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Hippocampus (2)

 

[Lea el cuento original HIPPOCAMPUS aquí...]

 
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Publicado por en 2009/05/22 in Cuentos de la Tierra Media

 

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Un cuento oscuro

 
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Publicado por en 2009/05/05 in Relatos Oscuros

 

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Cuentos de Dragones

Dragon

La luz de las lámparas de aceite en la taberna era tenue, adecuada para relajar ojos cansados por el sol de un día de viaje y la música que tocaba el arpista al fondo de la sala hablaba sin palabras del reino del sueño.

Una moneda de plata rodó hasta donde el voluminoso y barbudo propietario de la taberna bebía poco a poco una enorme taza de aromática bebida caliente, sentado en un banco alto. Un gesto de cierta mano enguantada le indicó que se guardara el cambio y el viajero, un hombre de mediana estatura y facciones cubiertas por la capucha de un amplio manto rojo, caminó hacia el grupo de aventureros, y se situó tras el que contaba la historia, un jovencito delgaducho que, a juzgar por el tono de piel, poco había cabalgado. La guarda de la espada a su costado estaba limpia, reluciente y sin marcas: esa espada nunca había visto combate, salvo, quizá, en algún salón de prácticas. El viajero sonrió bajo la capucha, que dejó caer con un gesto elegante y fluido. Tenía el cabello largo y rojizo, piel atezada y ojos del color del ámbar.

“Entonces puse la punta de Cortadora, mi espada” decía el muchacho tocando la empuñadura de su arma “frente al ojo derecho del dragón y le dije ¡Mira bien, lagartija!¡Esta es la punta de Cortadora, y es lo último que verás en tu vida miserable! Y le clavé la hoja hasta la misma empuñadura… el animal trató de levantar la cabeza pero ya era tarde y murió allí, frente a mí…” Se detuvo en seco al sentir el frío del acero en su cuello. Instintivamente llevó la mano a la empuñadura de Cortadora… que ya no estaba en la funda. Una mirada de soslayo le indicó que era la adornada hoja de su propia espada la que lo amenazaba. Sus tres acompañantes se levantaron de un salto y el arpista suspendió su interpretación.

“Mira esto, Señor Aventurero” El viajero, que sostenía la espada con la mano izquierda, señaló con un dedo enguantado una serie de puntos negros en la reluciente hoja de acero “parece que no aceitas tu hoja con frecuencia…” Levantó la espada y la miró a la luz de las lámparas de aceite. El cantinero había puesto un hacha enorme sobre la barra, y acariciaba el mango mirando al grupo como si deseara una excusa para usarla.

El viajero enseñó la hoja a los aventureros y luego al cantinero.

“¡Puntos negros! Déjame decirte, Aventurero: son tu peor enemigo. Son los que permitirán a cualquier orco de montaña romper tu excelente hoja con una cimitarra de hierro mal templado. Debes cuidar de tu hoja, amigo Aventurero, no sea que te traicione…” Una ronca carcajada medio contenida sonó a espaldas del viajero. El cantinero sonreía y asentía con la cabeza. El viajero le hizo un guiño de complicidad.

Entregó la espada por la empuñadura de tal manera que el muchacho tuvo que incorporarse para recibirla. Era un poco más alto que el viajero pero su figura desmañada, junto al elegante porte del desconocido, lo hacía ver como un simple muchachito.

Cuando el Aventurero terminó de enfundar torpemente la espada, el viajero se le acercó un par de pasos.

“¿Quién, dime, Aventurero, ha forjado esa magnífica espada de la que tan poco te preocupas?”

“El herrero de mi Padre, el Señor Duque de las Tierras de…”

“¿Es el herrero un sirviente de tu padre?”

“¡Por supuesto!” Con la espada enfundada, apoyando en la guarda la mano derecha, y notando que el viajero, vestido de manera sencilla, no llevaba armas, el muchacho recuperó su aplomo y su prepotencia. “Mi padre es un hombre poderoso…”

“No lo dudo” Algo en el tono del viajero hizo que el comentario pareciera una burla velada. “Y dime, valeroso Aventurero, ¿están muy lejos las tierras de tu poderoso padre?”

