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Wyrms, de Orson Scott Card (1987)
Cuando vi el libro en la biblioteca de una amiga, y ante la insistencia sobre la calidad del autor por parte de ciertos CienciaFiccionarios, decidí tomar el ejemplar prestado – así eso sea piratería – y dedicarme a su lectura. Los primeros tres capítulos me abrieron el apetito… después descubrí que estaba leyendo por pura disciplina. No puedo juzgar la obra de Scott Card desde este sólo ejemplar… y es una suerte, porque si así fuera el autor mormón estaría en mi lista negra.
Amén de la narración, digamos, pausada, y de los interminables diálogos filosóficos y alegóricos que componen la obra, presentando, eso sí, ideas bastante interesantes, Wyrms adolece de serias fallas en la construcción de los personajes,: la protagonista se va “perdiendo” en el transcurrir de los capítulos, hasta convertirse casi en un accesorio en las partes finales, mientras que su mentor, Ángel, se ve de pronto dividido en dos personajes diferentes cuya existencia no se ve justificada. Bueno, es posible que algunos lectores encuentren la obra sublime, o poco menos: aquellos que vieron el subtítulo, “un viaje iniciático” y lo consideraron de mayor importancia que la novela misma; los mismos que compran a ciegas cualquier cosa firmada por Coelho, Lobsang Rampa o Richard Bach y que creen firmemente en que los códigos de barras son la Marca de la Bestia.
Pero aún esa categoría de lectores, infortunadamente abundantes, seguro encontrarán en Wyrms escenas bastante chocantes; desde el gore en el proceso de remoción de la cabeza de los muertos para convertir el apéndice en un esclavo parlante a perpetuidad, pasando por la detallada descripción de los asesinatos de Paciencia – una niña de trece años entrenada como asesina profesional y consumida por la lujuria hacia un ser repulsivo, el Unwyrm – hasta el climático final, que nada tiene que envidiarle a las producciones Anime de menor calidad, incluyendo la violación de la niña por el Unwyrm usando tentáculos y la destrucción del monstruo con relativa facilidad por parte de un equipo de lisiados.
Como J.R.R. Tolkien, “detesto cordialmente todas las formas de alegoría”, y sin duda ese sentimiento sesgó con fuerza mi opinión sobre Wyrms, pero además pienso que si se pretende reflexionar sobre los peligros de la lujuria, el mejor camino no es precisamente describir en detalle el deseo que consume a una hermosa chica de trece años.
De todos modos encuentro algunas ideas interesantes en la novela; las formas de vida del planeta Imakulata, capaces de replicar a la perfección formas de vida alienígenas hasta reemplazarlas por completo; el concepto de la “piedra mental” que los Heptarcas se hacen implantar en su cerebro para adquirir todo el conocimiento y la memoria de los gobernantes previos (si bien la encuentro muy similar al tema de los cerebros múltiples artificialmente implantados en los Cylones de la novela Battlestar Galáctica, de Robert Thurston). Y la Casa de Heffiji, repositorio de todo el conocimiento de los Sabios extraviados, con sus habitaciones polvorientas y su extraña bibliotecaria, es un bello pasaje – que me recordó con fuerza la Biblioteca de El Nombre de la Rosa.
Aunque no estoy muy seguro de recomendar Wyrms, presiento que muchas personas (aparte del público antes mencionado) podrían encontrarla cuando menos interesante, así que me guardaré de sugerir que no sea leída.
Ritos ancestrales

Aproximarse a una Estación Orbital es una experiencia asombrosa y, para algunos seres humanos, terrorífica: darse cuenta de que un objeto tan grande —casi el tamaño de la vieja Luna— ha sido construido por otros seres humanos, la sensación de vértigo cuando la astronave que se aproxima entra bajo la influencia gravitacional de la Estación, la impresión de que ese inmenso monstruo metálico va a devorar la nave… pero aproximarse a la Estación Orbital Cero, que gira en torno a la Vieja Tierra, es aún más impresionante, pues es darse cuenta de que esa mole amarillenta y desértica que hay debajo de la Estación fue el sitio donde todo empezó: los viajes espaciales que permitieron colonizar el Sistema Solar y después la Galaxia… Siempre me he preguntado cómo habrá lucido la Vieja Tierra antes del cataclismo. Hoy, es un vasto desierto árido con atmósfera tenue y temperaturas demasiado extremas para sustentar vida.
La rutina de acoplamiento de la astronave se cumplió sin inconvenientes y pronto estuve sentado ante el escritorio del Almirante, que entregó una nueva misión como Agregado Militar del equipo de arqueólogos en la superficie de la Tierra.
