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Archivo de la etiqueta: noche

Mariposa, haikú,
y mis labios se sienten
borrachos de tí.

 
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Publicado por en 2012/05/20 in Portales Infinitos

 

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Pequeños poemas sin esperanza (I)

 

Incógnita:
Resplandor extraviado de esmeraldas,
o la esencia de la gracia felina;
alabastro y áureo reflejo flotante
o una mezcla exquisita de todo,
levitando a mi lado, en la noche
con una sonrisa enigmática
y tu aroma, que se aleja
con tu voz.

 
 

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Secretos de la niebla.

Hay más de una interpretación del mundo a nuestro alrededor. Hay más de una manera de mirar las formas, de llenar los espacios, de seguir las sutiles percepciones de los ojos, de los oidos. Negativo y positivo son intercambiables a voluntad. Cada punto de fuga es un punto de vista y cada horizonte una puerta.

Entre las ramas del árbol, el chisporroteo de los cocuyos se confunde con las estrellas lejanas. Destellos, nada más. ¿Quiénes están más lejos, en realidad? ¿Las estrellas, simples luciérnagas en las ramas de Yggdrasil?

Pero el árbol cabe, quizá en la palma de mi mano – en la yema de mi dedo, tal como cabe en mi mirada.

Relámpagos ininterrumpidos llenan la neblina y las ramas del árbol se revelan como no únicas. Otras ramas, tenues, sutiles como el aire, surgen de un tronco mucho mayor que el que podemos ver y tocar, y a través de la insustancial superficie corren colores: cuando el relámpago estalla, allá lejos, acompañado del ininterrumpido tamborileo que es la voz de las nubes, hojas y ramas insustanciales se perfilan en rojo; criaturas de luz azulada serpentean, exploran, se acercan… sólo para alejarse asustadas ante la mirada.

Los ojos no sólo perciben: exploran. La mirada lejana parte y, lejos de la conciencia, busca respuestas. Y siempre está a punto de hallarlas.

 

 

 
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Publicado por en 2011/08/03 in Portales Infinitos

 

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No corras que es peor

Despierta de pronto, asustada, como tras una pesadilla. Siente frío. No sabe dónde está. Es de noche y el silencio dice que es muy tarde. Se incorpora; está en un banco en el parque. Se pone en pie y echa a andar, mirando nerviosa alrededor. Ya en la calle, ve un hombre apoyado contra un poste, como si estuviera enfermo. Está de espaldas a ella. Se le acerca y le toca la espalda. No hay reacción. Le da un golpecito suave en el hombro. Nada. Luego dos golpecitos. Sigue sin reaccionar. Ella lo mira extrañada, tratando de ver el rostro, pero está cubierto con una capucha. Vuelve a tocarlo en el hombro, una, dos… antes de completar el tercer golpe, el hombre voltea rugiendo. La piel pálida que se adhiere a los huesos de la cara y los ojos blancuzcos son los de un muerto. Ella cae de espaldas, asustada, se arrastra hacia atrás hasta cuando puede ponerse en pie y echar a correr en dirección opuesta. El muerto empieza a perseguirla, cojeando.

Un grupo de personas está reuniéndose en la calle. Se dirige hacia ellos para pedir auxilio pero para en seco cuando una mujer la mira con ojos blancuzcos y cara verdosa. Todos la miran de inmediato y empiezan a gruñir, gritar y rugir. Están muertos, y empiezan a perseguirla. Con miedo y angustia, corre.

Hay una sola puerta abierta hacia la calle: se lanza hacia ella.

Cierra la puerta tras ella pero pasa poco tiempo antes de que empiece a ser golpeada con brutalidad desde el otro lado. Empieza a correr, adentrándose por el largo pasillo sin puertas y cuyas luces fallan a trechos. Se oye cómo se rompe la puerta; mira por encima del hombro, grita y sigue corriendo.

En una especie de salita en la mitad del pasillo, hay una puerta de madera, entreabierta a una habitación oscura. Pero la pasa por alto y continúa corriendo. En el extremo del pasillo se ve una puerta abierta… que empieza a dar paso a cada vez más muertos enfurecidos. Retrocede: ahora hay muertos llegando por ambos extremos del corredor y sólo queda la pequeña puerta de madera…

Se lanza dentro de la pequeña habitación, cierra la puerta y empuja el escritorio – único mueble – para bloquear la entrada; toma un cortapapeles y se acurruca en una esquina, mirando horrorizada a puerta que empieza a recibir terribles golpes, cada vez más fuertes, hasta cuando se rompe con un horrísono crujido…

Despierta, sobresaltada. Está en su habitación. Se incorpora. Mira el reloj en la mesita de noche: las 2:14 de la mañana.

Sale de la cama; los shorts y la tée que viste como pijama no la protegen del frío; se agarra los brazos para entrar en calor mientras se dirige a la cocina.

Sirve un mug de leche y lo pone en el horno microondas por unos segundos. Con el recipiente humeante en las manos, se dirige de nuevo a la cama, pero se para en seco cuando suenan unos suaves golpes en la puerta. Tan suaves que no está segura de haberlos escuchado. Vuelven a sonar, esta vez un poco más fuertes. Coloca el mug sobre la mesita de noche y vuelve a salir de la habitación para dirigirse hacia la puerta. Vuelve a parar en seco cuando los golpes se repiten, esta vez con violencia. Una y otra y otra vez hasta cuando finalmente se abre, destrozada la chapa. El muerto del parque entra de un salto y se lanza hacia ella, que grita, corre hacia la habitación, cierra la puerta, que empieza a ser golpeada de inmediato, y va hacia el baño.

