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Feliz Nuevo Año

La Corona Alada y el Árbol Blanco

La Corona Alada y el Árbol Blanco

 
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Publicado por en 2009/03/25 in Portales Infinitos

 

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El lamento del Sirión

 

El Sol se oculta más allá del Belegaer
El Sol se oculta más allá del Belegaer

Son lentos los años del Mundo
para quien tanto ha esperado;
ya no hay luces nuevas
en este cielo que nubla las miradas.
Sólo viejas páginas
y recuerdos herrumbrosos
de marchitas glorias
e inútiles victorias.

Ven conmigo a observar las estrellas:
tal vez en su luz eterna haya noticias
de aquellos que hace tanto partieron.

Tinieblas cubren el mundo,
y los viajeros han perdido su camino
llevando con ellos la última luz
de una multitud que llora.

Ven conmigo y miremos el horizonte:
quizá sobre las olas una vela solitaria
anuncie un retorno sin esperanzas.

 

Ven conmigo a observar las estrellas:
tal vez en su luz inmaculada
los Señores del Oeste recuerden
el mundo que un día fue suyo.

 
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Publicado por en 2009/03/04 in Tolkien

 

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La Espada Rota, de Poul Anderson

Portada de Boris Vallejo para la edición norteamericana

Portada de Boris Vallejo para la edición norteamericana

El libro llegó a mis manos como suele ocurrir en los cuentos de fantasía – no de hadas: me remito al Profesor y su “Árbol y Hoja” para sustentar la diferencia – por accidente, pero dejando la extraña sensación de que el destino, el cruel wyrd, lo había puesto ante mí con oscuras y desconocidas intenciones. Fue una extraña coincidencia el que llegara en uno de esos particulares momentos de cínica melancolía en los que todo lo que ha forjado nuestra mente se añora y se desprecia a un tiempo, tal vez por pensar que aquellos manjares que antaño saciaron la sed de conocimiento – a veces disfrazado de simple ansia de aventuras – son irrecuperables, y su sabor añejo ya no es suficiente para satisfacer el apetito intelectual por ser tan conocido. Las obras del Profesor me hastiaban por ese entonces – hace eras, quisiera pensar; hace unos meses en realidad – y la despiadada codicia que Christopher Tolkien parecía mostrar con una nueva edición de las historias de la Primera Edad, esta vez bajo el título de “Los Hijos de Húrin”, me prevenían en contra de todo aquello que oliera a élfico, perfume no menos delicioso que la primera vez pero ya empalagoso para mi olfato literario.

Así, cuando, hojeando el dichoso libro al azar, empecé a percatarme de la extraña mezcla entre mitologías celta, nórdica y medieval, con descaradas referencias al cristianismo y a la hecatombe cultural perpetrada por los evangelizadores en Europa, y cuando percibí un cierto saborcillo Tolkeniano en uno o dos pasajes leídos a la carrera y que hablaban de los elfos, decidí arrojar el ejemplar a un estante para cuando mi ánimo estuviera más receptivo, pidiéndole disculpas al señor Poul Anderson por la rudeza, puesto que su ciencia ficción siempre me agradó bastante.

Pasaron algunas semanas y muchas cosas en mi vida, y por alguna extraña circunstancia se despertó una cierta curiosidad por profundizar en todas las cosas nórdicas, y recordé el viejo tomo semioculto detrás de varios ejemplares de Heavy Metal.

Las primeras páginas fueron penosas: el prefacio de Javier Martín Lalanda y su inevitable mención del Profesor reavivó el escozor antiélfico de días atrás. Hasta cuando, releyendo un párrafo, el rescoldo se apagó como pateado por un pesado corcel Jötun:

“¿A qué es debido que esta obra de Anderson haya pasado desapercibida? A la edición, al mismo tiempo que ella, de El Señor de los Anillos de Tolkien. En efecto, The Lord of the Rings aparece en Gran Bretaña en 1954, de suerte que frente a una temática similar, el profesor de Oxford eclipsa totalmente al recién titulado norteamericano. No deja de ser, por tanto, una broma del destino – ¿quién sabe si no sería debido a un encantamiento de los trolls y de sus adictos? – que Tolkien, quien, precisamente, quería resucitar esa dimensión feérica que veía perdida, debido a una falta de coordinación con su «aliado» del otro lado del Atlántico, malograse sus encomiables esfuerzos.”