Los investigadores han estado encontrando evidencias de una forma de culto extendida en la civilización pre-cataclísmica, además de las 27 de las que se tienen evidencias concretas y sobre las cuales se ha logrado reconstruir un cuadro histórico y social bastante completo. Lo curioso de la “nueva” forma religiosa es su extraordinario alcance —objetos rituales y centros de reunión han sido encontrados alrededor de todo el globo, aparentemente mezclados con muestras de otros sistemas de creencias, aún las más extendidas, a veces en un sincretismo curioso y difícil de entender. Sus templos, por ejemplo, tenían una extensión muy superior a la de otros santuarios.
El culto tuvo medios bastante persuasivos para su expansión, que, según los historiadores del equipo, se desarrolló en menos de cien años. Y, dados los rumores cada vez más corrientes sobre el poder inimaginable de esa religión, es necesario tener cuidado sobre los descubrimientos a su alrededor; una de las leyendas más corrientes habla de un Rito capaz de detener el paso del Tiempo.
Tomé un refresco antes de abordar el vehículo que me llevaría a la Base de Operaciones sobre la superficie. El descenso no fue muy diferente de los efectuados sobre otros planetas, excepto que en esta ocasión la nave era civil y estaba desarmada y mi traje espacial era corriente, no la pesada armadura de combate que acostumbro usar. Sin armas me sentía desnudo, indefenso. Pero, además, estaba descendiendo a la superficie del planeta natal de toda la Raza Humana, con una misión relacionada, según los últimos informes, con el Rito más poderoso del ser humano en toda su historia.
Cuando arribé a la Base de Operaciones un mensaje aguardaba en la recepción: el equipo de Arqueólogos me esperaba con urgencia en el más reciente sitio de excavaciones. Habían encontrado algo, pero no daban detalles por razones de seguridad.
Fui en menos de media hora al lugar usando un aerodeslizador. La excavación estaba protegida por una enorme cúpula geodésica que algunos técnicos estaban terminando de ajustar en ese momento. Pero el equipo científico no estaba en la cúpula sino en la barraca donde funcionaba el Laboratorio y allí estacioné el vehículo. Al apearme pensé en la ironía de llevar un traje espacial con soporte respiratorio en el planeta en el cual mis pulmones habían evolucionado.
Todos estaban reunidos alrededor de una pantalla holográfica. Dos técnicos y un experto en comunicaciones de la Flota Estelar estaban inclinados sobre algún objeto pequeño: una caja negra, rectangular y achatada, que manipulaban con sumo cuidado. La pusieron en la bandeja de un Analizador y esperaron, expectantes. El director del equipo arqueológico apenas me saludó y miró la pantalla, retorciéndose las manos. Uno de los científicos me dio un codazo entusiasmado y me señaló el analizador, comentando que el objeto era quizá un primitivo medio para almacenar información.
Uno de los técnicos señaló una luz indicadora en la pantalla holográfica y dijo, entusiasmado, que tenía almacenada información de audio. El director del equipo conectó el sistema de altavoces y subió el volumen al tope.
En la pantalla holográfica sólo se veía estática y por los altavoces surgía un ruido parecido al del agua corriente. Una imagen apareció en la pantalla. Lo reconocí como uno de los objetos de culto que habían sido recuperados en las excavaciones. Varias personas aparecieron también y comenzaron el Ritual. Los historiadores y arqueólogos rieron nerviosos: era distinto de lo que habían pensado, discutido, escrito y defendido. Poco a poco nos dejamos llevar por las imágenes y por las extrañas letanías que surgían de los amplificadores: palabras en una lengua extraña y que tenían una cadencia particular y un ritmo contagioso. Muy pronto estuvimos pendientes del Ritual y nos empezamos a sentir conectados con la danza, extraña y magnífica, que esas personas en la pantalla —seres que vivieron antes del Cataclismo— llevaban a cabo con precisión y con una agilidad y poder sorprendentes. Nos hicimos, sin quererlo, parte del Ritual, y entonces entendí el Poder de una antigua religión tan poderosa que era capaz de capturar las mentes entrenadas de científicos y guerreros a miles de años de distancia en el tiempo.
Y entonces el Ritual llegó a su clímax y, sin saber por qué, contagiado por la evidente alegría de esos seres en la pantalla y de los hombres y mujeres a mi alrededor, grité junto con todos ellos y junto con el oficiante que, sin previo aviso, rompió la larga y extraña letanía y prorrumpió en ese grito que todos compartimos, como si lo conociéramos desde siempre, como si lo lleváramos en la Sangre, herencia de los Ancestros hasta ahora olvidada. Fue un grito largo y profundo que estremeció las paredes de la barraca y pareció silenciar hasta el furioso viento del desierto. Gritamos y el grito, compuesto por una sola palabra, nos arrancó lágrimas de alegría. Fue un sólo grito, una corta palabra que estiramos hasta el infinito, un grito capaz de contener todos los gritos de combate y de victoria que alguna vez haya gritado la raza humana. Gritamos y la palabra, que todos conocíamos pero habíamos olvidado, se grabó en mentes y corazones para siempre. Una sola palabra, corta e infinita, un conjuro capaz de parar el Tiempo:
“¡¡¡GOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOL!!!”