Al abrir, una mujer – muerta – se lanza desde la ducha, gruñendo. Alcanza a cerrar la puerta y se zambulle en el armario, que cierra desde adentro. Horrorizada escucha cómo ambas puertas – la de la habitación y la del baño – se abren. Gruñidos, golpes. Pasos. Pasos que se dirigen hacia el armario.

Despierta sobresaltada. Está desorientada y mareada. Suda. Está en una habitación compartida. Hay otra persona en una cama ubicada frente a la suya. Tiene un monitor cardíaco, pero señala línea plana, acentuada por un agudo tono continuo. El paciente no se ve respirar, pero no se alcanza a ver el rostro. Trata de pulsar el botón del timbre para llamar a la enfermera, pero descubre que el cable está cortado.

Sale de la cama y se dirige a la puerta.

El pasillo está muy poco iluminado. Alguien viene caminando despacio, un hombre; trae una bata de médico y empieza a caminar hacia él. Cuando el hombre queda bajo la luz de uno de los bombillos, ella se detiene y el muerto del parque se lanza hacia ella, con los faldones de la bata de médico revoloteando.

Corre y se encierra en la habitación, y empieza a caminar de espaldas, mirando fijamente la puerta y dirigiéndose, sin saberlo, hacia la cama en la que su compañero de cuarto ha fallecido. Cuando se tropieza con la baranda, se detiene. Escucha movimiento de sábanas y el sonido de los resortes de la cama. No se atreve a girar pero trata de ver por el rabillo del ojo – hermoso ojo que deja escapar una lágrima. Detrás de ella siente la mujer muerta que se incorpora y atenaza su garganta con garras heladas.

 
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Publicado por en 2011/07/07 in Relatos Oscuros

 

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Ella

La colilla chisporroteó y humeó al chocar contra el asfalto mojado. Pronto, la lluvia terminó por apagarla. La lluvia que ya había atravesado mi gabán, mi sombrero y el resto de mi ropa y que ya parecía estar llegando hasta los huesos.

Encendí otro cigarrillo. El último del paquete. Del segundo paquete que fumé mientras esperaba a que Ella saliera.

Todo había empezado unas semanas atrás. Fuera del negocio por algún tiempo – lo que tardó en sanar la pierna derecha, rota al caer de un segundo piso, empujado por un fugitivo imbécil que no creyó que mi arma estuviera cargada y se acercó más de la cuenta. Cuando mi pierna se rompió, él ya estaba tocando las puertas del infierno. Y yo ya había perdido la maldita recompensa.

Incluso un par de dias es demasiado tiempo para estar desconectado de las principales fuentes de información y de trabajo. Una sola llamada fallida implica que un contratista llamará a algún competidor. Así que esas vacaciones forzosas fueron toda una eternidad de estar sentado viendo estúpidas películas en vídeo, comiendo pizza y limpiando una y otra vez el arma hasta cuando casi la desgasté. Y cuando pude tirar al bote las muletas al menos tres grandes contratos estaban en manos de la competencia, y yo mismo tuve que ir hasta los sitios donde habitualmente se intercambia la información y se cierran los negocios de este tipo.

Fueron un par de noches de vagar por las calles, en medio de la lluvia, calado hasta los huesos y con cada vez menos dinero para comprar comida, whisky y cigarrillos. La comida me importa poco: la vida en las calles le enseña a uno que no es realmente indispensable. El whisky… bueno, que me tome cuatro o cinco botellas a la semana no quiere decir que sea ningún alcohólico, así que me puedo pasar sin él. Pero los cigarrillos son mi vida… la que se escapa en volutas azules es la misma que entró unos segundos antes en una gloriosa aspiración de humana podredumbre.

La tercera noche fui al Bar. Nombre insípido para un local insípido, pero donde ocasionalmente había logrado algún buen contrato. Hay que tener en cuenta que después de tres horas sin cigarrillos cualquier contrato es bueno.

Y había un contrato… cerrándose justo cuando entré. Suerte que el desafortunado competidor era Will Tramper, que se echó a temblar apenas crucé la puerta. Una vieja historia. Algún día Tramper me cobrará su deuda, pero esa noche salió corriendo como el cobarde que es. Así que tomé su lugar en la barra, pedí un whisky y acepté el cigarrillo que el confundido cliente me ofreció.

Diablos, el contrato era bueno. Seis cifras, y todo por localizar – ni siquiera fotografiar y mucho menos acercarme hasta la chica. Hasta Ella.

La primera vez que la vi fue en una fotografía en blanco y negro, granulada y desenfocada. No mucho para ver, en realidad, salvo un cuerpo maravilloso cubierto pero no oculto por cuero negro, a bordo de una enorme motocicleta en movimiento, una de esas que uno siempre ve conducidas por un enorme cerdo musculoso y barbado.

Eso y nada más.

Pero ya tenía por donde empezar: los motociclistas. Cada una de esas motos es especial, única e inconfundible, y algunos de los veteranos que se reunían a jugar billar en los bares de carretera podrían identificarla sin duda.

El negocio empezó con pie derecho y cinco cifras en mi bolsillo, que me permitieron ponerle carburante al viejo cacharro y viajar hasta uno de los bares favoritos de los pandilleros… y comprar cigarrillos para todo el resto de mi vida. Si no me los fumaba durante la noche.

Sólo tuve que abordar a cuatro cerdos musculosos y gastar tres billetes antes de que alguien identificara la moto: había pertenecido al jefe de una pandilla, una de las más grandes, pero el tipo había muerto en un accidente de tren y su chica se quedó con la máquina. El tipo no sabía nada de la chica, pero me dio toda la información sobre la pandilla y sobre el antiguo propietario del vehículo, así que tres noches después ya sabía su nombre y dirección, y el sitio donde trabajaba atendiendo la barra de un bar hasta la madrugada.