“Siguiendo el camino durante dos días, a buen paso, llegarás ante las Montañas de Piedra. No son muy altas y el Paso es amplio y seguro, y en otros dos días podrías estar ante las puertas del rico Castillo Dorado de mi padre…”

“Ya veo. Y cuéntame, valiente aventurero, algo sobre la hazaña que hace apenas un momento contabas a tus amigos…”

Los otros tres jóvenes se habían vuelto a sentar, alertas.

“Dime, te lo ruego, ¿qué clase de Dragón fue el que mataste de manera tan cruel usando a Cortadora?”

Sacando pecho como un gallo de pelea, el muchacho se relajó.

“Era un Dragón Negro, que estaba asolando una de las aldeas de mi padre…”

“¡Un Dragón Negro! Eres valiente sin duda, señor Aventurero. Y dime, ¿dónde hallaste a criatura tan poderosa y al tiempo tan escurridiza?”

Presintiendo que el viajero pretendía burlarse de él, el joven tomó una actitud cautelosa.

“Yo… esperé subido en un árbol a que fuera a beber a un estanque, cerca de su guarida, en el Bosque de los Elfos…”

Una carcajada ronca, menos contenida esta vez, anunció que el cantinero disfrutaba del cuento.

“¡El Bosque de los Elfos! Ya lo recuerdo. ¿Está en los dominios de tu padre? En alguna ocasión fui hasta allá sólo para trepar las colinas y visitar las cavernas…”

El muchacho estalló en carcajadas burlonas, coreado por uno de sus amigos.

“¡Eres un majadero, amigo!” El muchacho increpó al viajero con tal desparpajo y descortesía que hasta su amigo calló. Pero el muchacho siguió riendo: “cualquiera que haya pasado por el Bosque de los Elfos sabe que está en el fondo de un gran valle, y que en él no hay ni colinas ni cavernas…”

En lugar de enfurecerse, como todos esperaban, el viajero rió también.

“Si, lo confieso, soy un majadero. Pues conozco perfectamente el Bosque de los Elfos, y sé que, como dices, allí no hay ni colinas ni cavernas… y, por lo tanto, no puede haber ninguna guarida de un Dragón Negro, que, como todos los Aventureros avezados saben bien, prefieren las cavernas profundas bajo las más altas montañas, pues la luz del Sol puede herirles. Nadie hasta ahora había escuchado de un Dragón Negro que hiciera su guarida en un bosque… así que, sí, acepto que tal vez sea un majadero, pero no tanto como tú.”

El rostro del muchacho se contorsionó en una mueca de ira y tironeó de la espada. El viajero no se inmutó. Un hacha de guerra se interpuso entre ambos. El cantinero puso la hoja de su arma bajo la barbilla del chico.

“Si esa hoja sale de la funda, te juro que no será lo único que se rompa esta noche… y mi hacha no es de hierro mal forjado, precisamente.” A pesar de la baja estatura del cantinero, su expresión anunciaba negras intenciones.

El joven soltó la empuñadura de Cortadora y retrocedió un paso. Con una mirada de advertencia al viajero, el cantinero se retiró tras la barra.

Aún congestionado por la ira, el joven dijo a media voz:

“No soy ningún majadero”

“Digamos entonces que tienes una fértil imaginación que supera todas tus aventuras… si has corrido alguna.” El viajero hablaba con la misma voz calmada y el mismo tono de burla disimulada. “Al menos debes reconocer que no has matado dragón alguno. Porque de ser así, y de haberse tratado de un Dragón Negro, tu Cortadora ya no cortaría más, pues cualquier aventurero te diría que la sangre de un Dragón Negro disuelve el mejor acero como nieve bajo el Sol de mediodía, y que las únicas armas capaces de matar un Dragón son las forjadas con Plata Élfica, que en estos tiempos sólo se encuentra en los Reinos Helados del lejano Norte, y que sólo los Enanos son capaces de trabajar por medio de magia que no enseñan a nadie…”

“El herrero de mi padre…” la voz del muchacho se quebró sin terminar la frase…

“El herrero de tu padre no es un Enano, pues ninguno de su raza, en el pasado o el presente, ha servido a ningún Señor de los Hombres, por poderoso que fuera, y nunca lo hará, pues cualquiera de ellos prefiere la muerte a la servidumbre, sin excepción. ”

El viajero adelantó otro paso hacia el muchacho, que estaba pálido, mudo y frío, como muerto.