Bem
“Los Kuru saben teletransportar a la gente… claro que también pueden hacerlo con la comida y los animales y los juguetes…”
Con esfuerzo logré resistirme a esa detestable costumbre de adulto de corregir a los niños cuando hablan. De otro lado, sólo Miguel, que se quedó mirándome con esos gigantescos e inquisitivos ojos verdes, conocía realmente a los Kurugan-Kirev (“pero ellos prefieren que los llames Kuru”, había aclarado el niño) y ¿quién era yo para decirle que el término correcto era “teleportación” y no “teletransportación”?
Al otro lado de la habitación atestada de juguetes, Bem jugaba con un viejo hueso de plástico, agitando la cola como loco cuando Miguel lo miraba.
“¿Podrías explicarme algo, Miguel?”. Los enormes ojos verdes volvieron a mirarme. El desenfrenado agitar de la cola de Bem se detuvo y ojos y orejas del pequeño cuadrúpedo se centraron en mí.
“¿Cómo pueden los Kuru hacer todas esas cosas, si son perros?”
Los ojos del niño giraron hacia arriba con desesperación al tiempo que agitaba la cabeza y hacía un gesto despectivo con la boca. Supe al instante lo que estaba pensando, y estuve de acuerdo. ¿Por qué los adultos somos tan estúpidos casi todo el tiempo?
Cansado de dar explicaciones racionales a seres irracionales, Miguel se encogió de hombros y se volvió hacia Bem como pidiéndole consejo. El perro me miró con una sonrisa sarcástica mientras, junto a él, otros dos canes se materializaban en medio de una intensa luz blanca.
Deek Rockthrower, piloto: Hoth

Tres naves Incom T-65 Ala X sorteaban rocas en lo más profundo del campo de asteroides del sistema Hoth. Deek Rockthrower, Azul 4, manejaba la barra de mando con calma y precisión, esquivando los asteroides con una pericia que hacía de su nave una danzarina espacial. El joven proveniente de Tattooine sabía que K’Louuk – Azul 5 – y Vrenar – la bella alderaanesa que respondía al código Azul 6 – debían estar medio muertos de miedo, como lo demostraba la enorme ventaja que les había tomado. Deseó usar el commlink para burlarse de ellos un poco, pero el general Rieekan había ordenado silencio absoluto fuera de la superficie del planeta. Sería mala cosa si un crucero Imperial llegara a captar alguna transmisión en Hoth. Así que se guardó las bromas para cuando regresara a la base Eco… de todos modos sería divertido.
La unidad astromecánica – R5 F4, Effort por cariño – envió un mensaje a la pantalla de la carlinga. Deek no se molestó en responder al pánico de su copiloto por el hecho de ir a gran velocidad en medio de esa lluvia de pedruscos. En su lugar, maniobró peligrosamente cerca de una afilada roca, haciendo que ésta pasara apenas a centímetros de la metálica cabeza de su compañero, que envió una furiosa serie de chirridos electrónicos. En la pantalla apareció algo respecto a acusarlo frente al comandante Antilles. A Deek no le preocupaba Wedge Antilles. Pero le temía al comandante Skywalker. Decían que tenía poderes Jedi, como Darth Vader. Y Deek conocía muy de cerca a Darth Vader.
…
Un año antes de la destrucción de Alderaan, Deek viajaba en el pequeño carguero coreliano de su tío Roger Rockthrower, un hombre extraño pero simpático. Había luchado en las guerras clónicas y a Deek le encantaba escuchar relatos de aquella época, sobre todo de las batallas entre los carismáticos y misteriosos Caballeros Jedi – de los cuales el tío Roger siempre hablaba con especial simpatía – y las tropas Separatistas.
Aunque Roger nunca lo mencionaba, Deek suponía que su papel en las guerras clónicas había sido mayor que el de un simple soldado raso. Pero cuando se había atrevido a preguntarlo, su tío había gruñido y cambiado el tema, lo cual implicaba la interrupción del relato. Deek prefería el relato.
El carguero coreliano, el “Hada de Fórnax”, era pequeño y maniobrable, y Roger dedicaba gran parte de sus viajes comerciales a la instrucción de Deek en su pilotaje. En cuanto a la naturaleza de la carga transportada por su tío, Deek prefería no preguntar, toda vez que la respuesta solía ser evasiva. Viendo a Roger hablar ocasionalmente con alguno de los esbirros de Jabba el Hutt, Deek se había convencido de que debía ser algún negocio sucio, pero no le importaba demasiado. En cambio, hacía todo lo posible por viajar con Roger para aprender de pilotaje y astrogación y escuchar los relatos de guerra.