Así que allí estaba, fumándome el último cigarrillo y esperando a que Ella saliera por la puerta de servicio del bar. Y vigilando al otro, una simple sombra acurrucada en un alero a tres pisos por encima y unos diez metros por detrás de mi posición tras el poste de la energía.

Finalmente, la puerta se abrió y salió uno de los meseros. Luego el otro, riendo y despidiéndose de alguien que quedaba adentro.

Luego salió Ella.

Era la primera vez que la veía en persona – algunos de los informantes habían aportado nuevas fotografías, casi siempre sin darse cuenta – y de pronto me di cuenta de que no conocía su rostro. Las fotos siempre eran demasiado lejanas y demasiado oscuras. Todas eran nocturnas, de hecho.

Pero tenía que ser Ella. El impermeable estaba cerrado por una correa que rodeaba una cintura tan estrecha que sólo podía ser la suya, y el contoneo – o mejor, la sensual ondulación – al caminar era exactamente como yo había imaginado que debía ser.

El tipo en el alero empezó a moverse antes de que Ella cerrara la puerta. Yo ya tenía el arma amartillada antes de que sacara la llave de la cerradura.

Ella me vió al salir y se quedó como congelada, mirándome a los ojos. Lo único que sé es que no estaba asustada. De hecho, sonreía. Pero la sonrisa desapareció cuando el tipo que la vigilaba desde el alero cayó – o se materializó – justo entre Ella y yo.

Alcé el arma y grité al tipo para que estuviera quieto. Me miró y se abalanzó sobre mi. Y yo le vacié el tambor del revólver, pero no pareció sentirlo. Primero cayó sobre mi con todo su peso, luego se incorporó y me arrojó sobre un montón de basura. Sin tiempo para recargar, tomé lo primero que encontré: una botella, rota por el gollete. Cuando el tipo volvió a caer sobre mi para izarme y lanzarme, se la clavé en la garganta. El tipo hizo un ruido como de gato furioso, se llevó las manos a la garganta y yo tuve tiempo entonces de sacar la navaja, abrirla y enfundarla hasta la empuñadura exactamente en su corazón. Cuando se desplomó, me incorporé y busqué a la chica con la mirada. Estaba apoyada en el poste donde yo la había estado esperando. Caminé hacia ella, cojeando un poco – el frío y la pelea me habían lastimado la pierna.

“¿Por qué tardaste tanto?” fue su saludo.

“No me lo agradezca. Sólo hice lo que cualquier otro hubiera hecho.”

“No, muy pocos hubieran podido hacerlo.”

Nunca supe cómo me encontré abrazándola, pero en medio del beso que siguió no me importó mucho. Después de una deslumbrante ráfaga de gloria proveniente de sus labios, se alejó un paso.

“Es una lástima que no hayas podido hacer tu trabajo”

“Espera un minuto” le dije. “Claro que estoy haciendo mi trabajo.”

“Ya no es necesario.” Dijo ella, sonriendo con esa enigmática sonrisa suya, acercándose para darme un beso de despedida mientras ponía algo en mi bolsillo.

Un fajo de billetes. No conté, pero era mucho. Cuando volví a mirarla, ya no estaba. Se había esfumado.

La lluvia arreció. Busqué mi arma y de pasada me di cuenta de que el cuerpo del tipo no estaba. En su lugar había sólo un montón de cenizas empapadas.

Emprendí la caminata en medio de la lluvia atroz. Una caminata que no acabará. Pues sólo terminará cuando la encuentre.

 
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Publicado por en 2011/02/23 in Relatos Oscuros

 

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Vino Tinto

 

Vino tinto

Pasos semiconscientes me llevaron al bar artístico de moda. No soy precisamente habitual, pero algunos de los parroquianos me conocen, aunque la mayoría preferiría negarlo. Luego de intercambiar algunas sonrisas y medios saludos con los presentes – en un par de ocasiones con bastante hipocresía – logré llegar hasta la barra. La dudosa virilidad del encargado hace tiempo dejó de molestarme, sobre todo desde cuando para él quedó claro que, en lo que a mí respecta, los senos naturales son la máxima maravilla del universo.

No tuve más que sentarme para que una cerveza apareciera mágicamente ante mí. Hice una seña de aprobación al encargado – a pesar de que, hasta ese momento, no estaba seguro de si quería beber cualquier cosa – y volví mi atención hacia dos lindas jóvenes sentadas, solas, en una mesa del fondo. La porción estratégica de mi mente empezó a hacer cálculos, ponderar diferencias – ambas eran preciosas – y establecer tácticas. Un plan de acción incluyendo un poco de francés bien chapurreado y una rosa se desbarató cuando un par de movimientos en la mesa del fondo me dijeron que sus ocupantes podrían frecuentar el mismo club que el encargado del bar.

“¿Decepcionado?” La voz tenía una extraña cualidad musical que envió raros ecos a través de mi percepción. El espejo detrás del encargado me mostraba la barra vacía a excepción del reflejo de un hombre joven con aspecto de cazador nocturno y gracioso gesto de extrañeza. Entonces volví la mirada al mundo real. Más que caminar, se desplazaba mágicamente hacia la barra desde la puerta. Nuevo misterio: según su mirada, ella era la que había hablado. Pero estaba aún demasiado lejos y Queen estaba a demasiado volumen como para que su voz me hubiera llegado tan clara y tan cercana. Miré primero la cerveza y luego a ella.