“Así que, ¿quién es el Majadero?” El viajero miró un instante al muchacho, dio media vuelta y se dirigió hacia la entrada de la taberna.

“¡El Majadero eres tú! ¿Quién ha visto jamás un Dragón, o un Enano? ¡No me vengas con cuentos de Dragones, señor Viajero, pues si yo no he matado ninguno, es porque no existen, negros ni verdes ni rojos, como no existen los malditos Enanos…!”

El viajero le dirigió al chico una mirada compasiva, y luego se volvió hacia el cantinero, bajo, voluminoso y barbudo, que aguardaba junto a la barra, apoyado en su enorme hacha de guerra. Al ver la mirada del viajero, se encogió de hombros como diciendo “Bah.”

El frío de la madrugada era estimulante. El viento, que tal vez trajera noticias del lejano océano, le arrancó una sonrisa.

“¡No me vengas con cuentos de Dragones, señor Viajero, pues si yo no he matado ninguno, es porque no existen, negros ni verdes ni rojos…!”

Para cuando terminó de recordar la furibunda frase, el viajero abrió las alas, inmensas y membranosas, sacudió la majestuosa cabeza cubierta de escamas rojas brillantes como gemas bajo la luz de la luna llena y con dos aletazos que crearon un huracán sobre el suelo, elevó el cuerpo gigantesco y sinuoso, y voló, rápido y  magnífico, rumbo a las Montañas de Piedra.

 
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Publicado por en 2007/04/27 in Portales Infinitos

 

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La Torre Oscura de Molkunai: Epílogo

El grupo se detuvo en la cima de la baja colina, exhausto.

A sus espaldas quedaba la ominosa mole de la Torre Oscura de Molkunai. Balzack se dejó caer contra una roca y soltó el hacha, que ya le pesaba. Hyallej subió a la misma roca y oteó el horizonte rojizo y oscuro, cubierto por la extraña neblina. Apphan, sin abandonar su mutismo, se sentó junto a Balzack al tiempo que Cyryus subía junto a Hyallej, que había fijado la mirada en un punto, hacia el Este, hacia Wohnkrantz… o hacia donde debería estar Wohnkrantz en esta tétrica parodia del mundo que habían dejado atrás. Lotuno se acurrucó, casi invisible, bajo un matorral achaparrado y reseco. Recordaba que, antes de entrar en la torre, allí había un esbelto grupo de sauces verdes y rebosantes de vida.

Sin una palabra, Hyallej le señaló un punto al hechicero. Una nube de polvo rojizo más espeso que la niebla se levantaba y se aproximaba. Poco a poco, entre la bruma se hicieron visibles algunas siluetas negras. Un lejano rumor grave y ominoso empezó a sentirse. Balzack recogió el hacha y subió de un salto a la improvisada atalaya.

“Jinetes”, fue lo único que dijo.

“Es Vornhir” La voz los sorprendió a todos. Era la primera vez que Apphan, Ap-Phantarch O’ Albionne,  hablaba desde que abandonaran el centro de la torre. Incluso había despachado a docenas de goblins sin parpadear y sin un solo murmullo, y con la mirada fija en algún punto del pasado… o del futuro.

Hyallej lo miró con atención. Alguna vez, el albionés le había explicado que los druidas de Albión tenían acceso a una fuente de poder de la Tierra y el Espíritu, que llamaban el Awen, que en ocasiones críticas podía asumir el control del druida para solucionar las cosas y conducirlo a la victoria. Una de las principales preocupaciones de Apphan había sido pensar que su padre, el Phantarch de Albión, había sido asesinado antes de poder transmitirle el Awen. Ahora parecía que, de algún modo, el anciano lo había conseguido, y ahora era el Awen del Phantarch el que dominaba cada uno de los movimientos del druida. Y si el viejo había logrado transmitirle su Awen al joven druida, era probable que también hubiera logrado salvar la Canción, de alguna manera. Hyallej se preguntó si Apphan lo sabría.

