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Ella

La colilla chisporroteó y humeó al chocar contra el asfalto mojado. Pronto, la lluvia terminó por apagarla. La lluvia que ya había atravesado mi gabán, mi sombrero y el resto de mi ropa y que ya parecía estar llegando hasta los huesos.

Encendí otro cigarrillo. El último del paquete. Del segundo paquete que fumé mientras esperaba a que Ella saliera.

Todo había empezado unas semanas atrás. Fuera del negocio por algún tiempo – lo que tardó en sanar la pierna derecha, rota al caer de un segundo piso, empujado por un fugitivo imbécil que no creyó que mi arma estuviera cargada y se acercó más de la cuenta. Cuando mi pierna se rompió, él ya estaba tocando las puertas del infierno. Y yo ya había perdido la maldita recompensa.

Incluso un par de dias es demasiado tiempo para estar desconectado de las principales fuentes de información y de trabajo. Una sola llamada fallida implica que un contratista llamará a algún competidor. Así que esas vacaciones forzosas fueron toda una eternidad de estar sentado viendo estúpidas películas en vídeo, comiendo pizza y limpiando una y otra vez el arma hasta cuando casi la desgasté. Y cuando pude tirar al bote las muletas al menos tres grandes contratos estaban en manos de la competencia, y yo mismo tuve que ir hasta los sitios donde habitualmente se intercambia la información y se cierran los negocios de este tipo.

Fueron un par de noches de vagar por las calles, en medio de la lluvia, calado hasta los huesos y con cada vez menos dinero para comprar comida, whisky y cigarrillos. La comida me importa poco: la vida en las calles le enseña a uno que no es realmente indispensable. El whisky… bueno, que me tome cuatro o cinco botellas a la semana no quiere decir que sea ningún alcohólico, así que me puedo pasar sin él. Pero los cigarrillos son mi vida… la que se escapa en volutas azules es la misma que entró unos segundos antes en una gloriosa aspiración de humana podredumbre.

La tercera noche fui al Bar. Nombre insípido para un local insípido, pero donde ocasionalmente había logrado algún buen contrato. Hay que tener en cuenta que después de tres horas sin cigarrillos cualquier contrato es bueno.

Y había un contrato… cerrándose justo cuando entré. Suerte que el desafortunado competidor era Will Tramper, que se echó a temblar apenas crucé la puerta. Una vieja historia. Algún día Tramper me cobrará su deuda, pero esa noche salió corriendo como el cobarde que es. Así que tomé su lugar en la barra, pedí un whisky y acepté el cigarrillo que el confundido cliente me ofreció.

Diablos, el contrato era bueno. Seis cifras, y todo por localizar – ni siquiera fotografiar y mucho menos acercarme hasta la chica. Hasta Ella.

La primera vez que la vi fue en una fotografía en blanco y negro, granulada y desenfocada. No mucho para ver, en realidad, salvo un cuerpo maravilloso cubierto pero no oculto por cuero negro, a bordo de una enorme motocicleta en movimiento, una de esas que uno siempre ve conducidas por un enorme cerdo musculoso y barbado.

Eso y nada más.

Pero ya tenía por donde empezar: los motociclistas. Cada una de esas motos es especial, única e inconfundible, y algunos de los veteranos que se reunían a jugar billar en los bares de carretera podrían identificarla sin duda.

El negocio empezó con pie derecho y cinco cifras en mi bolsillo, que me permitieron ponerle carburante al viejo cacharro y viajar hasta uno de los bares favoritos de los pandilleros… y comprar cigarrillos para todo el resto de mi vida. Si no me los fumaba durante la noche.

Sólo tuve que abordar a cuatro cerdos musculosos y gastar tres billetes antes de que alguien identificara la moto: había pertenecido al jefe de una pandilla, una de las más grandes, pero el tipo había muerto en un accidente de tren y su chica se quedó con la máquina. El tipo no sabía nada de la chica, pero me dio toda la información sobre la pandilla y sobre el antiguo propietario del vehículo, así que tres noches después ya sabía su nombre y dirección, y el sitio donde trabajaba atendiendo la barra de un bar hasta la madrugada.

Así que allí estaba, fumándome el último cigarrillo y esperando a que Ella saliera por la puerta de servicio del bar. Y vigilando al otro, una simple sombra acurrucada en un alero a tres pisos por encima y unos diez metros por detrás de mi posición tras el poste de la energía.

Finalmente, la puerta se abrió y salió uno de los meseros. Luego el otro, riendo y despidiéndose de alguien que quedaba adentro.

Luego salió Ella.