“No, no soy delirium tremens. Ni siquiera estás borracho. Apenas llevas un par de tragos…”

Los ojos verdes y la sonrisa sacaron sin autorización mi mejor sonrisa idiota y un saludo que pretendía ser halagüeño y que resultó un balbuceo infantil, perfecto para completar la imagen de muchachito tímido. Pero de nuevo su mirada me dijo que su pensamiento al respecto era diferente. En ese momento, las muchachas del fondo del bar se desvanecieron de mi mente por ensalmo. Sólo existía ella. Mil años después volví a percibir We Will Rock You y el uniforme murmullo de los demás parroquianos.

“Parece como si me conocieras.” Atiné a decir. Parece que algo así era lo que ella esperaba.

La juguetona expresión de los ojos verdes se intensificó. Desvié la mirada antes de que me hipnotizara, disimulando mi turbación con un trago que dejó el jarro de medio litro casi vacío.

“Eso podría decirse” respondió después de un momento. Una mano elegante y un tanto pálida – preciosa – se extendió hacia mí. La suavidad helada me encantó. “Llámame Theri” No había duda sobre la delicada pronunciación de la Th. Aunque carecía de acento, algo en la entonación me anunció que tenía ante mí una visitante extranjera. “Soy europea” La sorpresa ante la aparente intromisión en mis pensamientos me hizo olvidar decirle que fuera un poco más específica. “Con más precisión, tengo en las venas algo de sangre eslava, griega, un poco de inglesa y de francesa… en realidad, de muchas nacionalidades.” Aunque lo dijo con seriedad, algo en sus ojos me dio la idea de un viejo y hermético chiste. “En realidad” continuó “vengo de Yugoslavia. La vida se ha vuelto difícil por allá. Demasiada sangre, pero muy poca… viva.” De nuevo me invadió la sensación de chiste secreto. Preferí no preguntar.

A partir de ese momento, la conversación fue bastante trivial. De vez en cuando alguno reía. Más esporádicamente nos mirábamos con profundo interés; debo reconocer que nunca pude sostener su mirada.

En el transcurso de la noche noté el resto de su avasalladora presencia. Estatura un poco inferior a la mía, un cuerpo delgado y exquisitamente modelado, piel suave, tersa y pálida, cabello castaño claro con algunos mechones dorados. No usaba maquillaje. No lo necesitaba. Vestía un ceñido traje negro, elegante para no desentonar en ninguna parte e informal para no ser llamativo.

Después de mucho tiempo empecé a percatarme de nuevo de mi existencia, justo cuando ella se despedía. Un vaso con restos de espeso vino tinto que jamás le vi solicitar desapareció del mostrador en las hábiles manos del encargado. Me quedé unos momentos dudando entre pedir otra cerveza o caminar hasta el apartamento. El encargado me miraba: esta vez noté un poco de impaciencia en su mirada. “Parece que la cerveza le está haciendo mal.” comentó. “¿Puedo cerrar el local o se queda a dormir?” Las luces estaban encendidas, no había música y todas las mesas estaban vacías. Miré mi reloj: Casi las cinco. La cerveza debía estar afectándome. Al incorporarme, tomar un taxi me pareció imprescindible. Cuando pregunté por la cuenta, el encargado me miró con conmiseración. “Ya está paga”, dijo con sequedad.

Desperté sin los síntomas habituales de resaca, pero sin fuerzas para levantarme. Miré la hora: casi las cuatro de la tarde. La hora me decidió a reunir la voluntad suficiente como para ponerme en pie y hacer un par de llamadas tranquilizadoras y una bastante enojosa: la chica con la que tenía planeado salir tendría que buscar otra pareja para ese sábado. Yo estaba demasiado indispuesto – inusualmente débil- como para pensar en cualquier cosa que no fuera dormir. Sin embargo, me duché y me vestí para sentarme a ver televisión. En algún momento intenté salir al balcón, pero la luz del sol me empujó de nuevo al interior del apartamento con brusquedad y dejándome un fuerte dolor de cabeza como recuerdo.

Cuando anocheció el aburrimiento me corroía y decidí que había recuperado fuerzas suficientes como para una corta caminata… que me llevó de regreso al bar.

De nuevo fue innecesario hacer un pedido: el encargado apareció con una taza de café. No capuccino en ninguna de las variedades alcohólicas. Café, caliente, fuerte y negro. El esfuerzo de la caminata me convenció de no protestar. Tuve dificultades con el primer sorbo, a pesar de estar delicioso, pero luego hice desaparecer la bebida con rapidez. Pensé seriamente en salir de allí a buscar una o cuatro hamburguesas, y descubrí con sorpresa que no había comido nada en las últimas veinticuatro horas.

Todos los pensamientos desaparecieron cuando ella entró. No buscaba a nadie, no pasaba de casualidad. Simplemente entró, se sentó a mi lado y volvimos a charlar.

El vaso lleno de vino tinto se movía en su mano a medida que gesticulaba para recalcar alguna palabra. Aunque pensé en el objeto varias veces, algo me impedía siquiera considerar el preguntarle qué bebía. Entretanto, yo me iba sintiendo algo más débil y mareado. Pero no había bebido nada después del café.

De nuevo me encontré como despertando de una inusitada siesta y el encargado me miraba con preocupación. “Bueno” me dijo. “Me parece que habrá que hacer algo respecto a usted.” “¿Por qué?” “Cuando termine de desmayarse.”

Su rostro se iba haciendo cada vez más borroso. No pude sostenerme. Sintiendo la barra fría bajo mi mejilla, lo último que vi fue el vaso con restos de espeso vino tinto.

Desperté ya de noche. La oscuridad en la habitación era absoluta, así como el dolor en todos mis músculos, que me hizo reconsiderar seriamente la estúpida idea de levantarme y darme una ducha.

Media hora más tarde la volví a ponderar y decidí que era buena. No había mirado el reloj.

