La lluvia ha dejado nubes dispersas por los costados de las montañas lejanas, y el viento golpea con fuerza, trayendo mensajes helados desde las laderas del Raumainoron. La ciudad está silenciosa, apenas recuperando el aliento tras una tarde de lluvia dura e inclemente. Yo camino rápido, buscando los espacios libres de construcciones desde los cuales puedo ver el mar de niebla… las nubes, exhaustas, recostadas en los valles bajo la ciudad, y las montañas en el horizonte surgiendo como islas tras las cuales se oculta el sol en medio de una fiesta ígnea.
Pero mientras mis pasos me llevan por las calles de Tol Hsierenna, mi mente vaga lejos en el tiempo y en el espacio. Los pasos de mi imaginación me llevan por el campo de batalla, y mi corazón se encoge mientras miro los despojos de la guerra. Un gran Rey acaba de perecer ante mis ojos, tras un combate glorioso que habrá de quedar en las canciones para siempre. Y una Dama de cabellos dorados ha realizado, con la ayuda de alguien inimaginable, una hazaña superior a las realizadas por grandes guerreros de generaciones anteriores.
Pero ya ha pasado el momento de la gloria y el terror, de las hazañas y las matanzas. Sólo quedan sobre el campo cuerpos sin vida de hombres y bestias y monstruos horrendos, y la tristeza y la desesperación llena el alma de los supervivientes testigos de la muerte.
Lo peor es saber que a pesar de la victoria – comprada al costo de muchas vidas – la Guerra sigue, y que aunque en las crónicas y canciones los hechos de armas parezcan bellos y grandiosos, todo se reduce siempre a lo mismo: sangre y muerte, y el dolor profundo y sordo y eterno de los que no volveremos a ver. Y entonces pienso en nuestra guerra, la de mi propio mundo, una guerra en la que no caben héroes ni grandes hechos, en la que quienes pelean no saben por qué lo hacen… ni siquiera pueden aspirar al honor de una lucha justa. Y es una Guerra que tampoco acaba nunca, que siempre sigue, que ni siquiera tiene campos de batalla, una guerra en la que no hay un rostro terrorífico al cual temer y odiar y derrotar porque ni siquiera sabemos quiénes son los verdaderos enemigos, y mucho menos conocemos a los aliados… A medida que el sol se hunde bajo el Mar de la Niebla, siento que el fuego se extingue en mi interior. Llega la noche y con ella la desesperanza. Hoy, mi ciudad disfruta de paz – al menos hasta donde puedo ver y escuchar – pero sé que en algún lugar alguien discurre la muerte de otros. Y la esperanza sigue el camino trazado por la Doncella del Sol y se pierde con el ocaso.
Hay alguien junto a mi. Viste un largo gabán gris, algo raído, y un sombrero de fieltro, de ala ancha y del mismo color del gabán. Cuando lo miro, me devuelve la mirada con unos ojos grandes y ardientes bajo las espesas cejas blancas.
“Buenas tardes” le saludo.
“¿Está usted deseándome que tenga una buena tarde, o implica que la tarde ha sido buena a pesar de mi presencia…?”
Lo miro extrañado. Esa respuesta debería, dado mi estado de ánimo, impulsarme a una agria discusión menos retórica que grosera. Pero en esa voz profunda hay sabiduría, incluso en esas palabras extrañas.
“En realidad, no ha sido una buena tarde para mí…”
“¿Un poco de fuego?” De alguna parte ha sacado una larga y curiosa pipa de barro. Le alcanzo mi encendedor y un momento después la pipa desprende un aromático humo que el extraño aspira con satisfacción para después devolverlo al aire en perfectos aros que se disuelven en la brisa.
“Fue un hermoso atardecer. Uno de los más bellos que he visto jamás” me dice, con aire de complicidad que me hace sentir familiar, en confianza, como si lo conociera de siempre. “Esta ciudad es afortunada: he oído que los atardeceres son hermosos casi siempre…” Se mesa la larga barba blanca mientras habla.
“Así es” respondo. Es extraño: a pesar de las pocas palabras que cruzamos, siento que su sola presencia me conforta, y mi ánimo empieza a cambiar.
Le extiendo mi mano mientras pronuncio mi nombre. Él se queda mirándome sin entender, y luego se ríe. “Supongo es usted, entonces. Pero eso ya lo sabía. ¿Usted lo sabía?” Su risa es profunda y franca. “Bueno, ya ha terminado el atardecer. Ha sido una buena tarde.” Se toca el ala del sombrero a guisa de despedida y empieza a alejarse, con la pipa en los labios, tarareando una canción que nunca he escuchado pero que también me parece familiar.
Muy cerca, dos niños ríen con esas carcajadas frescas y luminosas que uno pierde cuando empieza a pensar mucho y a imaginar poco. Una pareja de novios pasa por mi lado, riendo también, con amor en los ojos. Y de pronto me doy cuenta de que los tristes pensamientos sobre la guerra y la muerte han desaparecido… y adentro, muy adentro, siento una llamita, pequeña pero cálida y brillante. Me pregunto si el extraño, al decir “¿Un poco de fuego?”, no estaría ofreciéndomelo en lugar de pedirme un mundano encendedor que, presiento, no necesitaba en absoluto.
Viéndolo alejarse con rápidas zancadas que hacen ondear los faldones del gabán gris, no puedo evitar una carcajada. No es un extraño.
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En la Tierra Media, el 15 de Marzo se conmemora la Batalla de los Campos del Pelennor, que constituyó una costosa victoria para los Pueblos Libres y una aparatosa derrota para el Señor Oscuro.
Al pensar en esa batalla legendaria, pienso también en todas las guerras que se libran hoy, en este preciso instante, y en todos los combatientes cuyos nombres nunca estarán en un libro, y brindo a la salud de todos aquellos que caen sin saber por qué.
A ellos, Namárië. A los que quedamos sólo con recuerdos y tristezas, salud por todo aquello capaz de alimentar nuestro fuego interior.
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