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Archivo de la etiqueta: Manizales

Recuerdos Oscuros

Como funcionario público, tuve que visitar sitios donde se estaban demoliendo viejas edificaciones para vigilar la preservación de bienes inmuebles de valor cultural. Una de las visitas me resultó impactante.

Era una casa extensa, elegante, con una distribución excelente y bellos acabados en madera, y fue construida en un solo nivel pues entre sus habitantes originales había una persona con cierta discapacidad física. Una ligera investigación en mi oficina me permitió averiguar que había sido construida a finales de los años sesenta.

Los ancestros hubieran dicho que sobre los propietarios pesaba el mal de ojo, pues mientras habitaron la casa – algo así como diez o quince años – no sólo falleció el enfermo; según parece, el patriarca tenía viejas y oscuras deudas pendientes, pues fue asesinado ante su propia puerta. Su esposa, tras el entierro, partió hacia otra ciudad y pereció poco después en un truculento accidente de tráfico. Los dos herederos de la familia, ya casados y con hijos, se enfrascaron en una violenta disputa sobre la herencia. Todo terminó en la muerte de uno y el encarcelamiento del otro, que poco después murió asesinado en prisión. La casa fue entonces vendida a principios de los ochentas a una prestante familia que la disfrutó durante poco menos de seis años.

Tras conocer la historia de la casa y recordar por qué me había impactado su demolición, me pasé un sábado completo excavando entre mis viejos documentos en busca de cierto manuscrito. Aún no encuentro la primera y la última hoja de las seis mecanografiadas. Pero las cuatro páginas restantes han sido suficientes para refrescar mi memoria y darme cuenta de que aún hoy, después de casi veinte años, el horror de la experiencia sigue vivo en mi interior. Aparte de esas escasas y maltratadas hojas hay pruebas. La única fotografía es la de un muro que podría estar en cualquier parte del mundo. Creo que ni siquiera se trata de una fotografía: tal vez haya sido un accidente con el disparador de la cámara. La cinta magnetofónica fue destruida. Y la casa ha sido demolida: hoy el lote está ocupado por un moderno edificio de apartamentos.

 

Comenzaba 1989. Yo había alcanzado el grado de bachiller académico el año anterior y me encontraba sin saber qué iba a ser de mi vida. Había dejado pasar las fechas de inscripción en las universidades y estaba en unas largas vacaciones de seis meses; cuando uno tiene diecisiete años eso es algo maravilloso. Y para pasar el tiempo me vinculé a un periódico estudiantil para el que creé una sección de “fenómenos paranormales”.

Uno de los integrantes del periódico me puso en contacto con la familia que en ese entonces poseía la casa, aunque no la habitaban desde hacía tres o cuatro años. Tampoco se habían decidido a venderla o alquilarla. El muchacho con el que hablé, y al que llamaré Pablo, me confesó que las ofertas que les habían hecho eran bastante tentadoras pero provenían de personas con antecedentes dudosos, así que estaban indecisos.

Pablo no quiso ser específico respecto a los incidentes concretos que habían llevado a la decisión de abandonar la casa dejando el mobiliario intacto. Sólo me habló de incidentes aislados en el transcurso de los seis años en que él y su familia la habitaron: un sillón que se movía por sí mismo de manera brusca y espasmódica, un equipo de sonido que se encendía a todo volumen a las horas más intempestivas aún cuando estuviera desconectado, ciertos ruidos ominosos…

Decidí desafiarme a mí mismo y pasar una noche en la casa para entregar un excelente relato de primera mano en el periódico. Claro, mi osadía no llegaba al extremo de pasar la noche SOLO en esa casa, así que lo planeé todo con otro de los chicos del periódico… que una hora antes de la cita me llamó para excusarse con alguna tontería. Poco después Luisa Fernanda, una morena menuda y preciosa que hacía parte del equipo editorial, me llamó para sugerirme que desistiera, y mis hormonas adolescentes decidieron demostrarle que no era ningún cobarde.

Pablo me miró como a punto de salir corriendo cuando le confirmé que iba a estar solo. Pero no intentó disuadirme. Me condujo a la que solía ser su propia habitación, al fondo de la casa y con una gran ventana que daba al patio de casi media hectárea y cuyas plantas ya estaban en estado salvaje por falta de mantenimiento. Antes de irse, me sugirió que mantuviera las cortinas corridas y que pasara lo que pasara no abriera la puerta del cuarto. Y se fue antes de que cayera la noche.