El espejo del baño me devolvió a regañadientes una imagen demasiado pálida y ojerosa, en vivo contraste con unos ojos enormes y muy brillantes. Definitivamente, la enfermedad me favorecía.

La ducha y la ceremonia de vestirme fueron absolutamente mecánicas. Recuerdo que recobré la conciencia justo en el instante de abrir la puerta del apartamento con la vívida imagen del bar en mi cerebro. “¿A dónde creo que voy en este estado?” “¿Cual estado?” me respondí. Me sentía perfectamente bien… pero con sed. Mucha sed. Tanta sed como no había sentido en toda mi vida. Cuando tomé conciencia de ello, la imagen del vaso de Theri, el eterno trago de espeso vino tinto, se presentó ante mi con tanta claridad como si ella estuviera presente con su mirada verde esmeralda y su suave, pálida y provocativa piel.

Me pareció extraña la poca cantidad de gente en la calle hasta cuando recordé que mi muñeca izquierda llevaba un reloj. Eran más de las doce. Calculé que debí dormir hasta cerca de las diez de la noche sin ninguna interrupción, pero en ese momento llegué al bar y todos los pensamientos desaparecieron.

Ella me aguardaba esta vez. Supuse que había llegado hacía poco pues aún no le habían servido el infaltable vaso de vino, rojo y espeso. Me senté cerca de ella y, la siguiente vez que miré su mano, el vaso estaba allí. Pero esta vez había muy poco vino, acaso un dedo o dedo y medio.

“¿Decidiste reducir tu dosis?” Pretendí que mi tono fuera sarcástico y agresivo, pero sólo conseguí una especie de súplica abyecta. La sonrisa que me dirigió me recordó los extraños chistes secretos de nuestra primera conversación. “No, cariño. Es sólo que el tonel ya está casi vacío. Me temo que éste es el último trago.”

La debilidad regresó a mí cuando ella pronunció esa frase con ese tono extraño de chiste antiguo y secreto. Vació lo que quedaba en el vaso y sentí que las luces empezaban a apagarse, y mucho, mucho frío. Ella se acercó con lentitud y me dio un beso suave en los labios. Su boca estaba fría y aún tenía rastros de ese último trago de vino que, justo antes de que se hiciera a mi alrededor la oscuridad definitiva, identifiqué como mi propia sangre.

 
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Publicado por en 2010/12/19 in Relatos Oscuros

 

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Mariposa Dorada

Los fantasmas no son más que personajes
de cuentos cuyo final nunca se escribió

El largo viaje me ha dejado exhausto y hambriento. Las escasas provisiones son mi menor preocupación: mañana estaré cerca de algún pueblo en el cual comprar algo de comida: pan, carne seca, cerveza.

Me preocupa, en cambio, hallar un sitio para pernoctar: los campos yermos y ya en otoño helados y ventosos no ofrecen refugios acogedores, y hace algunas horas escuché el aullido de los lobos. Una manada grande, tal vez desplazándose al sur, hacia climas más benignos y mejores cotos de caza, quizá buscando bosques y praderas que no hayan sido contaminados por las salvajes hordas del legendario tirano Bakum, que ya hace quinientos años arrasaron la comarca pero cuya malignidad se percibe aún en las ruinas desperdigadas por el campo.

El sol ha descendido por completo tras las montañas lejanas y en el aire sólo queda un resplandor anaranjado que poco a poco se va desvaneciendo y, tras un recodo de la senda que sigue el pie de las colinas rocosas, veo el castillo.

La construcción de roca responde a un estilo que no he llegado a ver en mis viajes. Es demasiado antiguo y, al avistarlo, temo que no sea más que una ruina. Pero entonces percibo luz, débil y titilante, mas luz al fin y al cabo, escapando a través de una ventana diminuta, ni siquiera una tronera, ubicada cerca del inmenso portal del castillo.

Dirijo mi montura hacia allí y en poco tiempo estoy sintiéndome a punto de ser devorado por la inmensa estructura de piedra. La luz proviene de una caseta, también de piedra, pero de construcción más reciente. Debe servir como refugio a los guardianes de la fortaleza. Una silueta humana, sosteniendo entre las manos un objeto que apenas discierno como ballesta, sale a darme una cautelosa bienvenida. Antes de que pregunte ya he desmontado y, con una ligera reverencia pero manteniendo mi mano muy cerca de la empuñadura de la espada, saludo.

“Que la noche te traiga descanso y el próximo día prosperidad. Soy un viajero en busca de un sitio para pernoctar, pues las noches se hacen frías y los lobos rondan en busca de carne.”

La silueta avanza unos pasos, dejando que la ballesta apunte al suelo, y entra en el tenue haz de luz que surge de la aspillera. Se trata de un anciano.

“Si quieres pernoctar en este viejo refugio, debo advertirte, viajero, que el castillo está infestado por fantasmas antiguos y amargos, y en mi choza no hay, en verdad, espacio.”

“No me preocupan los fantasmas, buen hombre. En cambio he recibido la mordedura del acero de los malhechores y he tenido que matar lobos para proteger mi vida. Y el viento nocturno de otoño muerde como todos los lobos y los aceros juntos. Sólo pido una puerta cerrada tras de mi y un sitio para encender una hoguera.”

“Si fantasmas y recuerdos no te preocupan, permíteme entonces tomar una antorcha y guiarte hacia donde puedas descansar. Pero mañana, si lo hay, no podrás decir que no te advertí. Toma cuanta leña desees de la pila que hay junto a la choza.”

