
La Corona Alada y el Árbol Blanco

Son lentos los años del Mundo
para quien tanto ha esperado;
ya no hay luces nuevas
en este cielo que nubla las miradas.
Sólo viejas páginas
y recuerdos herrumbrosos
de marchitas glorias
e inútiles victorias.
Ven conmigo a observar las estrellas:
tal vez en su luz eterna haya noticias
de aquellos que hace tanto partieron.
Tinieblas cubren el mundo,
y los viajeros han perdido su camino
llevando con ellos la última luz
de una multitud que llora.
Ven conmigo y miremos el horizonte:
quizá sobre las olas una vela solitaria
anuncie un retorno sin esperanzas.
Ven conmigo a observar las estrellas:
tal vez en su luz inmaculada
los Señores del Oeste recuerden
el mundo que un día fue suyo.
1.
Los caminos de la Tierra Media cambian poco. Para los Atani, claro, con su corta visión del pasado y el futuro y su perpetuo afán, cualquier cambio es mayúsculo, y así, en una posada cerca de Annúminas, un grupo de comerciantes de Ithilien le dijeron, con amargura, que el viejo camino ya no era el mismo.
Pero el camino estaba allí, y seguía el mismo trazado que había seguido ya no sabía cuántos Años de Arda antes para llegar a los Puertos Grises. Algunos árboles de más y de menos – y cómo extrañó los árboles talados -, alguna que otra piedra reemplazada por los hombres del Rey, algún puente más ancho y fuerte sobre los ríos de Eriador.
El camino seguía allí, y llevaba al sur.
Durante días y noches, descansando a la sombra de viejos árboles, o a veces en ruidosas posadas – en Bree sonrió ante las ocurrencias de un grupo de Periannath – recorrió sin prisa los viejos caminos.
Por el Paso de Rohan viajó en lo más oscuro de la noche. Aunque apreciaba a los raudos y valientes Señores de los Caballos, no le agradaban los interrogatorios. Tal vez algunos centinelas hubieran sentido, más que visto, la sombra de un caballo negro montado por un jinete espectral. Nunca lo sabría, pero no pudo evitar una ligera sonrisa pensando en las leyendas que serían contadas junto al fuego en los años por venir.
Pasó poco tiempo antes de llegar a su primera parada. El viejo bosque de Fangorn, siempre más viejo, tal vez un poco reducido en su extensión, seguía allí, con sus murmullos y sus sombras y sus recuerdos.
A poca distancia del límite sur de la oscura floresta, Thinuial encontró la vieja cornisa de piedra, y sobre ella, alguien a quien no veía hacía mucho, mucho tiempo. Tanto que sería incomprensible para los apresurados Atani.
Lo llamó por el viejo nombre, largo y lento. El nombre que los primeros Quendi le habían dado, tanto tiempo atrás.
Con premeditación, Bárbol volvió sus ojos hacia el recién llegado y lo examinó por un momento. Thinuial sonrió; la última vez que se habían visto, muchos años antes de la Dagor Aglareb, vestía una reluciente cota de mithril y una sobrecota azul con las armas del Señor de Neldoreth. Incluso para Bárbol fue difícil reconocerlo bajo el manto negro y el simple traje gris de viajero. Dejó que la capucha cayera sobre sus hombros y el largo cabello castaño con reflejos dorados ondeara ante la brisa.
Los grandes ojos de Bárbol brillaron con reconocimiento y alegría.
“Ah… Hum… Nadie me llamaba así hace mucho, mucho tiempo… mucho incluso para mí, incluso para tí, Atardecer Gris. Hum, ah, es bueno verte, sí… hace tiempo que ya no se oyen los cantos de la Hermosa Gente por aquí.”
“Es porque todos partieron, viejo amigo.” La voz grave y melodiosa del Elfo se elevó con la brisa vespertina. Thinuial miró hacia el sur. Luego sacudió la cabeza y volvió a mirar al Ent, que seguía observándolo.
“Hummm… Estaba pensando en cuán largos podrían ser los años venideros, con cada vez menos Pastores de Árboles y sin la Hermosa Gente…”
“Largos en verdad serán los años por venir, amigo mío” respondió Thinuial “pero esos son pensamientos de los Atani. ¿Has estado teniendo tratos con la Gente Rápida, acaso? Ellos piensan en el futuro más de lo conveniente y en el pasado menos de lo que deberían, y nunca están satisfechos. ¿Acaso te han convencido de no estar satisfecho?”