Yo iba armado con mi vieja cámara 110, una grabadora de periodista que alguien tuvo la gentileza de prestarme, un cuaderno y un par de lapiceros. Y, por supuesto, un buen libro.

Cuando llegaron las ocho de la noche sin novedad empecé a decepcionarme un poco. Por supuesto, yo estaba esperando una espectacular exhibición de efectos especiales por el estilo de Poltergeist, la película de Spielberg. Pero la realidad no suele ser tan espectacular. La realidad no suele consistir en cosas que uno pueda VER. Y, la mayoría de las veces, los fenómenos paranormales son percibidos a través de los menos usados de nuestros sentidos. Eso es lo peor.

A eso de las nueve noté que la puerta del armario empotrado – una puerta corrediza – estaba abierta. Sin poder decir a ciencia cierta si al llegar estaba cerrada, me limité a cerrarla. El ruido fue estruendoso cuando la hice deslizar. Pero la dejé bien cerrada.

Una hora más tarde, levanté como por casualidad la vista del libro, y estaba de nuevo abierta. Nunca escuché que se abriera. La cerré otra vez y, a manera de prueba, la abrí y la volví a cerrar. Por más que me esforcé en mover la puerta corrediza sin hacer ruido el movimiento de la hoja de madera era horrísono. De nuevo la dejé cerrada y giré la pequeña llave, que puse junto a mí en el escritorio.

Quince minutos más tarde la puerta estaba otra vez abierta. La diminuta llave seguía en su sitio del escritorio, junto a las llaves del resto de la casa, que Pablo me había facilitado. Ya estremecido tomé la decisión de dejar la puerta tal cual el duende o el fantasma o lo que fuera la quisiera dejar.

A eso de las diez treinta todo lo que hubiera en la gran cocina integral cayó al piso con estrépito. Escuché cómo una gran vajilla de múltiples puestos se rompía contra el piso embaldosado. Por supuesto, cuando mi contacto me había enseñado la casa noté que las alacenas estaban vacías, salvo algún trapo olvidado por la encargada del aseo.

Algo que jamás he entendido de las películas de terror es la soberana estupidez de los protagonistas que siempre tienen que ir a investigar… es decir, a desafiar las fuerzas sobrenaturales que los acechan. Yo tomé la opción B: intenté concentrarme en el libro. Después de intentar leer la misma página en trece ocasiones sin ningún éxito, preferí encender la grabadora, tomar mi cuaderno y empezar a anotar todo.

Las anotaciones entre las once menos cuarto y al medianoche son una colección de fenómenos auditivos, algunos absurdos, otros atemorizantes. Hoy recuerdo poco sobre esa noche, y por más que me esfuerzo no sé qué me pudo haber impelido a anotar “11.42: ¿perros?”

Pero cuando llegó la medianoche un único sonido, claro e inconfundible, me llenó de un pavor tal que aún hoy lo recuerdo con total claridad.

A veces, los gatos en celo maúllan con un sonido lastimero muy parecido al llanto de un recién nacido. Pero por más que el maullido parezca un llanto hay detalles que los gatos no imitan: esas pequeñas contracciones respiratorias compulsivas y el ritmo particular del llanto desesperado y furioso de una criatura.

Mientras tecleo los ojos se me han encharcado. Son las diez treinta de la mañana, la oficina está llena de gente y sin embargo la fuerza del recuerdo es tal que me estremezco y temo mirar a mi alrededor. Tengo pánico de separar los ojos de la pantalla.

El llanto duró durante casi quince minutos – las hojas mecanografiadas tienen la anotación precisa de la hora – pero para mí fue una eternidad: ¿debía abrir? Tenía el fuerte impulso de verificar que, de algún modo, un bebé real no hubiera llegado hasta ese sitio y estuviese congelándose hambriento y desamparado… y otro impulso igual de fuerte de salir corriendo o de arrojarme por la ventana al patio y al bosque de más allá.

El llanto terminó: yo mismo estaba llorando de terror, en silencio, con temor de hacer el más mínimo ruido.

