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No corras que es peor

Despierta de pronto, asustada, como tras una pesadilla. Siente frío. No sabe dónde está. Es de noche y el silencio dice que es muy tarde. Se incorpora; está en un banco en el parque. Se pone en pie y echa a andar, mirando nerviosa alrededor. Ya en la calle, ve un hombre apoyado contra un poste, como si estuviera enfermo. Está de espaldas a ella. Se le acerca y le toca la espalda. No hay reacción. Le da un golpecito suave en el hombro. Nada. Luego dos golpecitos. Sigue sin reaccionar. Ella lo mira extrañada, tratando de ver el rostro, pero está cubierto con una capucha. Vuelve a tocarlo en el hombro, una, dos… antes de completar el tercer golpe, el hombre voltea rugiendo. La piel pálida que se adhiere a los huesos de la cara y los ojos blancuzcos son los de un muerto. Ella cae de espaldas, asustada, se arrastra hacia atrás hasta cuando puede ponerse en pie y echar a correr en dirección opuesta. El muerto empieza a perseguirla, cojeando.

Un grupo de personas está reuniéndose en la calle. Se dirige hacia ellos para pedir auxilio pero para en seco cuando una mujer la mira con ojos blancuzcos y cara verdosa. Todos la miran de inmediato y empiezan a gruñir, gritar y rugir. Están muertos, y empiezan a perseguirla. Con miedo y angustia, corre.

Hay una sola puerta abierta hacia la calle: se lanza hacia ella.

Cierra la puerta tras ella pero pasa poco tiempo antes de que empiece a ser golpeada con brutalidad desde el otro lado. Empieza a correr, adentrándose por el largo pasillo sin puertas y cuyas luces fallan a trechos. Se oye cómo se rompe la puerta; mira por encima del hombro, grita y sigue corriendo.

En una especie de salita en la mitad del pasillo, hay una puerta de madera, entreabierta a una habitación oscura. Pero la pasa por alto y continúa corriendo. En el extremo del pasillo se ve una puerta abierta… que empieza a dar paso a cada vez más muertos enfurecidos. Retrocede: ahora hay muertos llegando por ambos extremos del corredor y sólo queda la pequeña puerta de madera…

Se lanza dentro de la pequeña habitación, cierra la puerta y empuja el escritorio – único mueble – para bloquear la entrada; toma un cortapapeles y se acurruca en una esquina, mirando horrorizada a puerta que empieza a recibir terribles golpes, cada vez más fuertes, hasta cuando se rompe con un horrísono crujido…

Despierta, sobresaltada. Está en su habitación. Se incorpora. Mira el reloj en la mesita de noche: las 2:14 de la mañana.

Sale de la cama; los shorts y la tée que viste como pijama no la protegen del frío; se agarra los brazos para entrar en calor mientras se dirige a la cocina.

Sirve un mug de leche y lo pone en el horno microondas por unos segundos. Con el recipiente humeante en las manos, se dirige de nuevo a la cama, pero se para en seco cuando suenan unos suaves golpes en la puerta. Tan suaves que no está segura de haberlos escuchado. Vuelven a sonar, esta vez un poco más fuertes. Coloca el mug sobre la mesita de noche y vuelve a salir de la habitación para dirigirse hacia la puerta. Vuelve a parar en seco cuando los golpes se repiten, esta vez con violencia. Una y otra y otra vez hasta cuando finalmente se abre, destrozada la chapa. El muerto del parque entra de un salto y se lanza hacia ella, que grita, corre hacia la habitación, cierra la puerta, que empieza a ser golpeada de inmediato, y va hacia el baño.

Al abrir, una mujer – muerta – se lanza desde la ducha, gruñendo. Alcanza a cerrar la puerta y se zambulle en el armario, que cierra desde adentro. Horrorizada escucha cómo ambas puertas – la de la habitación y la del baño – se abren. Gruñidos, golpes. Pasos. Pasos que se dirigen hacia el armario.

Despierta sobresaltada. Está desorientada y mareada. Suda. Está en una habitación compartida. Hay otra persona en una cama ubicada frente a la suya. Tiene un monitor cardíaco, pero señala línea plana, acentuada por un agudo tono continuo. El paciente no se ve respirar, pero no se alcanza a ver el rostro. Trata de pulsar el botón del timbre para llamar a la enfermera, pero descubre que el cable está cortado.

Sale de la cama y se dirige a la puerta.

El pasillo está muy poco iluminado. Alguien viene caminando despacio, un hombre; trae una bata de médico y empieza a caminar hacia él. Cuando el hombre queda bajo la luz de uno de los bombillos, ella se detiene y el muerto del parque se lanza hacia ella, con los faldones de la bata de médico revoloteando.

Corre y se encierra en la habitación, y empieza a caminar de espaldas, mirando fijamente la puerta y dirigiéndose, sin saberlo, hacia la cama en la que su compañero de cuarto ha fallecido. Cuando se tropieza con la baranda, se detiene. Escucha movimiento de sábanas y el sonido de los resortes de la cama. No se atreve a girar pero trata de ver por el rabillo del ojo – hermoso ojo que deja escapar una lágrima. Detrás de ella siente la mujer muerta que se incorpora y atenaza su garganta con garras heladas.

 
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Publicado por en 2011/07/07 in Relatos Oscuros

 

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Recuerdos Oscuros

Como funcionario público, tuve que visitar sitios donde se estaban demoliendo viejas edificaciones para vigilar la preservación de bienes inmuebles de valor cultural. Una de las visitas me resultó impactante.

Era una casa extensa, elegante, con una distribución excelente y bellos acabados en madera, y fue construida en un solo nivel pues entre sus habitantes originales había una persona con cierta discapacidad física. Una ligera investigación en mi oficina me permitió averiguar que había sido construida a finales de los años sesenta.

Los ancestros hubieran dicho que sobre los propietarios pesaba el mal de ojo, pues mientras habitaron la casa – algo así como diez o quince años – no sólo falleció el enfermo; según parece, el patriarca tenía viejas y oscuras deudas pendientes, pues fue asesinado ante su propia puerta. Su esposa, tras el entierro, partió hacia otra ciudad y pereció poco después en un truculento accidente de tráfico. Los dos herederos de la familia, ya casados y con hijos, se enfrascaron en una violenta disputa sobre la herencia. Todo terminó en la muerte de uno y el encarcelamiento del otro, que poco después murió asesinado en prisión. La casa fue entonces vendida a principios de los ochentas a una prestante familia que la disfrutó durante poco menos de seis años.