Los grandes ojos de Bárbol se elevaron hacia el horizonte con nostalgia.
“Los Hombres ya no vienen a Fangorn, Hijo de Findis. Temen al bosque, y con razón, pues todos los bosques disminuyen a medida que esas grandes ciudades de roca crecen y crecen sin medida… y ya los que podrían haberme hablado no están en la Tierra Media, ¿sabes? Las cortas vidas de los hombres, sobre todo cuando aprendemos a quererlos, hacen más largos nuestros años.”
Pasó el atardecer y luego la noche y luego salió el sol y Thinuial y Bárbol aún hablaban en la cima de la colina de piedra en medio del bosque. Algún viajero de paso no habría escuchado nada, sin embargo. Los árboles, en cambio, y las criaturas del bosque, detuvieron sus vidas por un rato mientras escuchaban con júbilo esa larga conversación en la lengua de las ramas, de las hojas, del bosque mismo, una lengua hablada en tonos melódicos por una voz como no habían esperado volver a escuchar jamás.
Cuando el sol hubo pasado de nuevo y dado paso a las estrellas, Thinuial preguntó:
“He oído que hay inquietud entre las gentes de la Tierra Media, y el nombre de un lugar suena más y más a menudo en las voces de los Atani, pero sobre todo de los Naugrim. ¿Qué sucede en Khazâd-Dûm, amigo mío? ¿Qué nuevas han pasado por el bosque en alas de las aves o en las patas de las criaturas de la tierra?”
Bárbol respondió con un largo, grave y áspero sonido que sacó una sonrisa a Thinuial.
“Burárum. Esas montañas están infestadas de esa plaga y algunos han venido a buscar madera tan al sur como a Fangorn. Ninguno de ellos regresó, por supuesto. Y unos patos que viajaban al sur antes del pasado invierno hablaron también de Barbas Largas caminando hacia allí.”
Thinuial pensó durante un rato, con la mano en la barbilla.
“Cuando el Peregrino Gris destruyó al Valaráukar de Dwarrowdelf, no pensó en lo que la liberación de la ciudad podría significar para los Naugrim. Se dice que aún hay mithril allá abajo.”
Bárbol lo estaba mirando con una chispa de burla en los ojos enormes y brillantes.
“Hummm. ¡Ha! Brummm. Dudo mucho que incluso tú puedas saber qué pasaba por la cabeza de Mithrandir. Hummm. Orgulloso como un Noldo, decíamos entonces, y te lo digo ahora. Porque el Peregrino Gris, como tú lo llamas, está muy por encima incluso de las cabezas hinchadas de los Quendi nacidos en Aman.”
Thinuial rió con ganas, con una risa dulce y contagiosa que viajó de rama en rama y de hoja en hoja hasta cuando el bosque entero pareció envuelto en una fresca brisa juguetona.
“Pero ni siquiera él conocía el porvenir, Bárbol, viejo y terco Ent.”
Ambos rieron ahora, y la risa de los dos era como un chubasco de verano, sorpresivo y refrescante.
Cuando terminaron de reir, ya al amanecer, Thinuial se despidió.
“No sé si regresaré algún día a este bosque, Bárbol, pero si es así volveremos a hablar bajo el sol y las estrellas.”
“Hummm. El que empieza a apresurarse como las Gentes Rápidas eres tú, mi amigo. ¡Si acabas de llegar!”
Thinuial sonrió aún una vez más.
“Tal vez tengas razón. Pero llevo mucho tiempo esperando algo que no he de conseguir, así que he decidido ver qué puedo conseguir sin esperar.”
Montando en Fenúhinë, que todo el tiempo había esperado, paciente, al pie de la cornisa, buscó la salida del bosque y luego galopó hacia el este y al norte. A dar un amplio rodeo que lo llevara hacia las puertas de Moria.
Sonreía aún mientras veía al mundo pasar bajo los cascos de Sombra de Dragón. Pasaría mucho tiempo antes de que olvidara esa conversación, que lo había hecho recordar los viejos tiempos, antes de las guerras y de la oscuridad. Antes de la maldición. Antes de ser Mornatur Tellosthir, Oscuro Señor de una Fortaleza que ya no existía.