Amanecer de la Justicia en el anochecer de un género

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Pese a las críticas negativas, en mi opinión injustificadas, a “Man of Steel” (Zack Snyder, 2013) y a mi propio escepticismo respecto a Ben Affleck con una máscara tras su fallido intento de “Daredevil” (Mark Johnson, 2003), “Batman v Superman: Dawn of Justice” ha sido una película largamente esperada, sobre todo desde la primera vez que puse mis ojos en un ejemplar de “The Dark Knight Returns”, la magnífica novela gráfica de Frank Miller que rescató no sólo a Batman de la batimuerte apestosa en medio de la batifamilia, el batiperro y el batiduende, sino a la totalidad del Universo DC, sumergiendo personajes icónicos en el concepto de que el cómic no es necesariamente para niños y que incluso un personaje cincuentón puede mirarse desde nuevos puntos de fuga.

Pese al infortunado ‘spoiler’ innecesario en los cortos promocionales, la experiencia de “Batman v Superman” fue muy superior a la expectativa. Tanto Snyder como los guionistas, David S. Goyer (“Blade”, “Batman Begins”, “Man of Steel”) y Chris Terrio (“Argo”), hicieron muy bien la tarea en cuanto a documentación sobre los cómics se refiere.

Ben Affleck se luce como un Batman sociópata que a duras penas soporta la máscara de Bruce Wayne; una criatura profundamente perturbada que ocasiona terror paralizante. No es un vigilante enmascarado; es un monstruo nocturno, una pesadilla que poco a poco cae en el vórtice de miedos complejos magistralmente presentados, explicados a través de unos pocos minutos oníricos y expresados en forma de violencia brutal.

Superman es un Clark Kent completamente coherente con el que ya vimos en “Man of Steel”; un chico del campo lidiando con una herencia difícil, haciendo lo que considera correcto con una ingenuidad campechana que lo convierte en blanco fácil de un Lex Luthor mucho más demente, retorcido, perverso que cualquier encarnación anterior. Aunque la interpretación de Jesse Eisenberg no alcanza la calidad de Gene Hackman, ofrece una perspectiva nueva, que se aleja del clásico villano que debe explicar sus motivaciones. Y aunque las del nuevo Luthor están claras – ¡Está rematadamente LOCO! – la historia misma va ofreciendo pistas acerca de sus objetivos y maquinaciones.

Hay un momento anhelado por todos los directores. El aplauso, ese fenómeno cada vez más escaso en nuestras salas de cine – no es que “Crepúsculo” o “Los Juegos del Hambre” y sus clones den muchas ganas de aplaudir – es el mejor homenaje a un personaje interesante, a una acción impactante o a un giro inesperado y positivo. Y ese momento lo brinda la aparición de una Mujer Maravilla fuerte, hermosa y digna representante de las Amazonas; Gal Gadot quizá no resista, frente a frente, la comparación con la despampanante Lynda Carter, pero su belleza más mediterránea y su pura actitud guerrera y heroica le ponen al público a sus pies en segundos. Diana de Themyscira es una mujer fuerte por derecho propio, que acude a rescatar a los héroes en problemas y que no necesita a ningún Steve Trevor que la desamarre cuando se deja atrapar. La toma en que sonríe con ferocidad ante un ataque de Doomsday es memorable.

La historia no es compleja pero se enriquece con las motivaciones personales; Superman es extranjero y es poderoso: la envidia, la ignorancia, la incomprensión y el fanatismo entran en juego. El gobierno lo quiere bajo control, Batman lo quiere matar, Luthor quiere el caos. Más allá de la espectacular narración visual y la lealtad al medio gráfico original, es aquí donde el guión y la dirección brillan. Snyder no necesita las bizantinas conspiraciones dentro de conspiraciones de Hydra ni las cuestiones éticas en apariencia sutiles que separan a Tony Stark de Steve Rogers; Batman es un ser humano que piensa en salvar a la humanidad desde su oscura y violenta sociopatía en tanto Clark Kent es un Boy Scout torturado que intenta seguir las enseñanzas de un padre ingenuo y las exigencias de un romance contemporáneo.

Batman v Superman: Dawn of Justice” no cuenta ninguna historia nueva, y el tratamiento de los personajes y sus interacciones siguen los lineamientos de décadas de cómics con mucha menor libertad argumental que otras películas similares de moda, y ese es su gran valor. Los aficionados que crecimos con las páginas de Batman y de Superman en las manos queremos exactamente lo que pasa en la pantalla: ver los cuadros cobrar vida de manera épica; sentir que los golpes de Superman son sísmicos y que el odio de Batman se proyecta en puños que incrustan terroristas en la pared; percibir la semidivinidad de Diana y la humanidad, físicamente frágil entre tanto poder sobrehumano pero llena de fuerza interior de Martha y Louise.