Tras conocer la historia de la casa y recordar por qué me había impactado su demolición, me pasé un sábado completo excavando entre mis viejos documentos en busca de cierto manuscrito. Aún no encuentro la primera y la última hoja de las seis mecanografiadas. Pero las cuatro páginas restantes han sido suficientes para refrescar mi memoria y darme cuenta de que aún hoy, después de casi veinte años, el horror de la experiencia sigue vivo en mi interior. Aparte de esas escasas y maltratadas hojas hay pruebas. La única fotografía es la de un muro que podría estar en cualquier parte del mundo. Creo que ni siquiera se trata de una fotografía: tal vez haya sido un accidente con el disparador de la cámara. La cinta magnetofónica fue destruida. Y la casa ha sido demolida: hoy el lote está ocupado por un moderno edificio de apartamentos.

 

Comenzaba 1989. Yo había alcanzado el grado de bachiller académico el año anterior y me encontraba sin saber qué iba a ser de mi vida. Había dejado pasar las fechas de inscripción en las universidades y estaba en unas largas vacaciones de seis meses; cuando uno tiene diecisiete años eso es algo maravilloso. Y para pasar el tiempo me vinculé a un periódico estudiantil para el que creé una sección de “fenómenos paranormales”.

Uno de los integrantes del periódico me puso en contacto con la familia que en ese entonces poseía la casa, aunque no la habitaban desde hacía tres o cuatro años. Tampoco se habían decidido a venderla o alquilarla. El muchacho con el que hablé, y al que llamaré Pablo, me confesó que las ofertas que les habían hecho eran bastante tentadoras pero provenían de personas con antecedentes dudosos, así que estaban indecisos.

Pablo no quiso ser específico respecto a los incidentes concretos que habían llevado a la decisión de abandonar la casa dejando el mobiliario intacto. Sólo me habló de incidentes aislados en el transcurso de los seis años en que él y su familia la habitaron: un sillón que se movía por sí mismo de manera brusca y espasmódica, un equipo de sonido que se encendía a todo volumen a las horas más intempestivas aún cuando estuviera desconectado, ciertos ruidos ominosos…

Decidí desafiarme a mí mismo y pasar una noche en la casa para entregar un excelente relato de primera mano en el periódico. Claro, mi osadía no llegaba al extremo de pasar la noche SOLO en esa casa, así que lo planeé todo con otro de los chicos del periódico… que una hora antes de la cita me llamó para excusarse con alguna tontería. Poco después Luisa Fernanda, una morena menuda y preciosa que hacía parte del equipo editorial, me llamó para sugerirme que desistiera, y mis hormonas adolescentes decidieron demostrarle que no era ningún cobarde.

Pablo me miró como a punto de salir corriendo cuando le confirmé que iba a estar solo. Pero no intentó disuadirme. Me condujo a la que solía ser su propia habitación, al fondo de la casa y con una gran ventana que daba al patio de casi media hectárea y cuyas plantas ya estaban en estado salvaje por falta de mantenimiento. Antes de irse, me sugirió que mantuviera las cortinas corridas y que pasara lo que pasara no abriera la puerta del cuarto. Y se fue antes de que cayera la noche.

Yo iba armado con mi vieja cámara 110, una grabadora de periodista que alguien tuvo la gentileza de prestarme, un cuaderno y un par de lapiceros. Y, por supuesto, un buen libro.

Cuando llegaron las ocho de la noche sin novedad empecé a decepcionarme un poco. Por supuesto, yo estaba esperando una espectacular exhibición de efectos especiales por el estilo de Poltergeist, la película de Spielberg. Pero la realidad no suele ser tan espectacular. La realidad no suele consistir en cosas que uno pueda VER. Y, la mayoría de las veces, los fenómenos paranormales son percibidos a través de los menos usados de nuestros sentidos. Eso es lo peor.

A eso de las nueve noté que la puerta del armario empotrado – una puerta corrediza – estaba abierta. Sin poder decir a ciencia cierta si al llegar estaba cerrada, me limité a cerrarla. El ruido fue estruendoso cuando la hice deslizar. Pero la dejé bien cerrada.

Una hora más tarde, levanté como por casualidad la vista del libro, y estaba de nuevo abierta. Nunca escuché que se abriera. La cerré otra vez y, a manera de prueba, la abrí y la volví a cerrar. Por más que me esforcé en mover la puerta corrediza sin hacer ruido el movimiento de la hoja de madera era horrísono. De nuevo la dejé cerrada y giré la pequeña llave, que puse junto a mí en el escritorio.

Quince minutos más tarde la puerta estaba otra vez abierta. La diminuta llave seguía en su sitio del escritorio, junto a las llaves del resto de la casa, que Pablo me había facilitado. Ya estremecido tomé la decisión de dejar la puerta tal cual el duende o el fantasma o lo que fuera la quisiera dejar.

A eso de las diez treinta todo lo que hubiera en la gran cocina integral cayó al piso con estrépito. Escuché cómo una gran vajilla de múltiples puestos se rompía contra el piso embaldosado. Por supuesto, cuando mi contacto me había enseñado la casa noté que las alacenas estaban vacías, salvo algún trapo olvidado por la encargada del aseo.

Algo que jamás he entendido de las películas de terror es la soberana estupidez de los protagonistas que siempre tienen que ir a investigar… es decir, a desafiar las fuerzas sobrenaturales que los acechan. Yo tomé la opción B: intenté concentrarme en el libro. Después de intentar leer la misma página en trece ocasiones sin ningún éxito, preferí encender la grabadora, tomar mi cuaderno y empezar a anotar todo.

Las anotaciones entre las once menos cuarto y al medianoche son una colección de fenómenos auditivos, algunos absurdos, otros atemorizantes. Hoy recuerdo poco sobre esa noche, y por más que me esfuerzo no sé qué me pudo haber impelido a anotar “11.42: ¿perros?”

Pero cuando llegó la medianoche un único sonido, claro e inconfundible, me llenó de un pavor tal que aún hoy lo recuerdo con total claridad.

A veces, los gatos en celo maúllan con un sonido lastimero muy parecido al llanto de un recién nacido. Pero por más que el maullido parezca un llanto hay detalles que los gatos no imitan: esas pequeñas contracciones respiratorias compulsivas y el ritmo particular del llanto desesperado y furioso de una criatura.