El retumbar de la tropa de caballería que se acercaba era cada vez más claro. Hyallej volvió a concentrar su atención en los jinetes. Eran diez Caballeros Oscuros. Demasiados. Aún si el grupo estuviera en forma, descansado y con las armas prestas, sería una lucha desigual. Contó al tacto las flechas que le quedaban… tres. La espada era lo único en que podía confiar ahora. El hacha de Balzack estaba mellada y el enorme guerrero de los Bosques de Loern se veía cansado. Lotuno no había tratado de encaramarse a la roca para mirar, lo que decía mucho del cansancio del hobbit, y, por lo que Hyallej sabía, Cyryus había agotado sus hechizos y necesitaría tiempo para recuperarse… y la tropa no les daría ese tiempo. Porque los estandartes negros y las armaduras amenazantes no le daban a Hyallej la más mínima esperanza de que el grupo fuera un comité de bienvenida.

Con un suspiro, sacó una de las flechas y la puso en el arco. Miró fijamente al jinete que comandaba la tropa. El manto negro ondeaba tras él con majestuosidad, y el yelmo estaba hecho con el cráneo de un Dragón. De la silla del enorme caballo negro colgaba una espada negra… LA Espada Negra. Entonces Apphan tenía razón, el comandante era nada menos que Lord Vornhir. Pero, al mismo tiempo, Hyallej percibió que no lo era. Parpadeó para deshacerse de la molesta sensación y preparó el arco, apuntando con cuidado al visor del yelmo.

Jamás efectuó el disparo. Todo se volvió negro… y estaba en otro sitio. La cima de otra colina, rodeada de altas piedras negras y con forma de colmillos apuntando al cielo estrellado. No se veía por ninguna parte la alta silueta de la Torre Oscura.

En el centro había un montículo, coronado por una piedra más alta que las demás.

Apphan estaba de pie junto a esa piedra. Las destrozadas ropas con que había salido de la Torre Oscura de Molkunai habían desaparecido, y ahora llevaba una túnica blanca, resplandeciente. Su mano derecha se cerraba con firmeza en torno a una vara de cedro.

“Ya sabía que Krantz también debería tener un centro de poder. Y está muy bien oculto.”

Todos los miembros del grupo estaban allí. Balzack se veía descansado, con la armadura de cuero en perfecto estado y el hacha de guerra reluciente en su mano. Lotuno vestía una cota de malla de mithril, resplandeciente con luz como de luna llena. Cyryus llevaba el Manto del Murciélago, y bajo él, un corselete de cuero negro. El puñal ceremonial colgaba de un tahalí de cuero y el cinturón guardaba – Hyallej lo supo sin preguntar – una poderosa colección de hechizos. Pero a él mismo, aparte del cansancio, le faltaba algo… la aljaba. No estaba por ninguna parte. Pero el arco… ¡Era su propio arco, hecho como los dioses mandan con buena y maravillosa magia tecnológica de Armadien!

Había alguien más en la cima del montículo. Pero no se movía. Una figura femenina, baja y esbelta, completamente blanca. Una estatua, que Hyallej reconoció al instante. Lady Claryss de Tirion. ¿Por qué sólo una estatua? ¿Dónde estaba Claryss?

Apphan se dirigió a la estatua.

“Claryss se enfrentó a Vornhir cuando nosotros perdimos la Espada Negra. No quiso matarla. Aún hay mucha luz dentro de él. Pero la convirtió en esto. Después, acabó con el Consejo de los Hechiceros de Krantz y, con ayuda de la Espada, destruyó el gobierno de Krantz y se apoderó de él.”

“¿Cuándo?” Lotuno se adelantó hacia Apphan “apenas pasó media hora desde cuando él se fue y hasta cuando nosotros escapamos de la Torre…”

“Fueron unos minutos en nuestro tiempo particular… pero no para Krantz. Vornhir logró volver al momento en que entramos a la Torre, pues la abandonó por medios mágicos y como poseedor de la Espada Negra. Pero nosotros tuvimos que salir huyendo y peleando, sin tiempo para pensar en magia. Supongo que todo estaba planeado. Ahora han pasado para Krantz ciento sesenta años… de tiranía y horror. Ahora, Vornhir se dispone a invocar de nuevo a Enzaroth”

Lotuno se quedó mirando a Apphan.

“Tú no eres nuestro Apphan.”

“Sí lo soy… y no lo soy. Soy Ap-Phantarch O’Albionne, soy el antiguo Phantarch de Albión y soy el Phantarch de Krantz, y tengo conmigo el poder del Consejo de Hechiceros, que Claryss está canalizando, pues ella aún vive en el instante de su transformación, cuando ese Poder era más fuerte.”