Era la primera vez que la veía en persona – algunos de los informantes habían aportado nuevas fotografías, casi siempre sin darse cuenta – y de pronto me di cuenta de que no conocía su rostro. Las fotos siempre eran demasiado lejanas y demasiado oscuras. Todas eran nocturnas, de hecho.

Pero tenía que ser Ella. El impermeable estaba cerrado por una correa que rodeaba una cintura tan estrecha que sólo podía ser la suya, y el contoneo – o mejor, la sensual ondulación – al caminar era exactamente como yo había imaginado que debía ser.

El tipo en el alero empezó a moverse antes de que Ella cerrara la puerta. Yo ya tenía el arma amartillada antes de que sacara la llave de la cerradura.

Ella me vió al salir y se quedó como congelada, mirándome a los ojos. Lo único que sé es que no estaba asustada. De hecho, sonreía. Pero la sonrisa desapareció cuando el tipo que la vigilaba desde el alero cayó – o se materializó – justo entre Ella y yo.

Alcé el arma y grité al tipo para que estuviera quieto. Me miró y se abalanzó sobre mi. Y yo le vacié el tambor del revólver, pero no pareció sentirlo. Primero cayó sobre mi con todo su peso, luego se incorporó y me arrojó sobre un montón de basura. Sin tiempo para recargar, tomé lo primero que encontré: una botella, rota por el gollete. Cuando el tipo volvió a caer sobre mi para izarme y lanzarme, se la clavé en la garganta. El tipo hizo un ruido como de gato furioso, se llevó las manos a la garganta y yo tuve tiempo entonces de sacar la navaja, abrirla y enfundarla hasta la empuñadura exactamente en su corazón. Cuando se desplomó, me incorporé y busqué a la chica con la mirada. Estaba apoyada en el poste donde yo la había estado esperando. Caminé hacia ella, cojeando un poco – el frío y la pelea me habían lastimado la pierna.

“¿Por qué tardaste tanto?” fue su saludo.

“No me lo agradezca. Sólo hice lo que cualquier otro hubiera hecho.”

“No, muy pocos hubieran podido hacerlo.”

Nunca supe cómo me encontré abrazándola, pero en medio del beso que siguió no me importó mucho. Después de una deslumbrante ráfaga de gloria proveniente de sus labios, se alejó un paso.

“Es una lástima que no hayas podido hacer tu trabajo”

“Espera un minuto” le dije. “Claro que estoy haciendo mi trabajo.”

“Ya no es necesario.” Dijo ella, sonriendo con esa enigmática sonrisa suya, acercándose para darme un beso de despedida mientras ponía algo en mi bolsillo.

Un fajo de billetes. No conté, pero era mucho. Cuando volví a mirarla, ya no estaba. Se había esfumado.

La lluvia arreció. Busqué mi arma y de pasada me di cuenta de que el cuerpo del tipo no estaba. En su lugar había sólo un montón de cenizas empapadas.

Emprendí la caminata en medio de la lluvia atroz. Una caminata que no acabará. Pues sólo terminará cuando la encuentre.

 
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Publicado por en 2011/02/23 in Relatos Oscuros

 

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¿Vampiros?

El autor de “Carnaval toda la vida” tiene razón: Christine Feehan, Stephenie Meyer y toda la tropa de malas imitadoras comerciales de Anne Rice lo arruinaron. Los vampiros no son lo que solían, y el sentido de lo tenebroso, la advertencia moral explícita dentro de las historias de no-muertos se han quedado para las nuevas generaciones en la misma gaveta que guarda la Urbanidad de Carreño (cuya utilidad es clara para quien haya tenido el dudoso honor de viajar en Transmilenio), el sentido de la elegancia y la buena televisión.

Los viejos vampiros, Drácula, Lord Ruthven, al bella y peligrosa Carmilla, Barney, Abhartach, eran seres aterradores cuya sola presencia bastaba para acallar la alegría y ensombrecer el alma de quienes tenían el infortunio de caer bajo su influencia; la luz bienhechora del Sol podía matarlos o cuando menos neutralizar sus poderes; algunos no podían ver su propio reflejo, otros huían ante la presencia de todo lo puro. Eran la encarnación del Mal, mensajeros de un infierno tan aterrador que ni siquiera las peores pesadillas podían representarlo en todo su horror.

Por supuesto, tenían su encanto; debían vestirse con la sensualidad de los mortales para acceder con facilidad a su fuente de sustento. Carmilla era capaz de seducir hermosas y virtuosas docellas con una máscara de fragilidad e inocencia; Ruthven escogía como presas a las esposas fieles y las muchachas devotas y virginales. Pero tras su paso sólo quedaban el terror y la locura.