El viejo entra de nuevo en el refugio y vuelve a salir, habiendo reemplazado la ballesta por una antorcha y un jarro, y me guía rumbo a una poterna en la alta muralla, puerta insignificante junto al enorme portal de gruesas tablas claveteadas. La poterna permite también el paso de mi caballo y pronto estamos en el interior del vetusto castillo, a través de cuyos corredores el anciano me guía con paso seguro pero presuroso; querrá regresar a su cabaña antes de que la oscuridad, y los fantasmas que tanto teme, se apoderen por completo del lugar.

Los viejos establos son lugar adecuado para mi caballo; incluso hay heno en abundancia y un aljibe que lo provee de agua para apagar la sed de las leguas. Ya viendo al noble animal masticando con satisfacción, el anciano me guía a mi propio refugio: una de las habitaciones nobles, a juzgar por los tapices raídos y las molduras agrietadas. Un sólo ornamento persiste: un escudo pequeño y ovalado que pende sobre la chimenea y en el que se ve como emblema una mariposa dorada con las alas desplegadas. Entiendo que el anciano me da refugio en la que fuera la habitación de una doncella.

“Hay otras cámaras más amplias y más ricas, viajero; pero estoy seguro de que no descansarías en ellas. Aquí tal vez puedas dormir, y quizá no te incordien los recuerdos de las piedras. Que este jarro de anciano vino calme tu sed; en la chimenea puedes encender el fuego. Ahora regreso a mi sitio, donde las recuerdos no llegan jamás. Pero antes de partir, un sólo consejo: hay cuentos que aún no tienen un final, y aunque no dudo de tu valor ni de tu espada, no es valor ni poder lo que se necesita para escribirlo, pero en cambio, es fácil perderse en un cuento antiguo…”

Sin darme tiempo a responder a tan extrañas palabras, se pierde entre las sombras crecientes.

Enciendo el hogar y bebo algo de vino, añejo como el propio castillo y sencillo como el anciano. Seguro de que es un vino que no volveré a probar, mido mis tragos para que dure hasta el amanecer. El vino es fuerte, también: poco a poco el sueño se apodera de mi cuerpo y me hundo en la blanda oscuridad del descanso.

Una mariposa revolotea por el castillo: en el agitar de las alas se leen la desesperación y el miedo: una presencia antigua y maligna la persigue gruñendo y rugiendo por los corredores de piedra.

El despertar llega con esa misteriosa sensación de caída que nunca podemos explicar pero tan real que deja el lecho vibrando bajo nuestro cuerpo. Y veo la mariposa posada en una de las columnas del raído dosel del lecho. Tan pronto como me incorporo, las alas la llevan hasta la puerta de la cámara y allí aguarda hasta cuando, envolviéndome en el manto, me dispongo a seguirla. No sé por qué lo hago: tal vez quiero intentar escribir el final de la historia. El anciano nunca supo que mi mano a veces toma la pluma, cuando la espada quiere descansar.

El castillo en sombras es mayor de lo que la vista percibe a la luz agonizante del atardecer, y durante mucho tiempo la mariposa dorada me guía por pasillos, escaleras en caracol y patios oscuros. Al final del viaje hay una alta explanada cuyos muros de madera tallada yacen esparcidos sobre las losas de piedra o se han convertido en polvo. Los parterres, el polvo, y algunas ramas y hojas resecas cuentan la historia de un invernadero; tal vez el refugio de una dama cuyos ojos prefirieron el delicado color de flores exóticas a las conversaciones sobre guerra que sin duda se escuchaban en los salones de la fortaleza. Los restos de una vieja hacha ponen un amargo final a la historia del invernadero.

No, no un final. La mariposa dorada se ha posado sobre el único trozo de muro que se mantiene en pie: un arco de piedra que sirve como marco a una gruesa puerta de cedro cerrada por enorme candado que alguna vez fue de acero, pero que ahora está tan mohoso que un solo golpe lo haría polvo.

Cuando acudo ante la puerta, la mariposa revolotea y se posa en la puerta, expectante. Yo intento tomarla con suavidad para llevarla al interior del invernadero a través de los muros que ya no existen, pero las alas resplandecientes se me escapan siempre para posarse en la puerta, y entiendo: para la mariposa, los muros siguen en pie, y sólo a través de la puerta puede entrar en el que fuera su refugio.

Desenvaino la espada para deshacer el antiguo candado, pero la mariposa dorada una vez más vuela hasta posarse en el viejo acero: si golpeo, el arma la destruirá también, y entiendo: el final del cuento será escrito cuando la mariposa – la dama que la llevó como emblema – pueda regresar a su refugio sin violencia.

El rugido a mis espaldas me recuerda que no sólo la mariposa habita el castillo. Un ser enorme – un jabalí gigantesco: no lo dudo jamás – se acerca. Puedo aguardar y combatir, o puedo ir hacia el monstruo y escoger el lugar del encuentro.

Entonces recuerdo y entiendo las palabras del anciano, y envainando la espada sigo a la mariposa dorada, que de nuevo me guía a través de pasillos, sombras y recuerdos, hasta una cámara regia, decorada con antiguos trofeos de caza y armas de todo tipo: espadas, hachas, yelmos tocados con airosas cornamentas. La mariposa descansa de su vuelo sobre un macizo escudo de guerra, amplio y redondo, que en la rodela de acero lleva pintada la cabeza de un furioso jabalí.

Quien se armó con el escudo fue sin duda un guerrero poderoso: yo mismo no podría llevar el arma en el campo de batalla. Lo separo del muro y trato de depositarlo en el piso polvoriento, pero se me resbala de las manos y cae con estruendo y recibe como respuesta un rugido de ira y un galope que se acerca a la cámara.

