…No son fruto de la locura. Aunque tu mirada signifique la locura.
Princesa, ¿te molestan mis palabras? ¿Te acongojan mis intentos de poesía, aquellos que inspira tu belleza?
De ser así, entonces me declararé inválido para la poesía y continuaré despotricando de las malas películas – y de las buenas también, sólo para tener de qué despotricar – y no volveré a escribir sobre las estrellas, ni sobre el lejano reino que pertenece a una Princesa exiliada. Ni sobre música, ni sobre las deliciosas taquicardias que ocasiona tu sonrisa.
Y entonces poesía y estrellas, reinos lejanos y música y corazones retumbantes pasarán a un oscuro anaquel y – escritor como soy – mis historias carecerán de versos, de cielo, de fantasía y de sentimientos. Y aún así, estoy seguro, llegarán a tus oídos.
Pero si no es así, ¿por qué preocuparte?
Si cada verso quiere ser un señuelo de tu sonrisa, y cada párrafo un motivo para que me recuerdes – como quiera que desees recordarme: no me importa en realidad, siempre y cuando me recuerdes.
No te pongas triste si te hablo de tus ojos, porque unos ojos tan bellos deberían sonreír, y si yo soy fuente de su sonrisa, tendré motivos suficientes para la mía.
No te molestes si te digo que eres hermosa, pues lo eres, ¿y qué sentido tiene molestarse ante una verdad tan simple, tan contundente, tan cierta?
Y sobre todo, no te confundas por mí. Te puedo asegurar de que de ninguna manera estoy confundido. Estoy cierto de mí, de mi destino y de mis sentimientos. Y sé, por supuesto, quién eres. Y saberlo me hace feliz.
Sabe, entonces, que de tí recibo felicidad, y que no tienes motivos para recibir de mí lo contrario.
En cambio, disfruta mis versos si son buenos; si son malos, búrlate de ellos y disfrútalos de esa manera. Si son inadecuados, enójate conmigo y entonces recibiré como regalo el tormentoso fuego de tus ojos. Y si te entristecen, dímelo, dejaré de escribirlos y tendré el consuelo de haber sido tal capaz de entristecerte.
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