Los fantasmas no son más que personajes
de cuentos cuyo final nunca se escribió
El largo viaje me ha dejado exhausto y hambriento. Las escasas provisiones son mi menor preocupación: mañana estaré cerca de algún pueblo en el cual comprar algo de comida: pan, carne seca, cerveza.
Me preocupa, en cambio, hallar un sitio para pernoctar: los campos yermos y ya en otoño helados y ventosos no ofrecen refugios acogedores, y hace algunas horas escuché el aullido de los lobos. Una manada grande, tal vez desplazándose al sur, hacia climas más benignos y mejores cotos de caza, quizá buscando bosques y praderas que no hayan sido contaminados por las salvajes hordas del legendario tirano Bakum, que ya hace quinientos años arrasaron la comarca pero cuya malignidad se percibe aún en las ruinas desperdigadas por el campo.
El sol ha descendido por completo tras las montañas lejanas y en el aire sólo queda un resplandor anaranjado que poco a poco se va desvaneciendo y, tras un recodo de la senda que sigue el pie de las colinas rocosas, veo el castillo.
La construcción de roca responde a un estilo que no he llegado a ver en mis viajes. Es demasiado antiguo y, al avistarlo, temo que no sea más que una ruina. Pero entonces percibo luz, débil y titilante, mas luz al fin y al cabo, escapando a través de una ventana diminuta, ni siquiera una tronera, ubicada cerca del inmenso portal del castillo.
Dirijo mi montura hacia allí y en poco tiempo estoy sintiéndome a punto de ser devorado por la inmensa estructura de piedra. La luz proviene de una caseta, también de piedra, pero de construcción más reciente. Debe servir como refugio a los guardianes de la fortaleza. Una silueta humana, sosteniendo entre las manos un objeto que apenas discierno como ballesta, sale a darme una cautelosa bienvenida. Antes de que pregunte ya he desmontado y, con una ligera reverencia pero manteniendo mi mano muy cerca de la empuñadura de la espada, saludo.
“Que la noche te traiga descanso y el próximo día prosperidad. Soy un viajero en busca de un sitio para pernoctar, pues las noches se hacen frías y los lobos rondan en busca de carne.”
La silueta avanza unos pasos, dejando que la ballesta apunte al suelo, y entra en el tenue haz de luz que surge de la aspillera. Se trata de un anciano.
“Si quieres pernoctar en este viejo refugio, debo advertirte, viajero, que el castillo está infestado por fantasmas antiguos y amargos, y en mi choza no hay, en verdad, espacio.”
“No me preocupan los fantasmas, buen hombre. En cambio he recibido la mordedura del acero de los malhechores y he tenido que matar lobos para proteger mi vida. Y el viento nocturno de otoño muerde como todos los lobos y los aceros juntos. Sólo pido una puerta cerrada tras de mi y un sitio para encender una hoguera.”
“Si fantasmas y recuerdos no te preocupan, permíteme entonces tomar una antorcha y guiarte hacia donde puedas descansar. Pero mañana, si lo hay, no podrás decir que no te advertí. Toma cuanta leña desees de la pila que hay junto a la choza.”
El viejo entra de nuevo en el refugio y vuelve a salir, habiendo reemplazado la ballesta por una antorcha y un jarro, y me guía rumbo a una poterna en la alta muralla, puerta insignificante junto al enorme portal de gruesas tablas claveteadas. La poterna permite también el paso de mi caballo y pronto estamos en el interior del vetusto castillo, a través de cuyos corredores el anciano me guía con paso seguro pero presuroso; querrá regresar a su cabaña antes de que la oscuridad, y los fantasmas que tanto teme, se apoderen por completo del lugar.
Los viejos establos son lugar adecuado para mi caballo; incluso hay heno en abundancia y un aljibe que lo provee de agua para apagar la sed de las leguas. Ya viendo al noble animal masticando con satisfacción, el anciano me guía a mi propio refugio: una de las habitaciones nobles, a juzgar por los tapices raídos y las molduras agrietadas. Un sólo ornamento persiste: un escudo pequeño y ovalado que pende sobre la chimenea y en el que se ve como emblema una mariposa dorada con las alas desplegadas. Entiendo que el anciano me da refugio en la que fuera la habitación de una doncella.