Todos esos elementos terroríficos no eran gratuitos; como todas las expresiones culturales tradicionales, servían como moralejas escalofriantes sobre la importancia de conservar la virtud – incluso sin recurrir a la mojigatería religiosa – y, sobre todo, de respetar las leyes de la naturaleza, de aceptar la muerte como un hecho natural e inevitable (aún a pesar del estigma del castigo impuesto sobre ella por la religión cristiana) y a la cual es imposible engañar… a no ser que se pague un precio inimaginable.

Anne Rice hace uso de sus personajes vampiros para reflexionar sobre la naturaleza humana; por eso todos son conscientes de su propia monstruosidad de la que pocos tratan de huir. Lestat prefiere cazar asesinos para mantener su inestable conciencia en paz, pero le es imposible resistirse a la tentación  de entregar el Don Oscuro a un mortal que ha recuperado su juventud de manera accidental y milagrosa pero que, además, es su mejor amigo. Incluso Louis, dentro de su angustiada existencia de autoexilio, sabe que podría cometer las mayores atrocidades ante cualquier provocación. Son seres humanos elevados a su máxima expresión, y como tales viven sus experiencias, sienten sus emociones y reaccionan ante sus no-vidas.

Pero las bonitas, soñadoras y superficiales seguidoras del moderno vampirismo se han olvidado de todo ello, o quizá nunca lo vieron. Se quedaron en las elegantes modas diecochescas y en el romanticismo de convertir en realidad literal el típico final de los cuentos de hadas, y han hecho aparecer esos petimetres inmortales que harían morir de la risa al viejo conde Vlad y bufar con disgusto a Lord Ruthven. Es posible que la encantadoramente malvada Carmilla quisiera sacar provecho de la inocente belleza de Edward Cullen y deleitarse en su caida, viendo cómo devora finalmente a su estúpida noviecita adolescente. Pero con certeza Marius, Armand y hasta la bondadosa – pero muy consciente de su antinaturalidad – Maharet destruirían a los Cullen y a sus lejanos y yuppies gobernantes italianos con un simple gesto sobrenatural.

Es que, ¿quién vio jamás un cervatillo perdidamente enamorado de un guepardo? ¿Desde cuándo los halcones se vuelven frutívoros para no dañar a las palomas? Es posible que el vampiro sea un ser mitológico, pero la mitología no nace de los sueños húmedos de las adolescentes, sino de la necesidad permanente de las sociedades de sobrevivir a través de sus integrantes.

Así pues, chiquillas soñadoras, disfrutad de la beatífica visión de vuestro hermoso Edward Cullen, y no os preocupéis por todo lo que hay escrito más atrás. Incluso si un monstruo, de una especie muy real y desgraciadamente abundante, síntoma de la grave decadencia de nuestro mundo humano, se os acerca con sensuales promesas y os deja después tan sólo locura. Porque de esos monstruos, como Garavito, como Manson, también han querido advertiros las tradiciones vempíricas. Pero no importa: será demasiado tarde.

Desconozco el autor del montaje, pero le agradezco profundamente por hacer visible un sueño de felicidad.

 

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Eclipse, de Stephenie Meyer

[Publicado originalmente en el suplemento dominical Papel Salmón del diario La Patria, junio 8 de 2008]

Hasta mediados del siglo XX, el término vampiro era sinónimo de monstruosidad: de la terrible maldición de los no-muertos, cadáveres animados por la posesión de un “espíritu inmundo” cuyo único objetivo era alimentarse de la sangre de los seres humanos y convertirlos en aberraciones semejantes.

Entonces apareció Anne Rice; con dos o tres pinceladas, no menos bellas por cuanto poco profundas, pintó un Vampiro completamente nuevo: uno con temores y sentimientos, enamorado irredimible de los seres humanos, de la vida, de la muerte, de la belleza, o del amor. Ese vampiro romántico y torturado, de manera lenta pero firme, reemplaza al viejo monstruo creado por John Polidori, Sheridan LeFanu y Bram Stoker y popularizado por las películas de la Hammer.

En poco tiempo la suplantación es total. Una subcultura gótica girando en torno a los vampiros de Rice surge y se expande, llegando a los medios con rapidez y olvidando las severas advertencias morales de la antigua leyenda.