El espectador desprevenido, ese que busca la acción, los efectos especiales y la fotografía atractiva también puede encontrar esta película muy entretenida; el fanático acérrimo del Universo Cinemático de Marvel, si es capaz de verla con ojos imparciales, encontrará un enfoque diferente a un género que empieza a desgastarse demasiado pronto (gracias, Disney), con una historia en la que el humor no necesita chistes estereotípicos y que logra un conflicto de dimensiones épicas con sólo dos personajes bien construidos.

 

Star Wars: La Fuerza ha despertado

ADVERTENCIA
Este comentario no contiene spoilers.
Han Solo

Han Solo

Lo que George Lucas reinventó en 1977 no fue la Ciencia Ficción, ni la Ópera Espacial. Fue la Aventura como género cinematográfico; la simple y milenaria lucha entre el bien y el mal. Tanto Kirschner en 1980 como Marquand en el 83 entendieron el objetivo y en 2015, Jeffrey Jacob Adams no sólo lo entiende sino que lo renueva; “The Force Awakens” es exactamente eso: una historia de aventuras con ritmo, que logra coherencia por ser simple y lleva al espectador a una galaxia muy, muy lejana, donde la política se queda tras bambalinas y el Amor, más que la Fuerza, es el combustible que mueve al Universo.

Los personajes, tanto los viejos amigos como los nuevos invitados, son cercanos, es posible sintonizarse emocionalmente a ellos, amarlos u odiarlos dentro de la pantalla – queremos verlos para seguir odiándolos y hasta temiéndolos.

No se puede afirmar que la película nos cuente una historia nueva, pero, ¿qué historia es realmente nueva en el mundo? Héroes, villanos, víctimas y McGuffins cambian de rostro, de máscara o de manto pero, en una buena historia, siguen siendo Beowulf, Arturo Pendragon, Isolde, Fáfnir o el Anillo Único. Lo importante es contarla bien; pegar la audiencia de las sillas y sacarle un aplauso o hasta una lágrima de vez en cuando, y eso es lo que J. J. Abrams entiende y logra con maestría y elegancia, rindiendo además un homenaje a todos los creadores y realizadores que hasta ahora habían participado en la construcción del Universo Expandido que desde ahora se convierte en Leyendas.

Los aficionados hardcore de Star Wars encontrarán esa misma Galaxia que alguna vez se les extravió, pero los recién llegados tienen a disposición mundos nuevos y preguntas frescas. La narración no es para los cuarentones que vimos las películas originales el día del estreno – aunque disfrutamos y sufrimos “The Force Awakens” con entusiasmo y llanto – sino para los chicos de siete u ocho o doce años que están encontrando el comienzo de su propia leyenda. Claro, hay guiños, referencias y chistes; pero en ningún caso quien no haya visto las seis películas anteriores – ni siquiera el excelso y amargado uno por ciento – se sentirá excluído ni requerirá una consulta en Wookieepedia.

Aventura y drama sazonados con la pizca justa de comedia inteligente; paisajes familiares con el toque adecuado de espectacularidad y el sentido de lo épico que el maestro John Williams sabe tan bien cultivar desde su arte, si bien hay que reconocer que la Marcha Imperial o el leitmotiv de la Princesa Leia son indestronables.

En cuanto al uno por ciento… Ustedes se lo pierden.

Star Wars: Epopeya Musical

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A pocos días del estreno de la nueva instancia de una de las franquicias más populares e influyentes en la cultura popular contemporánea, no puedo esquivar la oportunidad de recordar una de las mejores características distintivas de la saga.

Vamos a escuchar algunos de los temas representativos en orden cronológico.

La Fuerza, tan antigua como el Universo. Y desde el principio hay conflicto entre la Luz y la Oscuridad. Hace milenios los Oscuros Señores del Sith buscan el Poder.

Todo empieza con un niño. El conflicto galáctico en gestación, los poderes que forjan el destino apenas son parte del paisaje para un chico provinciano, aún inocente y de ideas románticas.

Pero el Lado Oscuro de la Fuerza, bajo el control de los Oscuros Señores del Sith, cierra sus tenazas alrededor de la República y sus guardianes, los poco prevenidos (y, como se demostrará en el transcurso de la historia, más bien poco brillantes) Caballeros Jedi.

