas de la traición, verán su enorme y frío dominio del Norte pasar de simple provincia a ser un reino y luego una ruina. La rica y poderosa casa Lannister, bajo la férrea mano de Lord Tywin, avanza con pasos firmes hacia el dominio total de Westeros, aún a pesar de las maquinaciones de los propios herederos. Y entre tanto, Daenerys Targaryen, última sobreviviente y heredera de un trono conquistado años atrás a sangre y fuego, descendiente de una larga línea de reyes poderosos – y amos de dragones – poco a poco deja de ser una simple sobreviviente en manos de su insignificante y ambicioso hermano mayor para convertirse en una poderosa reina por derecho propio.
Aunque toda la ambientación es meticulosamente realista, los elementos mágicos y fantásticos están presentes, si bien el autor los va introduciendo poco a poco, logrando en el lector un consistente sentimiento de temorosa expectativa; Los dragones, por ejemplo, se consideran extintos durante casi la totalidad del primer libro, pero son una realidad maravillosa y peligrosa para muchos de los personajes de la Tormenta de Espadas, el tercero en la serie.
Es esa combinación de un realismo minucioso y fantasía magistralmente dosificada la que permite al lector adentrarse sin temor (pero con muchos sobresaltos) en una obra que para muchos puede resultar sobrecogedora por su extensión. Se trata, además, de una saga de Alta Fantasía dirigida de manera expresa hacia el público adulto: Martin no le teme a la sexualidad más descarada o a la crueldad más gráfica para colocar a sus personajes en medio de situaciones perfectamente factibles en ese entorno particular, al tiempo que se sirve de tales recursos como medio de crítica indirecta al gran volumen de literatura fantástica de molde que llena los estantes de secciones infantiles y juveniles contando una y otra vez la misma historia y refrendando estereotipos obsoletos.
Para quien gusta de una Alta Fantasía hermosa y heroica al estilo de Tolkien o de Lewis o de los subproductos de Calabozos y Dragones, Canción de Hielo y Fuego puede significar un fuerte golpe: los libros son épicos, pero también son tan brutales como la guerra que relatan; donde Tolkien se detiene en la tristeza y la amargura y el temor de la batalla, Martin se centra en la espantosa carnicería y en la impotencia de sus personajes frente a hechos más grandes que ellos mismos, pintando el heroísmo como una mezcla entre suerte (a veces mala) y conveniencia, dejando muy en claro que los grandes hechos se cumplen más por la astucia y la manipulación que por la caballerosidad y la habilidad bélica.
Con cuatro tomos ya publicados – Juego de Tronos, Choque de Reyes, Tormenta de Espadas y Festín para Cuervos – y otros tres en camino en los años próximos, varios relatos previos a la historia central y una enorme maquinaria comercial ya en marcha con juegos de mesa, de rol tanto en presentación de lápiz y papel como en formato digital, y una serie de HBO en progreso y para estreno en 2011, La Canción de Hielo y Fuego promete frutos cuantiosos y de sabor cuando menos interesante por lo variado.
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