Vampiros “humanos”

En 1991, White Wolf Inc . recoge todas las expresiones de esa nueva estirpe de vampiros “humanos”, las codifica y las regresa al público en forma de juego de rol. Vampiro: La Mascarada , contiene toda una mitología contemporánea que se nutre, no sólo de los productos, no por bellos menos comerciales, de Anne Rice, sino que los fusiona de manera creíble con las percepciones anteriores e incluso con el auténtico folclore, ese que Stoker apenas roza y que en adelante es olímpicamente ignorado.

Stephenie Meyer es, quizá, la más exitosa de las innumerables seguidoras de Anne Rice y Vampiro: La Mascarada; una tropa en mayor parte femenina que si bien no aporta temas, conceptos o perspectivas nuevas a la literatura gótica post-Rice, sirve para mantener en vilo -y con las billeteras dispuestas- a la gran fanaticada de los vampiros “posmodernos” por medio de historias que mezclan el suspenso, la fantasía y un erotismo que puede ir de lo ingenuo a lo aberrante.

Vampiros ambiguos

La saga pseudogótica con la que Meyer pretende seguir los pasos de Anne Rice y de la que Eclipse es la más reciente instancia, dirigida a un público joven más ansioso de las simples sensaciones que de la profundidad argumental, presenta unos monstruos ambiguos, de comportamiento adolescente a pesar de sus edades a veces centenarias. Para suavizar aún más el concepto vampírico, ya desnudo de todo posible horror, la familia Cullen -protagonistas sobrenaturales de la novela- es “vegetariana”: busca la “humanidad” evitando consumir sangre humana y dedicándose, en cambio, al “control biológico” de grandes depredadores.

Entretanto, el personaje antagónico -cuya presencia efectiva en el libro no supera las tres páginas- no consigue convertirse en la fuente de suspenso que el argumento requiere: ese suspenso, toda posible intriga, se diluye entre las preocupaciones adolescentes de la protagonista, Isabella ‘Bella’ Swan. Así, un primer acercamiento -bastante tardío en un libro lento desde el principio- al peligro de verse acechado por un Vampiro que, además, es un feroz enemigo, pierde importancia ante el trágico hecho de que ese mismo vampiro se ha robado la blusa favorita de la protagonista. Así mismo, los dilemas morales que podría generar la perspectiva de convertirse en un ser inmortal y en un peligro potencial para los seres queridos es un tema secundario frente a la cuestión de si ‘Bella’ debería o no casarse con su amado chupasangres Edward Cullen. El clímax de la novela, una batalla entre vampiros y hombres lobo que prometía ser trepidante, queda como un simple trasfondo ante la tremenda inseguridad de ‘Bella’ sobre sus sentimientos respecto a Edward y el indígena Jacob Black… un Hombre Lobo y por tanto acérrimo enemigo de los vampiros.

Acercamiento a los lectores jóvenes

Para completar el cuadro, Stephenie Meyer hace un extensivo uso de las mismas técnicas dilatorias que permitieron a J. K. Rowling contar la insípida historia de su aprendiz de mago en cerca de cuatro mil páginas; como resultado, un relato juvenil que podría ser leído en un par de horas y olvidado después, hace uso de 624 eternas páginas que se suceden bajo la sencilla expectativa de que finalmente pase ALGO.

Y sin embargo, a pesar de la ligereza del trabajo de Stephenie Meyer, y de la obvia falta de originalidad tanto en sus temáticas como en el tratamiento que da a las mismas, la ausencia de profundidad en Eclipse permite el acercamiento a los lectores jóvenes; esos mismos que están cansados de las obligaciones curriculares y para quienes resulta ridículamente infantil “Amy, el niño de las estrellas” y espantosamente pesado “En busca del tiempo perdido” , y que por tanto prefieren volcar sus ansias de aventura en las videoconsolas o en el popper ante la indiferente ignorancia de un sistema educativo que después se arrancará las vestiduras ante las aberrantes cifras de consumo juvenil de sustancias sicoactivas.

MEYER, Stephenie. Eclipse. Alfaguara. Madrid. 2008. Pp. 624.

En el cine
Aunque es mucho pedir, quizá las versiones fílmicas de las novelas de Meyer logren aportar visualmente el interés del que carecen los libros. Crepúsculo será lanzada a nivel mundial el 12 de diciembre de 2008, y ya empiezan a difundirse las imágenes del reparto: no sorprende que se trate de un grupo de modelos vestidos al último grito de la moda. Es dirigida por Catherine Hardwicke, no muy conocida en nuestro medio, pero notable por su trabajo como diseñadora de producción en Three Kings (David O. Rusell, 1999) y Vanilla Sky (Cameron Crowe, 2001).

 
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Publicado por en 2008/06/12 in Ante los ojos del Señor Oscuro

 

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