“Una vez, mi nave de transporte se vio seriamente averiada cerca del sistema Anoat – narraba Roger a Deek mientras tomaban el reposo habitual durante el salto hiperespacial entre Onderon y Naboo – y, viéndonos perseguidos por naves Separatistas, nos refugiamos en un campo de asteroides. Los droides Separatistas prefirieron ir a buscar una presa más fácil, de tal manera que buscamos con tranquilidad un asteroide tan grande como para atracar y hacer reparaciones provisionales. Hallamos un planetoide azulado y lleno de enormes agujeros donde cabría la nave. El trabajo, sin las facilidades de un hangar bien dotado, llevaría varios días, y muy pocos hombres de la tripulación estaban capacitados para realizarlo, por lo que los demás teníamos tiempo para aburrirnos de lo lindo. Algunos organizamos un equipo para explorar los túneles del asteroide, y llegamos a encontrar una inmensa caverna llena de cajas. Algunas, las más pequeñas, flotaban en la ingravidez, las mayores permanecían amarradas por estalagmitas a las paredes de la caverna. Eran antiquísimas, y algunas llevaban el sello de la República, pero en un estilo que debía remontarse a los inicios del gobierno galáctico, hace veinticinco mil años. Un amigo agarró una de las cajas flotantes y la abrió con el sable láser (Deek se preguntó si el propio Roger cargaba sable láser en esa época, pero se guardó su pregunta) y contenía cristales azules. Gemas preciosas como no se han visto desde…”
Roger interrumpió su relato al sentir la característica vibración producida por la repentina salida del hiperespacio y ambos saltaron a la carlinga del “Hada” a tiempo para presenciar la aparición de un monstruoso crucero interdictor del Imperio. Una transmisión llenó los altavoces de la carlinga ordenando apagar los motores y entregar el control del “Hada” a la nave Imperial. Las baterías de turboláser que les apuntaban y algunos cazas TIE que pasaron zumbando hicieron que Roger desistiera de cualquier intento de resistencia, tal vez pensando en la seguridad de Deek.
Una vez en el hangar del interdictor “Fuerza Oscura”, Roger y Deek fueron obligados a salir de la carlinga del “Hada de Fórnax”. Cuarenta stormtroopers – o más – abordaron de inmediato la nave y empezaron su registro. Roger estaba pálido y de vez en cuando miraba con preocupación a su sobrino.
Un oficial Imperial apareció en escena. Roger parecía conocerlo y lo saludó con amabilidad forzada.
“Coronel Veers, qué gusto. No pensé que volviéramos a vernos tan pronto.”
“Hay un viejo amigo que desea saludarlo, Rockthrower.”
Rodeado de diez soldados más, un gigante oscuro y maligno se dirigió a donde estaban Veers y los Rockthrower. Aunque Deek había escuchado sobre el Señor Oscuro del Sith, no esperaba el negro terror que acompañaba como un aura la presencia de Darth Vader. Una profunda voz electrónicamente modulada hizo estremecer hasta las últimas fibras del alma del joven.
“Rower Trianedi. Mucho le he buscado.” La palidez de Roger aumentó. Pero su voz sonaba firme cuando respondió.
“Entonces es cierto. El traidor eres tú… ” Roger – o Rower, como lo había llamado Vader – se llevó las manos a la garganta y su respiración se volvió dificultosa.
“El traidor al que se refiere está muerto, Trianedi. Recuérdelo. Y usted está a punto de acompañarlo en la Fuerza.”
“Déje… me… pelear… como Jedi…”
Rower cayó al piso agarrándose la garganta con ambas manos y tosiendo. Vader lo miró durante un momento.
“Coronel Veers, consígale un sable láser a nuestro… Jedi. El del difunto maestro Kinnawen de Antak servirá. Veremos si su insignificante e ingenuo dominio de la Fuerza le sirve de algo en contra del poder del Lado Oscuro.”
Deek observó la atemorizante silueta negra que desapareció en dirección a las entrañas de la inmensa nave Imperial, hasta que sólo quedó oscuridad y el eco de la respiración mecánica del Señor Oscuro. Veers hizo incorporar a Roger.
“Vuelvan a su nave. Ya enviará Lord Vader por ustedes…” Un stormtrooper le entregó un datapad a Veers “Pistolas BlasTech DH-17 y DL-44, refacciones para naves Incom… ¿Estamos comerciando con enemigos del Emperador, Rockthrower? Será una bendición para usted si Lord Vader le mata. Le evitará mucho dolor.”
…
Una persistente señal sonora hizo que Deek volviera a tomar el mando consciente de su Ala X. La mayor concentración de rocas en este sector le había obligado a reducir la velocidad y sus compañeros lo habían alcanzado. Effort indicaba la presencia de estructuras artificiales en alguno de los asteroides cercanos. Deek le ordenó una búsqueda más precisa.
Al cabo de un instante Deek se encontró de lleno con un gran asteroide esférico plagado de cráteres. Ordenó a Effort una exploración a fondo de las cavernas y obtuvo en pocos segundos un mapa tridimensional de las bocas adyacentes con el que ubicó unas cuantas entradas bastante grandes para los Ala X. En una de ellas se percibían los restos del acoplamiento para un túnel presurizado portátil.