“Hay otras cámaras más amplias y más ricas, viajero; pero estoy seguro de que no descansarías en ellas. Aquí tal vez puedas dormir, y quizá no te incordien los recuerdos de las piedras. Que este jarro de anciano vino calme tu sed; en la chimenea puedes encender el fuego. Ahora regreso a mi sitio, donde las recuerdos no llegan jamás. Pero antes de partir, un sólo consejo: hay cuentos que aún no tienen un final, y aunque no dudo de tu valor ni de tu espada, no es valor ni poder lo que se necesita para escribirlo, pero en cambio, es fácil perderse en un cuento antiguo…”
Sin darme tiempo a responder a tan extrañas palabras, se pierde entre las sombras crecientes.
Enciendo el hogar y bebo algo de vino, añejo como el propio castillo y sencillo como el anciano. Seguro de que es un vino que no volveré a probar, mido mis tragos para que dure hasta el amanecer. El vino es fuerte, también: poco a poco el sueño se apodera de mi cuerpo y me hundo en la blanda oscuridad del descanso.
Una mariposa revolotea por el castillo: en el agitar de las alas se leen la desesperación y el miedo: una presencia antigua y maligna la persigue gruñendo y rugiendo por los corredores de piedra.
El despertar llega con esa misteriosa sensación de caída que nunca podemos explicar pero tan real que deja el lecho vibrando bajo nuestro cuerpo. Y veo la mariposa posada en una de las columnas del raído dosel del lecho. Tan pronto como me incorporo, las alas la llevan hasta la puerta de la cámara y allí aguarda hasta cuando, envolviéndome en el manto, me dispongo a seguirla. No sé por qué lo hago: tal vez quiero intentar escribir el final de la historia. El anciano nunca supo que mi mano a veces toma la pluma, cuando la espada quiere descansar.
El castillo en sombras es mayor de lo que la vista percibe a la luz agonizante del atardecer, y durante mucho tiempo la mariposa dorada me guía por pasillos, escaleras en caracol y patios oscuros. Al final del viaje hay una alta explanada cuyos muros de madera tallada yacen esparcidos sobre las losas de piedra o se han convertido en polvo. Los parterres, el polvo, y algunas ramas y hojas resecas cuentan la historia de un invernadero; tal vez el refugio de una dama cuyos ojos prefirieron el delicado color de flores exóticas a las conversaciones sobre guerra que sin duda se escuchaban en los salones de la fortaleza. Los restos de una vieja hacha ponen un amargo final a la historia del invernadero.
No, no un final. La mariposa dorada se ha posado sobre el único trozo de muro que se mantiene en pie: un arco de piedra que sirve como marco a una gruesa puerta de cedro cerrada por enorme candado que alguna vez fue de acero, pero que ahora está tan mohoso que un solo golpe lo haría polvo.
Cuando acudo ante la puerta, la mariposa revolotea y se posa en la puerta, expectante. Yo intento tomarla con suavidad para llevarla al interior del invernadero a través de los muros que ya no existen, pero las alas resplandecientes se me escapan siempre para posarse en la puerta, y entiendo: para la mariposa, los muros siguen en pie, y sólo a través de la puerta puede entrar en el que fuera su refugio.
Desenvaino la espada para deshacer el antiguo candado, pero la mariposa dorada una vez más vuela hasta posarse en el viejo acero: si golpeo, el arma la destruirá también, y entiendo: el final del cuento será escrito cuando la mariposa – la dama que la llevó como emblema – pueda regresar a su refugio sin violencia.
El rugido a mis espaldas me recuerda que no sólo la mariposa habita el castillo. Un ser enorme – un jabalí gigantesco: no lo dudo jamás – se acerca. Puedo aguardar y combatir, o puedo ir hacia el monstruo y escoger el lugar del encuentro.
Entonces recuerdo y entiendo las palabras del anciano, y envainando la espada sigo a la mariposa dorada, que de nuevo me guía a través de pasillos, sombras y recuerdos, hasta una cámara regia, decorada con antiguos trofeos de caza y armas de todo tipo: espadas, hachas, yelmos tocados con airosas cornamentas. La mariposa descansa de su vuelo sobre un macizo escudo de guerra, amplio y redondo, que en la rodela de acero lleva pintada la cabeza de un furioso jabalí.
Quien se armó con el escudo fue sin duda un guerrero poderoso: yo mismo no podría llevar el arma en el campo de batalla. Lo separo del muro y trato de depositarlo en el piso polvoriento, pero se me resbala de las manos y cae con estruendo y recibe como respuesta un rugido de ira y un galope que se acerca a la cámara.