Mientras tecleo los ojos se me han encharcado. Son las diez treinta de la mañana, la oficina está llena de gente y sin embargo la fuerza del recuerdo es tal que me estremezco y temo mirar a mi alrededor. Tengo pánico de separar los ojos de la pantalla.

El llanto duró durante casi quince minutos – las hojas mecanografiadas tienen la anotación precisa de la hora – pero para mí fue una eternidad: ¿debía abrir? Tenía el fuerte impulso de verificar que, de algún modo, un bebé real no hubiera llegado hasta ese sitio y estuviese congelándose hambriento y desamparado… y otro impulso igual de fuerte de salir corriendo o de arrojarme por la ventana al patio y al bosque de más allá.

El llanto terminó: yo mismo estaba llorando de terror, en silencio, con temor de hacer el más mínimo ruido.

Y entonces, dentro de la habitación, sonó algo que en el manuscrito sólo pude definir como el rugido de un dragón furioso. Volví, sin poder evitarlo, mis ojos hacia la fuente del ruido y vi cómo la puerta del armario se cerraba, esta vez con todo el ruido que yo mismo hubiera obtenido de realizar la misma acción.

En principio, comprobar que el ruido no era el rugido de algún monstruo asesino me alivió… hasta cuando caí en cuenta de lo que estaba viendo: esa ruidosa puerta corrediza que se movía muy despacio sin que nadie la empujara hasta cerrarse por completo.

Y entonces el llanto empezó de nuevo, esta vez dentro del armario.

Recuerdo haber orado con fervor pero en silencio hasta cuando el llanto terminó. Recuerdo haberme incrustado contra el espaldar del asiento cuando algo empezó a rascar la puerta la habitación con unas garras. Recuerdo haber estado a punto de gritar cuando, ya con los nervios al extremo de su resistencia, decidí largarme y me encontré con que la puerta de la casa no abría y ninguna de las llaves funcionaba. De regreso a la habitación, recuerdo haber escrito una especie de absurdo testamento en la penúltima página del cuaderno: “Si alguien encuentra estas notas…

Sí, estaba tan aterrorizado como nunca he vuelto a estar en mi vida y, aparte de ese estremecedor llanto infantil, yo mismo doy muy poca credibilidad a mis recuerdos de esa noche.

Pero recuerdo con claridad un par de ojos de perro, furiosos, brillando con un resplandor rojo a través de la ventana, cuyas cortinas, por supuesto, había dejado abiertas para demostrarme a mí mismo que no era ningún cobarde.

A eso de las seis de la mañana cobré ánimos para intentar de nuevo la fuga. No encontré ningún obstáculo hasta la puerta principal, que se abrió sin dificultades.

 

Hubiera sido mucho pedir un descanso tranquilo después de la experiencia. Pero ya en mi propia casa, en terreno conocido, con las puertas de mi habitación y de mi armario abiertas de par en par y a plena luz del día, volví a escuchar la cinta.

Estaba el llanto, estaba mi respiración agitada y mi murmullo nervioso – sería más preciso decir aterrorizado – contando que algo arañaba la puerta del cuarto, estaban los pasos sobre la habitación… y estaban las voces.

No recuerdo haberlas escuchado esa noche. Pero estaban en la cinta, tan claras como mi propia voz y más nítidas que el llanto.

La primera parte, unas voces suaves y lejanas, se entendían a la perfección: “vetevetevetevetevete

Más tarde sonaba una sola voz, angustiada, acercándose y alejándose, distorsionada, que pasaba del susurro al grito pero siempre nítida: “sableubon… sableubon… sableubon… ¡SABLEUBON!

Apagué la grabadora y me fui a la sala de la casa, ese sábado a las ocho de la mañana, a ver televisión, y allí me quedé dormido.

 

Esa misma tarde tomé la cinta y la llevé a un amigo que tenía montado un precario – pero para nosotros fabuloso – estudio de grabación.

El reproductor enredó, rompió y mascó la cinta en la primera pasada. Algo que el aparato nunca había hecho, y nunca volvió a hacer.

Pero las ominosas palabras de la voz misteriosa habían quedado sobre papel. Me llevé la palabreja a la Facultad de Idiomas de una universidad local y luego de diez minutos todos en el laboratorio lingüístico reían a mandíbula batiente: “Sableubon” no es el nombre de ningún antiguo demonio mesopotámico, ni se trata de una olvidada maldición egipcia, sumeria o muisca.

“No vuelvas”, dicho al revés.

 
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Publicado por en 2011/03/21 in Relatos Oscuros

 

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Mariposa Dorada

Los fantasmas no son más que personajes
de cuentos cuyo final nunca se escribió

El largo viaje me ha dejado exhausto y hambriento. Las escasas provisiones son mi menor preocupación: mañana estaré cerca de algún pueblo en el cual comprar algo de comida: pan, carne seca, cerveza.

Me preocupa, en cambio, hallar un sitio para pernoctar: los campos yermos y ya en otoño helados y ventosos no ofrecen refugios acogedores, y hace algunas horas escuché el aullido de los lobos. Una manada grande, tal vez desplazándose al sur, hacia climas más benignos y mejores cotos de caza, quizá buscando bosques y praderas que no hayan sido contaminados por las salvajes hordas del legendario tirano Bakum, que ya hace quinientos años arrasaron la comarca pero cuya malignidad se percibe aún en las ruinas desperdigadas por el campo.

El sol ha descendido por completo tras las montañas lejanas y en el aire sólo queda un resplandor anaranjado que poco a poco se va desvaneciendo y, tras un recodo de la senda que sigue el pie de las colinas rocosas, veo el castillo.

La construcción de roca responde a un estilo que no he llegado a ver en mis viajes. Es demasiado antiguo y, al avistarlo, temo que no sea más que una ruina. Pero entonces percibo luz, débil y titilante, mas luz al fin y al cabo, escapando a través de una ventana diminuta, ni siquiera una tronera, ubicada cerca del inmenso portal del castillo.

Dirijo mi montura hacia allí y en poco tiempo estoy sintiéndome a punto de ser devorado por la inmensa estructura de piedra. La luz proviene de una caseta, también de piedra, pero de construcción más reciente. Debe servir como refugio a los guardianes de la fortaleza. Una silueta humana, sosteniendo entre las manos un objeto que apenas discierno como ballesta, sale a darme una cautelosa bienvenida. Antes de que pregunte ya he desmontado y, con una ligera reverencia pero manteniendo mi mano muy cerca de la empuñadura de la espada, saludo.