Reduciendo la velocidad al mínimo, Deek enfiló hacia uno de los agujeros. En sus respectivas carlingas, K’Louuk el sulustano y Vrenar de Alderaan suspiraron con resignación y siguieron al líder de escuadra. La bella pelinegra pensó que tal vez a Deek le hiciera falta un poco de disciplina. O, mejor, mucha disciplina.
…
Una enorme sala en el interior del interdictor “Fuerza Oscura” serviría para el combate entre el Señor Oscuro del Sith y Roger Rockthrower, antes conocido como el Caballero Jedi Rower Trianedi. Y los únicos espectadores serían el coronel Veers, el joven y asustado Deek Rockthrower, y un pequeño contingente de soldados Imperiales.
El sable que le entregaron a Rower era una obra maestra de la artesanía Jedi. Era dorado, y estaba acabado por una unidad de energía más pequeña y más eficiente que cualquiera de las que hubiera visto. Al tomar el arma tuvo una fugaz visión del maestro Jedi del sistema Antak… Su Maestro. Un fuerte peso le oprimió el corazón. Había sido un hombre bueno, un excelente Caballero Jedi, y poderoso en La Fuerza.
La sola llegada de Vader pareció oscurecer la enorme sala. Sin desperdiciar palabras, el Señor Oscuro encendió su sable de hoja sangrienta y asumió una posición de combate. Rower sabía que sería inútil retrasarlo más. Dirigió una mirada de despedida a su sobrino y atacó. Sintió como la calma profunda del Jedi lo envolvía y una presencia que se unió a la suya propia para luchar y aumentar su propio poder. Pero no era suficiente. Hizo todo lo posible por desechar el miedo, pero sentir el aura terrible de su oponente minó su confianza. Ni siquiera las voluntades unidas de Kinnawen de Antak y la suya propia podrían derrotar el enorme poder del Lado Oscuro que emanaba de Darth Vader. Se concentró en la pelea, y una vez más dejó que la Fuerza lo absorbiera y lo dirigiera.
Deek notó la inicial vacilación de su tío, pero luego advirtió que se calmaba y que sus ataques y defensas eran menos desesperados, más elegantes y poderosos. La mirada del Jedi estaba perdida en algún lejano sistema, en contraposición a la furiosa mirada artificial de la máscara de Vader. Tal vez, después de todo, Roger podría ganarle al Señor Oscuro y ¿quien sabe? tal vez Veers los dejara en libertad como un tributo a la habilidad del guerrero…
Una triste sonrisa cruzó los labios de Deek. El coronel Veers era un oficial del Imperio, y el Imperio exigía tributo. Jamás lo ofrecía.
…
Deek saltó de la carlinga del ala X y fue a donde K’Louuk y Vrenar abandonaban sus propias naves, apertrechados con las indispensables máscaras respiratorias. Esperaba que las comunicaciones personales a corta distancia no estuvieran incluidas en las órdenes de Rieekan.
“Fue un vuelo genial ¿No?” Deek no necesitaba un traductor para interpretar la airada respuesta sulustana de K’Louuk y la furiosa mirada de Vrenar. Fue la chica la que habló.
“Sólo espero que esta irregularidad valga la pena para la Alianza, Rockthrower. Porque, si no es así, estás en un grave problema, y nosotros contigo… “
“Tranquila, Vren. Valdrá la pena. Suficientes gemas para comprar una Estrella de la Muerte para la Alianza… o quizás dos. Vamos, esa caverna no debe estar lejos. Effort, quedas a cargo de la nave. Si algo pasa, deet-deet-dah. Reporta un deet cada cinco minutos, y lanza una señal de auxilio a base Eco si no volvemos en una hora.”
Para un androide que se comunicaba a través de chillidos electrónicos, la respuesta de Effort sonó bastante irritada.
Los tres pilotos se adentraron en la cueva. El datapad de Deek tenía una copia del mapa tridimensional elaborado por Effort, que Deek seguía con la misma imprudente velocidad que usaba para pilotar.
“Escúchame, Deek: si nos perdemos, no tendrás que caer en las garras del Imperio para conocer la tortura…” Vrenar sonaba furiosa. Deek sonrió, recordando el hermoso brillo en sus ojos cuando se enfurecía.
El primer atisbo que tuvieron de un hallazgo fue un destello azul que brilló entre dos estalagmitas. Apenas prestaron atención a las extrañas formas que la falta de gravedad prestaba a las salientes rocosas, entre las cuales estaba empotrado un cristal azul redondeado. Deek lo tomó y lo entregó a sus compañeros. K’Louuk lo examinó y habló con aire reflexivo, olvidada la furia. Deek activó su traductor.
“…Cristales de Grigaron. Relativamente comunes en algunos sistemas antes de que se estableciera la Antigua República… Creo que eran usados por algún tipo de culto religioso, pero la información disponible es escasa.”