Y entonces, dentro de la habitación, sonó algo que en el manuscrito sólo pude definir como el rugido de un dragón furioso. Volví, sin poder evitarlo, mis ojos hacia la fuente del ruido y vi cómo la puerta del armario se cerraba, esta vez con todo el ruido que yo mismo hubiera obtenido de realizar la misma acción.

En principio, comprobar que el ruido no era el rugido de algún monstruo asesino me alivió… hasta cuando caí en cuenta de lo que estaba viendo: esa ruidosa puerta corrediza que se movía muy despacio sin que nadie la empujara hasta cerrarse por completo.

Y entonces el llanto empezó de nuevo, esta vez dentro del armario.

Recuerdo haber orado con fervor pero en silencio hasta cuando el llanto terminó. Recuerdo haberme incrustado contra el espaldar del asiento cuando algo empezó a rascar la puerta la habitación con unas garras. Recuerdo haber estado a punto de gritar cuando, ya con los nervios al extremo de su resistencia, decidí largarme y me encontré con que la puerta de la casa no abría y ninguna de las llaves funcionaba. De regreso a la habitación, recuerdo haber escrito una especie de absurdo testamento en la penúltima página del cuaderno: “Si alguien encuentra estas notas…

Sí, estaba tan aterrorizado como nunca he vuelto a estar en mi vida y, aparte de ese estremecedor llanto infantil, yo mismo doy muy poca credibilidad a mis recuerdos de esa noche.

Pero recuerdo con claridad un par de ojos de perro, furiosos, brillando con un resplandor rojo a través de la ventana, cuyas cortinas, por supuesto, había dejado abiertas para demostrarme a mí mismo que no era ningún cobarde.

A eso de las seis de la mañana cobré ánimos para intentar de nuevo la fuga. No encontré ningún obstáculo hasta la puerta principal, que se abrió sin dificultades.

 

Hubiera sido mucho pedir un descanso tranquilo después de la experiencia. Pero ya en mi propia casa, en terreno conocido, con las puertas de mi habitación y de mi armario abiertas de par en par y a plena luz del día, volví a escuchar la cinta.

Estaba el llanto, estaba mi respiración agitada y mi murmullo nervioso – sería más preciso decir aterrorizado – contando que algo arañaba la puerta del cuarto, estaban los pasos sobre la habitación… y estaban las voces.

No recuerdo haberlas escuchado esa noche. Pero estaban en la cinta, tan claras como mi propia voz y más nítidas que el llanto.

La primera parte, unas voces suaves y lejanas, se entendían a la perfección: “vetevetevetevetevete

Más tarde sonaba una sola voz, angustiada, acercándose y alejándose, distorsionada, que pasaba del susurro al grito pero siempre nítida: “sableubon… sableubon… sableubon… ¡SABLEUBON!

Apagué la grabadora y me fui a la sala de la casa, ese sábado a las ocho de la mañana, a ver televisión, y allí me quedé dormido.

 

Esa misma tarde tomé la cinta y la llevé a un amigo que tenía montado un precario – pero para nosotros fabuloso – estudio de grabación.

El reproductor enredó, rompió y mascó la cinta en la primera pasada. Algo que el aparato nunca había hecho, y nunca volvió a hacer.

Pero las ominosas palabras de la voz misteriosa habían quedado sobre papel. Me llevé la palabreja a la Facultad de Idiomas de una universidad local y luego de diez minutos todos en el laboratorio lingüístico reían a mandíbula batiente: “Sableubon” no es el nombre de ningún antiguo demonio mesopotámico, ni se trata de una olvidada maldición egipcia, sumeria o muisca.

“No vuelvas”, dicho al revés.

 
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Publicado por en 2011/03/21 in Relatos Oscuros

 