“Que la noche te traiga descanso y el próximo día prosperidad. Soy un viajero en busca de un sitio para pernoctar, pues las noches se hacen frías y los lobos rondan en busca de carne.”

La silueta avanza unos pasos, dejando que la ballesta apunte al suelo, y entra en el tenue haz de luz que surge de la aspillera. Se trata de un anciano.

“Si quieres pernoctar en este viejo refugio, debo advertirte, viajero, que el castillo está infestado por fantasmas antiguos y amargos, y en mi choza no hay, en verdad, espacio.”

“No me preocupan los fantasmas, buen hombre. En cambio he recibido la mordedura del acero de los malhechores y he tenido que matar lobos para proteger mi vida. Y el viento nocturno de otoño muerde como todos los lobos y los aceros juntos. Sólo pido una puerta cerrada tras de mi y un sitio para encender una hoguera.”

“Si fantasmas y recuerdos no te preocupan, permíteme entonces tomar una antorcha y guiarte hacia donde puedas descansar. Pero mañana, si lo hay, no podrás decir que no te advertí. Toma cuanta leña desees de la pila que hay junto a la choza.”

El viejo entra de nuevo en el refugio y vuelve a salir, habiendo reemplazado la ballesta por una antorcha y un jarro, y me guía rumbo a una poterna en la alta muralla, puerta insignificante junto al enorme portal de gruesas tablas claveteadas. La poterna permite también el paso de mi caballo y pronto estamos en el interior del vetusto castillo, a través de cuyos corredores el anciano me guía con paso seguro pero presuroso; querrá regresar a su cabaña antes de que la oscuridad, y los fantasmas que tanto teme, se apoderen por completo del lugar.

Los viejos establos son lugar adecuado para mi caballo; incluso hay heno en abundancia y un aljibe que lo provee de agua para apagar la sed de las leguas. Ya viendo al noble animal masticando con satisfacción, el anciano me guía a mi propio refugio: una de las habitaciones nobles, a juzgar por los tapices raídos y las molduras agrietadas. Un sólo ornamento persiste: un escudo pequeño y ovalado que pende sobre la chimenea y en el que se ve como emblema una mariposa dorada con las alas desplegadas. Entiendo que el anciano me da refugio en la que fuera la habitación de una doncella.

“Hay otras cámaras más amplias y más ricas, viajero; pero estoy seguro de que no descansarías en ellas. Aquí tal vez puedas dormir, y quizá no te incordien los recuerdos de las piedras. Que este jarro de anciano vino calme tu sed; en la chimenea puedes encender el fuego. Ahora regreso a mi sitio, donde las recuerdos no llegan jamás. Pero antes de partir, un sólo consejo: hay cuentos que aún no tienen un final, y aunque no dudo de tu valor ni de tu espada, no es valor ni poder lo que se necesita para escribirlo, pero en cambio, es fácil perderse en un cuento antiguo…”

Sin darme tiempo a responder a tan extrañas palabras, se pierde entre las sombras crecientes.

Enciendo el hogar y bebo algo de vino, añejo como el propio castillo y sencillo como el anciano. Seguro de que es un vino que no volveré a probar, mido mis tragos para que dure hasta el amanecer. El vino es fuerte, también: poco a poco el sueño se apodera de mi cuerpo y me hundo en la blanda oscuridad del descanso.

Una mariposa revolotea por el castillo: en el agitar de las alas se leen la desesperación y el miedo: una presencia antigua y maligna la persigue gruñendo y rugiendo por los corredores de piedra.

El despertar llega con esa misteriosa sensación de caída que nunca podemos explicar pero tan real que deja el lecho vibrando bajo nuestro cuerpo. Y veo la mariposa posada en una de las columnas del raído dosel del lecho. Tan pronto como me incorporo, las alas la llevan hasta la puerta de la cámara y allí aguarda hasta cuando, envolviéndome en el manto, me dispongo a seguirla. No sé por qué lo hago: tal vez quiero intentar escribir el final de la historia. El anciano nunca supo que mi mano a veces toma la pluma, cuando la espada quiere descansar.

El castillo en sombras es mayor de lo que la vista percibe a la luz agonizante del atardecer, y durante mucho tiempo la mariposa dorada me guía por pasillos, escaleras en caracol y patios oscuros. Al final del viaje hay una alta explanada cuyos muros de madera tallada yacen esparcidos sobre las losas de piedra o se han convertido en polvo. Los parterres, el polvo, y algunas ramas y hojas resecas cuentan la historia de un invernadero; tal vez el refugio de una dama cuyos ojos prefirieron el delicado color de flores exóticas a las conversaciones sobre guerra que sin duda se escuchaban en los salones de la fortaleza. Los restos de una vieja hacha ponen un amargo final a la historia del invernadero.

No, no un final. La mariposa dorada se ha posado sobre el único trozo de muro que se mantiene en pie: un arco de piedra que sirve como marco a una gruesa puerta de cedro cerrada por enorme candado que alguna vez fue de acero, pero que ahora está tan mohoso que un solo golpe lo haría polvo.

Cuando acudo ante la puerta, la mariposa revolotea y se posa en la puerta, expectante. Yo intento tomarla con suavidad para llevarla al interior del invernadero a través de los muros que ya no existen, pero las alas resplandecientes se me escapan siempre para posarse en la puerta, y entiendo: para la mariposa, los muros siguen en pie, y sólo a través de la puerta puede entrar en el que fuera su refugio.

Desenvaino la espada para deshacer el antiguo candado, pero la mariposa dorada una vez más vuela hasta posarse en el viejo acero: si golpeo, el arma la destruirá también, y entiendo: el final del cuento será escrito cuando la mariposa – la dama que la llevó como emblema – pueda regresar a su refugio sin violencia.

El rugido a mis espaldas me recuerda que no sólo la mariposa habita el castillo. Un ser enorme – un jabalí gigantesco: no lo dudo jamás – se acerca. Puedo aguardar y combatir, o puedo ir hacia el monstruo y escoger el lugar del encuentro.

Entonces recuerdo y entiendo las palabras del anciano, y envainando la espada sigo a la mariposa dorada, que de nuevo me guía a través de pasillos, sombras y recuerdos, hasta una cámara regia, decorada con antiguos trofeos de caza y armas de todo tipo: espadas, hachas, yelmos tocados con airosas cornamentas. La mariposa descansa de su vuelo sobre un macizo escudo de guerra, amplio y redondo, que en la rodela de acero lleva pintada la cabeza de un furioso jabalí.