“¿Tienen valor ahora?” Preguntó Vrenar con suavidad.
“En Sullust, sí. Recuerdo muchos intentos de robo de los pocos que quedaban. De hecho “- ningún traductor podría reflejar la verdadera tristeza tras las palabras de K’Louuk – “muchos murieron cuando el Imperio bombardeó algunas ciudades en busca de los cristales.”
“Si el Imperio los busca, valen la pena…” Deek sintió algo extraño y familiar, indefinido y desagradable.
“Tomemos una o dos de las cajas y regresemos. Tengo un mal presentimiento…”
La señal llegó simultáneamente a los tres pilotos. Deet-deet-dah. Algo pasaba. Los tres jóvenes pilotos rebeldes oraron para que el Imperio no tuviera nada que ver.
…
Rower sentía la creciente consternación de Darth Vader, que esperaba una fácil victoria sobre el Jedi. Eso lo impulsaba a seguir luchando, aún a sabiendas de que, mientras él se cansaba, el cuerpo mecanizado de se adversario le permitiría resistir mucho más…
La calma y la paciencia rindieron fruto cuando la punta de su sable arrancó chispas de la parte superior del casco del Señor Oscuro. Un retorcido costurón de metal fundido brilló en la cabeza de Vader, que atacó con furia incontenida. A duras penas esquivó Rower el golpe y, girando con agilidad, atacó a la espalda de su oponente, que se repuso a tiempo para detener el ataque. Las hojas de las espadas de luz zumbaron al tocarse. Vader atacó de nuevo y Rower repelió los golpes. Fijó sus ojos en la máscara de Darth Vader y lo envolvió el miedo. “Matará a Deek con sus propias manos. Cuando me venza, matará a Deek…” En el último instante recobró el dominio lo suficiente como para ver venir la luminosa hoja de Vader hacia la cabeza, y aún sentir una dolorosa explosión de luz y calor en el interior de su cerebro a medida que el sable láser lo cortaba en dos. Luego, la paz.
El gigante de negro se quedó mirando el cuerpo de Rower Trianedi. Luego apagó su sable de luz y se dirigió a la salida.
‘Envíe ese sable al Emperador, general Veers. Arregle todo para mi regreso a Coruscant y ordene que preparen un nuevo yelmo.”
“Milord, espero sus órdenes con respecto al joven Rockthrower”
Vader se volvió y fijó la maligna mirada de su máscara en los ojos del chico.
“Supongo que una temporada en las minas de Kessel le enseñará los inconvenientes del contrabando”.
Mientras Darth Vader se perdía en las entrañas del “Fuerza Oscura”, Deek se hundía en la oscuridad de su angustioso futuro.
…
Effort estaba enviando datos a la pantalla de Deek. La imagen de radar mostraba infinidad de señales correspondientes a naves de gran tamaño en formación de ataque al lado opuesto del campo de asteroides y en dirección a Hoth.
“Los Imperiales nos han hallado. Hay que regresar a base Eco y avisar…”
“No lo creo” respondió Vrenar “podrían rastrearnos y hallar la base si no lo han hecho aún. Creo que deberíamos atacarlos… o huir…”
“No dejaré a los amigos allá abajo” intervino K’Louuk. Una rara vibración del traductor le indicó a Deek la furia del pequeño sulustano.
“Entonces atacaremos. Ojalá sirva de algo.” En ese momento llegaron a la caverna donde estaban los alas X. Tres unidades astromecánicas saludaron a sus dueños con urgentes silbidos. Deek reunió a los dos pilotos.
“Usaremos un patrón de ataque delta contra la nave almirante. Confiemos en que la mayor parte de las fuerzas estén concentradas en Hoth y podamos causar mucho daño. Atacaremos desde atrás y con toda la fuerza a los generadores de los escudos. Si logramos dañar seriamente ese superdestructor, tendrán que dividir sus fuerzas y tal vez le demos un poco de tiempo a Base Eco… Abran los receptores; Si podemos responder alguna llamada de auxilio en lugar de suicidarnos, está bien. Si no… “
“Que la Fuerza nos acompañe…” Deek y K’Louuk acogieron el susurro de Vrenar.
“¡Mantengan los receptores abiertos pero guarden silencio hasta entrar en combate!” gritó finalmente Deek mientras saltaba al interior de la carlinga. Sin saber qué hacer con el cristal azul que aún conservaba en la mano derecha, lo arrojó sobre su hombro.
El receptor del Ala X le entregó cientos de transmisiones Imperiales. Lord Vader en persona comandaba el ataque y había enviado tropas de asalto de superficie que intentarían desactivar el escudo. Las fuerzas espaciales estaban distribuidas para evitar que la Alianza escapara, pero nadie pensaba en un ataque desde los asteroides.