El tiempo transcurre, y el joven Anakin ya no es niño inocente; es un adolescente confundido, rebelde y arrogante con altos ideales y bajos instintos. Y un maestro poco preparado en pedagogía.

Y ese chico se ve convertido de pronto en guerrero, en líder y héroe.

Pero no es el único héroe. Los soldados clones de la República ponen sus vidas entre los millones de ciudadanos y los horrores de la guerra.

La Guerra Clónica llega a su clímax; los jugadores tras bambalinas van apareciendo y los viejos y desgastados ideales de la antigua República se desmoronan. De las cenizas se levanta un Nuevo Orden.

En un lejano planeta desértico, la última esperanza de la República aguarda un llamado de la Fuerza para entrar en acción.

La Fuerza tiene otra carta oculta, en un planeta muy diferente. Una princesa educada para la diplomacia pero lista para la guerra.

Y La Fuerza tiene un propósito al reunir a esa banda irregular de rebeldes; el Imperio Galáctico representa la Oscuridad, y debe ser detenido a toda costa.

La victoria es efímera; el poder del Imperio es indetenible.

Y ante el brutal avance de la maquinaria de guerra del Imperio, sólo queda retirarse y reagruparse.

Aún hay esperanza; en el lejano planeta Dagobah, un viejo Maestro aguarda en silencio para llevar el conocimiento de La Fuerza a su último alumno.

La confrontación entre ambas caras de la Fuerza es inevitable, como lo es la derrota del héroe con valor pero sin experiencia.

El Imperio no es el único enemigo; el Lado Oscuro dela Fuerza está presente en los más recónditos sitios de la Galaxia; el poder tras el poder conspira, serpentea, traiciona…

La Fuerza está en la unidad, en los lazos de amistad y lealtad y en la reunión de talentos y habilidades que permiten  a una pequeña banda de rebeldes enfrentar amenazas grandes o inmensas. Como derrotar un Imperio Galáctico.

El Emperador ha muerto, una vieja profecía se ha cumplido, y la Galaxia recupera la esperanza en la Paz.

Sí, claro.

Hay historias que jamás terminan. Y somos felices por eso.


Toda la Lista de Reproducción del artículo para escuchar la música de manera continua:

Ciencia ficción coherente

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Todos hemos escuchado o leído sobre el gato de Schrödinger (y si no, es hora: Schrödinger’s Cat Infography); en resumen, todas las posibilidades son reales hasta el momento mismo en que una de ellas es revelada.

Pero, ¿qué pasaría si por una interferencia todas las realidades se entrecruzaran?

“Coherence” (James Ward Byrkit, 2013) explora esa posibilidad a través de una historia simple, sin pretensiones ni artificios; un grupo de amigos alrededor de la mesa. Ciencia Ficción que no requiere efectos especiales ni oposiciones maniqueístas héroe – villano; no hay ‘aliens’ aterradores suplantando humanos, pero tampoco se trata del experimento en video de baja definición con monólogos interminables que intentan explorar el límite entre la física y la filosofía (y consiguen de manera muy efectiva dormir al segmento de audiencia que no está en las drogas). La película es acerca de seres humanos comportándose como seres humanos, lo que la hace, además, una muy buena historia de misterio.

“Coherence” es, desde hoy, una nueva entrada en mi Top 10 de la Ciencia Ficción.

Doce de octubre

La Batalla de Hastings

Battle of Hastings, as portrayed by Philip James de Loutherbourg: this work of art has been engraved by W. Bromley and published in Bowyer’s edition of Hume’s History of England (1804)

El 14 de octubre de 1066, Guillermo el Bastardo, normando de origen, enfrentó a las heroicas pero exhaustas fuerzas del Rey Harold de Inglaterra, que pocos días antes había vencido a Harald III de Noruega. La batalla de Hastings selló el final del dominio sajón en la isla de Albión y dio comienzo a varios siglos de guerras internas y externas. Tanto los sajones como los celtas, escoceses e irlandeses sufrieron bajo el yugo normando. Muchas tradiciones de varias culturas se perdieron ante el celo religioso de los invasores, y las lenguas respectivas fueron cediendo paso con el tiempo hasta desaparecer por completo.

Como consecuencia directa de esa invasión, Inglaterra sufrió al menos una guerra civil – la Guerra de las Rosas – y DOS “Guerras de los Cien Años” con Francia, puesto que el ascenso al poder por parte de Guillermo de Normandía ponía la corona inglesa bajo vasallaje directo del Rey de Francia.