“¿Qué estamos esperando?”

“A él” Apphan señaló hacia el extremo más alejado de la explanada. Vornhir y diez de los Caballeros Oscuros se aproximaban al trote.

“Maldito druida extranjero… debí destruirte mientras pude. Sin embargo, eso se puede remediar… ¡han sido quinientos años, Druida, quinientos ciclos de maldición, de sufrimiento, cuando yo debí morir junto a mis compañeros en la Torre! Y no volverás a impedir que todo esto acabe…” Vornhir hizo una seña a sus secuaces. “Acaben con los otros. Yo me encargaré del de Albión”

Con una rápida secuencia, Hyallej despachó a dos de los jinetes – cuyas armaduras mágicas no estaban preparadas para los poderosos dardos energéticos del arco armadiano – y apuntó a un jinete que se abalanzó sobre Lotuno, que echó a correr despavorido para ocultarse tras un menhir. Pero Hyallej notó con satisfacción que, mientras corría, el hobbit tironeaba de la espada.

Balzack se vio enfrentado a dos caballeros oscuros que lo acometieron al galope. Con una sonrisa salvaje se plantó firme sobre las fuertes piernas con el hacha sujeta por ambas manos, se agachó para esquivar la acometida de las dos espadas oscuras y con un arco relampagueante clavó la hoja del arma en la espalda de uno de los caballeros. El otro empezó a hacer girar su cabalgadura pero un ágil salto de Balzack lo puso a la grupa del jinete, que murió con rapidez, el cuello roto. Desde la grupa del caballo se enfrentó a otro par de caballeros pero sólo tuvo que preocuparse de uno de los enemigos, demostrando una vez más que el Hacha de los Bosques de Loern no tenía rival en las largas espadas oscuras. Una sombra descendió del cielo y desmontó al caballero restante, cuya cabeza golpeó con fuerza contra uno de los bloques de piedra. Cyryus aterrizó plegando el Manto del Murciélago y aprestó su enorme cuchillo de caza en la mano derecha mientras con la izquierda hacía un gesto curioso. Poco después, un violento relámpago azulado partía de su mano y golpeaba a uno de los últimos tres guerreros. Los dos restantes se dirigieron hacia él al galope, pero otro relámpago derribó a uno y una flecha luminosa de Hyallej acabó con el otro.

Apphan aguardó con calma a que Vornhir estuviera cerca.

“Tal vez la Maldición que Enzaroth os impuso en la Torre hubiera tenido solución, Vornhir. Pero el espíritu de Enzaroth ya os ha hecho demasiado daño, y nada se puede hacer por vos. Ahora sólo Enzaroth puede arreglar las cosas.”

“¡Sí, por fín lo comprendéis! Es lo que he tratado de deciros, pero no prestásteis atención. Invocar a Enzaroth, sólo una vez, para destruirlo con la Espada y destruir así la maldición y lo que queda de las obras de Enzaroth en Krantz, y evitar definitivamente que regrese alguna vez.”

“No, Lord Vornhir, ¿o debo decir Lord Tyber, el Noveno Guerrero? La luz de vuestra raza ya está demasiado extinta como para que podáis vencer a Enzaroth. Sólo por medio de esa espada maldita ya os ha obligado a hacer mucho daño al Imperio que vos mismo defendísteis hace tanto tiempo. Y, por efecto de la magia que con tanta facilidad prodigáis, también habéis dañado otros mundos, como Albión y Armadien.” En ese momento, Vornhir asestó un terrible mandoble en dirección a Apphan, pero la hoja de la Espada Negra nunca tocó al druida. Una luz azulada destelló a algunos centímetros de la cabeza del albionés y una cúpula azulada se iluminó a su alrededor. “Toda esa violencia no es necesaria.” Apphan no dijo nada más. Cerró los ojos y empezó a realizar lentos y majestuosos gestos con las manos. Poco a poco su cuerpo entero empezó a seguir un ritmo extraño y cadencioso, y la cúpula inmaterial y luminosa que lo rodeaba empezó a llenarse de runas resplanecientes que empezaron a su vez a danzar en el espacio. Vornhir retrocedió unos pasos, despojándose del enorme yelmo con un gesto de impaciencia. Una larga cabellera rubia ondeó como una bandera dorada y unos ojos luminosos miraron a Apphan.