Bien, me dije, vale la pena intentarlo.

Hace un momento, al terminar la lectura, lamenté dos circunstancias: primero, no tener acceso, al menos de momento, a la edición original, o al menos a una en inglés. Sin demeritar los esfuerzos de Javier Martín Lalanda, precisamente la lectura de Tolkien me ha enseñado que, cuando una obra realmente vale, vale el doble en su lengua nativa. Segundo, haber dado comienzo a la lectura; de no haberlo hecho, no habría terminado, y no tendría ahora este enorme agujero entre la mente y el corazón que añoran Faerie, y Alfheim, y hasta Jötunheim.

Recorriendo junto a Valgard y Skafloc las tierras de Inglaterra y de Midgard reconocí viejos rostros en su forma juvenil, si bien con nombres e ideologías diferentes: en la tragedia de Valgard Berserkr y su hacha Fratricida pude reconocer rasgos de Turin Turámbar y su negra espada, así como la malvada espada Tyrfing, habitada por un demonio y sedienta de sangre y violencia, me señaló con claridad el camino hacia Melniboné. También el trágico romance entre Skafloc y Freda tiene visos de la maldición que Morgoth impuso sobre Húrin.

Pero los elfos de Anderson no son los nobles Eldar de Tolkien, como queda muy claro ante la cruel desfachatez de Leea, pero tampoco son los patéticos duendecillos shakesperianos que plagan los “cuentos de hadas”. Así como Faerie no es la Tierra Media, puesto que coexiste con Midgard y con el mundo de los hombres, al que va cediendo paso de manera irreversible ante el avance de la religión del “nuevo dios”, al que Anderson respeta pero a cuyos seguidores culpa sin remordimientos de la pérdida de tantas bellas tradiciones en el mundo.

“Siento que se acerca el día en que Faerie se desvanecerá, cuando el mismísimo Rey de los Elfos se convierta en un simple espíritu de los bosques y después en nada, y los dioses se oculten.”, dice Imric, Conde de Elfheugh, al terminar la saga de Skafloc, y es curioso, mas dudo que sea una simple coincidencia, que tales palabras sean un eco tan fiel – o tal vez se vean reflejadas con tanta precisión – en las de Galadriel: “Pero si triunfas, nuestro poder decrecerá, y Lothlórien se debilitará, y las mareas del Tiempo la borrarán de la faz de la tierra. Tenemos que partir hacia el oeste, o transformarnos en un pueblo rústico que vive en cañadas y cuevas, condenados lentamente a olvidar y ser olvidados.”

Separados por miles de kilómetros de tormentoso océano, y casi al mismo tiempo, Poul Anderson y J.R.R. Tolkien se tomaron el trabajo de ir mucho más allá de los cuentos de hadas y de Shakespeare y de las mutilaciones eclesiásticas, y sintieron aquello que mucho antes nubló los rostros y la felicidad de los Elfos y de los hijos de Dana y de los viejos dioses, que supieron desde siempre el amargo destino que la corta y egoísta memoria de los hombres precipitaría sobre ellos y sus obras.

Pasará aún algún tiempo antes de que me atreva a acercarme de nuevo a tierras élficas, en Faerie, en Asgard o en la Tierra Media. Entretanto,

Namárië.

Anderson, Poul. La Espada Rota. Colección Ultima Thule, Grupo Anaya, Madrid, 1992.

A guisa de banda sonora, Gods of War, Manowar, 2007.