Colgando del clavo que sostenía el escudo, una llave de oro llama mi atención: la llave apropiada para cerrar el refugio de una dama. La tomo y al tiempo debo desenvainar de nuevo mi espada. La mariposa me urge a seguirla pero el jabalí ha llegado y no podré abandonar la cámara sin pelear por mi vida, pues el monstruo bloquea la puerta.
Es un ser que ha regresado de tumba antigua. Inmenso y poderoso, mas su piel se cae a trozos y su cabeza armada de enormes colmillos manchados no es más que una calavera horrenda en cuyas cuencas brilla el fuego del infierno. Pero en la sombra tras la bestia creo ver, durante un instante, una silueta alta y gruesa de noble porte, tocada con un casco cornamentado.
El jabalí – el Señor de la Guerra bajo cuyo mando estuvo el castillo – no quiso jamás hacer daño a la Dama de la Mariposa Dorada; antes bien quiso protegerla del mundo cruel y violento que la aguardaba tras los muros de piedra.
Pero la bestia asesina que me mira no entiende las palabras de los vivos, así que debo combatir. El monstruo embiste y a duras penas alcanzo a darle paso, dejando un largo rastro en su lomo con la punta de la espada. Ambos nos volteamos y él vuelve a embestir con la cabeza baja, y yo espero con la espada en alto.
La cámara tiembla y el polvo se levanta; los trofeos de caza caen y las losas del piso se agrietan bajo la violencia del combate. Es un enemigo tan poderoso ahora como lo fue en vida, y su fuerza se ve aumentada por la ira y el dolor de los siglos sin descanso, y por el odio hacia quien, cree en su inmortal ceguera, pretende dañar su mariposa dorada.
Durante mucho tiempo el castillo escucha los rugidos y los gritos de rabia y dolor, y los golpes contra la piedra y el sonido del acero contra hueso y piedra, y alcanzo a pensar que tal vez el combate es uno de esos cuentos sin final a los que el anciano portero teme, pues aunque estoy cansado y herido no cedo ante el poder del jabalí, que ya ha probado mi acero incontables veces pero no parece dispuesto a rendirse. Una embestida me arroja al suelo pero, en lugar de regresar para acabar conmigo, la bestia, ante mi asombro, huye: sin duda he sido un enemigo si no más poderoso, más terco que cualquiera que haya enfrentado antes, y presiento que no soy el único que se ha sentido obligado a seguir la mariposa dorada por los pasillos de piedra.
Me siento en el piso, descansando contra las piedras de muro. Respiro. Las heridas son muchas y algunas no son superficiales: el jabalí sabe usar sus colmillos y sus patas hendidas. Empiezo a desvanecerme pero entonces la mariposa dorada vuela frente a mis ojos.
Me incorporo y, cojeando, temeroso de escuchar a mis espaldas una nueva, monstruosa embestida final a la que mis fuerzas ya no podrían oponerse, deshago los pasos hasta el invernadero.
Sin duda el cansancio y el dolor, y quizá la muerte acechando, juegan con mis ojos: el invernadero está en pie, cerrado por magníficas tallas que simulan los árboles de un bosque maravilloso en el que juegan elfos y dríades, saltando entre los rayos de luz que las vidrieras de colores rompen en tonos hermosos.
Una dama alta y hermosa, con la tristeza en los ojos azules y el oro brillando en sus cabellos, aguarda ante la puerta cerrada. Con dificultad y dolor, y con horror ante los pasos furiosos que se acercan por el corredor y el grito de rabia que los acompaña, pongo la delicada llave en la cerradura del candado. La giro justo cuando siento el salto del jabalí que me hará parte de la triste historia.
Antes de entrar en el invernadero, la dama se detiene ante mí, y con una mano suave y tierna cierra mis ojos.
La muerte que durante tanto tiempo he burlado acecha en los rincones del sueño, pero aún no se atreve a acercarse demasiado. Incluso ella ha aprendido a temer mi acero, y aún no es hora de que reclame mis fuerzas.
En cambio, sueño.
El castillo se alza en medio de un bosque majestuoso, y la aldea cercana siente la protección de la fortaleza. Pero la prosperidad está amenazada por las tropas del tirano Bakum, que avanzan, indetenibles, arrebatando la vida y la riqueza por dondequiera que pasan. Una bella mensajera ha pasado, escoltada por algunos guerreros, difundiendo las nuevas de terror y muerte, llevándolas hacia las ciudades del sur.