Colgando del clavo que sostenía el escudo, una llave de oro llama mi atención: la llave apropiada para cerrar el refugio de una dama. La tomo y al tiempo debo desenvainar de nuevo mi espada. La mariposa me urge a seguirla pero el jabalí ha llegado y no podré abandonar la cámara sin pelear por mi vida, pues el monstruo bloquea la puerta.

Es un ser que ha regresado de tumba antigua. Inmenso y poderoso, mas su piel se cae a trozos y su cabeza armada de enormes colmillos manchados no es más que una calavera horrenda en cuyas cuencas brilla el fuego del infierno. Pero en la sombra tras la bestia creo ver, durante un instante, una silueta alta y gruesa de noble porte, tocada con un casco cornamentado.

El jabalí – el Señor de la Guerra bajo cuyo mando estuvo el castillo – no quiso jamás hacer daño a la Dama de la Mariposa Dorada; antes bien quiso protegerla del mundo cruel y violento que la aguardaba tras los muros de piedra.

Pero la bestia asesina que me mira no entiende las palabras de los vivos, así que debo combatir. El monstruo embiste y a duras penas alcanzo a darle paso, dejando un largo rastro en su lomo con la punta de la espada. Ambos nos volteamos y él vuelve a embestir con la cabeza baja, y yo espero con la espada en alto.

La cámara tiembla y el polvo se levanta; los trofeos de caza caen y las losas del piso se agrietan bajo la violencia del combate. Es un enemigo tan poderoso ahora como lo fue en vida, y su fuerza se ve aumentada por la ira y el dolor de los siglos sin descanso, y por el odio hacia quien, cree en su inmortal ceguera, pretende dañar su mariposa dorada.

Durante mucho tiempo el castillo escucha los rugidos y los gritos de rabia y dolor, y los golpes  contra la piedra y el sonido del acero contra hueso y piedra, y alcanzo a pensar que tal vez el combate es uno de esos cuentos sin final a los que el anciano portero teme, pues aunque estoy cansado y herido no cedo ante el poder del jabalí, que ya ha probado mi acero incontables veces pero no parece dispuesto a rendirse. Una embestida me arroja al suelo pero, en lugar de regresar para acabar conmigo, la bestia, ante mi asombro, huye: sin duda he sido un enemigo si no más poderoso, más terco que cualquiera que haya enfrentado antes, y presiento que no soy el único que se ha sentido obligado a seguir la mariposa dorada por los pasillos de piedra.

Me siento en el piso, descansando contra las piedras de muro. Respiro. Las heridas son muchas y algunas no son superficiales: el jabalí sabe usar sus colmillos y sus patas hendidas. Empiezo a desvanecerme pero entonces la mariposa dorada vuela frente a mis ojos.

Me incorporo y, cojeando, temeroso de escuchar a mis espaldas una nueva, monstruosa embestida final a la que mis fuerzas ya no podrían oponerse, deshago los pasos hasta el invernadero.

Sin duda el cansancio y el dolor, y quizá la muerte acechando, juegan con mis ojos: el invernadero está en pie, cerrado por magníficas tallas que simulan los árboles de un bosque maravilloso en el que juegan elfos y dríades, saltando entre los rayos de luz que las vidrieras de colores rompen en tonos hermosos.

Una dama alta y hermosa, con la tristeza en los ojos azules y el oro brillando en sus cabellos, aguarda ante la puerta cerrada. Con dificultad y dolor, y con horror ante los pasos furiosos que se acercan por el corredor y el grito de rabia que los acompaña, pongo la delicada llave en la cerradura del candado. La giro justo cuando siento el salto del jabalí que me hará parte de la triste historia.

Antes de entrar en el invernadero, la dama se detiene ante mí, y con una mano suave y tierna cierra mis ojos.

La muerte que durante tanto tiempo he burlado acecha en los rincones del sueño, pero aún no se atreve a acercarse demasiado. Incluso ella ha aprendido a temer mi acero, y aún no es hora de que reclame mis fuerzas.

En cambio, sueño.

El castillo se alza en medio de un bosque majestuoso, y la aldea cercana siente la protección de la fortaleza. Pero la prosperidad está amenazada por las tropas del tirano Bakum, que avanzan, indetenibles, arrebatando la vida y la riqueza por dondequiera que pasan. Una bella mensajera ha pasado, escoltada por algunos guerreros, difundiendo las nuevas de terror y muerte, llevándolas hacia las ciudades del sur.

Todos piensan en huir; mas el Señor de la Guerra que comanda la fortaleza es poderoso, y su orgullo supera su fuerza, y piensa que su hacha será suficiente para destruir a aquellos enemigos que no huyan ante la cabeza de jabalí que le sirve como estandarte.

Pasa el tiempo y mientras la aldea se prepara para marchar hacia donde las tropas de Bakum no puedan llegar, el Señor del Jabalí pasa los días cazando en sus vastos y ricos bosques, hasta cuando un día llega un ejército. Pocos hombres, exhaustos y heridos, con el horror en la mirada, comandados por un Príncipe de hermosa apostura, pero herido. Los restos del ejército derrotado son bienvenidos en los salones del Señor del Jabalí, y su hermosa hija, la Dama de la Mariposa Dorada, atiende con mano solícita y presta sonrisa reconfortante a los heridos. Bajo su cuidado muchos se ponen en pie, y el apuesto Príncipe recupera las fuerzas hasta cuando llega el día de partir. Los exploradores del siniestro ejército invasor han sido vistos al otro lado del bosque, y el Príncipe ofrece su escolta al Señor del Jabalí para que abandone el castillo a la rapiña del enemigo.