 
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Publicado por en 2008/11/25 in Cuentos de la Tierra Media

 

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Mornatur va a Moria

1.

Los caminos de la Tierra Media cambian poco. Para los Atani, claro, con su corta visión del pasado y el futuro y su perpetuo afán, cualquier cambio es mayúsculo, y así, en una posada cerca de Annúminas, un grupo de comerciantes de Ithilien le dijeron, con amargura, que el viejo camino ya no era el mismo.

Pero el camino estaba allí, y seguía el mismo trazado que había seguido ya no sabía cuántos Años de Arda antes para llegar a los Puertos Grises. Algunos árboles de más y de menos – y cómo extrañó los árboles talados -, alguna que otra piedra reemplazada por los hombres del Rey, algún puente más ancho y fuerte sobre los ríos de Eriador.

El camino seguía allí, y llevaba al sur.

Durante días y noches, descansando a la sombra de viejos árboles, o a veces en ruidosas posadas – en Bree sonrió ante las ocurrencias de un grupo de Periannath – recorrió sin prisa los viejos caminos.

Por el Paso de Rohan viajó en lo más oscuro de la noche. Aunque apreciaba a los raudos y valientes Señores de los Caballos, no le agradaban los interrogatorios. Tal vez algunos centinelas hubieran sentido, más que visto, la sombra de un caballo negro montado por un jinete espectral. Nunca lo sabría, pero no pudo evitar una ligera sonrisa pensando en las leyendas que serían contadas junto al fuego en los años por venir.

Pasó poco tiempo antes de llegar a su primera parada. El viejo bosque de Fangorn, siempre más viejo, tal vez un poco reducido en su extensión, seguía allí, con sus murmullos y sus sombras y sus recuerdos.

A poca distancia del límite sur de la oscura floresta, Thinuial encontró la vieja cornisa de piedra, y sobre ella, alguien a quien no veía hacía mucho, mucho tiempo. Tanto que sería incomprensible para los apresurados Atani.

Lo llamó por el viejo nombre, largo y lento. El nombre que los primeros Quendi le habían dado, tanto tiempo atrás.

Con premeditación, Bárbol volvió sus ojos hacia el recién llegado y lo examinó por un momento. Thinuial sonrió; la última vez que se habían visto, muchos años antes de la Dagor Aglareb, vestía una reluciente cota de mithril y una sobrecota azul con las armas del Señor de Neldoreth. Incluso para Bárbol fue difícil reconocerlo bajo el manto negro y el simple traje gris de viajero. Dejó que la capucha cayera sobre sus hombros y el largo cabello castaño con reflejos dorados ondeara ante la brisa.

Los grandes ojos de Bárbol brillaron con reconocimiento y alegría.

“Ah… Hum… Nadie me llamaba así hace mucho, mucho tiempo… mucho incluso para mí, incluso para tí, Atardecer Gris. Hum, ah, es bueno verte, sí… hace tiempo que ya no se oyen los cantos de la Hermosa Gente por aquí.”

“Es porque todos partieron, viejo amigo.” La voz grave y melodiosa del Elfo se elevó con la brisa vespertina. Thinuial miró hacia el sur. Luego sacudió la cabeza y volvió a mirar al Ent, que seguía observándolo.

“Hummm… Estaba pensando en cuán largos podrían ser los años venideros, con cada vez menos Pastores de Árboles y sin la Hermosa Gente…”

“Largos en verdad serán los años por venir, amigo mío” respondió Thinuial “pero esos son pensamientos de los Atani. ¿Has estado teniendo tratos con la Gente Rápida, acaso? Ellos piensan en el futuro más de lo conveniente y en el pasado menos de lo que deberían, y nunca están satisfechos. ¿Acaso te han convencido de no estar satisfecho?”

Los grandes ojos de Bárbol se elevaron hacia el horizonte con nostalgia.