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Manizales, beso tu nombre…

El centro de Manizales al atardecer

El centro de Manizales al atardecer

Por

Adalberto Agudelo Duque

Manizales es una ciudad maravillosa. Si la miramos en el mapa de la tierra no veremos más allá de la diminuta punzada de una aguja. Está ubicada a 75.30 grados al oeste del meridiano de Greenwich, 5.04 grados al norte de la línea ecuatorial y a 2.150 metros sobre el nivel del mar. La construímos en el lomo de una colina larga y ondulada que custodian una sucesión infinita de domos, cerros y pirámides puestos ahí para mostrarnos todos los matices del gris, el azul y el verde. Los antepasados aborígenes llamaron a este territorio Kumanday, montaña blanca de Kum o del cóndor, Padre Volcán, Señor de la fuerza, dios del viento y las tempestades, Varón del trueno y la tormenta. Especie de isla en un mar de montañas tuteladas por los cerros de Sancancio y Tesorito, cada calle es una ventana al paisaje. Cada balcón una postal. Pero la capital de Caldas no es solo una fábrica de atardeceres. La llamamos también Ciudad de las alturas, La Educadora, La Saludable, La de las Puertas abiertas, La Universitaria, La Novia del Alba, La de las Ferias en América. Un auditorio en cada universidad, banco, calle, barrio para una clientela que pide un lugar para simposios, seminarios, conferencias, congresos, encuentros, grados, pregrados, especializaciones y doctorados. Gentes de estudio que alimentan los festivales internacional y universitario de teatro, más festivales internacionales de música, jazz, bolero. Y para la cultura propia, orquestas Sinfónica, de Cámara, Estudiantil, estudiantinas en las empresas, coros, bandas. Y si se desea tranquilidad, solaz y descanso, salas de música atendidas por expertos que se regirán por el gusto del visitante para escuchar el compositor preferido o la pieza magistral que lo desvela. Para la rumba no hay, tampoco, limitaciones: tabernas, bares, cafeterías, grilles donde podrá solazarse con el rock, el merengue o el bolero; la salsa, el tango o la balada. Sitios para deleitarse con un trago de vino, un ron de la casa, un coctel. Y hoteles, moteles, residencias, hostales para todos los bolsillos. Grandes almacenes de cadena para conocer la industria nacional y comprar a precios de regalo vestidos, telas, artículos de cuero, joyerías, artesanías y todo lo que su presupuesto permita. Empresas de turismo que lo movilizarán a las frías montañas del Parque Nacional de los Nevados, con temperaturas bajo cero, o a los cálidos vallezuelos de Santágueda, es decir, el turista tiene desde los baños termales del Refugio de El Ruiz hasta los balnearios al occidente de la zona urbana. Y en restaurantes ni se diga: cocina gourmet internacional para los paladares más exquisitos o los platos típicos que nos distancian de otras regiones.

Iglesia de la Inmaculada Concepción y Catedral de Manizales

Iglesia de la Inmaculada Concepción y Catedral de Manizales

Ciudad de contrastes y de historias, en la urbe se encuentran el presente y el pasado, en el pleno centro histórico, con la rica arquitectura greco-latina y sus columnas dóricas y jónicas, los megarones y los relieves, al lado de balcones, calados y portales antioqueños. Una visita a La Enea propone el recorrido a la fe ancestral. De hecho el templo de la Enea, uno de los primeros y el más antiguo que se sostiene en pie, incita a una romería, como en el Camino de Santiago en españa, por los espectaculares templos de Fátima, La Inmaculada, Los Agustinos, El Carmen y Chipre en cuya arquitectura se quiso conservar la iglesia devastada por el fuego en 1925. Visibles y audibles, sus linternas y campanarios aún llaman a misa a los feligreses, residentes o turistas.

De igual manera el museo flotante del antiguo Cable Aéreo y las actuales góndolas, naves espaciales que flotan sobre los techos pero que dirigen las miradas a los contrafuertes de la Cordillera central o al batolito del Tatamá en las estribaciones occidentales. ¿Y qué decir de la experiencia, casi mística, del ascenso al corredor polaco en la Basílica Metropolitana? Puestos de pie en el cielo mismo, allí la vista alcanza el cielo, hasta los farallones de La Pintada en el norte; hasta las brumas sedosas del Valle del Cauca en el sur. Más mundana pero igualmente estremecedora, la visita al Parque del Observatorio permite una visión circunvalar de toda la ciudad: los barrios marginales y los condominios; los guetos de la pobreza y los rascacielos de los ricos; los casi caminos de herradura en los barriadas atípicas y las modernas avenidas con sus viaductos, puentes, túneles y glorietas que muestran una ciudad pujante, moderna y emprendedora. Y como el fútbol también es cultura, un estadio monumental para un equipo campeón que hace nombrar a la ciudad en las lejanías de Tokio o en las cercanías brasileras donde juega El Santos o en las pampas argentinas donde le ganamos la Copa Libertadores de América al mismísimo Boca Junior.