Quien se armó con el escudo fue sin duda un guerrero poderoso: yo mismo no podría llevar el arma en el campo de batalla. Lo separo del muro y trato de depositarlo en el piso polvoriento, pero se me resbala de las manos y cae con estruendo y recibe como respuesta un rugido de ira y un galope que se acerca a la cámara.

Colgando del clavo que sostenía el escudo, una llave de oro llama mi atención: la llave apropiada para cerrar el refugio de una dama. La tomo y al tiempo debo desenvainar de nuevo mi espada. La mariposa me urge a seguirla pero el jabalí ha llegado y no podré abandonar la cámara sin pelear por mi vida, pues el monstruo bloquea la puerta.

Es un ser que ha regresado de tumba antigua. Inmenso y poderoso, mas su piel se cae a trozos y su cabeza armada de enormes colmillos manchados no es más que una calavera horrenda en cuyas cuencas brilla el fuego del infierno. Pero en la sombra tras la bestia creo ver, durante un instante, una silueta alta y gruesa de noble porte, tocada con un casco cornamentado.

El jabalí – el Señor de la Guerra bajo cuyo mando estuvo el castillo – no quiso jamás hacer daño a la Dama de la Mariposa Dorada; antes bien quiso protegerla del mundo cruel y violento que la aguardaba tras los muros de piedra.

Pero la bestia asesina que me mira no entiende las palabras de los vivos, así que debo combatir. El monstruo embiste y a duras penas alcanzo a darle paso, dejando un largo rastro en su lomo con la punta de la espada. Ambos nos volteamos y él vuelve a embestir con la cabeza baja, y yo espero con la espada en alto.

La cámara tiembla y el polvo se levanta; los trofeos de caza caen y las losas del piso se agrietan bajo la violencia del combate. Es un enemigo tan poderoso ahora como lo fue en vida, y su fuerza se ve aumentada por la ira y el dolor de los siglos sin descanso, y por el odio hacia quien, cree en su inmortal ceguera, pretende dañar su mariposa dorada.

Durante mucho tiempo el castillo escucha los rugidos y los gritos de rabia y dolor, y los golpes  contra la piedra y el sonido del acero contra hueso y piedra, y alcanzo a pensar que tal vez el combate es uno de esos cuentos sin final a los que el anciano portero teme, pues aunque estoy cansado y herido no cedo ante el poder del jabalí, que ya ha probado mi acero incontables veces pero no parece dispuesto a rendirse. Una embestida me arroja al suelo pero, en lugar de regresar para acabar conmigo, la bestia, ante mi asombro, huye: sin duda he sido un enemigo si no más poderoso, más terco que cualquiera que haya enfrentado antes, y presiento que no soy el único que se ha sentido obligado a seguir la mariposa dorada por los pasillos de piedra.

Me siento en el piso, descansando contra las piedras de muro. Respiro. Las heridas son muchas y algunas no son superficiales: el jabalí sabe usar sus colmillos y sus patas hendidas. Empiezo a desvanecerme pero entonces la mariposa dorada vuela frente a mis ojos.

Me incorporo y, cojeando, temeroso de escuchar a mis espaldas una nueva, monstruosa embestida final a la que mis fuerzas ya no podrían oponerse, deshago los pasos hasta el invernadero.

Sin duda el cansancio y el dolor, y quizá la muerte acechando, juegan con mis ojos: el invernadero está en pie, cerrado por magníficas tallas que simulan los árboles de un bosque maravilloso en el que juegan elfos y dríades, saltando entre los rayos de luz que las vidrieras de colores rompen en tonos hermosos.

Una dama alta y hermosa, con la tristeza en los ojos azules y el oro brillando en sus cabellos, aguarda ante la puerta cerrada. Con dificultad y dolor, y con horror ante los pasos furiosos que se acercan por el corredor y el grito de rabia que los acompaña, pongo la delicada llave en la cerradura del candado. La giro justo cuando siento el salto del jabalí que me hará parte de la triste historia.

Antes de entrar en el invernadero, la dama se detiene ante mí, y con una mano suave y tierna cierra mis ojos.

La muerte que durante tanto tiempo he burlado acecha en los rincones del sueño, pero aún no se atreve a acercarse demasiado. Incluso ella ha aprendido a temer mi acero, y aún no es hora de que reclame mis fuerzas.

En cambio, sueño.

El castillo se alza en medio de un bosque majestuoso, y la aldea cercana siente la protección de la fortaleza. Pero la prosperidad está amenazada por las tropas del tirano Bakum, que avanzan, indetenibles, arrebatando la vida y la riqueza por dondequiera que pasan. Una bella mensajera ha pasado, escoltada por algunos guerreros, difundiendo las nuevas de terror y muerte, llevándolas hacia las ciudades del sur.

Todos piensan en huir; mas el Señor de la Guerra que comanda la fortaleza es poderoso, y su orgullo supera su fuerza, y piensa que su hacha será suficiente para destruir a aquellos enemigos que no huyan ante la cabeza de jabalí que le sirve como estandarte.

Pasa el tiempo y mientras la aldea se prepara para marchar hacia donde las tropas de Bakum no puedan llegar, el Señor del Jabalí pasa los días cazando en sus vastos y ricos bosques, hasta cuando un día llega un ejército. Pocos hombres, exhaustos y heridos, con el horror en la mirada, comandados por un Príncipe de hermosa apostura, pero herido. Los restos del ejército derrotado son bienvenidos en los salones del Señor del Jabalí, y su hermosa hija, la Dama de la Mariposa Dorada, atiende con mano solícita y presta sonrisa reconfortante a los heridos. Bajo su cuidado muchos se ponen en pie, y el apuesto Príncipe recupera las fuerzas hasta cuando llega el día de partir. Los exploradores del siniestro ejército invasor han sido vistos al otro lado del bosque, y el Príncipe ofrece su escolta al Señor del Jabalí para que abandone el castillo a la rapiña del enemigo.