Aparte de eso, Inglaterra bajo el yugo normando se vio obligada a participar en las Cruzadas; nobles y siervos por igual sufrieron privaciones y muerte en Oriente a nombre de causas que no entendían.

Después de eso, Inglaterra sufrió más guerras civiles, insurrecciones – mencionemos las de Simon de Montfort, William Wallace, Owain Glwindwr y la exitosa de Cromwell, por citar algunas. A veces al mismo tiempo, sufrió también ataques de la Muerte Negra y otras epidemias que diezmaron la población. El estado de guerra con Francia se consideró permanente hasta bien entrado el siglo XIX y se salvó por los pelos (o mejor, por las olas) de al menos una invasión por mar por parte de España y otra de Alemania Nazi.

Y pese a todo, Inglaterra se constituyó en el mayor imperio marítimo de la historia, y poco tiempo tras la Batalla de Hastings ya era un reino reconocido por el mundo como un Poder a tener en cuenta.

Ahora bien, ¿cuántos tratados, ensayos, poemas, novelas de origen inglés o extranjero se lamentan por la esclavitud bajo el régimen normando y culpan a Guillermo por los males del Imperio? Excepto algún poema en lengua sajona escrito en las décadas posteriores a Hastings, NINGUNO. En cambio, esa invasión forjó la nación a la que hoy debemos la lengua inglesa, las obras de Shakespeare, la revolución industrial (sí, un logro, pese a las consecuencias debidas, como siempre, al mal manejo del conocimiento), la informática, los Beatles, los Rolling Stones, Iron Maiden y Doctor Who.

En los mismos términos podría hablar de Japón (ocupado por un ejército americano bárbaro y brutal DESPUÉS de haber sufrido DOS explosiones atómicas), que hoy es potencia económica, industrial, tecnológica y cultural. O de Rusia, Finlandia, la propia España. De todos los pueblos de la historia.

Porque las migraciones, invasiones, ocupaciones, exterminios, aniquilaciones, son ingredientes fundamentales de la sopa de la Historia. Y los pueblos invadidos, ocupados, según nos enseña la historia, tienen dos posibilidades: extinción o gloria.

Pero Latinoamérica, según algunos pensadores inactivos de izquierda, lleva quinientos años lamiéndose unas heridas que ya ni cicatriz tienen. Porque esos mismos pensadores sedentarios promueven la idea de que la historia debe corregirse a sí misma; de que los hechos ocurren de manera espontánea y la extinción de los pueblos derrotados (de manera sucia u honorable, es irrelevante, como en todas las guerras) puede ser sujeto de rebobinación automática.

El 12 de octubre de 1492 empezó un proceso de invasión cuya única diferencia con otros similares fue la magnitud. Hubo guerra, hubo crueldad (no sólo por parte de los europeos; no todos los americanos eran tan pacifistas como los que dice haber encontrado Colón), hubo exterminio (no sólo de indígenas: las ruinas de ciudades españolas y portuguesas son abundantes); hubo abusos, traiciones, imposiciones, como siempre que un pueblo pierde en la guerra ante otro de cultura diferente. Como sucedió con los subyugados por Roma, por China, por Egipto.

Pero también hubo sincretismos y evoluciones y mestizajes. También se consolidaron lenguajes hermosos y culturas maravillosas, y surgieron nuevas maneras de hacer música y de expresar los colores del mundo y nuevos y bellos tonos de piel.

Lo que somos hoy, con todo lo bueno – que es mucho – y lo que hay por mejorar – bastante también, pero se puede mejorar – es el resultado de todo ese proceso en el que hubo violencia y esclavitud y desigualdad. La majestad de Cartagena de Indias, el Paisaje Cultural Cafetero, los festivales del Vallenato, del Bambuco, del Joropo; el jazz, el blues, la salsa, el reggae. El tango no sería el mismo sin los argentinos, así como el fútbol sería diferente sin Pelé y Maradona y Falcao, y el español no tendría la maravillosa variedad de palabras y símbolos y significados y acentos y Gabo y Cortázar y Borges y Cerati, y los mares no estarían completos sin el Caribe y las Antillas y la gente que hoy los habita.

Hay sangre y dolor en nuestra historia, pero sucede que somos seres humanos. Y como todos los demás seres humanos, es nuestra responsabilidad tomar esa sangre y ese dolor y usarlos para moldear la historia del futuro, no para seguir embriagándonos de amargura con las pérdidas del pasado.

El próximo Día de la Raza, en lugar de regodearnos en la tragedia de hace medio milenio, pensemos en el granito de arena que estamos aportando al próximo medio milenio. Dejemos la historia en los libros y tomemos el control del futuro.