Todos piensan en huir; mas el Señor de la Guerra que comanda la fortaleza es poderoso, y su orgullo supera su fuerza, y piensa que su hacha será suficiente para destruir a aquellos enemigos que no huyan ante la cabeza de jabalí que le sirve como estandarte.
Pasa el tiempo y mientras la aldea se prepara para marchar hacia donde las tropas de Bakum no puedan llegar, el Señor del Jabalí pasa los días cazando en sus vastos y ricos bosques, hasta cuando un día llega un ejército. Pocos hombres, exhaustos y heridos, con el horror en la mirada, comandados por un Príncipe de hermosa apostura, pero herido. Los restos del ejército derrotado son bienvenidos en los salones del Señor del Jabalí, y su hermosa hija, la Dama de la Mariposa Dorada, atiende con mano solícita y presta sonrisa reconfortante a los heridos. Bajo su cuidado muchos se ponen en pie, y el apuesto Príncipe recupera las fuerzas hasta cuando llega el día de partir. Los exploradores del siniestro ejército invasor han sido vistos al otro lado del bosque, y el Príncipe ofrece su escolta al Señor del Jabalí para que abandone el castillo a la rapiña del enemigo.
El Señor se niega, pero su hija quiere partir, y el dolor invade los salones de piedra mucho antes de que los salvajes soldados de Bakum hayan atravesado el bosque. La Dama de la Mariposa Dorada y el Príncipe quieren partir juntos: saben que el hacha formidable del Señor no será suficiente para detener las huestes inmensas, crueles e imbatibles; pero el orgullo del Jabalí es aún mayor que el temor de su bella hija y decide quedarse y luchar, y arroja con malas palabras a aquellos que una vez acogió tras sus muros. Y, temeroso de ver a su Mariposa Dorada partir sin su consentimiento, cierra con un gran candado de acero el único sitio vulnerable del castillo: el invernadero desde el cual la hermosa Dama podría ver por última vez a su Príncipe alejándose hacia el sur.
El celo inmenso del Señor del Jabalí de nada le sirve: demasiado tarde, ya cerrada la puerta, se da cuenta de que el enemigo ha entrado, subrepticio, en el castillo. De nada le sirve correr y bramar como la bestia que usa como emblema por los pasillos de su poderosa e inútil morada, y su hacha sólo puede tomar venganza de los asesinos de la Dama, que caen como espigas ante su furia… pero son demasiados.
Un rayo de sol en el rostro me despierta: los salones de piedra, incluso el derruido invernadero están silenciosos. Al abrir el candado he permitido que la Dama acuda a la única aspillera, desde la cual espera despedirse de un Príncipe que hace mucho pereció en un desconocido campo de batalla. El Jabalí ya no persigue las sombras de enemigos muertos; y sonríe quizá, con tristeza, ante la melancolía de su hija.
Y la melancolía me duele tanto como las heridas que, aunque ya no están, siguen doliendo. El cansancio es real y las melladuras en el filo de la espada son prueba suficiente de que los recuerdos en el castillo fueron reales para mí. Pero no estoy seguro de haber escrito el final de la historia.
El corcel está descansado y relincha con alegría al verme.
Antes de partir, quiero agradecer al anciano que me abrió las puertas, devolverle su jarro y, quizá, contarle que la Mariposa Dorada y el Jabalí ya no recorrerán los pasillos de piedra.
Pero la cabaña del anciano está derruida hace mucho tiempo, y en su interior no hay más que escombros y un viejo barril deshecho. Bajo los escombros, una pluma reseca y un frasco de tinta vacío escriben otro capítulo de la historia: el cuento del viejo bardo buscando el final de todos los cuentos. Debería seguir allí: al fin y al cabo, la Dama sigue de pie en la aspillera, incapaz ya de despedirse de quien hubiera podido ser su salvador.
Sigo mi camino hacia el sur. En el último recodo del camino, antes de salir del valle antaño fértil y cubierto de majestuosos árboles y protegido por el airoso castillo, vuelvo la mirada, y por un momento lo veo todo como era antes de la invasión del legendario tirano: el bosque, el castillo en la cima de la colina… y sobre la muralla poderosa, un bello invernadero de madera desde cuya aspillera, una Dama vestida de oro levanta la mano en señal de despedida.
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