“¿Qué creéis que estáis haciendo, druida ignorante? ¡Invocar de esa manera a Enzaroth sólo provocará su ira y vuestra destrucción y la del Imperio!”

Apphan lo miró y le respondió con voz estentórea.

“¿No era eso acaso lo que queríais, Señor de la Fortaleza de los Lobos?”

“¡No! Yo sólo quería acabar con esta maldición ¡Hace mucho que debería estar con los míos en los Palacios del Tiempo!”

“Ahora tenéis el chance. ¡Aprovechadlo!”

El sitio se había oscurecido hasta casi el negro absoluto. Resplandores azules brillaban en todas las armas de los aventureros, que se quedaron quietos, mirando hacia el violento remolino rojizo que se estaba formando. Balzack, con toda calma, limpió la sangre de las hojas de su hacha de combate. Cyryus se dejó flotar en el aire, con el enorme Manto del Murciélago ondeando a su alrededor, y empezó a tratar de reunir a los integrantes del grupo cerca de Apphan. Lotuno salió de detrás de uno de los menhires enfundando la espada. Detrás de él apareció un gran caballo negro sin jinete, y Hyallej cargó su arco para tenerlo preparado.

Una vez todos estuvieron cerca de Apphan, Cyryus musitó unas palabras y liberó al viento creciente un polvo que empezó a resplandecer y formó una cúpula rojiza alrededor del grupo. Incluso Apphan lo miró, asombrado por el notorio poder del hechizo.

Los caballos de los Jinetes Oscuros trotaban con desesperación alrededor del montículo, en pánico por no encontrar una salida. El torbellino de luz y viento sobre el Menhir central se abrió como un gran portal luminoso y por él empezaron a surgir sombras aullantes y horrendas, que de inmediato rodearon la cúpula de Cyryus y empezaron a atacarla. Una mano gigantesca de aspecto putrefacto surgió también. Luego el brazo, el hombro gigantesco y, finalmente, una cabeza, detrás de la cual apareció un cuerpo completo que se dejó caer sobre la cima de la colina. Era un inmenso cadáver cuya piel pútrida tenía una textura granulosa y horrible, porque los granos eran cabezas humanas y no humanas gritando con furia y dolor y exhalando vapores, luces enfermizas y otras cosas en las que Hyallej prefirió no pensar.

“¡Ah, mi fiel siervo! Por fin me has llamado para tomar posesión de mi Imperio”

“No, Enzaroth. No os he llamado para eso.” Vornhir levantó la Espada Negra y se enfrentó al horrendo ser, que avanzaba con pasos vacilantes como si a cada movimiento el cuerpo se fuera a desarmar en pedazos horribles. “Es hora de que termine mi maldición”

Enzaroth golpeó a Vornhir con el dorso de la mano y el Señor de la Fortaleza de los Lobos salió volando por el aire como un pétalo en un tornado. Las horribles sombras que acompañaban a Enzaroth lo siguieron y lo alcanzaron, e impidieron que cayera al suelo con una danza pesadillesca a su alrededor. Hyallej notó que Vornhir sufría… y de pronto, vio la expresión de Apphan.

El druida cayó arrodillado, exhausto. Cyryus gesticuló con desesperación, tratando de reforzar el hechizo de protección que se estaba desmoronando ante el ataque de las sombras.

Enzaroth, en ese instante, puso su mirada de muerte, soledad, y corrupción en el grupo de valientes. Todos temblaron de pies a cabeza.

“Estúpidos mortales. Nueve guerreros de los Señores Antiguos no fueron suficientes para vencerme, y vosotros, niñitos perdidos de otros mundos, creísteis ser lo suficientemente fuertes como para enfrentarme.”

Dos zancadas inmensas lo pusieron frente a la cúpula rojiza, que brilló con intensidad cegadora.

Pero otra luz, esta blanca, brilló con mayor fuerza aún. Apphan levantó con mano temblorosa. El Awen de guerra lo había abandonado. Pero aún así, con valor infinito se puso en pie trabajosamente y se enfrentó a Enzaroth. En su brazo llevaba algo alargado que brillaba.