Los Imperiales habían perdido varios transportes de superficie – Deek recordó la pesada mole de los AT-AT que había visto alguna vez en Kessel – pero no antes de destruir el escudo planetario, y ahora había tropas entrando a la base rebelde. Varios transportes habían logrado escapar. Al escuchar el informe Deek no pudo evitar un gran júbilo. Una transmisión le llamó la atención y le dijo a Effort que la sintonizara y que enviara esa señal a las otras unidades astromecánicas. Oró para que los Imperiales no los detectaran aún.
“Informe al almirante Piett que el cañonero “Sombra” entra en persecución de un transporte rebelde. La nave enemiga trata de escapar bordeando un campo de asteroides en 4, 4, 0. Estamos enviando cazas.”
“Atención, éstas son órdenes de Lord Vader, repito: órdenes de Lord Vader: las naves disponibles deben confluir a 5, 5, 8, carguero ligero coreliano modificado tratando de escapar hacia el campo de asteroides. Lord Vader quiere esa nave en perfectas condiciones. Es prioritario que sus tripulantes lleguen sanos y salvos a manos de Lord Vader…”
Deek recordó el único carguero ligero coreliano que había visto en base Eco y conocía a su piloto, así que ordenó a Effort transmitir las coordenadas del “Sombra” y viró su Ala X con violencia. Sus compañeros lo siguieron.
“Atención, “Sombra”. Tiene luz verde para eliminar transporte rebelde. Repito, luz verde para eliminar transporte rebelde.”
“ “Sombra” a “Ejecutor”, el transporte ha perdido escolta pero conserva los escudos deflectores. Esperamos destruirlo en 50 segundos…”
Deek refrenó el deseo de acelerar aún más su ala X para llegar a tiempo. De nada le serviría llegar en fragmentos hasta el “Sombra”
Por fín, el radar le mostró el borde del campo de asteroides y dos naves, una en pos de la otra. Tendría contacto visual en unos segundos justo a popa del Cañonero Imperial. “Atención, transporte de la Alianza: aquí escuadra Azul. Acudimos en su ayuda.”
El crucero rebelde – el “Luz de Alderaan”, según le comentó Effort – no respondió, pero sí lo hicieron los oficiales Imperiales del “Sombra”.
“Atención, pilotos TIE: escuadra enemiga aproximándose por 4, 2, 7: intercéptenlos.”
“Nos han detectado, Azul 4” comentó Vrenar.
“Estoy en tu ala”, se reportó K’Louuk.
“Alas en posición de ataque. Contacto visual con cazas TIE en 10, 9, 8…”
…
Una noche, Deek se había perdido en las minas de Kessel. Sabía que no enviarían a nadie a rescatarlo. Era sólo un esclavo, y ningún oficial Imperial desperdiciaría hombres ni androides en su búsqueda. Le dejarían a merced de la atmósfera enrarecida y de la primera Araña Energética que quisiera atraparlo. Se quedó dormido…
… Y se encontró a sí mismo caminando por los corredores de la mina, siguiendo a su tío Rower, casi olvidado por las privaciones y la brutalidad. En una o dos ocasiones, Deek reconoció las entradas a las estaciones atmosféricas. En algún momento, Rower, ligeramente luminoso y vestido con una túnica Jedi, se detuvo y le indicó a Deek que escuchara.
“Sigue este túnel sin desviarte y llegarás a una cámara donde gente amistosa te recibirá. Y, cuando puedas, busca la caverna de la que te hablé antes. Está en el campo de asteroides del sistema Hoth. Esos cristales azules son más valiosos de lo que cualquiera pueda imaginar…”
Y desapareció.
Al final del túnel lo esperaban brazos amistosos aunque desconfiados. Supo que estaba en Kessendra y que pronto lo llevarían a otro lugar. Y le preguntaron si sabía pilotar una nave o manejar un arma.
…
Deek ajustó los controles de la computadora de blancos y centró el caza TIE más próximo. Fue un blanco sencillo, pero entonces se halló envuelto en una verdadera nube de atacantes que disparaban desde todos los ángulos. Oró mentalmente para que los deflectores resistieran todas las descargas. Un grupo de tres cazas TIE lo atacaba desde babor. Deek viró al tiempo que entraba en barrena y disparó con todas las armas. Las tres naves volaron en pedazos, y el joven piloto advirtió que otra escuadrilla de tres le disparaba desde popa. Concentró los deflectores allí y aceleró esperando poner a los enemigos a proa con un rizo… pero la maniobra lo puso frente a una batería de turboláseres del “Sombra”. Algo azul bloqueaba su visión por la derecha. Dio un impaciente manotazo y agarró el cristal azul que flotaba libre por la carlinga.
“¡Eso es lo que yo llamo disparar, Azul 4!” La voz provenía del “Luz de Alderaan”. Deek se preguntaba dónde hutts estaban los cazas TIE. De nuevo el cristal azul flotaba, esta vez frente a él.
“Yo quería cargarme unos cuantos, Azul 4” Era Vrenar. Deek sacudió la cabeza. Una descarga del cañón de iones del “Sombra” rozó los deflectores de estribor y lo hizo volver a la realidad. Observó alarmado que los escudos no soportarían otra descarga y que la energía de los cañones láser escaseaba.