“Los Hombres ya no vienen a Fangorn, Hijo de Findis. Temen al bosque, y con razón, pues todos los bosques disminuyen a medida que esas grandes ciudades de roca crecen y crecen sin medida… y ya los que podrían haberme hablado no están en la Tierra Media, ¿sabes? Las cortas vidas de los hombres, sobre todo cuando aprendemos a quererlos, hacen más largos nuestros años.”

Pasó el atardecer y luego la noche y luego salió el sol y Thinuial y Bárbol aún hablaban en la cima de la colina de piedra en medio del bosque. Algún viajero de paso no habría escuchado nada, sin embargo. Los árboles, en cambio, y las criaturas del bosque, detuvieron sus vidas por un rato mientras escuchaban con júbilo esa larga conversación en la lengua de las ramas, de las hojas, del bosque mismo, una lengua hablada en tonos melódicos por una voz como no habían esperado volver a escuchar jamás.

Cuando el sol hubo pasado de nuevo y dado paso a las estrellas, Thinuial preguntó:

“He oído que hay inquietud entre las gentes de la Tierra Media, y el nombre de un lugar suena más y más a menudo en las voces de los Atani, pero sobre todo de los Naugrim. ¿Qué sucede en Khazâd-Dûm, amigo mío? ¿Qué nuevas han pasado por el bosque en alas de las aves o en las patas de las criaturas de la tierra?”

Bárbol respondió con un largo, grave y áspero sonido que sacó una sonrisa a Thinuial.

“Burárum. Esas montañas están infestadas de esa plaga y algunos han venido a buscar madera tan al sur como a Fangorn. Ninguno de ellos regresó, por supuesto. Y unos patos que viajaban al sur antes del pasado invierno hablaron también de Barbas Largas caminando hacia allí.”

Thinuial pensó durante un rato, con la mano en la barbilla.

“Cuando el Peregrino Gris destruyó al Valaráukar de Dwarrowdelf, no pensó en lo que la liberación de la ciudad podría significar para los Naugrim. Se dice que aún hay mithril allá abajo.”

Bárbol lo estaba mirando con una chispa de burla en los ojos enormes y brillantes.

“Hummm. ¡Ha! Brummm. Dudo mucho que incluso tú puedas saber qué pasaba por la cabeza de Mithrandir. Hummm. Orgulloso como un Noldo, decíamos entonces, y te lo digo ahora. Porque el Peregrino Gris, como tú lo llamas, está muy por encima incluso de las cabezas hinchadas de los Quendi nacidos en Aman.”

Thinuial rió con ganas, con una risa dulce y contagiosa que viajó de rama en rama y de hoja en hoja hasta cuando el bosque entero pareció envuelto en una fresca brisa juguetona.

“Pero ni siquiera él conocía el porvenir, Bárbol, viejo y terco Ent.”

Ambos rieron ahora, y la risa de los dos era como un chubasco de verano, sorpresivo y refrescante.

Cuando terminaron de reir, ya al amanecer, Thinuial se despidió.

“No sé si regresaré algún día a este bosque, Bárbol, pero si es así volveremos a hablar bajo el sol y las estrellas.”

“Hummm. El que empieza a apresurarse como las Gentes Rápidas eres tú, mi amigo. ¡Si acabas de llegar!”

Thinuial sonrió aún una vez más.

“Tal vez tengas razón. Pero llevo mucho tiempo esperando algo que no he de conseguir, así que he decidido ver qué puedo conseguir sin esperar.”

Montando en Fenúhinë, que todo el tiempo había esperado, paciente, al pie de la cornisa, buscó la salida del bosque y luego galopó hacia el este y al norte. A dar un amplio rodeo que lo llevara hacia las puertas de Moria.

Sonreía aún mientras veía al mundo pasar bajo los cascos de Sombra de Dragón. Pasaría mucho tiempo antes de que olvidara esa conversación, que lo había hecho recordar los viejos tiempos, antes de las guerras y de la oscuridad. Antes de la maldición. Antes de ser Mornatur Tellosthir, Oscuro Señor de una Fortaleza que ya no existía.