El Señor se niega, pero su hija quiere partir, y el dolor invade los salones de piedra mucho antes de que los salvajes soldados de Bakum hayan atravesado el bosque. La Dama de la Mariposa Dorada y el Príncipe quieren partir juntos: saben que el hacha formidable del Señor no será suficiente para detener las huestes inmensas, crueles e imbatibles; pero el orgullo del Jabalí es aún mayor que el temor de su bella hija y decide quedarse y luchar, y arroja con malas palabras a aquellos que una vez acogió tras sus muros. Y, temeroso de ver a su Mariposa Dorada partir sin su consentimiento, cierra con un gran candado de acero el único sitio vulnerable del castillo: el invernadero desde el cual la hermosa Dama podría ver por última vez  a su Príncipe alejándose hacia el sur.

El celo inmenso del Señor del Jabalí de nada le sirve: demasiado tarde, ya cerrada la puerta, se da cuenta de que el enemigo ha entrado, subrepticio, en el castillo. De nada le sirve correr y bramar como la bestia que usa como emblema por los pasillos de su poderosa e inútil morada, y su hacha sólo puede tomar venganza de los asesinos de la Dama, que caen como espigas ante su furia… pero son demasiados.

Un rayo de sol en el rostro me despierta: los salones de piedra, incluso el derruido invernadero están silenciosos. Al abrir el candado he permitido que la Dama acuda a la única aspillera, desde la cual espera despedirse de un Príncipe que hace mucho pereció en un desconocido campo de batalla. El Jabalí ya no persigue las sombras de enemigos muertos; y sonríe quizá, con tristeza, ante la melancolía de su hija.

Y la melancolía me duele tanto como las heridas que, aunque ya no están, siguen doliendo. El cansancio es real y las melladuras en el filo de la espada son prueba suficiente de que los recuerdos en el castillo fueron reales para mí. Pero no estoy seguro de haber escrito el final de la historia.

El corcel está descansado y relincha con alegría al verme.

Antes de partir, quiero agradecer al anciano que me abrió las puertas, devolverle su jarro y, quizá, contarle que la Mariposa Dorada y el Jabalí ya no recorrerán los pasillos de piedra.

Pero la cabaña del anciano está derruida hace mucho tiempo, y en su interior no hay más que escombros y un viejo barril deshecho. Bajo los escombros, una pluma reseca y un frasco de tinta vacío escriben otro capítulo de la historia: el cuento del viejo bardo buscando el final de todos los cuentos. Debería seguir allí: al fin y al cabo, la Dama sigue de pie en la aspillera, incapaz ya de despedirse de quien hubiera podido ser su salvador.

Sigo mi camino hacia el sur. En el último recodo del camino, antes de salir del valle antaño fértil y cubierto de majestuosos árboles y protegido por el airoso castillo, vuelvo la mirada, y por un momento lo veo todo como era antes de la invasión del legendario tirano: el bosque, el castillo en la cima de la colina… y sobre la muralla poderosa, un bello invernadero de madera desde cuya aspillera, una Dama vestida de oro levanta la mano en señal de despedida.

 
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Publicado por en 2010/10/18 in Relatos Oscuros

 

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¿Vampiros?

El autor de “Carnaval toda la vida” tiene razón: Christine Feehan, Stephenie Meyer y toda la tropa de malas imitadoras comerciales de Anne Rice lo arruinaron. Los vampiros no son lo que solían, y el sentido de lo tenebroso, la advertencia moral explícita dentro de las historias de no-muertos se han quedado para las nuevas generaciones en la misma gaveta que guarda la Urbanidad de Carreño (cuya utilidad es clara para quien haya tenido el dudoso honor de viajar en Transmilenio), el sentido de la elegancia y la buena televisión.

Los viejos vampiros, Drácula, Lord Ruthven, al bella y peligrosa Carmilla, Barney, Abhartach, eran seres aterradores cuya sola presencia bastaba para acallar la alegría y ensombrecer el alma de quienes tenían el infortunio de caer bajo su influencia; la luz bienhechora del Sol podía matarlos o cuando menos neutralizar sus poderes; algunos no podían ver su propio reflejo, otros huían ante la presencia de todo lo puro. Eran la encarnación del Mal, mensajeros de un infierno tan aterrador que ni siquiera las peores pesadillas podían representarlo en todo su horror.

Por supuesto, tenían su encanto; debían vestirse con la sensualidad de los mortales para acceder con facilidad a su fuente de sustento. Carmilla era capaz de seducir hermosas y virtuosas docellas con una máscara de fragilidad e inocencia; Ruthven escogía como presas a las esposas fieles y las muchachas devotas y virginales. Pero tras su paso sólo quedaban el terror y la locura.

Todos esos elementos terroríficos no eran gratuitos; como todas las expresiones culturales tradicionales, servían como moralejas escalofriantes sobre la importancia de conservar la virtud – incluso sin recurrir a la mojigatería religiosa – y, sobre todo, de respetar las leyes de la naturaleza, de aceptar la muerte como un hecho natural e inevitable (aún a pesar del estigma del castigo impuesto sobre ella por la religión cristiana) y a la cual es imposible engañar… a no ser que se pague un precio inimaginable.

Anne Rice hace uso de sus personajes vampiros para reflexionar sobre la naturaleza humana; por eso todos son conscientes de su propia monstruosidad de la que pocos tratan de huir. Lestat prefiere cazar asesinos para mantener su inestable conciencia en paz, pero le es imposible resistirse a la tentación  de entregar el Don Oscuro a un mortal que ha recuperado su juventud de manera accidental y milagrosa pero que, además, es su mejor amigo. Incluso Louis, dentro de su angustiada existencia de autoexilio, sabe que podría cometer las mayores atrocidades ante cualquier provocación. Son seres humanos elevados a su máxima expresión, y como tales viven sus experiencias, sienten sus emociones y reaccionan ante sus no-vidas.

Pero las bonitas, soñadoras y superficiales seguidoras del moderno vampirismo se han olvidado de todo ello, o quizá nunca lo vieron. Se quedaron en las elegantes modas diecochescas y en el romanticismo de convertir en realidad literal el típico final de los cuentos de hadas, y han hecho aparecer esos petimetres inmortales que harían morir de la risa al viejo conde Vlad y bufar con disgusto a Lord Ruthven. Es posible que la encantadoramente malvada Carmilla quisiera sacar provecho de la inocente belleza de Edward Cullen y deleitarse en su caida, viendo cómo devora finalmente a su estúpida noviecita adolescente. Pero con certeza Marius, Armand y hasta la bondadosa – pero muy consciente de su antinaturalidad – Maharet destruirían a los Cullen y a sus lejanos y yuppies gobernantes italianos con un simple gesto sobrenatural.