“Azul 6, trata de distraer el fuego enemigo. Azul 5, sígueme y volemos esos generadores…”
Deek vio como la esfera azul empezaba a brillar y la atrapó de nuevo. El “Luz de Alderaan” se acercaba a gran velocidad por la proa. Tenía apenas tiempo de maniobrar para alejarse del curso de colisión cuando sintió la explosión del “Sombra”. Un coro de aullidos lo ensordeció antes de que las voces de sus amigos y del comandante del crucero rebelde empezaran a hacerse inteligibles. K’Louuk gritaba incontenible por el traductor:
“Eres un pésimo amigo, tú, cerebro de mynock, incapaz de dejar que un pobre sulustano lance sus propios torpedos de protones…”
Una nueva señal en el radar silenció las conversaciones.
“Atención, escuadra Azul, estamos transmitiendo coordenadas a sus unidades astromecánicas. Aconsejaría entrar en el hiperespacio antes de que alguno de esos destructores Imperiales tengan tiempo de llegar hasta aquí…”
…
“Fue la esfera. No me cabe otra explicación. De alguna manera… la esfera guió mis actos… o mis instintos… para hacer todo eso…”
Deek, a bordo de la fragata de oficiales de la Alianza, hizo un vago gesto hacia el aparato que reproducía las transmisiones de audio de la reciente batalla con el Cañonero “Sombra”, en la que había destruido en una rápida secuencia de fuego ocho cazas TIE, para luego acabar en pocos segundos con los generadores del escudo deflector e inmediatamente después con el cañonero mismo. De todo lo cual no recordaba nada. El cristal azul reposaba en una mesita frente a los tres pilotos reunidos. K’Louuk la tomó con cuidado, pero la esfera había perdido todo su brillo, como si estuviera muerta.
“Supongo que se consumió…”
Vrenar se acercó un poco tomó la mano de Deek. “Sólo sé algo… eres un indisciplinado joven guerrero, capaz de destruir una flota entera si se lo propone. Quizá ni necesitarías esa esfera…”
K’Louuk habló un instante, luego recordó encender el traductor.
“¿Por casualidad tienes algún tipo de sensibilidad hacia la Fuerza, como el comandante Skywalker? Quizá al ser tu tío un Jedi, algo te quedó o te correspondió por herencia… Dicen que la calma que invade al Jedi en el momento de combate es una especie de olvido… y el capitán Antilles dice que el comandante Skywalker no recuerda el instante en que disparó los torpedos contra la Estrella de la Muerte…”
“No lo sé… de hecho, tío Roger me habló una vez del camino para llegar a ser Jedi, hablándome, como siempre, de uno de sus amigos. Supongo que se refería a él mismo. Me dijo que se requería cierta habilidad innata de la que yo carecía. Que me conformara con ser un buen piloto…”
“Tal vez te protegía de Vader. Sabía lo que estaba pasando con los Jedi.”
“K’Louuk, ¿qué pasó con las esferas azules que había en tu planeta?”
“Nadie lo sabe. Parece que ni los Imperiales las hallaron. A propósito, investigué algo más sobre esas esferas. Parece que la Vieja República consideró como buena política hacer desaparecer todo rastro de los cristales de Grigaron, pero en ninguna parte dice por qué o cómo.”
“¿Y el sistema Grigaron?” Vrenar sonaba esperanzada.
“Nadie ha escuchado nunca de que tal cosa exista.” respondió K’Louuk, fúnebre.
“Hay que volver al asteroide.” Deek miraba hacia la escotilla que mostraba las largas líneas y extrañas formas del hiperespacio. “Sólo imagínense… una esfera para cada piloto… sólo unas cuantas para los miembros del nuevo escuadrón Rogue de Luke Skywalker…”
Deek miró a Vrenar y a K’Louuk con esperanza en los ojos.
“Si esas esferas hacen con todos los pilotos lo que hicieron conmigo… Debemos volver al asteroide, a cualquier costo.”
…
El almirante Piett, pálido y aterrorizado, respiró profundo antes de hablar a Lord Darth Vader.
“¿Si, Almirante?”
“El Emperador desea establecer comunicación con usted”
“Mueva la nave fuera del campo de asteroides para enviar una transmisión clara”
“Sí, Milord”
Mientras Lord Vader abandonaba el puente y Piett daba las órdenes pertinentes para sacar el inmenso superdestructor del campo de asteroides, el Almirante observaba las desesperadas maniobras de los artilleros para evitar que alguna de las grandes rocas golpeara la nave. Dos cañones de iones y varios turboláseres dispararon simultáneamente para destruir un pequeño planetoide. Piett se preguntó si la mezcla de iones y turboláser siempre causaría ese resplandor azul que aún permanecía en el sitio antes ocupado por esa gran roca llena de agujeros.
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