“Esta luz ha causado mucho dolor y es hora de que sea redimida, y se redimirá con tu expulsión. Pero no ha de ser mi mano quien la esgrima, pues alguien más digno de ello está entre nosotros.”

Una silueta menuda y esbelta estaba ante ellos. Los cabellos rubios de Claryss de Tirion resplandecían con luz propia y sus ojos reflejaban inmenso amor por sus compañeros de aventuras y el reconocimiento de un camino recorrido y una meta alcanzada.

Con delicadeza, tomó la piedra que le extendía Apphan y les sonrió. Jamás habían visto una mujer – humana o elfa – tan hermosa como Claryss en ese instante.

“A través de Ap-Phantarch O’Albionne, Ulmo, Señor de las Aguas, me ha enviado el tercero de los Silmarils. Su luz ha provocado la guerra y la muerte, pero es la luz del principio, recogida por los Árboles de los Valar y puesta en su interior por Fëanor, mi ancestro, ¡y ahora esta luz os juzga y os dicta sentencia, Señor del Abismo Negro!.”

El silmaril brilló con intensidad cegadora y Enzaroth retrocedió cubriéndose las vacías cuencas que llevaba por ojos. Los miles de pares de ojos de su piel empezaron a humear y miles de bocas muertas clamaron de dolor. El cuerpo repugnante de Enzaroth humeó y se retorció al contacto con la pura luz que había sido enviada a través de universos enteros.

Pero, mientras Claryss hablaba, las sombras del Señor del Abismo se habían reunido y fundido en una sola, que ahora, bajo la forma de un Dragón Negro gigantesco, arremetió contra Claryss.

Ninguno de los aventureros pudo hacer nada, tal era su estupefacción y horror. Sólo Vornhir alcanzó a lanzar un tajo con la Espada Negra al oscuro monstruo… demasiado tarde. Las fauces de oscuridad pura se cerraron alrededor de la Guerrera Maga de Más Allá del Mar y Claryss gritó de agonía. El Silmaril cayó al piso y su luz infinita se convirtió en un resplandor moribundo.

La Espada Negra cumplió con su cometido y, allí donde golpeó al Dragón, el monstruo empezó a deshacerse. Soltó el cuerpo de Claryss, que cayó al piso, inmóvil, y se elevó retorciéndose.

Vornhir saltó hacia Enzaroth, que ya empezaba a recuperarse del ataque luminoso, y asestó otro golpe formidable con la Espada, que se quedó clavada en el pecho deforme del Señor del Abismo. Enzaroth miró la horrible herida y retrocedió. Hyallej reconoció el miedo en esas cuencas pútridas y vacías, y vio el torbellino formándose a sus espaldas. Unas pocas sombras insignificantes alcanzaron a escapar a través de él pero Enzaroth estaba herido de muerte y empezaba a desintegrarse. Cada uno de los rostros muertos de su piel gritaba y se convertía en un punto de luz que escapaba hacia el cielo, que empezaba a despejarse mostrando constelaciones desconocidas.

En un último espasmo de dolor, Enzaroth golpeó a Vornhir con tal fuerza que lo envió a través del portal que él mismo no alcanzó a atravesar, pues terminó de desintegrarse con un último aullido horrísono que quedaría en la mente de los aventureros para siempre.

El torbellino desapareció y la oscuridad se desvaneció. Once caballos negros trotaban alrededor de una colina baja, desorientados. Hacia el oeste, las titánicas ruinas de la Torre Oscura de Molkunai se estremecieron y colapsaron en un extraño silencio. Lotuno se sentó bajo un soberbio grupo de sauces donde, tal vez hacía pocos minutos – o quizá hacía siglos, o dentro de muchos años – sólo había un grupo de matorrales resecos.

El verde de la campiña alrededor de la elevación era asombrosamente bello. Aquí y allá, grupos de árboles y pequeños bosquecillos proclamaban una tierra fértil y próspera. El camino que venía del Oriente era amplio y cada una de sus losas estaba cuidadosamente colocada. En algunos sitios, una losa de color más claro que las demás proclamaba que el camino era puesto en orden con regularidad.

Pero los aventureros no prestaban atención al bellísimo paisaje.

Apphan sostenía entre sus brazos a Claryss, que estaba pálida.