Es que, ¿quién vio jamás un cervatillo perdidamente enamorado de un guepardo? ¿Desde cuándo los halcones se vuelven frutívoros para no dañar a las palomas? Es posible que el vampiro sea un ser mitológico, pero la mitología no nace de los sueños húmedos de las adolescentes, sino de la necesidad permanente de las sociedades de sobrevivir a través de sus integrantes.

Así pues, chiquillas soñadoras, disfrutad de la beatífica visión de vuestro hermoso Edward Cullen, y no os preocupéis por todo lo que hay escrito más atrás. Incluso si un monstruo, de una especie muy real y desgraciadamente abundante, síntoma de la grave decadencia de nuestro mundo humano, se os acerca con sensuales promesas y os deja después tan sólo locura. Porque de esos monstruos, como Garavito, como Manson, también han querido advertiros las tradiciones vempíricas. Pero no importa: será demasiado tarde.

Desconozco el autor del montaje, pero le agradezco profundamente por hacer visible un sueño de felicidad.

 

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¡Terror!

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Por fín, tras largos años sin que una buena película me pusiera a pensar seriamente en el Otro Mundo, en aquello que no entendemos y a veces no quiséramos ni siquiera conocer, Paranormal Activity consiguió, no sólo hacer que cada vello de mi cuerpo se erizara y que me quedara paralizado mirando la pantalla, sino quitarme el sueño casi por completo, pendiente de cada pequeño sonido, de cada crujido de la madera del armario, del más leve ruido de pasos… del silencio por completo inusual en la calle…

El israelita Oren Peli logra reproducir el más puro Terror, no usando la típica estrategia efectista hollywoodense, sino un ambiente perfectamente construido y unas actuaciones estupendas que ofrecen verosimilitud a una historia simple protagonizada por personajes creíbles en su cotidianidad. El director ni siquiera necesita que la casa sea un viejo caserón construido sobre un antiguo cementerio y que más tarde sirvió como casa inquisitorial o como funeraria o ambas cosas; no tiene que echar mano de complejos antecedentes psiquiátricos ni parapsicológicos, y no quiere averiguar qué pasa en realidad: lo que quieren los protagonistas – y lo que queremos nosotros tras unos minutos de película – es que todo acabe, que Kate y Micah puedan tener una noche tranquila… pero, al tiempo, deseamos más del demonio que acosa a los jóvenes, queremos más fenómenos, queremos que la entidad REACCIONE  a las provocaciones de Micah…

Mi abuelo dice que uno tiene que tener cuidado con lo que desea. Y yo estaba deseando una buena película de terror.

 
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Publicado por en 2009/11/09 in Relatos Oscuros

 

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¿Terror?

¿Aterrorizado?Hace algunas semanas se ha vuelto a despertar en mi alma el hambre por un poco de auténtico miedo, de ese delicioso escalofrío en mitad de la espalda que Hitchcock apreciaba tanto como signo del auténtico suspense.

Pero el cine hace muchos años dejó de alimentar ese apetito por lo oscuro y lo sobrenatural y lo aterrador; una que otra luz ha iluminado por momentos el tétrico horizonte de mis macabros gustos; La versión más reciente de The Omen estuvo bien; Los Otros y quizá El Orfanato lograron, dentro de su predecibilidad, ocasionar alguna inquietud por lo oscuro. Identity y 1408 casi, casi lo logran de nuevo, pero sin alcanzar los eufóricos niveles de exquisito terror que en el pasado consiguieron Poltergeist, The Omen (la original), El Exorcista (antes de que el director le volviera  a meter mano) o Alien, el octavo Pasajero o la magistral Blair Witch Project, que tuvo – en cuanto a mí respecta – un éxito tal que desde entonces jamás volví a pasar la noche en una tienda de campaña.

Cansado de zombies (anotando que la trilogía de Resident Evil me gusta como saga de acción) y de sangre tortuosa y gratuita (y Eli Roth se puede ir al infierno), me dejé seducir por los trailers (error de principiante) de un par de producciones que prometían algo diferente.

“Extrañas Apariciones” (The Haunting in Connecticut, de Peter Cornwell) empieza a fallar desde el comienzo; es imposible desligarla de los dos bodrios cinematográficos que generó la estafa de Amityville. Y en resumen, la película no asusta.  En lugar de una sutil y creciente sensación de incertidumbre y miedo creciente, el director Cornwell recurre al simple sobresalto, al simple “¡BUUU!” sin elegancia ni estilo, un grito en el oído apoyado por efectos sonoros y visuales antiguos y repetitivos. E innecesarios hasta el punto de que la película, sin volumen, tal vez asuste más que la burda Casa de los Espantos de feria ambulante que se atrevieron a poner en las salas de cine.

No contento, esperé hasta que un nuevo título saciara el ansia tétrica.

Y el nombre de Sam Raimi (The Evil Dead, 1981) me atrajo como un imán hacia una sala a la que jamás debí entrar. Drag me to Hell tampoco se acerca siquiera al más remoto concepto de MIEDO.

En cambio, ver la película hasta el final constituye una auténtica hazaña, por todo el ASCO que hay que soportar. Las larvas, las mucosidades, los fluidos cadavéricos, no producen terror. producen repugnancia.

Así pues, el apetito de terror aún no se sacia; y la otra, la normal, tampoco, porque el asco del que responsabilizo a Raimi aún no pasa.

Sólo queda esperar a ver si nuestros brillantes administradores de cines consideran oportuno traer Paranormal Activity, de Oren Peli. ¿O será que les da miedito?

 

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Relevado de su cargo

Producto del cansancio y alucinaciones causadas por la falta de sueño: así clasificó inicialmente los fenómenos extraños que cada vez se hacían más frecuentes en forma de sombras entrevistas, reflejos insinuados, movimientos percibidos más con miedo que con los sentidos.

Pero, de ser así, ¿por qué eran cada vez más frecuentes los “incidentes”? ¿Los ruidos? ¿Los espejismos a horas en las que nadie afirmaría estar cansado?

En una ocasión, por ejemplo, escuchó con toda claridad cómo alguien cepillaba sus dientes mientras él brillaba sus zapatos. Pensó que era su esposa, pero en ese justo momento ella llamó desde la cocina para anunciar el desayuno.

Después, mientras daba los últimos y cuidadosos toques a su cabello frente al espejo del baño, se quedó paralizado de terror al ver con toda claridad, durante una fracción de segundo, a un hombre que pasaba rumbo a la habitación ajustándose la corbata.