Panorámica de Manizales

Panorámica de Manizales

Manizales, sector nor-oriental

Manizales, sector nor-oriental

Enlaces relacionados:

Xie-Toc, Hija del Agua, comentario de Beto Agudelo sobre Adalberto Agudelo Duque en EquinoXio

1851: Folletín de cabo roto, novela de Octavio Escobar Giraldo, analizada por Adalberto Agudelo Duque en EquinoXio

Pelota de Trapo, novela de Adalberto Agudelo Duque, ganadora en Bogotá en 2009

 
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Publicado por en 2010/11/06 in Portales Infinitos

 

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Autores colombianos en España

Nuevas letras colombianas ( El Periódico Extremadura – 12/02/2010 )

Notas al Margen, blog de Simón Viola

 
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Publicado por en 2010/02/12 in Portales Infinitos

 

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Pelota de trapo, de Adalberto Agudelo Duque.

El autor, respondiendo preguntas durante el lanzamiento de la novela.

El autor, respondiendo preguntas durante el lanzamiento de la novela.

En un mundo de niebla y roca, de frío y soledad, el fútbol se convierte en la pasión, en el motor que impulsa los corazones y las mentes de personas cuya vida cotidiana no es más que una sala de espera antes del momento supremo de los pases, los cabezazos, de dominar la esférica para dirigirla al ansiado y esquivo golazo. Hombres que cambian la pala, la maceta, el tractor por el mediocampo, la defensa o la ingrata y solitaria posición de guardameta. No son jugadores profesionales, no son superestrellas, pero juegan con y por amor: al juego, al balón improvisado, a la emoción pura de jugar por jugar, aunque tras el pitazo final no quede más que la rutina del tractor, la maceta, la pala, de la vida cotidiana tan gris o tan colorida como las almas que la viven. “Pelota de trapo” es más que una novela: es una crónica de la vida del hombre común, del trabajador, contada desde el fútbol, pero el verdadero, el que juegan los amigos, los compañeros, los que saben que los goles no son para cobrar en efectivo sino para llenar el alma.

La novela ganadora del Premio Nacional de Literatura Ciudad de Bogotá 2008 es autobiográfica y se nota en la vívida descripción del páramo, en la cercanía con la cotidianidad de los trabajadores que luchan con la piedra, el barro y el frío para abrir esa carretera que parece interminable – como son en efecto interminables tantas carreteras de nuestra sufrida patria.

Y aunque Manizales, la eterna protagonista de los trabajos de Adalberto Agudelo Duque, no aparece en primer plano como suele hacerlo, allí está; oculta tras las nieblas perpetuas o alrededor de los personajes que la transitan en medio de una cotidianidad que se vuelve familiar para los manizaleños, que podría ser la de otras urbes pero que los nativos reconocemos como única y propia. Y todo al ritmo de esos viejos tangos de magnífica orquestación y voces tan quejumbrosas como las historias que cantan.

La novela fue lanzada el pasado domingo 16 de agosto en el contexto de la Feria del Libro 2009, en el recinto de Corferias, en un auditorio que llamaron José Eustasio Rivera. (curiosamente, el escritor huilense dio nombre también a otro concurso que el autor manizaleño ganó en 1999)

 
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Publicado por en 2009/08/20 in Ante los ojos del Señor Oscuro

 

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Un Dragón Solitario

Silmaril, Café Rock: Un rincón de la Tierra Media

Silmaril, Café Rock: Un rincón de la Tierra Media

Tras innumerables aventuras en la lejana y olvidada tierra de Krantz, hogar de Vornhir y ambición de Enzaroth, Señor del Abismo, la partida de aventureros decidió que necesitaba un nuevo cuartel general. El arco armadiano de Hyallej, las hachas de Balzack, la colección de Lotuno Lotión, la espada de Claryss y los hechizos de Syrius requerían un sitio para reposar y recobrar la magia necesaria para enfrentarse al mundo.