 
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Publicado por en 2008/02/05 in Cuentos de la Tierra Media

 

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¿Un poco de fuego?

La lluvia ha dejado nubes dispersas por los costados de las montañas lejanas, y el viento golpea con fuerza, trayendo mensajes helados desde las laderas del Raumainoron. La ciudad está silenciosa, apenas recuperando el aliento tras una tarde de lluvia dura e inclemente. Yo camino rápido, buscando los espacios libres de construcciones desde los cuales puedo ver el mar de niebla… las nubes, exhaustas, recostadas en los valles bajo la ciudad, y las montañas en el horizonte surgiendo como islas tras las cuales se oculta el sol en medio de una fiesta ígnea.

Pero mientras mis pasos me llevan por las calles de Tol Hsierenna, mi mente vaga lejos en el tiempo y en el espacio. Los pasos de mi imaginación me llevan por el campo de batalla, y mi corazón se encoge mientras miro los despojos de la guerra. Un gran Rey acaba de perecer ante mis ojos, tras un combate glorioso que habrá de quedar en las canciones para siempre. Y una Dama de cabellos dorados ha realizado, con la ayuda de alguien inimaginable, una hazaña superior a las realizadas por grandes guerreros de generaciones anteriores.

Pero ya ha pasado el momento de la gloria y el terror, de las hazañas y las matanzas. Sólo quedan sobre el campo cuerpos sin vida de hombres y bestias y monstruos horrendos, y la tristeza y la desesperación llena el alma de los supervivientes testigos de la muerte.

Lo peor es saber que a pesar de la victoria – comprada al costo de muchas vidas – la Guerra sigue, y que aunque en las crónicas y canciones los hechos de armas parezcan bellos y grandiosos, todo se reduce siempre a lo mismo: sangre y muerte, y el dolor profundo y sordo y eterno de los que no volveremos a ver. Y entonces pienso en nuestra guerra, la de mi propio mundo, una guerra en la que no caben héroes ni grandes hechos, en la que quienes pelean no saben por qué lo hacen… ni siquiera pueden aspirar al honor de una lucha justa. Y es una Guerra que tampoco acaba nunca, que siempre sigue, que ni siquiera tiene campos de batalla, una guerra en la que no hay un rostro terrorífico al cual temer y odiar y derrotar porque ni siquiera sabemos quiénes son los verdaderos enemigos, y mucho menos conocemos a los aliados… A medida que el sol se hunde bajo el Mar de la Niebla, siento que el fuego se extingue en mi interior. Llega la noche y con ella la desesperanza. Hoy, mi ciudad disfruta de paz – al menos hasta donde puedo ver y escuchar – pero sé que en algún lugar alguien discurre la muerte de otros. Y la esperanza sigue el camino trazado por la Doncella del Sol y se pierde con el ocaso.

Hay alguien junto a mi. Viste un largo gabán gris, algo raído, y un sombrero de fieltro, de ala ancha y del mismo color del gabán. Cuando lo miro, me devuelve la mirada con unos ojos grandes y ardientes bajo las espesas cejas blancas.

“Buenas tardes” le saludo.

“¿Está usted deseándome que tenga una buena tarde, o implica que la tarde ha sido buena a pesar de mi presencia…?”

Lo miro extrañado. Esa respuesta debería, dado mi estado de ánimo, impulsarme a una agria discusión menos retórica que grosera. Pero en esa voz profunda hay sabiduría, incluso en esas palabras extrañas.

“En realidad, no ha sido una buena tarde para mí…”

“¿Un poco de fuego?” De alguna parte ha sacado una larga y curiosa pipa de barro. Le alcanzo mi encendedor y un momento después la pipa desprende un aromático humo que el extraño aspira con satisfacción para después devolverlo al aire en perfectos aros que se disuelven en la brisa.