En otra ocasión, habiendo bajado el libro que le ocupaba y asumido una actitud de escucha, su esposa quitó el volumen del televisor y se puso a escuchar también.

“¿Qué pasa?” preguntó, por fin, ella.

“Nada”, respondió. Esa hermosísima mujer no podía convertirse en un manojo de nervios; no estaba dispuesto a asustarla, pero había escuchado claramente como si alguien hubiera intentado abrir la puerta del apartamento. El ruido estuvo acompañado por un particular tintineo tan familiar que sólo respiró con tranquilidad cuando vio sus propias llaves cuidadosamente puestas sobre la mesa de noche, como era costumbre.

Tras unas semanas, los fenómenos se volvieron francamente alarmantes pero, por un lado, conservar la tranquilidad de su mujer era perentorio para evitarle esa crisis nerviosa que siempre parecía a la vuelta de la esquina. Pero, por el otro, ella, más tranquila que nunca, parecía ciega y sorda ante las extrañas ocurrencias, así que se sentía poco propenso a ver cuestionada su cordura.

Poco a poco, su rutina cotidiana fue dando paso a una cuidadosa cacería del duende, fantasma, o poltergeist que, a su vez, parecía seguirlo y provocarlo con ahínco: ya lo había encontrado en su oficina, cómodamente instalado en su puesto de trabajo. El espanto cada vez se hacía más atrevido: ya no se limitaba a desaparecer con discreción cuando lo miraba de frente, como cuando entró al apartamento y se lo encontró bebiendo café y leyendo el periódico del día. Más tarde, tuvo que llevar él mismo la taza, aún tibia, hasta la cocina.

El miedo y la ira pronto alimentaron su curiosidad, y perseguir a su perseguidor se convirtió en su obsesión. Días y semanas pasaron, y ya ni siquiera su esposa – radiante de belleza – se dignaba mirarlo cuando se tropezaba con él, greñudo y malhumorado, en el sofá al que se había retirado a dormir para vigilar mejor a su presa, que ya iba y venía por el apartamento como si fuera dueño y señor.

Una noche, despertó a las dos y media, como ya se había hecho costumbre, y se incorporó en su cama improvisada, atento a la conversación proveniente de su habitación.

Con pasos silenciosos se aproximó a la puerta de la alcoba para escuchar por primera vez esa voz que ya detestaba; el fantasma hablaba con su esposa.

“Mi amor, vamos a tener que buscar otro apartamento. Aquí hay un fantasma.”

“Lo sé, corazón – respondió esa otra voz tan amada, pesada por el sueño – lo más extraño es que es idéntico a tí…”

 
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Publicado por en 2009/06/09 in Relatos Oscuros

 

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El diablo

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Despertar sudoroso, a la madrugada, con una pesadilla recordada a medias: las imágenes se van diluyendo en la oscuridad de la habitación. El único sonido es el de la respiración de mi esposa. Su presencia me reconforta. Pero las imágenes del sueño aún tardan en desvanecerse, y poco a poco racionalizo, recuerdo…

Era aún muy pequeño. Para ir a la escuela debía pasar junto a la vieja iglesia – se decía que tenía más de ciento cincuenta años y databa de la época de la fundación de la ciudad. Cada mañana, cuando apenas amanecía – mi primera clase era a las 6:30 – pasaba mirando con miedo mezclado con curiosidad infantil un curioso agujero redondo, tan ancho como un plato, horadado en la tapia blanca de la capilla. En algunas ocasiones había visto movimiento, pero nunca alcanzaba a percibir con claridad la criatura que habitaba el agujero.

Una mañana, mucho más temprano que de costumbre – aún estaba oscuro – ví una mujer muy anciana dejando carne cruda cerca al agujero. Cuando pasé, la mujer me miró: era horrible. Abrió la boca pero en lugar de hablarme emitió algo parecido al siseo de un gato furioso. Salí corriendo y llegué a la escuela exhausto, tembloroso y mudo.

Más tarde, durante el recreo, reuní a la pandilla y les conté. Todos estuvieron de acuerdo en que la vieja era una bruja y que en el agujero vivía su familiar, tal vez incluso un diablo. Y acordamos resolver el misterio el fin de semana.

El sábado en la tarde dejamos en paz el terreno baldío que usábamos como pista de acrobacias y esperamos a que terminara la misa. Cuando el sacerdote y el sacristán cerraron las puertas de la iglesia y de la tapia con llave y torcieron la esquina, nos acercamos al agujero. Yo llevaba mi linterna de Flash Gordon y la encendí. Sin pensarlo mucho me adelanté a los otros y casi me metí de cabeza…

Dentro de la perforación había unos ojos amarillentos y luminosos. Fue lo único que alcancé a ver antes de que ESO me saltara a la cara, agarrándome las sienes con diminutas pero dolorosas garras y agitando las alas membranosas. Las patas se apoyaron sobre mi jumper de jean, que impidió que me hiriera en el pecho. En medio de mis manoteos y gritos el haz de luz de la linterna de Flash Gordon iluminó el rostro humanoide y colmilludo de la bestezuela antes de que me soltara y, con un chillido horrible, se lanzara afuera – ocasionando la desbandada del resto de la pandilla.

Fue muy difícil explicarle a mi madre de dónde habían salido las cuatro marcas sangrientas que tenía a cada lado de la cabeza y que tardaron bastante en cicatrizar.

Fue más difícil aún explicar por qué nunca quise volver a la escuela por el camino de la vieja capilla.

Desvelado el misterio de la vieja pesadilla, con el rostro del pequeño demonio – curiosamente parecido al de su vieja cuidadora – ya nítido en la memoria, me levanté.

Ante el espejo del baño escarbé entre mis largas greñas hasta descubrir, en la sien derecha, cuatro leves marcas, casi borradas.

Es extraño: cuando se está seguro de la propia cordura es más fácil conciliar el sueño, así la cordura signifique el horror.

Esto es un MEME muy simple: vamos a contar una historia aterradora e inexplicable y a pasarle la tarea al menos a cinco personas. Mejor si la historia es auténtica. Mi historia no sólo es auténtica sino que la foto también lo es. Así pues, el Meme va para

Turin Turámbar

El Gerente

Niki

Mellon Gabilul

Master Yoda

 
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Publicado por en 2007/05/11 in Relatos Oscuros

 

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