“¿Lo matamos?” su voz era apenas audible. Con un esfuerzo para dominar las lágrimas, Apphan negó con la cabeza.

“No lo creo. Seres como el Señor del Abismo existen por la Oscuridad que hay en el fondo de cada corazón y cada alma. Por eso la Luz del Silmaril lo venció… pero seres como él pueden volver si hay quien esté dispuesto a pagar el precio… y casi siempre lo hay. Esperemos que tarde mucho en regresar.”

“Gracias a todos… algún día nos veremos de nuevo. Yo he encontrado mi respuesta. Ahora iré a las Estancias de Mandos, donde mi pueblo aguarda el destino secreto que nos está reservado… ustedes… continúen su camino. La fortuna los guiará…”

Balzack se arrodilló a su lado, y de los ojos de ese hombre fiero y salvaje brotaron lágrimas. “Parece que todo está bien por aquí… tal vez en Wohnkrantz podamos curarte…”

“Mis heridas no están en mi cuerpo, Balzack.” Con una dulce sonrisa, Claryss cerró los ojos.

“Hasta siempre”

Las palabras flotaron en el aire y se desvanecieron, y Claryss se había ido. Apphan levantó las manos que de pronto se encontraron vacías. Lotuno tocó el hombro de Hyallej y le señaló otra colina a doscientos metros.

Un caballo enorme servía de montura a un jinete gigantesco. Un arco inmenso colgaba a su espalda y en sus cabellos negros brillaba una luz que no era la del sol. Balzack se puso en pie tocando la empuñadura del hacha, pero Cyryus lo detuvo.

“No, está bien. Mira con cuidado.”

En el momento en que el jinete dio media vuelta y el corcel gris echó a cabalgar por el aire, todos vieron, a su grupa, una figura menuda y esbelta con cabellos de un dorado luminoso que les decía adiós.

***

Cyryus retuvo a Apphan por el hombro antes de que penetrara en la cámara del Consejo de Magos de Krantz. El Hechicero Supremo Merlayn le había dicho esa mañana que el Consejo en pleno podría enviarlo de regreso a Albión.

“No puede irse, druida. Aún no ha encontrado la Torre”

Apphan lo miró.

“Tiene razón. Pero Albión me necesita justo ahora. Y debo regresar ANTES de hallar la Torre de Orthanc. Quizá nos encontremos de nuevo allá.”

Balzack se aproximó a los dos hechiceros. “Supongo que nada puedo hacer para detenerlo, asi que váyase pronto. A ver si por fin puedo retirarme a dormir un rato.”

“Has dormido desde cuando regresamos de Molkunai, Balzack.”

“¿Y? Nunca es suficiente. Como sea, suerte, druida.”

Hyallej ni siquiera se aproximó. “Tal vez algún día nos volvamos a encontrar, druida. Pero si no es así, esperaré en Armadien con un buen vaso de hidromiel.”

Apphan no quiso o no pudo decir nada más. Con un leve gesto dirigido al hobbit, que se apoyaba indolente en la pared, entró en la cámara. Pero en el último instante se volvió de nuevo hacia el grupo.

“Gracias por todo… y cuidado. No sabemos nada de Enzaroth… y Vornhir vivía cuando cruzó ese portal, y tampoco conocemos el color de su corazón. Adios.”

Con media vuelta, cerró tras de sí la puerta.

Un mensajero imperial apareció por el corredor y musitó unas palabras al oido de Balzack – nadie se atrevía a hablar en voz alta tan cerca de la Cámara del Consejo de Magos – y le entregó un pergamino enrollado.

Cuando el mensajero se retiró, Balzack abrió el rollo y leyó por un momento.

Con una sonrisa salvaje, les dijo:

“El Emperador nos necesita otra vez. El embajador de Yadissia ha sido asesinado en circunstancias extrañas, y las únicas pistas llevan muy, muy lejos de Krantz, a través de peligros desconocidos…”

Hyallej empezó a caminar por el corredor, rumbo a los Salones Imperiales. Después de unos pasos, se detuvo y miró a sus compañeros por encima del hombro.

“¿Qué pasa con vosotros? ¿Acaso queréis vivir para siempre?”

 
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Publicado por en 2007/03/27 in Portales Infinitos

 

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