“Fue un hermoso atardecer. Uno de los más bellos que he visto jamás” me dice, con aire de complicidad que me hace sentir familiar, en confianza, como si lo conociera de siempre. “Esta ciudad es afortunada: he oído que los atardeceres son hermosos casi siempre…” Se mesa la larga barba blanca mientras habla.

“Así es” respondo. Es extraño: a pesar de las pocas palabras que cruzamos, siento que su sola presencia me conforta, y mi ánimo empieza a cambiar.

Le extiendo mi mano mientras pronuncio mi nombre. Él se queda mirándome sin entender, y luego se ríe. “Supongo es usted, entonces. Pero eso ya lo sabía. ¿Usted lo sabía?” Su risa es profunda y franca. “Bueno, ya ha terminado el atardecer. Ha sido una buena tarde.” Se toca el ala del sombrero a guisa de despedida y empieza a alejarse, con la pipa en los labios, tarareando una canción que nunca he escuchado pero que también me parece familiar.

Muy cerca, dos niños ríen con esas carcajadas frescas y luminosas que uno pierde cuando empieza a pensar mucho y a imaginar poco. Una pareja de novios pasa por mi lado, riendo también, con amor en los ojos. Y de pronto me doy cuenta de que los tristes pensamientos sobre la guerra y la muerte han desaparecido… y adentro, muy adentro, siento una llamita, pequeña pero cálida y brillante. Me pregunto si el extraño, al decir “¿Un poco de fuego?”, no estaría ofreciéndomelo en lugar de pedirme un mundano encendedor que, presiento, no necesitaba en absoluto.

Viéndolo alejarse con rápidas zancadas que hacen ondear los faldones del gabán gris, no puedo evitar una carcajada. No es un extraño.

 —

 

 

 

 En la Tierra Media, el 15 de Marzo se conmemora la Batalla de los Campos del Pelennor, que constituyó una costosa victoria para los Pueblos Libres  y una aparatosa derrota para el Señor Oscuro.

 Al pensar en esa batalla legendaria, pienso también en todas las guerras que se libran hoy, en este preciso instante, y en todos los combatientes cuyos nombres nunca estarán en un libro, y brindo a la salud de todos aquellos que caen sin saber por qué.

A ellos, Namárië. A los que quedamos sólo con recuerdos y tristezas, salud por todo aquello capaz de alimentar nuestro fuego interior.

 
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Publicado por en 2007/03/15 in Cuentos de la Tierra Media

 

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Mithlond

¿A dónde van los nav�os de proas altas cuando parten desde los muelles antiguos?

¿A dónde van los navíos de blancas velas
cuando parten desde los muelles grises?
En silencio se pierden entre la niebla
más allá de ojos mortales y de todo recuerdo.

Han pasado los días gloriosos de los Altos Reyes
y las gestas de los héroes se han olvidado.
ya los pueblos no recuerdan los grandes hechos
en los días de juventud de las estrellas.

La Luz Primordial se ha extraviado:
no hay canción que hable de los Grandes Árboles,
Fuego y Plata allende los mares que separan
ni del blanco destello de las Joyas Sagradas.

En el mundo gris los Grandes Reinos terminaron:
Las Mil Cavernas bajo el Bosque Encantado,
y la Fortaleza Bajo Tierra junto al Río Anciano;
y la Última Ciudad, Piedra Oculta entre montañas.

Ya sólo algún verso extraviado entre viejas páginas
es memoria de los Grandes Días de acciones heroicas
y de aquéllos que una vez hollaron valles y montañas
llevando en sus ojos la Luz de los Primeros Años.

¿A dónde van los navíos de proas altas
cuando parten desde los muelles antiguos?
Muy lejos llevan a la Hermosa Gente
más allá de los seres mortales y su fugaz historia.

 
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Publicado por en 2007/03/02 in Cuentos de la Tierra Media

 

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