Y luego de buscar en las grandes ciudades fortificadas del reino, y en los pueblos y las villas, y no encontrar sitio capaz de satisfacer su necesidad de descansar, de contar las historias de viejas batallas y de reunir fuerzas para emprender nuevas búsquedas, tomaron el hacha de leñador, la pala y el martillo y decidieron construir un nuevo refugio. Fueron Hyallej, y Lotuno y Vornhir, y con un viejo, extraño y apreciable Orco y un rico Hombre del Oeste, levantaron sobre viejos cimientos una posada al mejor estilo del viejo mundo; de aspecto añejo, acogedora “así uno quisiera comer, o dormir, o trabajar, o contar historias, o cantar, o simplemente sentarse a pensar, o una deliciosa mezcla de todo ello”(J.R.R. Tolkien, El Hobbit)

Y no bien se abrieron las puertas y se encendieron luces y corrió el hidromiel, la posada, nombrada – tras muchos debates – en recuerdo de las Joyas de los Viejos Días, y cuya muestra – laboriosamente hecha por las industriosas manos de Balzack – representaba al viejo Ancalagon el Negro rampante, viajeros, peregrinos, buscadores veteranos y novatos empezaron a llegar a torrentes y a llenar las salas, que ya nunca estuvieron vacías.

Y se contaron historias, y de la vieja posada partieron expediciones en busca de lejanos tesoros, y del poder de la noche, y del terror, siempre entre risas y bromas.

Los lentos años de la Tierra Media – tan rápidos para los hombres mortales – pasaron y se fueron, y muchas historias fueron narradas y se vivieron en los salones; muchas páginas de muchos libros fueron pasadas, leidas, discutidas. Se combatieron batallas cruentas, unas ganadas, algunas otras perdidas, todas hilarantes. Algunos corazones solitarion hallaron compañía… pero eso es otro cuento que habrá de ser contado en otra parte.

Y tras mucho tiempo, la vieja partida de aventureros se disolvió y cada cual tomó su propio camino; uno a uno partieron llevando memorias y el sabor dulce del hidromiel en la boca.

Y un día uno de aquellos aventureros regresó a los queridos salones y vio que nuevos rostros corrían de un lado a otro, llevando una cerveza o un bocadillo, sonriendo o riendo a mandíbula batiente, y desde entonces ha regresado de cuando en cuando en busca de historias y risas y batallas, y aún hoy, desde otros reinos, añora historias y risas y batallas, y promete regresar algún día a brindar por los años pasados, por los recuerdos y por los amigos.

Son lentos los años del Mundo
para quien tanto ha esperado;
ya no hay luces nuevas
en este cielo que aprisionan mis ojos.

Sólo viejas páginas
y recuerdos herrumbrosos
de marchitas glorias
e inútiles victorias.

Ven conmigo a observar las estrellas:
tal vez en su luz eterna haya noticias
de aquellos que hace tanto partieron.

Tinieblas cubren el mundo,
y los viajeros han perdido su camino
llevando con ellos la última luz
de una multitud que llora.

Ven conmigo y miremos el horizonte:
quizá sobre las olas una vela solitaria
anuncie un retorno sin esperanzas.

Ven conmigo a observar las estrellas:
tal vez en su luz inmaculada
los Señores del Oeste recuerden
el mundo que un día fue suyo.

Feliz Aniversario, Silmaril, y se abran por muchas Eras esas viejas y queridas puertas.

Thinuial Mornatur
7 wedmath, Año 2009 de la Novena Edad

 
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Publicado por en 2009/07/31 in Tolkien

 

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Alto

No sólo la guerra es violencia. Si quieres la paz, respeta la Vida.

No sólo la guerra es violencia. Si quieres la paz, respeta la Vida.

Si quieres la paz, respeta la vida.

Si quieres la paz, respeta la vida.

A medida que se acercan las temporadas taurinas en las principales ciudades del pais, crece también la inquietud de quienes creemos que la tauromaquia no es más que una obsoleta forma de entretenimiento a costa de la dignidad y la vida de seres inocentes, más cercana a una Misa Negra que a cualquier manifestación artística válida.

De otro lado, siempre están quienes alzan una voz doliente y furibunda ante cualquier manifestación de violencia en los medios mientras guardan como tesoros los abonos para la siguiente temporada y alaban después la pericia y habilidad de los toreros; yo mismo he sido víctima – en un incidente bien conocido de mis allegados – de discriminación mediática por presunto “satanismo” por parte de conocidos periodistas manizaleños que disfrutan, sin embargo, de la sangre derramada y el sufrimiento de los toros sacrificados al morbo público durante la conocida e infame Feria de Manizales. Infame por los toros, por los índices delincuenciales que los medios ocultan al mundo, por el turismo sexual del que participa una sociedad que se autodenomina “culta” – y cierra una Orquesta Sinfónica por falta de presupuesto mientras contrata a un escultor para que se deshaga de la basura de su taller regando por las calles de la ciudad esperpentos pintarrajeados que hablan muy mal del gusto estético y de la “cultura” de Manizales.