El Señor se niega, pero su hija quiere partir, y el dolor invade los salones de piedra mucho antes de que los salvajes soldados de Bakum hayan atravesado el bosque. La Dama de la Mariposa Dorada y el Príncipe quieren partir juntos: saben que el hacha formidable del Señor no será suficiente para detener las huestes inmensas, crueles e imbatibles; pero el orgullo del Jabalí es aún mayor que el temor de su bella hija y decide quedarse y luchar, y arroja con malas palabras a aquellos que una vez acogió tras sus muros. Y, temeroso de ver a su Mariposa Dorada partir sin su consentimiento, cierra con un gran candado de acero el único sitio vulnerable del castillo: el invernadero desde el cual la hermosa Dama podría ver por última vez  a su Príncipe alejándose hacia el sur.

El celo inmenso del Señor del Jabalí de nada le sirve: demasiado tarde, ya cerrada la puerta, se da cuenta de que el enemigo ha entrado, subrepticio, en el castillo. De nada le sirve correr y bramar como la bestia que usa como emblema por los pasillos de su poderosa e inútil morada, y su hacha sólo puede tomar venganza de los asesinos de la Dama, que caen como espigas ante su furia… pero son demasiados.

Un rayo de sol en el rostro me despierta: los salones de piedra, incluso el derruido invernadero están silenciosos. Al abrir el candado he permitido que la Dama acuda a la única aspillera, desde la cual espera despedirse de un Príncipe que hace mucho pereció en un desconocido campo de batalla. El Jabalí ya no persigue las sombras de enemigos muertos; y sonríe quizá, con tristeza, ante la melancolía de su hija.

Y la melancolía me duele tanto como las heridas que, aunque ya no están, siguen doliendo. El cansancio es real y las melladuras en el filo de la espada son prueba suficiente de que los recuerdos en el castillo fueron reales para mí. Pero no estoy seguro de haber escrito el final de la historia.

El corcel está descansado y relincha con alegría al verme.

Antes de partir, quiero agradecer al anciano que me abrió las puertas, devolverle su jarro y, quizá, contarle que la Mariposa Dorada y el Jabalí ya no recorrerán los pasillos de piedra.

Pero la cabaña del anciano está derruida hace mucho tiempo, y en su interior no hay más que escombros y un viejo barril deshecho. Bajo los escombros, una pluma reseca y un frasco de tinta vacío escriben otro capítulo de la historia: el cuento del viejo bardo buscando el final de todos los cuentos. Debería seguir allí: al fin y al cabo, la Dama sigue de pie en la aspillera, incapaz ya de despedirse de quien hubiera podido ser su salvador.

Sigo mi camino hacia el sur. En el último recodo del camino, antes de salir del valle antaño fértil y cubierto de majestuosos árboles y protegido por el airoso castillo, vuelvo la mirada, y por un momento lo veo todo como era antes de la invasión del legendario tirano: el bosque, el castillo en la cima de la colina… y sobre la muralla poderosa, un bello invernadero de madera desde cuya aspillera, una Dama vestida de oro levanta la mano en señal de despedida.

 
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Publicado por en 2010/10/18 in Relatos Oscuros

 

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Noche

¿Qué secretos guarda la noche?

Niebla y frío, algún grito lejano, la voz moribunda de estrellas que se desvanecen, o acaso el último suspiro del atardecer, demorándose entre las montañas.

Y mis ojos, llenos siempre con la oscuridad de una noche interminable, sólo se cierran a sueños improbables y llantos inexplicables, pero, ¿es miedo lo que se sueña, o el miedo está en la noche, oculto y esperando? ¿Es un personaje sombrío, alado, de aviesa sonrisa, o un simple espejo resquebrajado?

Sólo el frío, única verdad. Preguntas.

Y la Oscuridad.

 
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Publicado por en 2010/06/22 in Relatos Oscuros

 

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Noche y Luna

Sombra de plata en el paisaje de plata
Sombra de plata en el paisaje de plata

Agujas de hielo entre el pelaje plateado,
plata fundida delineando cada criatura del bosque nocturno
bajo la mirada milenaria de Selene.
Las zarpas golpean el suelo y el cuerpo enorme
parece volar entre los árboles ancianos,
galopando solitario contra el viento helado.

A veces se detiene, atento, sobre una colina o roca
y llama con voz potente, dejando brillar los colmillos
y reemprendiendo luego la veloz marcha rumbo al destino.
Sombra de plata en un paisaje de plata,
un sueño quizá, una ilusión terrible,
Lobo Blanco que corre en la noche.

En la montaña hay un castillo: un guardián antiguo
de piedras viejas, grises y duras, con memoria
de sangre y muerte, y tal vez ninguna risa.
En una almena hay una silueta femenina: una sombra delicada,
otro sueño, delgado, liviano, hermoso
que salta al cielo y vuela, desnuda.

El lobo corre, los ojos como fuego verde
y Ella vuela, desciende y cae
sobre el amplio lomo del ser que corre
y juntos cabalgan contra el viento
sombra de plata en el paisaje de plata
y un sueño blanco sobre su espalda.

Manos delicadas se pierden entre el pelaje blanco,
y unos pechos pequeños y firmes
se aprietan contra la espalda del gran lobo,
que poco a poco frena su carrera.
Y sus manos no son zarpas.
Y sus pasos son de hombre.

Bajo la mirada solemne de Selene
las manos buscan las pieles
y las bocas saborean el infinito
y el mundo es un gran vacío
en el que sólo caben manos, pieles y bocas
y alguna palabra arcana que se escapa.

Y la noche no termina, y las caricias
y los besos y el fuego eterno
y las miradas que se pierden en las miradas
y el universo explota en luces centelleantes
y júbilo celestial
y luego, el silencio.

 
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Publicado por en 2009/04/27 in Relatos Oscuros

 

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