Este post está dirigido a quienes no son hipócritas. A quienes son conscientes de que la Vida es una y sagrada. Y está hecho para ser repetido, distribuido, copiado y enviado.

Es duro. Pero es cierto.

 
 

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El diablo

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Despertar sudoroso, a la madrugada, con una pesadilla recordada a medias: las imágenes se van diluyendo en la oscuridad de la habitación. El único sonido es el de la respiración de mi esposa. Su presencia me reconforta. Pero las imágenes del sueño aún tardan en desvanecerse, y poco a poco racionalizo, recuerdo…

Era aún muy pequeño. Para ir a la escuela debía pasar junto a la vieja iglesia – se decía que tenía más de ciento cincuenta años y databa de la época de la fundación de la ciudad. Cada mañana, cuando apenas amanecía – mi primera clase era a las 6:30 – pasaba mirando con miedo mezclado con curiosidad infantil un curioso agujero redondo, tan ancho como un plato, horadado en la tapia blanca de la capilla. En algunas ocasiones había visto movimiento, pero nunca alcanzaba a percibir con claridad la criatura que habitaba el agujero.

Una mañana, mucho más temprano que de costumbre – aún estaba oscuro – ví una mujer muy anciana dejando carne cruda cerca al agujero. Cuando pasé, la mujer me miró: era horrible. Abrió la boca pero en lugar de hablarme emitió algo parecido al siseo de un gato furioso. Salí corriendo y llegué a la escuela exhausto, tembloroso y mudo.

Más tarde, durante el recreo, reuní a la pandilla y les conté. Todos estuvieron de acuerdo en que la vieja era una bruja y que en el agujero vivía su familiar, tal vez incluso un diablo. Y acordamos resolver el misterio el fin de semana.

El sábado en la tarde dejamos en paz el terreno baldío que usábamos como pista de acrobacias y esperamos a que terminara la misa. Cuando el sacerdote y el sacristán cerraron las puertas de la iglesia y de la tapia con llave y torcieron la esquina, nos acercamos al agujero. Yo llevaba mi linterna de Flash Gordon y la encendí. Sin pensarlo mucho me adelanté a los otros y casi me metí de cabeza…

Dentro de la perforación había unos ojos amarillentos y luminosos. Fue lo único que alcancé a ver antes de que ESO me saltara a la cara, agarrándome las sienes con diminutas pero dolorosas garras y agitando las alas membranosas. Las patas se apoyaron sobre mi jumper de jean, que impidió que me hiriera en el pecho. En medio de mis manoteos y gritos el haz de luz de la linterna de Flash Gordon iluminó el rostro humanoide y colmilludo de la bestezuela antes de que me soltara y, con un chillido horrible, se lanzara afuera – ocasionando la desbandada del resto de la pandilla.

Fue muy difícil explicarle a mi madre de dónde habían salido las cuatro marcas sangrientas que tenía a cada lado de la cabeza y que tardaron bastante en cicatrizar.

Fue más difícil aún explicar por qué nunca quise volver a la escuela por el camino de la vieja capilla.

Desvelado el misterio de la vieja pesadilla, con el rostro del pequeño demonio – curiosamente parecido al de su vieja cuidadora – ya nítido en la memoria, me levanté.

Ante el espejo del baño escarbé entre mis largas greñas hasta descubrir, en la sien derecha, cuatro leves marcas, casi borradas.

Es extraño: cuando se está seguro de la propia cordura es más fácil conciliar el sueño, así la cordura signifique el horror.

Esto es un MEME muy simple: vamos a contar una historia aterradora e inexplicable y a pasarle la tarea al menos a cinco personas. Mejor si la historia es auténtica. Mi historia no sólo es auténtica sino que la foto también lo es. Así pues, el Meme va para

Turin Turámbar

El Gerente

Niki

Mellon Gabilul

Master Yoda

 
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Publicado por en 2007/05/11 in Relatos Oscuros

 

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